Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
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miércoles, 13 de abril de 2011

Más sobre "Camas de hierba", mi primer libro

Este perpetuo aprendiz de formas ya tiene en sus manos la ópera prima. Me ha dicho el editor que mis Camas de hierba comenzarán a distribuirse después de la Semana Santa. En Madrid, podréis encontrar este libro en la principales Casas del Libro (Gran Vía, Alcalá, Fuencarral...). También llegará el poemario a Oviedo (a la librería Cervantes, por ejemplo) y a Gijón. La presentación madrileña la haremos seguramente a finales de mayo.

martes, 12 de abril de 2011

Un poema incluido en mi primer libro, "Camas de hierba"

EL AMIGO DE LAS CHICAS

De pequeño pensé en hacerme poeta
–o, en su defecto, gay– para elogiar
la ternura y los meandros de las chicas.
Para descalzarlas, para darles un beso
en la mejilla y para decirles (una a una,
entre susurros):
Que descanses. Llámame
por la noche, si te destapas: no vayas a coger frío…

Pero ellas (no sé por qué) en seguida
me vieron como a un amigo…
Y más tarde,
cuando crecimos, comprobé (para mi daño)
que a la mayoría, más que ver lo que les gustaba,
les gustaba lo que veían, fuese lo que fuese.
Como el poeta ahí no tenía cabida,
acabé escribiendo poemas en el otro sentido:
Para decirles lo que les diría
y nunca pude –ni podré– decirles.

Héctor Acebo, Camas de hierba, Ed. Vitruvio, Madrid, 2011

domingo, 10 de abril de 2011

Preliminar de "Camas de hierba" (Ediciones Vitruvio, 2011), mi primer poemario

PRELIMINAR

En su ensayo La llama doble, Octavio Paz escribió en buena analogía: La relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal. Es decir, tanto la poesía como el erotismo desvirtúan, para nuestro deleite, sus fines naturales. Así, el erotismo humaniza la sexualidad, poniendo entre paréntesis la reproducción en aras de la ceremonia, de la representación (un ejemplo: la copulación frente a frente, en la que los dos amantes se miran a los ojos, no es practicada por ningún otro mamífero más que por el hombre). Y el poeta, por su parte, se vale, para alcanzar la belleza, de la metáfora y del ritmo –que es, junto a la emoción, la única regla del género–, con lo que, al no mostrar todo el contenido, el lenguaje –exaltado, o, mejor dicho, erotizado– se desvía de la comunicación. Por tanto, si bien es cierto que la poesía y el erotismo nacen de los sentidos, no terminan en ellos: sus actores se ven obligados a dar vuelo a la imaginación, llenando infinitud de vacíos o insinuaciones y dando, en última instancia, un sentido más puro a las palabras de la tribu, como quería Mallarmé. ¡Poemas y ritos!

Camas de hierba es, naturalmente, un título simbólico, con lo que sus dispersos significados tienen, a lo menos, las dos direcciones planteadas por Paz. Por una parte, este título alude a los muslos de una bella muchacha: tengo para mí que recostar la cabeza en esas frescas y suaves camas es una de las ocupaciones más altas que puede alcanzar un hombre. También la poesía –la erotización del lenguaje– es un refugio nocturno y una suspensión del quehacer cotidiano: de ahí que en el libro la búsqueda de este género se confunda, las más de las veces, con la búsqueda exaltada de la mujer. En cuanto a la hierba, ésta apunta tanto al finísimo vello de los muslos como a mi infancia regada por el río Eo, que sirve de frontera administrativa (no lingüística o cultural, como demostró Dámaso Alonso) entre las comunidades de Galicia y Asturias. Hablo, en cualquier caso, de una huida del terrorismo cotidiano –no de una huida de la vida–, de una tentativa de salvación, de un viaje hacia lo misterioso, lo sutil, lo vibrante y lo ignorado. Ese es el único hilo conductor del poemario.

Para emprender el viaje, uno ha jugado con las palabras que más ama (aquellas que sirven para crear shorts, amaneceres agosteños y veredas lucenses) y con otras menos luminosas, tomadas de sus propias vivencias –de la calle y de las aulas–, a fin de crear un cuerpo equilibrado: dulce, que no dulzón. Sí, ojalá haya logrado dibujar una nívea muchacha que danza y, al tiempo, protesta (a través de la ironía y de la reticencia: sin gritar y sin perder el ritmo) cuando sus ignorantes compañeras actúan, en busca de la actual tierra prometida –la fama–, al dictado de los poderosos. Alberti escribió: ¡Oh piernas como dos celestes ríos! La anhelada claridad y la corriente amenazante…

***

Los poemas que siguen fueron escritos entre mayo de 2008 y abril de 2010.

H. A.
San Tirso de Abres, enero de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Acaba de publicarse mi primer poemario, "Camas de hierba"

¡Ya se ha publicado mi ópera prima, Camas de hierba! Me acaba de dar la buena nueva mi editor. Supongo que el poemario todavía no está en las librerías, pues llegó ayer –directo de la imprenta– a la editorial (Vitruvio). El autor no lo tendrá en sus manos, me temo, hasta el próximo martes. Queda por delante, ¡ay!, el largo fin de semana...

Sánchez Ferlosio escribe sobre el "automatismo" del aplauso

Rescato este interesante artículo de Sánchez Ferlosio que versa sobre el "automatismo" del aplauso:

Aplausos
Por RAFAEL SÁNCHEZ-FERLOSIO (El País, 29/11/2010)


Si hay alguna cosa de la que parezca apropiado decir que está fuera de lugar es de los aplausos en el Congreso. Ni siquiera se aplaude a lo que se dice, a su significado -que ya estaría mal-, sino a la pertenencia del que lo dice, siempre que sea de los propios. Hoy parece que los diputados no se dan cuenta, ni imaginan siquiera, el efecto de ridículo, de vergüenza ajena, que suscitan en el televidente especialmente cuando no son más que 30 o 50 centímetros los que separan las manos que aplauden del rostro del aplaudido. Ninguna sonrisa más falsa que la de este cuando ha de expresar gratitud en tan obligado trance. Ahora tengo en los ojos de la mente a don Mariano Rajoy y a doña María Dolores de Cospedal, pero eso no quiere decir que otros dos nombres de idéntico parentesco político, al otro extremo del hemiciclo, no podrían remplazarlos en una situación perfectamente análoga.

La idea de que esos aplausos tan fuera de lugar se suprimiesen -ya sea por votación de los propios diputados, ya por reforma normativa del Tribunal Constitucional, si es que ello es verosímil- sería, a mi entender, muy saludable, y además estético, pero virtualmente imposible de poner en práctica. No ya por resistencia de una minoría que hubiese votado en contra, pues no tengo noticia de que los discordes con la normativa establecida suelan dejar de cumplir, aun a su pesar, lo ratificado por la mayoría.

El fundamento de mi desazón es bien distinto y bastante más grave. Es la naturaleza de automatismo, de reflejo mecánico, que ha llegado a adquirir en nuestros días el aplauso. En las televisiones se está aplaudiendo constantemente a todo, en todo el día no se hace otra cosa que aplaudir, no se hace cosa de provecho en todo el día. En los entierros el aplauso se ha hecho tan convencional que se mira como una descortesía el no aplaudir. Todavía disuena en los oídos de los mayores, acostumbrados al silencio entre los muertos, pero tal vez no sea ya más que otra convención para los jóvenes, aunque para nosotros tiene la estridente inoportunidad de ser una forma de expresión que comparte con ceremonias y ocasiones alegres y festivas.

El automatismo del aplauso en el Congreso lo pone aún más fuera de lugar, lo hace aún más gratuito y más indigno. Lo malo está en que cuanto mayor sea el automatismo, la índole refleja de una cosa, tanto más fuerte se hará frente a cualquier voluntad de suprimirla. En fin, que lo que hace más impropio y despreciable el aplauso en el Congreso viene a ser precisamente lo mismo que lo hace más imposible de erradicar. ¡Todo un paradigma de la cultura actual!

miércoles, 6 de abril de 2011

Revisando "Blue velvet" (Terciopelo azul, 1986), la obra maestra de David Lynch



"In dreams", de Roy Orbison, es el tema elegido por Lynch para acentuar la onírica puesta en escena de esta secuencia extraída de su obra maestra, Terciopelo azul.

Es un mundo extraño...

Sam Cooke y la primavera



Qué extraño. Uno –que es de naturaleza irremediablemente melancólica y ya sufrió bastante durante el largo invierno– todavía no había encontrado la ocasión de celebrar la llegada de la estación primaveral. Es, pues, el momento adecuado para escuchar (y, por qué no, para bailar) este ardiente tema de Sam Cooke.