En el jeroglífico había un ave, pero no se podía saber si volaba o estaba clavada por un eje de luz en el cielo vacío. Durante centenares de años leí inútilmente la escritura. Hacia el fin de mis días, cuando ya nadie podía creer que nada hubiese sido descifrado, comprendí que el ave a su vez me leía sin saber si en el roto jeroglífico la figura volaba o estaba clavada por un eje de luz en el cielo vacío.
JOSÉ ÁNGEL VALENTE, “De la luminosa opacidad de los signos”, Treinta y siete fragmentos, 1971
No me canso de releer este pequeño poema en prosa de Andrade:
No me gustaría insistir, pero la belleza de los jóvenes que se aman es melancólica. No saben todavía que el deseo de muerte es el más perverso, que sólo una cosa los tornaría puros: robar el fuego e incendiar la ciudad.
EUGÉNIO DE ANDRADE, Vertientes de la mirada y otros poemas en prosa
¿Cómo voy yo a almorzar sin tu jugosísima tortilla de patatas, abuela? ¿Cómo voy yo a saber quién soy, si apenas hemos hablado de vuestro sacrificio? No tuviste tiempo para leer, ni para viajar, ni para el descanso... ¡Limpísima ama de casa, auténtica cocinera, resignada labriega…! Las arrugas de tus manos revelan los sueños sin cumplir, las noches en vela, los rosados partos, la salvación de tu nieto...
¿Recuerdas aquella escena de 1992, cuando me quedé encerrado en el baño? Supiste mejor que nadie enfrentarte al peligro, subir por la escalera, romper el cristal... Cortaste a todos aquellos señoritos que te veían como una simple chacha. ¿Y qué hay de eso en una señora como tú? Fuiste siempre fiel a tu familia, a tu trabajo, a tus tierras... Siempre fiel a tu marido, que te trata –lo sabes mejor que nadie– como a una princesa.
¿Cómo voy yo a almorzar sin tu jugosísima tortilla de patatas, abuela? Mi árbol es un sauce, donde tú eres la vaina que envuelve al tojo. Mi silencio es posmoderno, el tuyo de posguerra. Tus caricias están tan desnudas como una vena, las mías llevan guante. Tus arrugas las forjó el viento, las mías los anteojos. Tu llanto es sincero, el mío ensayado. En tu bosque, hay cortezas; en el mío, desechos, química, heces… En tu película, hay vaqueros que son incapaces de traicionar a un amigo; en la mía, hay tan sólo bisbales que serían capaces de matar a su hermano para salir en la tele.
No podría compararme a ti, abuela. Ni a tu jugosísima tortilla de patatas, que me da fuerzas para seguir viviendo en este mundo de extraños.