Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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sábado, 19 de noviembre de 2011

Las musas de 'Camas de hierba'

La red social literaria Libros.com me invitó recientemente a escribir unas líneas sobre mi ópera prima, Camas de hierba. Reproduzco a continuación el artículo:

LAS MUSAS DE CAMAS DE HIERBA

Me preguntan varios lectores si en realidad existen Alba, Olya, Elena o María —así se llaman las jovencísimas protagonistas de Camas de hierba (Ediciones Vitruvio, 2011), mi primer poemario—. No me incomoda esa curiosidad: yo también intento penetrar en los universos, a veces tan fantásticos, de mis literatos preferidos.

A esos ávidos lectores les confieso que algunos de mis personajes, como Olya o Elena, son absolutamente ficticios. Y que otras protagonistas, como la coruscante Alba, si bien están inspiradas en muchachas de la vida real, germinan gracias a la manipulación del lenguaje. De no mediar ese proceso de matiz y claroscuro, el sentimiento podría derivar en el efectismo, en la cursilería y en el desbordamiento. Ahí tienen la explicación de por qué a veces el (pretendido) erotismo se interna en la vulgar pornografía.

Efectivamente, el retrato adquiere su esplendor en la narrativa. La poesía es, según el maestro Octavio Paz, “la otra coherencia, no hecha de razones, sino de ritmos”. En este género tan sugestivo, el lenguaje serpea, se exalta, se erotiza y vuelve sobre sus pasos: jamás sigue la línea recta de la comunicación. Rodeado de ese halo de misticismo, el vate, cuando adopta a una persona como modelo, la fragmenta, la canta, pero no la describe con total fidelidad. Maravillosamente enferma de sinestesia, la lírica trabaja con todos los sentidos, a los cuales confunde y mezcla. Así, esta Alba —que en la realidad es una muchacha abstraída, arrubiada y esbelta de caderas— copula con la música, con las metáforas, con las frases, con los silencios…, del poema.

En puridad, si bien la musa puede convivir con el poeta en la realidad, una vez forma parte de la creación, adquiere otra existencia. A esa totalidad poética se refirió recientemente Pere Gimferrer en una entrevista (revista Mercurio, enero de 2011, nº. 127): “El poema sólo triunfará como tal poema si la persona individual se convierte en una realidad absoluta en las palabras: si no, tan sólo sería un poema anecdótico, y no tendría más valor que el privado”. Robert Desnos, por su parte, escribió un fulgoroso verso que también le iría como anillo al dedo, en su calidad de musa, a la joven Alba: “Tanto he soñado contigo, que pierdes tu realidad”.

Uno pretende, en cierto modo, que sus musas se asemejen a las mejores actrices: a aquellas sensitivas mujeres que, sin descuidar la composición de sus personajes (fantásticos, dramáticos, humorísticos…), inspiran constantemente al creador. En Camas de hierba, uno, para expresar su hastío, su melancolía infinita, sus salvíficas ensoñaciones, sus soledades, sus relaciones con el sexo opuesto…, se apoyó en la belleza hipnótica de la mirada de Alba. ¡Ay, si hubierais divisado aquella mirada entre desvaída y penetrante! Cuando conversábamos, esta muchacha a veces parecía ausente, pero, en un repente, sus ojos —grandes, fijos, profundos— me exploraban, me increpaban, del mismo modo que un niño, en su deseo de regresar al hogar, adopta el silencio como una reacción, como una súplica… Esas son las sensaciones que uno trató de condensar en su poema "Desdoblamientos", incluido en Camas de hierba:

DESDOBLAMIENTOS

Te sientes completamente ajena al agraciado
en el supuesto momento cumbre del goce.
Firmes los pechos, las piernas largas.
Duele mirar el blanco interminable de tus ojos.
Como si acercases el oído a la ventana,
percibes a la vez el deseo casi violento
del chico que te encima
y el huidizo gemido del viento de fuera.
Te comprendo. A mí me pasa algo parecido
cuando lo hago con una ramera.
La (in)diferencia, eso sí, es notoria:
Tú —arrubiada, alada, sinuosa…— jamás pagas.
Y no te desdoblas para transfigurar el otro cuerpo,
sino para limpiar tus infinitos atributos.


En fin, ¡ojalá volvieran tiempos idos! Volviendo al proceso creativo de Camas de hierba, yo pretendía que mi universo evocador alcanzase su clímax en el elogio de unos níveos y curvos muslos (“son como dos camas de finísimas hierbas”) enfundados en la estrechez de los shorts vaqueros. Los muslos de una muchacha inquieta, en contraste con cierta sociedad gangrenada que hace bandera de su ruindad, de su doble moral, de su envidia, de su chismorreo, de su espíritu provinciano (varios de mis poemas están ambientados en el occidente asturiano y en el noroeste lucense). Para fraguar con fruición las danzas, los desdoblamientos, los juegos, las miradas, las apariciones, los purificadores ritos, las suspensiones del quehacer cotidiano, las travesuras…, yo necesitaba tener presente en mi magín una chica sensible, refinada, deslumbrante, misteriosa y elástica. El ensimismamiento y la voluptuosidad de Alba fueron determinantes, sin duda, para que uno no cejase en su empeño. Debió de ser en una de esas excitantes representaciones, en una de esas elevaciones de hipérbaton, cuando la huidiza chica perdió definitivamente su realidad… O cuando uno levantó las vedas de la memoria, consiguiendo cambiar su percepción de las gentes, su relación con los rincones más cotidianos… ¡Tentativas de salvación! ¡Melancolías de la mocedad! ¡Huidas del terrorismo cotidiano! ¡Miradas y susurros al borde de la piscina! ¡Esbeltas caderas!

El siguiente poema, “Novia de nadie”, acaso condense el ludismo desmitificador, por distante e irónico, que uno heredó de Pound, de Cummings o de Martínez Sarrión (quien presentó oficialmente Camas de hierba, en Madrid, el pasado mes de mayo: siempre le estaré agradecido):

NOVIA DE NADIE

¡Pero cómo voy a perder
yo el tiempo escribiendo
para camelarte!
Mi intención única
es que, al verte pasar,
algunos de tus profesores
exclamen
(a medio camino
entre la excitación
y la pavura):
“¡Ahí va Alba,
la novia de nadie!”.


(Libros.com, 17/11/2011)


martes, 23 de enero de 2007

Poética de Leopoldo María Panero

Entender la poesía

(Comentario de Wassily Kandinsky, Punto y línea por el plano)


La poesía, es verdad, no es nada en sí misma; muchas veces lo he dicho: no es nada sin la lectura. Es por eso que el gnomo hispánico se siente en la necesidad de descifrar la poesía, rebuscando en ella la presencia de un contenido objetivo. Olvida, sin embargo, que la lectura poética debe ser subjetiva: y como descubriera Chomsky, el alma está antes que las palabras, lo que de paso nos libra de otra lectura científica, que sería la lectura estructural.


Lo mismo que el dibujo o la pintura, el poema es una creaci6n, como bien se dice; no es una reproducción fotográfica de la realidad objetiva: así, afirma Kandinsky, un dibujo puede ser bueno independientemente de que contradiga a la anatomía, a la botánica o a cualquier otra ciencia (Kandinsky, De lo espiritual en el arte). Del mismo modo, la poesía o la literatura modernas pueden ser buenas o malas, independientemente de que contengan un buen o mal mensaje. Como descubriera el primer Mallarmé, a quien imito, un poema es una creación en el vacío, y no tiene otra regla que sí mismo.


Del mismo modo que un cuadro no es bueno por ser "exacto en sus valores", como afirma el ya citado pintor ruso, el verdadero poema no es fiel a otra realidad lingüística que la rotura de! lenguaje por la metáfora Y, la metonimia, la sinécdoque, la aliteración y la rima. La poesía se parece así al lenguaje coloquial, y es, como aquél, una destrucción del lenguaje. una negación de la gramática.


Por el contrario, la retórica y la gramática son una interpretación del lenguaje, una ficción arbitraria, por tanto, de un lenguaje coloquial cuya única regla es la más feroz anarquía. Y es que, si el lenguaje no fuera libertad, jamás hubiera evolucionado, y estaríamos todavía emitiendo microfonemas como en el indoeuropeo, que, al no estar todavía lejos de la boca primitiva, consiste sólo en sílabas. Porque el lenguaje, si es creación de la boca, es creación del hombre, y no demora exterior a él. Es por ello que, contra lo que afirma Deleuze, no hay dualidad entre comer y hablar. Del mismo modo que el manjar, la poesía es algo objetivo, por mucho que este algo sea bello, y he aquí lo que la hace independiente o, como se dice, abstracta, lo mismo que la escultura o la pintura modernas. Ahora bien, en esta abstracción o independencia es donde está el riesgo del poema, del que ya nos hablaba Derrida: «Todo verdadero poema corre el riesgo de carecer de sentido, y no sería nada sin ese riesgo.» He aquí el verdadero golpe de dados que hace de la poesía una invención de lenguaje, esto es, una destrucción de aquél si tomado como cosa muerta o fetiche.


En fin, tanta palabra sólo pretendía justificar el hallazgo, por cierto, sorpresivo, de que algunos de mis poemas no valen. The craft so long, como diría alguien, life so short. Me refiero concretamente al poema "Homenaje a Catulo", de Teoría, en donde un verso, «El culo de Sabenio está cantando», se entiende dificultosamente incluso como poesía, esto es, como aquello que, moderno o no, tiene por fin el lenguaje como música para el oído.


En aquel poema, yo, joven aún como Plebas el fenicio antes de morir, creía aún en la inspiración, en la «bestia de la inspiración», como luego la llamé. Si ahora lo volviera a escribir, diría «El odio de Sabenio (el culo) es música», esto es, el odio nos ofrece un poema. Porque la fuente de mi inspiración ha sido siempre el odio, el odio a la realidad y a la vida, cuya destrucción acrisola el lenguaje. Así Mallarmé, otro «mal poeta», llega a decir: «O bords siciliens d'un calme marecage, qu'a l'envie de soleils ma vanité saccage.» «Oh playas sicilianas de tranquila marea, que ante el sol envidioso mi vanidad saquea»: lo que en otras palabras quiere decir que la literatura, y en especial la llamada literatura moderna o de vanguardia, desfigura o deforma la realidad, si es que aquélla no era ya bastante horrenda.


La literatura es la ciencia de la realidad devenida insoportable.

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- Texto de Leopoldo María Panero. En: ABC (26-3-88). Fuente: Pedro Provencio, Poéticas españolas contemporáneas, II, Hiperión, 1988.

- Imagen de W. Kandinsky