Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
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sábado, 1 de agosto de 2015

Una muchacha

Soy esa sardina que no devoras 
por miedo a atragantarte 
con su esqueleto de porcelana. 

[Poema publicado en La Huella Digital, 31/07/2015. Forma parte de la antología colectiva La primera vez... que no perdí el alma, encontré el sexo (Sial-Pigmalión, 2015), coordinada por Antonino Nieto]

Autorretrato de Nuria Pérez.

lunes, 25 de mayo de 2015

El vuelo de Alba María

Alba María ha irrumpido con fuerza en el panorama musical gallego. La novísima cantautora viguesa viene de publicar Aínda, donde impregna de imaginación poética y rebeldía diversos géneros populares, como la habanera, el jazz o la bossa nova. Un debut espléndido. 

La cantautora Alba María.



Dentro de mi generación, Alba María —sagaz cantautora viguesa de 20 primaveras— es una de las artistas con la que más conecto ética y estéticamente. En abril del pasado año, Alba resultó vencedora del “I Certame de Canción de Autor en Galego ‘Concello de Teo’”. Dicho premio le permitió publicar, en diciembre, su preciosa ópera prima, Aínda (aCentral Folque), compuesta por ocho piezas. Es un disco enérgico y, al mismo tiempo, delicado, situado en ese punto crucial donde la sugerencia y la afirmación no sólo confluyen, sino que se retroalimentan. Hace falta un notable dominio del lenguaje escrito y musical para transitar sin titubeos —como es el caso— por tan resbaladizo punto. Sí, estamos asistiendo a las primeras e inspiradas manifestaciones de una creadora de fuste.


La temática de Aínda es, en gran medida, realista; desde una perspectiva crítica, Alba María toca problemas de actualidad como la emigración juvenil (“Habaneira de Berlín”) o el paro (“Levando a lúa na saia”), además de reflejar su conciencia de género (“Cabaleira”, “Pretéritas perfectas”). Pero aunque parta de la realidad, esta cantautora no descuida la dimensión imaginativa, dándoles así a los textos un marchamo poético: “’Onde é que vai cabaleira? / Non sabe que é a primeira / En perder?’ // Vencer vencer perdendo a guerra / Vencer contando as infeccións / Botando pus coiraza-costra / Vencer comprendendo que loitamos / Por terra mar e papel / Vencer vencer l’amour est un oiseau rebelle”. 
En esas representativas estrofas, Alba María, al cambiar de género un sustantivo originalmente masculino (“cabaleira”), al emplear una valiosa paradoja (“Vencer vencer perdendo a guerra”) y al intertextualizar con pericia a Georges Bizet (“L’amour est un oiseau rebelle”), nos ofrece un universo tirante, complejo, pleno de matices. No podía ser de otra forma: la viguesa sabe que renunciar al vuelo imaginativo significaría empobrecer la realidad recreada. Desde luego, la mirada de esta chica —combativa y soñadora— arroja esperanza sobre una generación (la nuestra) desencantada ante la usura imperante: “Aínda non se vestiron de loito todas as teclas dos pianos, e súan tinta aínda as páxinas dos cadernos”, leemos en el libreto del álbum de la propia Alba María.

La portada de Aínda, el primer disco de Alba María.
Me parecen indudables, en fin, el talento y la eficacia de la escritora. Por supuesto, dentro de la integralidad compositiva de Alba María, cabe señalar también su elevado sentido melódico —es significativo el hecho de que a veces componga antes las músicas que las letras: algo infrecuente en los cantautores al uso, para quienes las melodías suelen ser elementos más bien funcionales—, así como su gran versatilidad —en Aínda nos encontramos con una irónica habanera (“Habaneira de Berlín”), una envolvente morna (“Albas perdidas”), un penetrante blues (“Rúa vella”), una magnética bossa nova (“Levando a lúa na saia”), etcétera—.
Debido a esa versatilidad, al cultivo de nuestra lengua vernácula, a sus dosis de elegante irreverencia y a su predilección por una base rítmica de aires jazz, Alba María entronca claramente con el grupo Marful. La influencia es absolutamente directa: Alba recibió, en aCentral Folque (centro musical gallego responsable de la edición de Aínda), el magisterio de Ugia Pedreira, la carismática vocalista de Marful. Pero no acaba ahí la conexión: otro de los miembros de la soberbia banda galaica, el acordeonista Pedro Pascual, deja su impronta en el primer corte de Aínda, “Bandadas de horas”. Asimismo, dos colaboradores de Marful —el contrabajista José Manuel Díaz y el pianista Alejandro Vargas, cubanos ambos— son, en calidad de precisos instrumentistas e ingeniosos arreglistas, piezas fundamentales del disco de Alba María. Díaz se encarga, además, de la exquisita producción.

Aun sabiendo de su madurez y perspicacia, no deja de asombrarme que, en sus primeras composiciones editadas, Alba María ya haya casado plenamente músicas y mensajes. El ejemplo máximo de ese matrimonio es, para mí, “Pretéritas perfectas”. Desde luego, la forma decididamente jazzística —estamos ante un género popular y a la vez experimental— resulta ideal para dialogar de forma abierta e inteligente con la tradición gallega, concretamente con las cantigas “A Carolina” y “Ven bailar, Carmiña”. Alba María parte de esos famosos temas para agitar los estereotipos femeninos contenidos en ellos, a la par que celebra, en efecto, la independencia de la mujer galaica. Canta la viguesa refiriéndose a las Carolinas: “Din que aínda lles preguntan con que andan a bailar / Din que xa non son Penélopes mirando para o mar / Din que xa quedaron fartas de pintar lagartos / Que non teñen corazón / Din que aínda seguen bailando… / Si señor!”.

En “Pretéritas perfectas”, Alba María, catapultada por una melodía ondulante, despliega todos los poderes de su tersa y resonante voz. Me entusiasman sus fraseos; apasionados pero también deconstructores (gracias al uso del falsete), clavan magníficamente el ritmo del jazz. Merece la pena detenerse en el broche final del espléndido tema: un monólogo. Aquí Alba María extrae la heterodoxia de los maestros del blues y del soul, que, al recitar en determinados momentos, liberan a la canción de corsés melódicos. Pero la novísima cantautora no se limita a mimetizar ese espíritu, sino que lo hace suyo. Tengamos en cuenta que las partes habladas de B.B. King o Solomon Burke son inflexiones tensas, declamaciones, por decirlo así; Alba María, sin embargo, en su monólogo de “Pretéritas perfectas”, emplea una dicción que rezuma toda la espontaneidad de la juventud. Por supuesto, ambos modos vocales, bien tratados —como sucede en los ejemplos que he puesto—, cumplen idénticas funciones: revitalizar un género popular, sorprender al oyente y profundizar en los perfiles de los personajes o en unas sensaciones. 

Alba María junto a su magnífica banda, formada por el contrabajista José Manuel Díaz, el batería Carlos Freire y el guitarrista Felipe Villar.


Otra gema de Aínda es “Albas perdidas”. Se trata de una composición subyugante, cuya melodía nos trae —al igual que el rajão de José Luis do Pico— el aroma del Atlántico. La letra probablemente sea la más sensorial y abierta de todo el álbum: “Empurro os teitos da risa / Vólvome corda pulsada ata fartar / Quero convertirte en onda / Que te mergulles toda enteira no meu son”. 

No quisiera concluir este artículo sin volver a la excelsa producción de José Manuel Díaz. Este cubano ha encontrado un sonido nítido y cálido, y ha logrado capturar el refinamiento —alejado de la afectación— que Alba María imprime a la música popular. En Aínda, todo está en su sitio. Sirva como ejemplo el tratamiento de las armonías vocales de la artista gallega en “Retellando o ceo”. Esas voces parecen el eco de un acordeón; dejan huella por su sutileza, sin necesidad de restar peso a la estupenda guitarra de Felipe Villar, pujante a lo largo de todo el tema. 
Servidor, junto a Alba María, al término del concierto que ella ofreció en Lugo el mes pasado. 

[Artículo mío publicado ayer en La Huella Digital

jueves, 9 de octubre de 2014

La nadadora

En febrero, dentro de una antología colectiva de temática amorosa, se publicarán once poemas míos. La mayor parte de esos textos son inéditos; y, estilísticamente, todos apuntan a la brevedad (hay cinco micropoemas)… Iré dando más detalles cuando se aproxime la fecha de publicación de la obra. Aprovecho para decir que hoy, en La Huella Digital, se ha publicado uno de los poemas míos que formarán parte de la citada antología:

LA NADADORA 

Tú te llamabas Isla, Elisa, Elsa. 
Gerardo Diego

Tú te llamabas María, Marina, Miranda… 

Yo no me llamaba; yo no tenía nombre; 
yo sólo pensaba en ponerte nombres 
tan rubios como tus piernas. 
                                           Y tú, 
agradecida, me desvestías en espiral, 
pues eras la nadadora de los prodigios.

Memoria de mi pecho, 
racimo temprano, grito de junio…, 
de tu naturaleza soñadora 
sólo queda 
la sonrisa silvestre. 




Cybill Shepherd en The Last Picture Show (La última película, 1971), genialidad de Peter Bogdanovich.

sábado, 1 de marzo de 2014

La sana ambición de Daniel Lobato

Daniel Lobato, cineasta emergente y crítico baqueteado, apuesta por la financiación colectiva en su nuevo proyecto: el cortometraje Ponte en forma, que cuenta con actores de primer nivel como Arancha Martí o Hovik Keuchkerian.

Alejandro M. Selma y Daniel Lobato
Alejandro M. Selma y Daniel Lobato, director de fotografía y cineasta, respectivamente, de Ponte en forma. 

El auténtico cineasta —sea incipiente o veterano— siempre proyecta las obras germinales en su magín, aunque luego, durante el rodaje, sea permeable a la improvisación que fomentan los actores o los escenarios. Ya lo dijo el maestro Robert Bresson en clave aforística: “Encargado de la puesta en escena, o director. No se trata de dirigir a alguien, sino de dirigirse uno mismo”. Pues bien, Daniel Lobato (Las Palmas, 1987), emergente cortometrajista, director de la revista digital cinematográfica La Noche Americana y exjefe de sección de LA HUELLA DIGITAL, se ajusta a esa definición de cineasta. A ello ha contribuido en buena medida su condición de crítico exigente y flexible.

Tras haber llamado sin fortuna a las puertas de unas productoras poco arriesgadas, Lobato, para sacar a flote su nuevo proyecto, confía en el crowdfunding o financiación colectiva. Ese proyecto es el cortometraje Ponte en forma, un trhiller psicológico con ribetes de terror y de humor negro. Como se indica en el perfil que el filme tiene en la plataforma My Major Company (a través de la cual pueden colaborar económicamente los interesados), “Nos encontramos con una sátira / crítica a una sociedad obsesionada con el culto al cuerpo, esclava del ideal de perfección que marcan los medios de comunicación”.

La actriz Arancha Martí.
La actriz Arancha Martí.

El reparto del corto de Lobato es de primer nivel: en los papeles principales, nos topamos con Arancha Martí (La Gran Familia Española) y con Luis Hacha (Didi Hollywood, Amar en tiempos revueltos…). Además, la obra cuenta con la colaboración de Hovik Keuchkerian, nominado al Goya a mejor actor revelación por Alacrán enamorado.

También el equipo técnico le da a Ponte en forma un marchamo de calidad: el guionista, Javier Chavanel, ha trabajado en la serie El secreto de Puente Viejo; el director de fotografía, Alejandro M. Selma, ha colaborado con cineastas de la talla de Oliver Stone o Juan Antonio Bayona; y Daniel Lobato, por su parte, además de foguearse en diversos cortos, ha cultivado el periodismo en varios medios nacionales.

Lobato comenzó a especializarse en la crítica cinematográfica en sus tiempos de universitario (es licenciado en Periodismo por la Complutense): a finales de 2008 entró como redactor cultural en LA HUELLA DIGITAL; poco después se hizo cargo de nuestra sección de Cine, permaneciendo aquí hasta 2010, cuando fundó La Noche Americana; en esta última revista él y su equipo informan regularmente de los estrenos del celuloide, además de emitir juicios críticos sobre esas novedades y sobre obras clásicas. Son destacables también las entrevistas a fondo que Lobato y sus redactores realizan con frecuencia a directores y a actores, unas veces contrastados, otras veces emergentes; Ron Howard, Eduardo Noriega, Belén Rueda, Kike Maíllo Irene Escolar son algunos de los artistas que han dialogado con Lobato.

Un cinéfilo voraz

En sus críticas, el canario —que también trabaja como grabador en Rentrank Spain (compañía especializada en control de audiencias)— demuestra que es un cinéfilo voraz. No podía ser de otra forma: La Noche Americana, además de hacer referencia a la técnica cinematográfica de simular noche, es un título del genial François Truffaut, quien, como Daniel Lobato, comenzó a ahondar en la gramática del celuloide a través de la crítica. Siguiendo el ejemplo de Truffaut, aunque con menos dosis de lirismo, en sus artículos Lobato no se limita a apuntar virtudes o defectos de los filmes, sino que sugiere alternativas estéticas, tiende puentes narrativos, dialoga con sus maestros (Stanley Kubrick, Roman PolanskiWes Anderson…). 

Con semejantes referentes, con un elenco interpretativo de primer nivel, con un equipo técnico experimentado, la ambición del cineasta ha de ser, lógicamente, considerable, máxime cuando éste ya ha hecho sus pinitos en la dirección. “Tener las miras altas” —confiesa Lobato— “es necesario siempre, sea cual sea el proyecto. Cualquier historia requiere de tanta preparación, de tanto tiempo y de la implicación de tantas personas, que no ambicionar y no exigirse el máximo es traicionarte a ti mismo y es traicionar a quienes han confiado en ti. Al final, lograrás un mejor o peor resultado, pero como mínimo las intenciones y el esfuerzo tienen que quedar patentes”.

Las intenciones cinematográficas de Lobato se resumen en “tener algo que contar; algo que resulte atractivo, original, que despierte interés, que huya del ‘esto ya lo he visto antes’ y que transmita personalidad. Suena pretencioso, lo sé, pero es lo que pienso y es lo que busco en cualquier película”. 

Pinchando aquí, puedes seguir a Ponte en forma en Twitter. Este otro enlace te llevará al perfil público del cortometraje en Facebook. 

(Este reportaje mío se publicó originalmente ayer en La Huella Digital.)

martes, 1 de octubre de 2013

Borges para Rodríguez Fer: sin fronteras

Claudio Rodríguez Fer, ante la tumba de Jorge Luis Borges, en Ginebra. 
No sé cuál de los dos escribe esta página. 
Jorge Luis Borges

Resulta difícil retratar a Claudio Rodríguez Fer (Lugo, 1956) en una entradilla, pues sus actividades creativas y científicas, que no son pocas, se entreveran constantemente con su vida. Padre de la lírica erótica galaica (Tigres de ternura, A boca violeta [La boca violeta], Cebra…) y galán dulce pero voluptuoso. Insaciable viajero y especialista en la obra del más universal de los vates gallegos (dirige la Cátedra de Poesía y Estética José Ángel Valente). Hombre comprometido con las víctimas del fascismo y autor de una trilogía poética sobre la memoria histórica (Lugo Blues, Amóte vermella [Te amo roja] y A loita continúa [La lucha continúa]). Fiel amante del cine y autor de textos (poemas, narraciones, artículos, ensayos) que ahondan en los universos de Orson Welles, de Woody Allen o de Jean-Luc Godard…
Rodríguez Fer ha publicado recientemente Borges y todo (Escepticismo y otros laberintos) (Del Centro Editores); en este poliédrico libro, el lucense ha reunido cuatro ensayos sobre las cuestiones que más ha investigado en el genial Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986) a lo largo de más de tres décadas: “Su concepción de la literatura fantástica, su relación con Galicia y con la cultura gallega, sus encuentros con Valente y su capacidad caleidoscópica para disfrutar del universo en toda su diversidad, de ahí que se titule Borges y todo”.

P.- En el primero de los ensayos reunidos en Borges y todo, explicas que la enjundia literaria del argentino nace en su radical escepticismo.
R.- El propio Borges dejó claro en Otras inquisiciones que su tendencia “a estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético y aun por lo que encierran de singular y maravilloso” es indicio de su “escepticismo esencial”. Por eso toda clase de manifestación del pensamiento humano se muestra relativa y meramente conjetural en su obra, pues, como él mismo declaró, “yo no tengo ninguna certidumbre, ni siquiera la certidumbre de la incertidumbre”.

P.- En Borges, como también explicas, casan perfectamente escepticismo y fantasía… 
R.- Desde luego, porque lo fantástico, a diferencia de lo extraño —que es lo aparentemente imposible de explicar— y de lo maravilloso —que es lo fehacientemente imposible de explicar—, no implica confianza en la razón ni requiere fe en lo sobrenatural, sino que es al mismo tiempo extraño y maravilloso, porque no se explica ni se deja de explicar por la razón ni por la fe, como postula el escepticismo.

P.- En sintonía con ese radical escepticismo, recoges una cita de Borges que me parece muy reveladora por su mezcla de desmitificación y asombro: Dios es “la máxima creación de la literatura fantástica”. Dicho lo cual, conviene recordar que el argentino siempre se sintió atraído por la teología.
R.- La teología le parecía a Borges una fuente inagotable de fantasía y consideraba que sus creaciones superaban en imaginación a las de los propios escritores fantásticos: el dios creador y todopoderoso de los monoteísmos, los multiplicadores de Budhas de la tradición Mahayana, la infinita sustancia de infinitos atributos postulada por Spinoza, etc.

P.- Entre los grandes autores que cultivaron la fantasía, ¿Borges, debido a su radical escepticismo, es quizás el que más se interesó por el misterio, en detrimento de la solución?
R.- Puede ser, porque, para Borges, el misterio es abierta e inaprensiblemente rico, complejo y fascinante, y la solución resulta a menudo empobrecedora, simple y decepcionante. Como escribió en “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”: “El misterio participa de lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución, del juego de manos”.

P.- La actitud de Borges es estética no sólo hacia la teología, la metafísica, la fantasía…, sino también hacia otras realidades, digamos, más tangibles (la política, la Historia…). En ese sentido, me parece muy oportuno un ejemplo que traes a colación en tu libro: el creador americano, en el cuento “Deutsches Requiem”, llega a homenajear al nazismo, una ideología que él tenía por enemiga.
R.- Borges fue comprometidamente antinazi durante la Segunda Guerra Mundial y, de hecho, suscribió varios manifiestos antifascistas publicados en la revista argentina inequívocamente llamada Antinazi. Pero, al mismo tiempo, era muy amante de la gran cultura alemana, lo que contribuyó a que en “Deutsches Requiem” llegase a homenajear con nobleza la estética del enemigo en el momento de su derrota.

“Deutsches Requiem” (“Réquiem alemán”, en la lengua de Nietzsche) es uno de los memorables relatos de El Aleph. Difícilmente el lector sensible no caerá rendido ante líneas tan expresivas como éstas: “Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros, ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos”. Conviene recordar que el narrador del cuento, personaje verdaderamente complejo e incluso paradójico (exsubdirector de un campo de concentración, amante de la poesía, de la filosofía y de la música clásica…), está a un día de ser fusilado “por torturador y asesino”.

P.- Aun sabiendo de la mirada poliédrica de Borges, considero que Enrique Anderson Imbert exagera al decir del autor de El Aleph: “(…) cree en la belleza de todas las teorías”. (La cita la extraigo de tu ensayo.) Considero exagerada esa tesis, pues, como tú mismo recuerdas con tino en otro pasaje del mismo ensayo, para el genio era horrendo y disparatado el dogma de la Santísima Trinidad.
R.- Supongo que Enrique Anderson Imbert se refería a las grandes teorías en general y no a fenómenos concretos como el de la Santísima Trinidad, que, en efecto, a Borges le parecía un engendro de pesadilla, tal como escribió en Historia de la eternidad: “Imaginada de golpe, su concepción de un padre, un hijo y un espectro, articulados en un solo organismo, parece un caso de teratología intelectual”.

P.- Hablemos ahora de la relación del fantástico escritor con Galicia y con la literatura galaica, tema del que te ocupas en el segundo de los ensayos reunidos en Borges y todo. Además de su tendencia a actitudes escépticas y al cultivo del género fantástico —explicas—, existe otro trazo que parece aproximar el universal arte de Borges al trazo atribuido frecuentemente a Galicia y al ser gallego: “simbólicamente, la concepción de la vida y del mundo como laberinto”. Esa atinada observación, unida a la ascendencia portuguesa del propio Borges, es fundamental, creo yo, para acercarnos a la pasión que el maestro sentía por Galicia.
R.- El símbolo más emblemático de la obra de Borges es, sin duda, el del laberinto y, de hecho, Labyrinths fue el título escogido para presentarla en inglés cuando en 1962 se tradujo en Estados Unidos una selección de cuentos de Ficciones yEl Aleph. Pero aunque la base del símbolo asiente en el mito griego, que Borges recreó en el relato “La casa de Asterión”, el mismo autor lo buscó en muchas otras culturas y lo llevó a muchos otros lugares, por ejemplo a Babilonia y a Arabia en “Los dos reyes y los dos laberintos” o al Nilo en “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”. Pero algunos de los más importantes cuentos de Borges, como el enciclopédico “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o los policíacos “El jardín de los senderos que se bifurcan” y “La muerte y la brújula” son también desarrollos del mito del laberinto, aparte de que su poesía está también absolutamente llena de recreaciones del dédalo. El propio Borges aludió con admiración a los angustiosos laberintos contemporáneos de Kafka, pero creo que su propia concepción del laberinto está más próxima a la lúdica de Poe en “El escarabajo de oro” o en general a la del escocés Stevenson y a la del irlandés Joyce, tres de sus maestros narrativos, los dos últimos de raíces celtas. Análogamente, podríamos conectar el dédalo borgeano con el laberinto más cósmico que caótico y, por tanto, más bien consolador y esperanzador, que encontramos en Galicia, desde los petroglifos rupestres de la Antigüedad hasta el pensamiento, la literatura y el arte contemporáneos.

P.- Borges incluía a Santiago de Compostela entre las ciudades inolvidables en donde había estado.
R.- En efecto, Borges incluyó, en Un ensayo autobiográfico, a Santiago de Compostela entre las ciudades más inolvidables que había visitado, junto a otras cuatro europeas, Ginebra, Edimburgo, Estocolmo y Copenhague, y dos norteamericanas, San Francisco y Nueva York. La razón de esta inclusión la ofreció él mismo cuando explicó que, frente a urbes tan recientes como su natal Buenos Aires, ciudades históricas tan antiguas como la escocesa Edimburgo, la inglesa York o la gallega Santiago de Compostela “pueden mentir eternidad”.


Claudio Rodríguez Fer, en el lago Ness (Inverness, Escocia). 

Rodríguez Fer me confiesa que desde muy joven siente predilección por “autores universales” como Verne o Borges. De hecho,
 se especializó en la literatura del ourensano José Ángel Valente porque éste, como los autores citados, “también estableció en su obra un diálogo con materias y culturas de todas las épocas y de todos los continentes, Borges incluido”. Precisamente en su último libro, Rodríguez Fer —que dirige la Cátedra de Poesía y Estética José Ángel Valente en la Universidad de Santiago, donde además ejerce la docencia y está al frente del anuario filológico Moenia. Revista Lucense de Lingüística & Literatura— ha incluido un ensayo dedicado a los encuentros físicos y literarios que el autor de Fragmentos de un libro futuro mantuvo con su maestro argentino. “Valente, que trató y admiró mucho a Borges, escribió sobre él a la manera borgeana, concretamente en ‘El otro Borges’ y en ‘Borges y yo’, escritos que tienen al mismo tiempo elementos ensayísticos, narrativos y hasta poéticos, como ocurre en numerosos textos del escritor argentino, sobre todo de El hacedor, libro que, desde luego, dinamita la homogeneidad del género literario. Valente siguió este mismo camino en El fin de la edad de plataInterior con figurasNueve enunciaciones y otros muchos lugares”.
Efectivamente, la prosa “El otro Borges” refleja a la perfección ese estilo borgeano (es decir, sinuoso, proteico, pleno de paradójicas imágenes) con que Valente homenajeó al propio genio argentino. Como explica Rodríguez Fer en su ensayo, Valente incluyó en un libro de crítica (Las palabras de la tribu) el citado texto, y, sin dejar de aportar las claves de la literatura del argentino, utilizó procedimientos absolutamente creativos, como el uso de la segunda persona del singular, que, efectivamente, le sirvió para dialogar con el autor de Ficciones: “¿quién es, en efecto, Borges? Sí, Borges, díganos: ¿Quién es usted? ¿Una invención del ya difunto Roger Caillois, como usted ha supuesto? ¿Un bibliotecario bisoño en barrio extremo de la ciudad de Buenos Aires, cuyo nombre coincidía ya, luengos años hace y por curioso azar, con el de un escritor argentino relacionado en el Espasa? ¿O, simplemente, como para la patricia sociedad porteña de otra época, el hijo de Leonorita Acevedo? ¿Será usted la ilustración perfecta de lo que Hegel llama, aunque usted tan poco hegeliano sea, la identidad en la diferencia? ¿Borges y contra-Borges a un tiempo, para cumplirse así en sí mismo como los libros de Tlön, que no eran libros propiamente, sino encerraban a la vez su contralibro? ¿O sería usted anónimo, en rigor? Pues cierto es que no muy útil resultaría en este trance decir que Borges es Borges, si creemos, como quiere un viejo saber, que el nombre que puede ser nombrado no es el verdadero nombre”.
Por supuesto, el homenajeado Borges jugó con el desdoblamiento de forma exquisita, como prueban estas líneas que extraigo de El hacedor: “Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página”.

P-. Borges creía que el germen de la narración estaba en el cuento. Para él, una novela incluía, dada su longitud, elementos superfluos, ajenos a la trama: “Yo creo que es imposible escribir una novela sin ripio, pero un buen cuento —de Kipling por ejemplo— puede no contener ningún ripio, que yo sepa. No he escrito novelas porque no soy lector de novelas”. ¿Desmonta esta tesis la vieja creencia popular de que, para ser un buen narrador, hace falta haber leído muchas novelas?
R.- A Valéry le resultaba aburrido leer y más aún escribir trivialidades habituales en las novelas como “La marquesa salió a las cinco”, según recogió Breton en su “Manifiesto del surrealismo” de 1924, y lo mismo le ocurría a Borges. En cambio, en el cuento suele predominar la exigente motivación compositiva de la que hablaba Chejov: si aparece un clavo al principio, alguien se colgará de él al final, porque nada debe ser superfluo nunca. Esta economía de lo imprescindible es la que encontramos en Borges y en sus maestros Poe, Stevenson y Kipling, o en sus verdaderos discípulos, como Julio Cortázar, todos ellos virtuosos del relato breve. En la literatura española se encuentra ese ejemplo en la borgeana narrativa breve de Valente, por cierto lamentablemente oscurecida por la mucho más reconocida producción poética de su autor.

P.- En 2010, se supo de la existencia de un manuscrito borgeano de 4 páginas acerca de los nietos desheredados de un héroe de la Guerra de la Independencia. El relato, identificado como Los Rivero, está inacabado, y su descubridor, Julio Ortega (crítico y profesor de la Universidad de Brown), cree que ésa fue la novela que Borges no quiso escribir. Según Ortega, el autor de Libro de arena abortó la empresa de Los Rivero precisamente porque se dio cuenta de que el texto se trataba de una novela y de que, por tanto, necesitaría extenderse. Pero ésa es sólo una hipótesis… ¿Sería descabellado imaginar cómo se movería Borges en la distancia larga?
R.- Borges pensó en más de una ocasión en hacer una novela, por ejemplo cuando proyectó “El congreso”, que luego fue un cuento largo incluido en El libro de arena, pero, en cualquier caso, su novelística nunca abusaría del tedio o de la trivialidad de los detalles, sino que seguramente se parecería a la de su admirado Kafka. Prueba de ello es la kafkiana película de largometraje titulada Invasión, de la que hizo el guión junto a su amigo Adolfo Bioy Casares y al director Hugo Santiago Muchnick.

P.- Destacaré una similitud que Borges encontraba entre el cuento y el poema corto: uno y otro —decía— pueden darnos “una sensación de plenitud continuamente”, porque, al contrario que la novela, son ideales para leerse de una sola sentada. Tratándose de algún otro literato, yo probablemente te preguntaría: ¿en qué medida está el poeta presente en sus cuentos, y en qué medida el narrador está presente en su lírica? Pero el americano es un creador integral y rebasa los cánones…
R.- Desde luego, hay muchos temas, como el del laberinto cósmico, y muchas técnicas, como la de la enumeración caótica, que se encuentran por igual en la poesía y en la prosa e Borges, y, dentro de esta, tanto en el cuento como en el ensayo. Toda obra, incluso si es científica, como toda vida, tiende a la plenitud y por tanto a la poesía, tal como explicó el propio Borges: “Buscamos la poesía; buscamos la vida. Y la vida está, estoy seguro, hecha de poesía. La poesía no es algo extraño: está acechando, como veremos, a la vuelta de la esquina. Puede surgir ante nosotros en cualquier momento”. Pues bien, a mi ver, en su obra, la poesía y la vida surgen continuamente.

P.- Al hilo de esa condición de escritor integral, en el último de los ensayos reunidos en Borges y todo, dado a conocer electrónicamente el pasado año en la revista Jot Down, escribes algo que también apreció Valente y que yo, desde luego, suscribo: el creador de El oro de los tigres derrocha genialidad no sólo en el cuerpo central de sus libros, sino también en los prólogos, en los epílogos ¡e, incluso, en las dedicatorias! Difícilmente se puede ser más integral… 
R.- En efecto, el escritor, el poeta, el genio, lo es por igual en sus obras mayores y en los paratextos de las mismas, así que se pueden hacer excelentes antologías de prólogos, epílogos o dedicatorias de Borges. De hecho, ya existen volúmenes compilatorios como los titulados Prólogos con un prólogo de prólogosBiblioteca personal o Prólogos de La Biblioteca de Babel, que contienen auténticas delicias.

Son muchos los paratextos borgeanos que ejemplifican la tesis de Rodríguez Fer. Destacaré estas visionarias líneas extraídas del epílogo de El hacedor: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

P.- Hablábamos antes de tus ensayos dedicados a Borges. Pero en tu obra creativa, también has homenajeado (de forma directa u oblicua) al autor de La rosa profunda. De hecho, este mago ya aparece citado en tu primer libro, Poemas de amor sen morte (Poemas de amor sin muerte), publicado en 1979. Y uno de tus Meta-relatos se titula significativamente “A biblioteca de Borges” (“La biblioteca de Borges”). Pondré otro ejemplo más reciente: en Viaxes a ti (Viajes a ti), este micropoema tuyo (se titula “Borges”) es casi una traducción de una frase de El Aleph: “Eu tamén vin / en Inverness / unha muller / que non esquecerei” (“Yo también vi / en Inverness / una mujer / que no olvidaré”).
R.- En efecto, Borges es uno de esos autores con los que establecí contacto desde mi primer libro y con los que he mantenido diálogo permanente. De hecho, la primera cita del primer poema de mi primera obra es precisamente de Borges: “Yo, que tantos hombres he sido…”. El más reciente poema “Borges” surgió, como epifanía erótica y borgeana a un tiempo, cuando visité las Tierras Altas de Escocia, pues allí sentí el maravilloso abismo de estar viviendo la frase alusiva a Inverness de la enumeración caótica de El Aleph.

P.- Amor, humor, teología, literatura, ciencia, filosofía, política, arte, geografía, historia, astronomía… En las páginas de Borges, laten prácticamente todas las inquietudes del hombre (de ahí que el título de tu último libro sea tan oportuno), pero ahora que hablas de tu “epifanía erótica y borgeana”, sería injusto obviar que el erotismo es un tema apenas cultivado por el autor de La cifra
R.- En la poesía y en la narrativa de Borges aparece muchas veces el amor, pero muy pocas su manifestación erótica explícita, entre otras razones porque este autor fue formado como una especie de pudoroso caballero victoriano y le desagradaba mostrar abiertamente tal dimensión. No obstante, el erotismo aparece en la obra de Borges de una manera sutil y simbólica no exenta tampoco de sensualidad. Por ejemplo, en el precioso cuento “Ulrica”, que sucede en la histórica ciudad de York, los enamorados, un maduro colombiano y una feminista noruega, se acuestan juntos en un cuarto con las paredes empapeladas de un rojo muy profundo, a la manera del diseñador utopista William Morris, lleno de frutos y pájaros entrelazados. Y, en este contexto tan estéticamente erótico, desaparece la espada simbólica de la Saga nórdica de la que habían hablado y que invisiblemente había entre los dos, sugiriéndose a continuación bella y fluidamente la aliteración que brota de la unión sexual: “Secular en la sombra fluyó el amor”.

P.- Volvamos a las enseñanzas que recibiste de Borges. En una ocasión, me dijiste que debes al mago “la apertura sin límites a los más variados temas, mundos y autores”. Ciertamente, en tus creaciones no es difícil percibir el gusto por el exotismo borgeano. Verbigracia: el universo imaginario del argentino está poblado de tigres, y tú titulas significativamente tu segundo poemario Tigres de ternura (Premio Nacional de la Crítica de 1982), tomando como fuente de inspiración a Cansinos Assens (“Yo seré como un tigre de ternura”), quien a su vez era un maestro para el propio Borges. Un hermoso triángulo…
R.- Cuenta Borges que cuando iba de pequeño a contemplar el tigre al zoo, a todos los niños les parecía sanguinario y hermoso, pero a su inocente hermana Norah le parecía que estaba hecho para el amor. Luego Borges asoció esta observación al verso de su maestro judío-español Rafael Cansinos Assens, quien en efecto había escrito “Yo seré como un tigre de ternura”. Por todo esto, yo mismo, admirador desde niño de los tigres y lector desde muy joven de Borges y, gracias a Borges, también de los tigréfilos Blake, Chesterton, Kipling y Cansinos, no podía sino titular Tigres de ternuraaquel libro lleno de referencias al tigre. Además, al reunir dos elementos aparentemente antagónicos, este título reflejaba muy bien la pasión amorosa, que me parecía que debía reunir la fiereza de lo felino y la dulzura de lo tierno. En este sentido, tanto en el libro como en el título había una dimensión reivindicativa, porque, como es obvio, en la tradición patriarcal de la época en la que yo fui formado, la ternura era vista como un sentimiento más bien femenino e impropio del varón, que se entendía más acorde, en cambio, con la agresiva fortaleza del tigre o del león, cuando no con la del gorila. Y yo pensaba entonces, como por supuesto sigo pensando ahora, que el hombre no es menos ni más hombre por sentir o manifestar ternura, solo, eso sí, es más persona, o sea, es un ser humano más completo y no mutilado o amputado de una dimensión tan necesaria para dar y recibir lo más importante que puede darse y recibirse en la vida, que, naturalmente, es el amor.

P.- ¿Fabulaste alguna vez con la posibilidad de conocer en persona al fabuloso Borges, fallecido en 1986?
R.- Después de leer y releer a un autor muy admirado o simplemente muy próximo aunque no se haya conocido en persona, Borges decía que uno acababa considerándolo como a un amigo. Así lo dijo de Oscar Wilde, por ejemplo: “Pensar en él es pensar en un amigo íntimo, que no hemos visto nunca pero cuya voz conocemos, y que extrañamos cada día”. Al final de “Borges y los regalos del universo”, sin desdecir de mi admiración por muchos grandes escritores, yo digo que a lo largo de mi vida sentí, incluso desde niño o desde adolescente, algo parecido con respecto a narradores como Verne, Cervantes y Tolstoi, o a poetas como Whitman, Rosalía y Dickinson, para concluir que desde muy joven lo sentí siempre respecto a Borges. Ahora bien, en este caso, como en el de otros autores coetáneos, no podemos decir que no los hayamos visto u oído nunca, porque seguramente los hemos visionado y escuchado muchas veces a través de grabaciones audiovisuales, que dan una proximidad todavía mayor, más directa, más personal y más íntima. Así que, en realidad, yo tengo la misma o mayor sensación de haber conocido a Borges o a Cortázar, de quienes leí, vi y oí casi todo, que a otros autores que conocí o que incluso traté personalmente. Como decía Quevedo, otro gran maestro de Borges, a propósito de la lectura, al menos en estos dos casos: “vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”.
(Esta entrevista mía se publicó el 20 de septiembre de 2013 en La Huella Digital.

miércoles, 19 de junio de 2013

Rodrigo: el regreso de una leyenda

Los amantes de las letras refinadas y de las melodías vibrantes están de enhorabuena. Tras siete años de silencio discográfico, Rodrigo, leyenda de la música popular española, publica un nuevo trabajo: V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos. Este disco está compuesto por una veintena de canciones propias e inéditas. 
Rodrigo, en Madrid.

Rodrigo García Blanca (Sevilla, 1947) fue fundador, al albor de los 70, de dos grupos míticos del
 pop español, hoy inactivos: Solera y CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán). En la alabada ópera prima de esta última formación, Señora azul (1974), se incluyó la composición más emblemática del músico sevillano: “Sólo pienso en ti”. Con el paso de los años, este tema sería popularizado, a un lado y a otro del charco, por intérpretes tan dispares como Manolo Galván, Guillermo Dávila, Amistades Peligrosas, Miguel Bosé, Enrique Urquijo y Los Problemas o Jerry Rivera. 

“Sólo pienso en ti”, una de las canciones bandera de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán.
De forma paralela a sus trabajos con CRAG (Solera sólo grabó, en 1973, un LP), Rodrigo ha ido cimentando una carrera solista rica y coherente. Suyos son los siguientes discos, desconocidos para el gran público, pero muy apreciados por la crítica: Canciones de amor y sátira (CBS, 1975), Rodrigo (Movieplay, 1980), Solera reservada (Fonomusic, 1987) y El jefe (Sargo, 2006).
Rodrigo, además de ser un fino rastreador de la melodía, siempre ha sido dueño de una pluma sensual y romántica. Sus sempiternos homenajes a la mujer adoptan, al margen de CRAG y Solera, un tono más confesional y poliédrico. No en vano, varias de sus canciones solistas llevan nombres de féminas: “Ana”, “Victoria”, “Laura”, “Niña Luisa”, “¿A dónde vas, Pilar?”, “Doña Josefina”, “Fiona”… Como dijera el crítico Diego A. Manrique, estamos ante “joyas lúbricas o melancólicas que constituyen uno de los tesoros secretos de la canción de autor en castellano”. 

“Laura” es el tema que abre el homónimo LP de Rodrigo (1980).
Al igual que ocurriera con El jefe (2006), V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos ha sido editado por el propio Rodrigo. El músico andaluz, en una dilatada entrevista publicada en el pasado año en LA HUELLA DIGITAL, confesaba: “Durante varios años, presenté, en distintos sitios, proyectos que me rechazaron con cortesía, con desdén e, incluso, con grosería. Esas gentes manifestaron una evidente falta de sensibilidad, pues mis proyectos —creo que puedo decirlo— desprendían delicadeza e, incluso, romanticismo. Negativa tras negativa, al cabo de los años, me dije: ‘Hago yo un disco y me lo pago’. Pero, claro, cuando autoeditas un álbum, si no eres millonario, es considerable el dinero que te puedes gastar en la aventura. Y, evidentemente, no puedes plantearte una campaña de lanzamiento ni con minúsculas. ¡Yo mismo distribuyo El jefe! En fin, el disco que tengo entre manos [se refería a V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos] va a tener un resultado igual de catastrófico que su predecesor: se venderá con cuentagotas. El batacazo económico me obligará a abandonar estas aventuras. Pero puedo presumir, una vez más, de tener la confianza en un repertorio bien trabado”.
V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, al igual que el anterior trabajo de Rodrigo, no será distribuido a través de cauces convencionales. Aquellos que deseen adquirir el disco, deberán escribir a esta dirección de correo electrónico: irenegbueno@hotmail.com.
(Este texto mío se ha publicado hoy en La Huella Digital). 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Besos

Tanto la besé, la besé tanto,
que destiñó su moreno.
Madrid, diciembre de 2012
Laura Sin Díaz. Imagen de Marc Rams. 
(Este poema mío se publicó en La Huella Digital, 19/02/2013)

lunes, 27 de agosto de 2012

Fino, mi cartero

Hace unos días conocí a dos lectores de mi obra periodística: Rogelio y Araceli. Este matrimonio tan agradable quiso que un amigo en común nos presentase en Santiso, de donde somos nativos Araceli y yo. Esta señora, una de las sobrinas de Fino Valea —quien fuera cartero de nuestro pueblo durante muchos años—, me preguntó si recordaba a su tío.

—Como non me vou acordar de el! Eu tiña muito trato con Fino![1] —le dije a Araceli.

Y volviendo a casa, a la hora de los murciélagos, me invadió una memoria melancólica…


Fino es, sin duda alguna, uno de los personajes más entrañables de mi infancia. Lacónico, poco amigo de los bullicios y de las prisas, recorría medio Santiso con una bicicleta Orbea, por eso su estampa, en mi magín, está en movimiento. Sí, quizás haya olvidado algunos de los gestos de Fino, que enfermó siendo yo un rapacete y murió hace ya unos años, pero puedo recordar perfectamente su templada cadencia viajando… Aquel bondadoso hombre andaba del mismo modo que hablaba.

En las fechas navideñas, su oficio de cartero le permitía cumplir los caprichos de sus nueve o diez niños más queridos, entre los cuales yo me contaba. Efectivamente, por aquellas calendas aún creíamos en los Reyes Magos, y, con sumo cuidado, depositábamos nuestras cartas en el buzón de la oficina de correos municipal. En su oficina. Nunca se lo pregunté a Fino —que en paz descanse—, ni tampoco a su hija Amparín —amiga mía—, pero doy por hecho que él leía con atención nuestras cartas dirigidas a los Magos de Oriente. Sólo así se explica su acierto en la elección de los juguetes. Pues aunque el gusto de los pequeñuelos no difiere en demasía, uno siempre tuvo —créanme— sus rarezas… Como el propio Fino.

Ver a mi amigo Fino ejerciendo de mensajero de los Reyes Magos era como adentrarse en un cuento. Emprendía su mágico itinerario —que le llevaba desde As Veigas de Riba hasta O Chao, pasando por A Torre y Regada— con un saco al hombro. Un gran saco lleno de juguetes. Al final del trayecto, sin dejar de tomarse en serio su trabajo, Fino irrumpía en mi casa gritando:

—A ver, onde vai ese neno?[2]

Entonces, yo, alborozado, acudía a su llamada, y me olvidaba de las fronteras que sólo unos pocos —los más brutos— conquistaban en el campo del colegio.

¡Cómo no voy a recordar con cariño los selectos regalos de mi cartero! Sólo una vez este Fino me decepcionó un poquito. Debía de tener yo unos 7 años, que a esa edad empecé a alimentar mi afición musical… Resulta que había pedido a los Reyes Magos una compilación, en forma de casete, de mis canciones preferidas. De hecho, si mal no recuerdo, en la carta anoté los títulos de todos aquellos temas. Es comprensible que Fino no llegara a satisfacer mi deseo: dudo mucho que alguna discográfica recopilase, en un mismo volumen, las canciones que uno demandaba. Quizás esa obra se podría haber elaborado artesanalmente, partiendo, por ejemplo, de grabaciones radiofónicas, pero el tiempo apremiaba… Estoy hablando de principios de los 90, cuando Internet aún estaba en pañales.

Me gustaría tener aquí a mi amigo Fino para preguntarle si recuerda aquella anécdota musical… Yo recuerdo con nitidez una petición musical suya que no me resisto a dejar en el tintero. Mi madre, cuando era la locutora de la radio local, ponía mucho empeño en potenciar la interacción con el público, que podía solicitar —en directo y vía telefónica— la escucha de algún tema. Una tarde primaveral mi amigo Fino marcó, entusiasmado, el número de Radio San Tirso y pidió “Eres tú”, la emblemática canción de Mocedades. Se despidió rápidamente, no sólo porque fuera parco en palabras, sino porque quería escuchar lo más pronto posible —creo yo— aquella pieza que le fascinaba. Curiosamente, estoy hablando de la misma época —año arriba, año abajo— en que yo pedí a Sus Majestades de Oriente la utópica cinta musical. Por cierto, uno no llegó a incluir “Eres tú” en aquella lista de canciones. Me gustaría tener aquí al cartero —repito— para preguntarle si recuerda mis deseos musicales… Apuesto a que este Fino —ajeno a las modas, fiel a sus pasiones— me diría:

Como che iban regalar os Reis de Oriente, sendo magos, unha cinta que non incluíse aquela máxica canción? Tería sido pouco serio[3]




H. A.

[1] —¡Cómo no me voy a acordar de él! ¡Yo tenía mucho trato con Fino!
[2] —A ver, ¿dónde va ese niño?
[3] —¿Cómo te iban a regalar los Reyes de Oriente, siendo magos, una cinta que no incluyese aquella mágica canción? Hubiera sido poco serio…