Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
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miércoles, 20 de diciembre de 2023

HILO DE RAFIA

Uno de los momentos más emotivos de ‘El amor después del amor’, la serie sobre la vida y obra del rockero argentino Fito Páez, es cuando el protagonista —interpretado por Iván Hochman— y Fabiana Cantilo —a quien encarna Micaela Riera— ponen fin a su relación amorosa. «Yo siempre estaré cerca de usted, Páez», le dice Fabi a Fito con suma ternura. Deduzco que esa escena está ficcionada, porque no aparece en ‘Infancia y juventud’ (el libro de memorias del propio Páez, donde la presencia de su ex tiene mucho peso), pero, en cualquier caso, refleja el tono real de la separación. Entre los dos músicos no hubo el más mínimo atisbo de rencor. Tampoco distancia. Ni siquiera aplacaron el sentimiento; solamente le dieron otro enfoque debido a las circunstancias —adicciones, muertes, etcétera—. De hecho, cuando ya habían roto, Cantilo hizo las armonías vocales de ‘Fue amor’ (1990) y ‘Brillante sobre el mic’ (1992), memorables baladas que ella le inspiró a Páez. Y con motivo del 63 cumpleaños de la cantante porteña, Fito publicó en sus redes: «…te amé, te amo y te amaré, luz de todos los astros».

La referida escena de ‘El amor después del amor’ me recordó mucho al epílogo de mi relación con una boliviana fantástica. Fue en el aeropuerto, después de haber pasado juntos el fin de semana, cuando nos enfrentamos a la hostil realidad. Sin duda, la química seguía intacta, pero la distancia geográfica nos afectaba. Además, era una época en que los mediocres burócratas de Migración me ponían palos en las ruedas; la frustración multiplicaba mi nostalgia —estuve a un paso de retornar a España— y no podía entregarme por completo en la relación. La situación me apenaba, porque era consciente de que ninguna otra chica me había tratado con tanta ternura y porque, indefectiblemente, la seguía amando. Eso le expliqué con la voz desgarrada. Ella, con una madurez encomiable, me respondió: «Me hace daño necesitarte y no poder tenerte para mí. Me lastima saber que lo pasas mal y no poder estar para ti. Te dejo ir porque te amo». Fundidos en un abrazo, rompimos a llorar. Fue un momento lacerante pero reparador. «Yo siempre estaré para ti», le dije. «Y yo para vos», respondió con un tono adorable. Sé que jamás traicionaremos esa promesa.

Por cierto, hace unos meses me confesó que, después de aquella despedida, subió al balcón del aeropuerto para ver el despegue de mi avión: «Tú me llorabas en el aire y yo te lloraba en tierra». Esa experiencia refleja su pasión a prueba de bombas, su capacidad para empatizar y su mirada atenta a los detalles —no es casualidad que ella me haya hecho las mejores fotos—.

Nuestra complicidad se mantiene intacta. Nos contamos confidencias, nos llamamos con apelativos metafóricos, recordamos los momentos de plenitud compartidos, nos reímos de nuestras pequeñas catástrofes domésticas (siempre he admirado su agudo sentido del humor, signo de inteligencia) y, por supuesto, seguimos escuchando nuestra playlist, donde abundan las canciones de Fito Páez y Fabiana Cantilo.

Acaso el hilo que nos une sea de rafia: como el pasador que una tarde se quitó de su cabello. Al volver del aeropuerto, me di cuenta de que se lo había olvidado en mi sofá. Lo guardé, como si se tratase de un tesoro, en el cajón de mi ropa interior. Y evoqué, fascinado, sus formas de niña. Exactamente igual que hoy.

(Publicado en El Progreso de Lugo y Diario de Pontevedra, 19/12/2023).


martes, 17 de enero de 2023

"RECORDA, MESTRE"

Para José Manuel Muñoz Puigcerver


No pudimos vernos en estas vacaciones, querido amigo. Realmente, desde que emigré a Bolivia en 2018, solo nos vimos una vez, el año pasado, cuando te acercaste al aeropuerto de Madrid, aprovechando que allí hacía escala antes de viajar a Galicia. En efecto, se complican nuestros reencuentros: yo solo puedo cruzar el charco en las navidades, no traigo muchos días, y tú ya sueles estar en Tarragona con tu familia. Pero qué extraño se me hace no poder darle un abrazo a mi mejor amigo al llegar a Madrid, máxime teniendo en cuenta que en esa ciudad vivimos juntos más de cinco años…

En la residencia universitaria —una representación en miniatura de la sociedad compartimos experiencias dulces y amargas. ¿Recuerdas cuando hicimos frente a un grupo de ultraderechistas que quería campar a sus anchas? Nosotros, antes de la medianoche, teníamos la costumbre de reunirnos en el salón para tomar una taza de Nesquick y charlar un rato. Aquellos niñatos comenzaron a quejarse de que no les dejábamos dormir. Lo paradójico es que ellos montaban fiestas bulliciosas hasta altas horas de la madrugada, incluso entre semana. Todas esas celebraciones las organizaban sin quorum ni previo aviso; y aun así, nosotros nunca les pusimos palos en las ruedas. Pero claro, sus reproches nacían del dogmatismo; el “volumen de nuestras voces” no fue más que un pretexto para tratar de poner cotos a la pluralidad ideológica y demostrar quiénes mandaban en la residencia. El caso es que, como recordarás, después de varias escaramuzas, nos vimos envueltos en una batalla dialéctica que duró más de dos horas; aquella noche tú oraste espléndido, poniendo al descubierto las contradicciones y las tergiversaciones de nuestros compañeros. No me sorprende que nos hubieran amenazado; como decía Sócrates, “Cuando el debate se pierde, el insulto se convierte en el arma del perdedor”.

Recuerdo cuando, en unas vacaciones veraniegas, viniste a verme a Santiso, y te descubrí la ría de Ribadeo, de la que tanto te había hablado uno de tus profesores: “Es uno de los lugares que tienes que visitar antes de morir”. Estabas muy emocionado. Para mí, fue proverbial el día en que me llevaste a Barcelona; tenía el afán de conocer las calles que pisaron mi padre y muchos de mis referentes artísticos e intelectuales. Más de diez años después, sigo pensando que el aroma del Mediterráneo no tiene parangón.

Contigo comencé a ir regularmente al cine, y la afición llegó a tal extremo que más de un sábado el alba nos sorprendió hablando sobre el lenguaje simbólico de Alfred Hitchcock, Sam Peckinpah o David Lynch. No es extraño que algunos de los filmes que vimos juntos como ‘Grupo salvaje’, ‘Obaba’ o ‘Vértigo’ los haya revisitado en múltiples ocasiones. Con respecto a la maravillosa película de Hitchcock, admiré tu perspicacia cuando descubriste un pequeño agujero en el guion. Te rechinaba que Galvin estuviese convencido de que su amigo Scottie detective privado al que había contratadono sería capaz de subir al campanario, donde supuestamente se suicidará la chica a la que ama, Madeleine, esposa a su vez de Galvin. Ciertamente, Scottie padecía vértigo, pero ello no fue óbice para que llegase hasta la torre en la última parte del filme, movido por un sentimiento fuerte como la ira. Además, un detective tiende siempre a buscar pruebas de las circunstancias de la muerte de una persona a la que está ligado afectivamente. Pero claro, si el protagonista subía al campanario antes (o justo después) del supuesto suicidio, descubriría el macabro plan urdido por su amigo, y toda la trama posterior media película con olor a necrofilia no tendría sentido. Te sorprenderá saber que hace unos meses Pedro García Cuartango explicó esta pequeña inconsistencia argumental en ‘Classics’, el programa que José Luis Garci dirige para Trece.

Todos estos recuerdos me ponen melancólico, pero también me hacen sonreír. Y es que conocerte fue como cuando se descubre una fuente de origen romano. Amigo, hagamos todo lo posible para que no pase otro año sin vernos. Es injusto que estén tan caros el abrazo y la frase “¿Qué pasa, chaval?” con los que nos saludamos decenas de veces. Tenemos pendientes muchos viajes (a Abel le gusta la idea de que visitemos con él París y Donosti), y ya sabes que en la Filmoteca Española siguen proyectando ciclos de eminentes cineastas. El tiempo me ha enseñado que hay pocas amistades verdaderas, y ninguna como la tuya. Hace unos días, hablábamos por WhatsApp de ‘Recorda, míster’, el entrañable programa de Barça TV. Parafraseando ese título, quisiera terminar el presente artículo diciéndote, casi en tono de consigna: “Recorda, mestre".

(Publicado en El Progreso de Lugo, 17/01/2023).

martes, 19 de abril de 2022

FACULTADES DEL ALMA

Es lamentable constatar que cada vez más personas con estudios escriben y hablan de manera atropellada. No estructuran sus oraciones de acuerdo a la sintaxis, porque sus ideas carecen de lógica. Asimismo, les es indiferente emplear el término justo, la metáfora más clarificadora… Cómo no pensar en el “hombre-masa” sobre el que escribió, con tanto acierto, Ortega y Gasset. El filósofo madrileño incluía en esa categoría social a todas las personas que no tienen afán de superación y que, carentes de criterio propio, se sienten orgullosas de saberse idénticas a los demás: mediocridad al cuadrado.

La gramática es mucho más que un envoltorio; no se puede reducir a una cuestión superficial. Escribir correctamente significa que eres detallista, exigente, “ubicado” (como dicen aquí, en Bolivia, cuando alguien tiene buen juicio) y respetuoso con el lector, que, a fin de cuentas, te entrega su tiempo.

Si encontramos la expresión precisa, no nos engañamos a nosotros mismos. Y si no nos engañamos a nosotros mismos, existe menos riesgo de que engañemos a los demás. El poeta francés Paul Valéry sostenía que la sintaxis “es una facultad del alma”; yo también aplicaría esa magnífica frase a la retórica, el arte de escribir y hablar con elocuencia.

(Publicado en El Progreso de Lugo, 13/04/2022)

miércoles, 19 de enero de 2022

ENCUENTRO EN EL LABERINTO

Cada año, cuando viajo de Bolivia a Galicia (y viceversa), hago escala en Madrid. En esos periodos de espera, siempre que pueden, vienen a verme a Barajas dos buenos amigos —el periodista Abel España y el economista José Manuel Muñoz— con los que viví en la capital. Con casi 940.000 metros cuadrados y cinco terminales, el mencionado aeropuerto es uno de los más grandes del mundo. El viajero, que arrastra cansancio físico y mental, tiene que armarse de paciencia para atravesar terminales y poder salir de la zona exclusiva de pasajeros, tras haber realizado el debido control policial. En Barajas, por mor de la pandemia, se cerraron algunos accesos, con lo que el caos alcanza ahora su máxima expresión. La pasada semana Abel España y yo estuvimos tratando de vernos, durante más de una hora, en el laberinto de Barajas. A través de WhatsApp, nos llamábamos, nos escribíamos, nos enviábamos fotos, yo le compartía mi ‘ubicación en tiempo real’… Siendo honestos, en el accidentado encuentro influyó también el hecho de que yo, solo unas horas antes, me hubiese despedido de mis padres; la melancolía minaba mi concentración. Pero, finalmente, pude fundirme en un abrazo con mi querido Abel, después de un año sin vernos.

Al día siguiente, nos reímos bastante relatándole a nuestro amigo José Manuel Muñoz con quien me reencontré en el viaje de ida la patética peripecia de Barajas. “21.000 pasos di ayer, cuando lo habitual suelen ser 10.000, no más de 12.000”, confesaba Abel. “Lo gracioso”, añadía, “es que, según el GPS, en varios momentos estuvimos bien cerca el uno del otro, ¡pero, claro, tú te encontrabas al otro lado, en la zona de pasajeros!”. Con zumba melancólica, le contesté: “Yo siempre estoy al otro lado. Al otro lado del charco, ahora mismo. Tal vez me iría bien aquello que Valente dijo sobre su maestro Cernuda: ‘Señor de la distancia y lo imposible”.

(Publicado en El Progreso de Lugo, 18/01/2022).

miércoles, 22 de diciembre de 2021

UN ALMA ENCADENADA A UNA CHALINA

El más ambicioso de mis proyectos profesionales es, sin duda, ‘Alma desnuda’, una serie sociojuvenil que denuncia la violencia de género y que emitió la red televisiva nacional ‘ATB’ durante las últimas semanas. Armar una obra de 75 minutos requiere esfuerzo y pasión a partes iguales; pero tuve la fortuna de rodearme de un estupendo equipo, Univalle Films, y todo salió adelante. El grueso de Univalle Films lo componen estudiantes y recién titulados de Comunicación y Medios Digitales; y Comunicación y Periodismo, carreras pertenecientes a la Universidad Privada del Valle. Me siento orgulloso del talento y el compromiso de mis discípulos veinteañeros; durante los rodajes, fue hermoso comprobar que todos navegábamos en la misma dirección, buscando un equilibrio entre la denuncia social y la belleza estética inherente al cine.



‘Alma desnuda’ es una serie dramática, no documental, que, sin embargo, está muy documentada. En el cochabambino colegio San Rafael, Sergio Céspedes (mi compañero en las labores de guionización y dirección) trabajó con dos grupos focales en aula —40 alumnos—, mediante un modelo de estructura participativa. El análisis de datos reflejó lo arraigada que está la discriminación de género en la juventud boliviana. La violencia sexual muestra a la mujer como víctima, pues los varones adolescentes (70%) tienden a exigir tener relaciones sexuales como prueba de amor con sus novias; y si estas no aceptan, ellos se enojan (80%). Este trabajo investigativo nos sirvió de base para elaborar el guion de la serie.


Contaré una anécdota ligada al proceso creativo de ‘Alma desnuda’. Una tarde Céspedes y yo estábamos trabajando en mi oficina. Convencidos de que nuestra serie debía trascender el lenguaje denotativo, nos propusimos buscar un objeto que simbolizase la posesión de Roberto hacia Alma. Yo traje a colación un símbolo que siempre me ha parecido muy expresivo: la camisa que el filósofo José Ortega y Gasset le regaló, en 1949, al actor Gary Cooper. Ambos se admiraban, y, en una carta, el autor de ‘La rebelión de las masas’ le explicaba al protagonista de ‘Bola de fuego’: “Mi vida ha sido muy dura, pero a despecho de eso he sido capaz de convivir con lo que podríamos llamar una felicidad permanente. Que esa camisa sea como un amuleto que le quite la melancolía si alguna vez ésta se apodera de usted”. Después de haberle leído esas líneas al codirector, ambos comenzamos a reparar en nuestras vestimentas. Aquella tarde hacía frío y yo llevaba puesta una chalina; nos concentramos en ella y nos preguntamos qué podría simbolizar en el contexto de la serie; entonces, imaginamos al chico maltratador (Roberto, interpretado por Jhoseph Elías) poniéndole esa prenda a su novia (Alma, encarnada por Luana Arce): fue ahí cuando encontramos el ansiado símbolo de la opresión, eje vertebrador de la serie. Inmediatamente, nacieron estas líneas de diálogo: “Quiero que esta chalina sea tu amuleto, que te quite el miedo a volar cuando viajes a Buenos Aires, y que, cuando la pongas, te acuerdes de mí”. En efecto, la anécdota de Ortega y Cooper nos inspiró harto. Paradójicamente, aquella camisa expresaba un significado positivo la felicidad, mientras que nuestra chalina presenta connotaciones negativas, pero necesitábamos un referente simbólico de gran alcance.


De ese modo, utilizando los recursos expresivos del cine y alejándonos del tono panfletario, pretendimos conectar de un modo más ameno con la juventud.

(Gracias, Raize, por el título de este artículo).

[Publicado en Opinión, 22/12/2021].

martes, 9 de octubre de 2018

José Mediante

QUIZABES MELLOR que dicilo sería cantalo. Chamábase José Antonio Mediante Pereiro, e no noso Santiso de Abres natal (onde exercía de zapateiro) todos o coñecían polo seu primeiro apelido, Mediante. El e a súa muller —Elisa— coidáronme cando era moi cativo, e tratáronme coma un fillo, o fillo que nunca tiveron. Na súa zapatería, Mediante aprendeume a camiñar, do cal se sentía orgulloso. Si, ouvíndolle contar o relato dos meus primeiros pasos, calquera diría que obrara un milagre... O certo é que a moitos dos nosos veciños si lles parecía milagroso que un señor bébedo e impetuoso se volvera, nun repente, manso, vulnerable e tenro fronte a unha criatura descoñecida. 
Nado na aldea da Antigua, Mediante tampouco foi comprendido pola súa labrega familia, nin sequera nos seus últimos días; os tipos pintorescos —xa se sabe— van sendo cada vez menos nesta sociedade ridiculamente uniforme. Certamente, Mediante blasfemaba tanto ou máis que os outros homes santiseiros, pero se lle dicías unha frase amiga, a súa ollada volvíase limpísima, transparente. Imaxino que o ambiente extremadamente machista dun pobo tan afastado das cidades acabou por conferirlle un aspecto áspero, que en realidade cumpría as funcións dun parapeto, pois non coñecín a ningunha persoa máis nobre e xenerosa ca el. O meu amigo era, en fin, coma o toxo, que atravesa luvas e, ó mesmo tempo, acende, no luscofusco, os ollos do camiñante sensible. 

Eu era un pícaro falcatrueiro e ben observador. Foi Mediante quen me salvou da monotonía, quen atizou as miñas ensoñacións. Así, cando íamos ó horto que lle cedera meu avó, alí onde din A Redondela, o zapateiro subíame á súa carretilla, regalándome unha marabillosa viaxe polo campo. O aire enchíase de brancura ó acariñar a miña faciana, a única parte dun servidor que sobresaía dentro do devandito vehículo. Sen saber como expresala, eu tiña a sensación de que desembocabamos nun reino onde o tempo se suspendía; acolá non existían regras ou límites. No tránsito da Redondela á Granda ou a Robaín, a un faltábanlle ollos para retratar os animais (esquíos, donicelas, merlos, tordos, paporrubios, bolboretas…) cos que nos cruzabamos. Nunca un agasallo coma este —penso eu— lle foi feito a un neno.

(Artigo meu publicado en El Progreso de Lugo, 06/10/2018)

lunes, 23 de mayo de 2011

El doctor Félix Rebollo escribe sobre la presentación de mi primer libro

Félix Rebollo (doctor en Filología Hispánica y en Ciencias de la Información) publicó el pasado sábado, en su página web, Cantando sobre el atril, un artículo de opinión que versa sobre la presentación oficial de mi primer libro, Camas de hierba. En el segundo curso de la licenciatura de Periodismo, Rebollo fue mi profesor de Movimientos Literarios y Análisis de Textos en Prensa. Este Félix siempre ha considerado la poesía como el género más salvífico de la literatura. Reproduzco su artículo (que lleva por título "Ópera prima de Héctor Acebo, ex alumno") a continuación:
"Vamos caminando en este mundo salvífico de la poesía; pero, en este caso, Héctor se apoya en otro poeta grande, ya curtido en todas las batallas, como es Martínez Sarrión. No está solo; se sirve de una pléyade irrepetible como Octavio Paz, Pere Gimferrer, Valente y Panero. Con estos nombres nos envuelve de tal manera que al construir y rematar lo poético resulte más fácil el conocimiento que es a donde quiere aupar, con ritmo, emoción, sentimiento, erotismo para dar sentido a las palabras de la tribu en expresión mallarmiana.

En la presentación del libro Camas de hierba, ayer, faltó debate, pero Héctor estuvo sublime con las palabras adecuadas, rítmicas, sonoras en las que la poesía que leyó hizo que la libertad se derramara sobre los asistentes, hizo que sobre nuestras cabezas se aposentara el espíritu vivificante, nutriente. Lógicamente, como se dijo, no supera, ni lo pretende, a Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez, pero es el libro inicial, el sustento del porvenir poético.

No pude preguntar, aunque en mi mente revoloteó por qué el poeta, casi siempre, cuando se inicia en la poesía, alude a la poética corporal inmersa en erotismo, pensamiento que ya Octavio Paz se encargó de ventear; mas, en Camas de hierba se va más allá al incrustarse en el sexo. Héctor juega con las palabras, más con el silencio para detener el tiempo. Una vez leído el libro, quizá no me equivoque, el dístico preferido es: 'Que descanses. Llámame / por la noche, si te destapas: no vayas a coger frío'. Todo un mundo en el que el simbolismo se hace carne, pasión, entrega, necesidad".

Félix Rebollo, Cantando sobre el atril, 21/05/2011

viernes, 8 de abril de 2011

Sánchez Ferlosio escribe sobre el "automatismo" del aplauso

Rescato este interesante artículo de Sánchez Ferlosio que versa sobre el "automatismo" del aplauso:

Aplausos
Por RAFAEL SÁNCHEZ-FERLOSIO (El País, 29/11/2010)


Si hay alguna cosa de la que parezca apropiado decir que está fuera de lugar es de los aplausos en el Congreso. Ni siquiera se aplaude a lo que se dice, a su significado -que ya estaría mal-, sino a la pertenencia del que lo dice, siempre que sea de los propios. Hoy parece que los diputados no se dan cuenta, ni imaginan siquiera, el efecto de ridículo, de vergüenza ajena, que suscitan en el televidente especialmente cuando no son más que 30 o 50 centímetros los que separan las manos que aplauden del rostro del aplaudido. Ninguna sonrisa más falsa que la de este cuando ha de expresar gratitud en tan obligado trance. Ahora tengo en los ojos de la mente a don Mariano Rajoy y a doña María Dolores de Cospedal, pero eso no quiere decir que otros dos nombres de idéntico parentesco político, al otro extremo del hemiciclo, no podrían remplazarlos en una situación perfectamente análoga.

La idea de que esos aplausos tan fuera de lugar se suprimiesen -ya sea por votación de los propios diputados, ya por reforma normativa del Tribunal Constitucional, si es que ello es verosímil- sería, a mi entender, muy saludable, y además estético, pero virtualmente imposible de poner en práctica. No ya por resistencia de una minoría que hubiese votado en contra, pues no tengo noticia de que los discordes con la normativa establecida suelan dejar de cumplir, aun a su pesar, lo ratificado por la mayoría.

El fundamento de mi desazón es bien distinto y bastante más grave. Es la naturaleza de automatismo, de reflejo mecánico, que ha llegado a adquirir en nuestros días el aplauso. En las televisiones se está aplaudiendo constantemente a todo, en todo el día no se hace otra cosa que aplaudir, no se hace cosa de provecho en todo el día. En los entierros el aplauso se ha hecho tan convencional que se mira como una descortesía el no aplaudir. Todavía disuena en los oídos de los mayores, acostumbrados al silencio entre los muertos, pero tal vez no sea ya más que otra convención para los jóvenes, aunque para nosotros tiene la estridente inoportunidad de ser una forma de expresión que comparte con ceremonias y ocasiones alegres y festivas.

El automatismo del aplauso en el Congreso lo pone aún más fuera de lugar, lo hace aún más gratuito y más indigno. Lo malo está en que cuanto mayor sea el automatismo, la índole refleja de una cosa, tanto más fuerte se hará frente a cualquier voluntad de suprimirla. En fin, que lo que hace más impropio y despreciable el aplauso en el Congreso viene a ser precisamente lo mismo que lo hace más imposible de erradicar. ¡Todo un paradigma de la cultura actual!

sábado, 18 de diciembre de 2010

Las cartas de Molina Foix


Escribía, en buena lógica, Molina Foix (novelista, cineasta y uno de mis críticos de cine de cabecera) en la edición madrileña de El País de ayer:

La carta real sigue existiendo en cualquier caso, pues cartas son a mi juicio los correos electrónicos que nos cruzamos, sobre todo si se pone un poco de esmero en su redacción; hay que reconocer, sin embargo, que personas cultas que se cartean de tal forma no corrigen su ortografía cibernética, como si el modo de comunicarse a través de la Red diera bula a los usuarios para descuidar el idioma, cometiendo faltas garrafales.

Lean el artículo completo, que lleva por título "La carta robada" (como el relato de Poe), pinchando aquí: no tiene desperdicio.

domingo, 28 de noviembre de 2010

César Antonio Molina también critica la prevalencia de la información sobre el conocimiento


Me alegra toparme con un artículo de César Antonio Molina (El País, 25/11/2010) que incide en las tesis que yo mantuve en mi texto "Internet, la creencia pararreligiosa", publicado un día antes. Merece la pena resaltar este párrafo escrito por el literato y ex ministro de Cultura:

La cultura humanista está hoy abandonada por jóvenes entregados al becerro de oro de las redes de comunicación. Cualquier respuesta la obtienen -o creen obtenerla- allí, en el poder cada vez mayor de la información sobre el conocimiento. O, si se prefiere, en el poder cada vez mayor de la economía sobre la cultura. Las industrias de lo imaginario, del entretenimiento, se alzan sobre los valores del espíritu, la meditación, la reflexión. Lo útil sobre lo inútil. La cultura se convierte en industria, en la forma de un complejo mediático-comercial que es el motor del crecimiento de las naciones desarrolladas.

martes, 23 de noviembre de 2010

La "sociedad basura"

Uno piensa, en buena lógica, que una sociedad como la nuestra que ha perdido el miedo y el asco al concepto 'basura' hasta el extremo de divertirse y gozarse con él, no puede ser -mayoritariamente- sino una 'sociedad basura', una sociedad en que los emblemas de la excelencia no sólo se han perdido sino que han sido sustituidos por sus contrarios, una sociedad de la bajura y la falta de calidad, de gusto y de formación cívica e intelectual. ¡Qué manjar para los políticos mediocres!

LUIS ANTONIO DE VILLENA (El Mundo, 5/11/2010)

sábado, 14 de agosto de 2010

Un hada en la playa de Los Castros

Andan estos días preocupadas las bañistas de las playas de nuestra comarca, porque son incapaces de conseguir un bronceado uniforme. Han llegado a tal conclusión a través del Facebook: en el muro de mi amiga Laura (muchacha arrubiada de 18 años recién cumplidos, que luce una piel satinada y unos grandísimos ojos verdes), alguien copió el enlace a un reportaje de El País. (Las bellas bañistas no necesitan leer asiduamente los periódicos: viven en un mundo de olas y senos). El citado artículo se nutre de una investigación publicada originalmente por The Guardian, donde se asegura que no todas las partes del cuerpo se brocean por igual, al tiempo que explica los riesgos de la exposición al sol (y ahí se incluyen los cánceres de piel, como el conocido melanoma).

Ustedes, vecinos y visitantes de la comarca, me dirán que en las playas de La Mariña lucense y del occidente asturiano no está, todavía, de moda el nudismo. Y tienen razón: nuestra mentalidad (melancólica, fría) no está acostumbrada a los exotismos y a las carnalidades. Sin embargo, aunque algunas chicas –adolescentes o veinteañeras– no lo reconozcan, más de una se desnuda en su piscina o en su terracita para hacer el amor con el sol. Como ya anticipaba antes, el sueño de estas muchachas es conseguir un moreno uniforme: odian las marcas (que les impiden lucir los escotes palabra de honor) de la braguita y del sujetador.

Y mi amiga Laura no se explicaba por qué sus atléticas nalgas tardaban tanto en desprenderse de la blancura, mientras que su espalda ya estaba bastante bronceada. La muchacha ahora ha descubierto –para su daño– que las distintas partes del cuerpo se ponen morenas a diferentes velocidades, que es muy difícil tener un moreno igualado. El trasero, concretamente, requiere “un mayor tiempo de exposición solar que otras partes de a anatomía”, según dice la investigación que sacó a la luz The Guardian. Además, la parte alta de la espalda se pone, al parecer, morena antes que las piernas. Y la parte externa de los brazos –como resultaba obvio– oscurece antes que la interna. El País añade la opinión del doctor Eduardo López Bran (dermatólogo del Instituto Médico Estético de Madrid y Jefe de Servicio de Dermatología del Hospital Clínico San Carlos de Madrid), quien cree que los mecanismos de defensa de las distintas partes del cuerpo son diferentes. Acerca del trasero, el doctor opina lo siguiente: “Si te quemas esa zona supone una agresión, ya que las defensas están disminuidas. Evidentemente es la parte que se ha trabajado menos, y lo suyo sería usar una protección de 50+; es la máxima y es la más recomendable”.

A Laura, tras la lectura del reportaje, parece habérsele caído el mundo encima. Yo la animo, y le digo que ella, siendo mujer blanca y arrubiada, tan bella, no necesita quemarse para impactar al espectador. Le explico que en una época no muy lejana la gente de piel nívea era sinónimo de pureza, de elegancia, y que las personas demasiado morenas se asociaban con las clases más bajas (campesinos, criados...). Le leo un relato de Álvaro Cunqueiro que habla sobre un hada:

Felipe fue enseñado por su tía abuela de manera que si un día iba al monte y daba la casualidad que el hada estaba con su tienda de sol, y le preguntaba qué prefería, si la tienda o a ella, que a lo mejor, siendo como era muy hermosa, blanca y rubia, estaba disfrazada de fea y de morena.

Llegados a este punto, Laura sonríe con picardía. Sólo intento –le digo– que seas consciente de tus atributos. En efecto, hay muchísimas morenas preciosas (tantas como blancas), ardientes, pasionales, pero las más nacen con ese color de piel, sólo lo acentúan. Y, que yo sepa, ninguna de ellas querría volverse blanca de repente. ¿Por qué ese empeño de las blancas en maquillar, en camuflar, su nacarada piel? Una persona quemada por el sol (como se sabe, los blancos –especialmente aquellos que lucimos lunares o pecas– tendemos a quemarnos, si no utilizamos la protección adecuada) tiene bien poco de atractiva y mucho de excesiva: acaso eso era a lo que se refería Cunqueiro. Hay, en fin, más de un canon de belleza, pese a que la tele nos venda únicamente el prototipo de famoso de Hollywood bronceado, entregado al vicio, ajeno a lo que ocurre a su alrededor…

Mientras yo desgrano este improvisado discurso romántico –muy propio de alguien que desea lo que ha perdido, como diría Petronio–, Laura me mira con los ojos encendidos como faros. Parece creerme, pero reconoce tener miedo a no gustar lo suficiente a sus colegas, si no trata, “como todo el mundo”, de ponerse morena. Y, acto seguido, me comenta: “Claro que si los bikinis se hubieran inventado en la juventud de Cunqueiro, hasta las hadas querrían lucirlos, sin miedo a apagar su blancura…”.

Cae la tarde en la abrigada playa de Los Castros. Laura apoya su cabeza en mi regazo. Yo miro sus blancas (ahora no tan blancas) piernas: esplenden al sol. Las acaricio, y pienso: Ésta es la ocupación más alta que puede alcanzar un hombre.

Por HÉCTOR ACEBO. La Comarca del Eo (El Progreso), 14/8/2010

martes, 22 de junio de 2010

Renovar la educación, transformar la realidad


En su Panfleto desde el planeta de los simios, el malogrado Vázquez Montalbán se muestra convencido de que el marxismo “sigue sobreviviendo como un sistema de análisis, como un método de comprensión de la historia, no en balde es el mejor diagnóstico que hasta ahora se ha hecho del capitalismo”. Pese a que ya ha pasado más de una década desde la publicación del citado ensayo, probablemente siga vigente la idea del periodista y escritor: nuestra época histórica se caracteriza (como todas las anteriores) por un modo de producción específico que se corresponde con el sistema de poder establecido y, por ende, con una clase dirigente en constante conflicto con una clase oprimida. Una clase (media, en muchos casos) que goza de no pocos derechos sociales, pero que, sin embargo, es frecuentemente tratada como un mero objeto, cuando no devorada por el monstruo de la alienación o de la depresión…

El marxismo –como es sabido– interpreta la realidad para transformarla. Para conseguir tal fin, es necesario que el individuo adquiera una cultura sólida, una base teórica, que le ayude a comprender la historia –como dice el propio Vázquez Montalbán–, a construir su propio análisis de la sociedad cambiante. Sin embargo, históricamente (y aquí reside el punto débil), muchos de los intérpretes del marxismo, en su afán por imponer un único dogma, se han mostrado reacios a fomentar los debates colectivos (la confrontación de ideas y de argumentos). Lo cual resulta paradójico en una filosofía que apuesta por interpretar la realidad. Pues sólo a través de la oposición de juicios puede un individuo analizar los posibles puntos débiles de una escuela, tratando de corregir o de renovar la correspondiente ideología.

En Latinoamérica, hoy la (necesaria) renovación del marxismo se traduce en los movimientos sociales, surgidos durante la pasada década (periodo ultraliberal), a raíz del enorme descontento popular frente al aumento de las desigualdades. Estos nuevos grupos de protesta (que apuestan por la defensa de los recursos naturales y del medio ambiente, cuestionando las políticas de privatización) dieron lugar a un notable cambio en las formas colectivas de organización y de acción. Ahí está el caso, en Brasil, del Movimiento de los trabajadores Sin Tierra (MST), fundado hace 25 años, hoy convertido en el principal actor organizado del país.

Traemos a colación el ejemplo del MST para dar cuenta de la impresionante transformación educativa (independiente del Estado) que ha llevado a cabo tal movimiento: “(…) dos mil escuelas en las que cincuenta mil personas fueron alfabetizadas y cerca de doscientos mil jóvenes son escolarizados”, según Christophe Ventura (Le Monde Diplomatique –edición española–, julio de 2009).

Pero este aspecto no difiere del tradicional aparato educativo marxista, que, a lo largo del siglo pasado, logró erradicar el analfabetismo (con rapidez y eficacia) y democratizar la cultura en diversos puntos del planeta. Lo que distingue al MST es su afán por fomentar, a la hora de interpretar la realidad (el fin no es otro que la transformación, como en el marxismo clásico), el debate y la discusión.

Pongamos como ejemplo la Escuela Nacional Florestan Fernandes, cuya dirección política es asumida por un colectivo pedagógico perteneciente al MST. “Como parte de su pedagogía –escribe Joao Pedro Stedile, miembro de la dirección nacional del MST–, la Escuela desarrolla la necesidad permanente de que haya debate y discusión sobre todos los temas estudiados. No hay manual. Hay argumentos, teorías, experiencias, reflexiones. Y cada estudiante necesita dominar las diversas vertientes: debatir y producir su propia argumentación, su concepción personal con respecto al fenómeno analizado.” La vocación es, según Stedile, “que sea una escuela de cuadros para toda la clase trabajadora latinoamericana. Por eso siempre se priorizan los cursos que mezclan campesinos con obreros, trabajadores con estudiantes. Gente de todo Brasil, de todo origen social, del campo y de la ciudad. Obviamente, pueden pertenecer a distintos movimientos sociales, con experiencias muy diversas y con líneas políticas muy diferentes de la del MST”. Stedile deja claro que, tras el estudio correspondiente de una materia o de un tema (casi siempre relacionado con la ciencia política), los estudiantes y los profesores, en un espacio común, debatirán sus posturas. Pues “la confrontación contradictoria en un debate colectivo permitirá al estudiante elegir qué tesis es la más adecuada para la realidad”.

Hoy saludamos con ahínco la intención de crear escuelas plurales, alejadas de un único dogma, a fin de formar cuadros para que el movimiento social consolide su base política: e interprete –como alternativa al capitalismo–, de la forma más precisa posible, la realidad. Mas resulta arriesgado emitir un juicio diáfano sobre una escuela con muy pocos años de andadura (fue fundada en enero de 2005, en el municipio de Guararema, Brasil). Lo que sí debe valorarse es el hecho de que, en varios países del Norte de Latinoamérica (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay), el pueblo (a través de todos los movimientos sociales), y no las instituciones, está cambiando el status quo.

Los movimientos sociales contribuyeron en buena medida, gracias a los intensos procesos de movilización, a que Evo Morales (presidente de Bolivia) o su homólogo en Ecuador (Rafael Correa) fuesen ratificados, en las últimas elecciones generales, con porcentajes situados por encima de los dos tercios del electorado. Del mismo modo, los citados movimientos son culpables de los avances sociales producidos recientemente en materia de educación (erradicación del analfabetismo, en Bolivia), de justicia (la nueva Constitución de Ecuador, que define la naturaleza como sujeto de derecho) o de salud (gratuidad de la atención médica en los hospitales públicos de Paraguay).

De una u otra naturaleza (en Paraguay, abundan los movimientos campesinos; en Bolivia las organizaciones indígenas se entreveran con algunos sectores medios urbanos radicalizados; en Ecuador, son visibles las organizaciones indígenas…), la creciente importancia de los movimientos sociales contrasta con la debilidad de las tradicionales formaciones políticas. Y es que, según el sociólogo Josep Pont Vidal, “La democracia de masas deja al individuo en un rol y situación totalmente impotente, teniendo solamente dos opciones para su integración política: identificarse con un sistema de dominación totalitario o asumir el valor de participar en la sociedad —civil society—, dividida a su vez en diferentes grupos de interés. (…) Las modernas democracias no son suficientes para la integración política en la sociedad de los medios tradicionales para resolver las nuevas exigencias y problemas planteados. La combinación ideal sería la superación del pluralismo tradicional del sistema liberal para desembocar en una red en concurrencia de diferentes grupos de interés. (…) Las asociaciones tendrían una función catalizadora”.

La función catalizadora de los movimientos sociales (y la consiguiente pérdida de credibilidad de las tradicionales formaciones políticas) en el Norte de Latinoamérica es un hecho probado. El tiempo dirá si se radicaliza (algunos sectores medios urbanos de Ecuador ya han tomado ese camino) o no este actor decisivo que apuesta por fomentar la pluralidad educativa para transformar la realidad. De entrada, el entorno no ayuda: el MST es, en Brasil (donde mantiene una relación absolutamente conflictiva con el presidente Lula da Silva, quien no parece dispuesto a escuchar ciertas reivindicaciones rurales, económicas, ecológicas…), objeto de una fuerte campaña de criminalización.

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 22/6/2010)

domingo, 25 de abril de 2010

La frontera

«And it stoned me» es el sugestivo tema que abre Moondance (1970), el segundo disco en solitario de Van Morrison. El cantante irlandés cuenta que a la hora de componer esta canción se inspiró en una experiencia de su infancia: «Creo que tenía sobre doce años. Solíamos ir a un sitio llamado Ballystockart a pescar. Parábamos en el pueblo cuando íbamos de camino a este lugar e iba a una pequeña casa de piedra, y había un hombre viejo, y le preguntamos si tenía agua. Nos dio agua que dijo era del arroyo. Bebimos un poco y todo pareció pararse. El tiempo parecía estar parado. Durante cinco minutos todo estuvo tranquilo y yo estaba como en otra dimensión. Eso es de lo que trata la canción».

Morrison -que venía de fraguar una obra tan experimental como Astral weeks, 1968- se valió de una clásica formación soul (dos vientos y una sección de ritmos) para transformar los temas de Moondance en ensoñaciones lúcidas, directas (no elementales) y extáticas. Su voz, un tanto mascullada, se deslizaba -cual lancha- con tanta soltura como congoja: «Oh, the water!»… y el avisado público entraba en otra dimensión.

Me gusta pensar que descubrí «And it stoned me» en las últimas horas de mi infancia: las cosas -decía Valle-Inclán- no son como son, sino como las recordamos. Las sensaciones que me sigue produciendo aquel tema se asemejan mucho a las declaraciones del propio cantante. También yo, en aquellas legendarias tardes dominicales, solía ir de pesca con mi padre a un arroyo (a la sazón, zona de recreo de la raposa o de la comadreja). Es la mía una tierra fronteriza regada por el Eo y por las leyendas de los ancianos labriegos. De aquel escenario de mi niñez sólo permanece el agua y el eco (aún me gusta cantar y que mi voz se pierda entre las inmensas montañas). ¡Qué difícil resulta ahora pescar en medio de tanta maleza! La mano del hombre, ocupada en menesteres muy materiales, ha descuidado tanto sus veredas, su intrahistoria, que a este paso terminará por desaparecer (ojalá me equivoque) la toponimia, el alimento de tantos viajes imaginarios y reales. Rego do Lobo (Arroyo del Lobo, traduzco directamente del gallego): así se llama el rincón mítico que he traído hoy a estas páginas… y que recuerdo siempre al escuchar la citada canción de Morrison.

Resulta triste comprobar cómo a algunos habitantes de mi fronteriza comarca, Eo-Navia (Asturias), les da vergüenza hablar en público la lengua que mamaron. Uno no es menos suizo o menos austriaco por hablar en alemán. Nuestro idioma natural es (como en los orientales pueblos lucenses y en las comarcas limítrofes de León -hasta Ponferrada- y Zamora -hasta Padornelo-) el gallego, concretamente su dialecto oriental, cuya marca del plural es -is: aviois (aviones). De este asunto escribió con mucha sabiduría el filólogo y poeta Dámaso Alonso: «Baste hoy decir que la afirmación ya antigua de que el gallego llega, dentro de Asturias, hasta el río Navia, es justísima, si bien, como es sabido, algunos fenómenos típicamente asturianos penetran al Oeste de esa línea. Esas hablas de entre el Navia y el Eo, fundamentalmente gallegas, pero con algunos rasgos asturianos, las designo con el nombre de gallego-asturiano» (1945).

En efecto, nuestra situación lingüística es, como estudiamos en el Bachiller, el resultado de la colonización romana y de la evolución de los primitivos dialectos romances surgidos de la fragmentación del latín. Cada una de estas lenguas que configuran nuestro mapa lingüístico tiene su propia historia, mas la convivencia durante siglos ha permitido ciertas coincidencias y elementos comunes. (Ningún filólogo de fuste obvia que las tierras fronterizas son riquísimas en tradiciones y en cultura, pues permanecen abiertas a cualquier transfusión). Huelga decir que no ha habido ningún tipo de galleguización del Navia-Eo: es tan autóctono el gallego de este territorio (habitado a la llegada de los romanos por tribus galaicas) como el bable en el resto de Asturias (a partir de la orilla derecha del río Navia). Dejen, vecinos míos, de confundir la política con la lengua: los idiomas son un patrimonio de la humanidad, no de la Administración. Lo diré, por enésima vez, con orgullo: Yo soy asturiano y mi lengua materna es -por su fonética, por su morfología y por su sintaxis- la gallega. El que escucha, descubre; quien es escuchado, se descubre a sí mismo. Hai corvos no carballo?



Por HÉCTOR ACEBO (Diario de Ávila, 25/04/2010)

domingo, 4 de abril de 2010

Curvas de músicas elevadas


Tanto la deteriorada política como la Historia, tristemente tergiversada, ocupan muchas de nuestras líneas. Y da la impresión de que nos olvidamos (¡tan sesudos!) de admirar las maravillas cotidianas. Lo cual es un error: quien conoce la naturaleza tiene una idea de la literatura (y viceversa). Digo esto porque llega el buen tiempo a Madrid, y a uno (que es de naturaleza irremediablemente melancólica y ya ha sufrido bastante durante el largo invierno) le apetece más que nunca escrutar los níveos muslos de las chicas, que en breves llegarán más desnudas que vestidas a las aulas universitarias. ¡Cuántas ganas de componer himnos que hagan justicia a semejante venustez!

Confieso, como el crítico y novelista Vicente Molina Foix en El cine de las sábanas húmedas, mi predilección por los shorts, “esas prendas tan exiguas como suficientes, que exhiben y a la vez no resaltan y son tan difíciles de llevar sin que uno o una parezca hortera”. Hoy en día estos pantaloncitos cortos y ajustados están muy extendidos entre las mujeres jóvenes, quienes los lucen, de manera informal, durante el estío. En otra época, los shorts femeninos destilaban ingenuidad y atrevimiento; de hecho, esta prenda fue usada exclusivamente, hasta bien entrada la década de los 40, por los críos. En los 50 y los 60, la campeona de los shorts era claramente Jean Seberg (a la sazón, un nuevo tipo de mujer), la bellísima actriz de Al final de la escapada o Buenos días, tristeza.

Esta Jean –mundialmente conocida por su pelo rubio a lo garçon y por la venenosa dulzura de su rostro– era tan voluptuosa que no necesitaba, para despertar el deseo del público, encarcelarse en un vestido abombado; es más –y coincido con Molina Foix–, tal indumentaria es la negación de aquellos shorts que le permitían irrumpir (complaciente y libertaria) en la pantalla con las nacaradas piernas desnudas, al aire…

Una mujer que enfunda sus muslos, su sexo y sus nalgas en los shorts, ¿qué condiciones ha de reunir para no caer en la cursilería? No hay ninguna ley escrita al respecto. Evidentemente, la donosura (un cuerpo proporcionado, las curvas, las esbeltas piernas) es una buena aliada. Pero imagino que, como sucede con otras prendas, la clave está en la clase: esa cosa tan personal, magnética, extraña e intransferible. La propia Seberg no era alta, no tenía unas piernas especialmente largas, y, sin embargo, nos hechizaba con sus poses. ¡Pocas mujeres han llevado con tanta distinción los sombreros borsalinos, pocas han resultado tan sensuales vistiendo camisetas de marinero...!

Uno ha visto –en la calle y en las aulas– varias chicas esplendentes, entregadas al placer del cuerpo, ajenas –aparentemente– al dolor y al sufrimiento. ¡Mujeres que acaso se recrean al contemplar, en el espejo, los planetas que tienen por ojos! Si las observas (el acto más opuesto a la misericordia), no se detienen: sus andares son siempre ondulados, cadenciosos… Uno intenta, a veces, hablarles, pero es difícil coordinar las palabras y los pensamientos en esos instantes turbadores, místicos... Pensándolo bien, resultaría imposible ponerse –a través de un verbo improvisado– a la altura de sus elevados (y desnudos) atributos. ¿Por qué no buscamos entonces, los enamorados y los eternamente seducidos, la justicia poética: es decir, la máxima exactitud de las palabras?

En efecto, son muchos los poetas que han cantado a los muslos. Para mí (disculpen la osadía), esa parte de la anatomía que tan bien exhiben los shorts son “camas de finísimas hierbas”. Neruda abría sus Veinte poemas de amor… de la siguiente manera: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, / te pareces al mundo en tu actitud de entrega.” Luis Antonio de Villena habla, en Celebración del libertino, de una “curva de música elevada”. José Ángel Valente, por su parte, escribió: “Los muslos de la mujer eran largos y húmedos. El fino vello brillaba dorado al sol. Interminable profundidad sin fondo de la piel.” Cunqueiro se refirió a una “suma breve, / gozo de clara visión. / Lancha.”

Sólo de esta forma, al evocar a los poetas, estaremos en condiciones de preservar tanta belleza cotidiana y diáfana. Es un objetivo arduo pero excitante. Justo.


Por HÉCTOR ACEBO (Diario de Ávila, 04/04/2010)

jueves, 17 de diciembre de 2009

Esquirlas de emoción


Siempre he creído que los amantes más impetuosos se conjugan en la voz de Sam Cooke, Ray Charles o Jackie Wilson. Morrocotudos soulmen que emplean la práctica totalidad de sus cuerpos en los fraseos. Que otorgan a cada espacio del dormitorio –el lugar cotidiano más exótico– una sílaba (y pienso en “el-ám-bar-gris-de-un-ca-cha-lo-te” que cantaba Cristina Lliso, voz de Esclarecidos, en “Arponera”), distinguiéndola de las demás por un tono más alto o más grave. Además, tras tantos vaivenes excitantes, estos elásticos cantantes frecuentemente consiguen reposar la frase al final de cada estrofa, equilibrando lo más delicado y lo más ardiente.

Divisando el mediocre panorama musical patrio de la última década, estas obviedades se antojan absolutamente anacrónicas. Porque, si de algo carecen las voces académicas de “Operación Triunfo” y demás sucedáneos, es de la capacidad de interacción o seducción (y no hablo del físico). Decía José Agustín Goytisolo que el poeta (y el cantante, añadiría yo) no es aquel que se emociona, sino aquel que logra emocionar a los demás. Exactamente. Tanta frialdad, tantos gorgoritos, tanta perfección autómata, intenta esconder las carencias anteriormente citadas. ¿Por qué no ha de escucharse el gorjeo, el gemido, el suspiro, el grito –tan bien controlado por Charles–, cualquier suerte de impulso o imperfección humana (perdón por la redundancia) que demande la cadencia? ¿Por qué ignorar el sudor, los lunares, la piel arañada? ¿Por qué revestir el gozo, la dolencia, el miedo, la ira?

Tales sentimientos exigen, eso sí, un pulso fornido, a fin de no caer en el desbordamiento –como les ocurre de vez en cuando en nuestro país a cantantes dotados como Bunbury– y en la cursilería. Lo mismo sucede con cualquier otro género artístico que se resuelva en las distancias cortas. Que exija soltar esquirlas (sí, eso es) de emoción.









Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 17/12/09)

lunes, 7 de diciembre de 2009

El estado insensible

Según la RAE, el estado, en su primera acepción, hace alusión a la “situación en que se encuentra alguien o algo, y en especial cada uno de sus sucesivos modos de ser o estar”. En el otro terreno, el de las nuevas tecnologías (Messenger; Facebook, Tuenti y demás redes sociales), el estado conserva su auténtico significado. Y se representa con un casilla o un espacio (el relleno es voluntario) al lado del nick (alias), pseudónimo o nombre del contacto correspondiente.

En los últimos tiempos, he recopilado (¿para qué ocultar el tedio?) algunos de los estados más groseros de contactos varios. Tras haber adecentado la ortografía, me permito el lujo de reproducirles una muestra que no tiene precio:

Si tuviera polla, vendrías a chupármela.
Vais a comerme todos el pollo.
Los ritmos son como las mujeres: o las pillas rápido y les das caña… o corres el riesgo de ser su amigo.
Hoy es noche de sexo: voy a devorarte, nena linda.

Dando por hecho que estas frases (sean elaboradas, plagiadas o citadas: poco me importa) representan el pensamiento o los “sucesivos modos de ser o estar” de sus individuos, a uno se le cae el mundo encima. Y más teniendo en cuenta que las tres primeras expresiones, terriblemente machistas, están escritas por sendas féminas. Si la igualdad consiste actualmente en dar la vuelta a la tortilla hasta caer –como los machos ibéricos– en la vulgarización más abyecta, yo me he quedado anclado en una época aparte.

Y, acaso por culpa de ese anclaje, a una gran parte de mis coetáneos les rechinan (o no entienden, ni hacen ningún esfuerzo por entender) los musculosos versos ajenos que utilizo en las redes sociales para embellecer el ancestral don del lenguaje, para huir del terrorismo cotidiano que preconizan la prensa rosa y esa pugna –nótese que no digo comunión– entre penes y vaginas llamada perreo o reggaeton:

Estamos en derrota, nunca en doma (Claudio Rodríguez).
Como el sentimiento es lo primero / quien preste atención / a la sintaxis de las cosas / nunca te besará completamente (e.e. cummings).
Contemplé tanto la belleza, / que mi visión le pertenece (Kavafis).
Tiempo en profundidad: está en jardines (Jorge Guillén).
Tengo una gran distracción animada (Pessoa).

Si me permiten la osadía, un trabajo voluntario como el mío debería merecer al menos una caricia de muchacha trigueña. Desgraciadamente, la realidad me dice que cada vez está más en desuso ese término (caricia: qué dulce suena al oído) entre el paupérrimo vocabulario de las nuevas generaciones…





Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 7/12/09)

lunes, 12 de octubre de 2009

El 'caso Gürtel': un test de calidad democrática

Tras el levantamiento del secreto del sumario con imputación de 71 personas, el caso Gürtel con sus distintas ramificaciones ha entrado en una nueva fase judicial, de consecuencias políticas hoy por hoy impredecibles. Por una parte, aparece la trama de corrupción que afectó a grandes municipios madrileños (Pozuelo, Majadahonda, Boadilla, Arganda, etc.), políticamente neutralizada de momento gracias a las fulminantes dimisiones exigidas por Esperanza Aguirre.
Pero luego está el caso Camps, el presidente del Gobierno valenciano cuya imputación por cohecho fue polémicamente sobreseída, pero contra quien la fiscalía del Supremo ha pedido la reapertura del caso, dada la aparición de nuevas evidencias de corrupción. Y por encima de todo esto sobrevuelan los indicios de financiación ilegal que afectan a la sede central del PP, y ello tanto en la anterior época de Aznar como en la actual etapa de Rajoy, cuyo tesorero Bárcenas está imputado por cohecho en el sumario principal. Un complicado macroproceso de corrupción política que podría significar para el PP algo equivalente pero de mayor dimensión a lo que supuso el caso Filesa para el PSOE en los años noventa.
Resulta aventurado especular con el futuro del caso Gürtel, pero con independencia de los avatares judiciales y de las repercusiones políticas que sobrevengan en su tramitación, es evidente que este caso se va a convertir en un test evaluador de la calidad de nuestra democracia. ¿Sobrepasaremos con éxito esta prueba crucial? ¿Sabrán estar nuestras instituciones a la altura de las circunstancias? En este sentido, también el caso Filesa supuso un test de calidad, una prueba de consistencia y fortaleza que, por razones que veremos después, y pese al malestar colectivo que causó en su día, nuestra democracia superó con claridad, saliendo reforzada de ella. ¿Sucederá lo mismo esta vez?
Basaré mis argumentos en un texto cuya traducción acaba de publicarse, resumiendo la literatura sobre el análisis comparado de las democracias. Me refiero al libro Democracia y democratizaciones (CIS, 2009) del célebre politólogo italiano Leonardo Morlino, autor que distingue cinco dimensiones determinantes de la buena o mala calidad democrática. De esas cinco variables, dos son procedimentales: el imperio de la ley (rule of law) y la rendición de cuentas (accountability). Otras dos son sustantivas, pues afectan a los contenidos de la democracia: la libertad y la igualdad. Y la última se refiere a los resultados de las políticas públicas: es la satisfacción ciudadana, de la que depende la legitimidad de las democracias.
Pues bien, al aplicar su matriz al caso español, las dos variables en que salimos mejor librados son las sustantivas, pues ni la libertad ni la igualdad están aquí amenazadas (aunque esto debería matizarse, dada la injusta segregación de los inmigrantes).
Pero no ocurre lo mismo con las otras tres (rule of law, accountability y legitimidad), cuya aplicación es bastante más dudosa, y el caso Gürtel es una prueba muy significativa. Por lo que respecta al imperio de la ley, es evidente que los elevados niveles de corrupción política cuyos indicios están aflorando en los sumarios demuestran un incumplimiento de la legalidad vigente prácticamente generalizado. Y en esto llueve sobre mojado, pues el caso Gürtel sólo es el último de una larga lista donde también aparecen los casos de Marbella, Estepona, Mallorca, etc. En este sentido, a las democracias con alto nivel de corrupción, donde se incumplen sistemáticamente las leyes, Morlino las denomina democracias ineficientes o defectivas.
Pasemos al segundo indicador: la rendición de cuentas. Aquí Morlino hace suya la distinción de O'Donnell entre accountability vertical, que se ventila en los comicios electorales cuando los ciudadanos juzgan retrospectivamente los incumplimientos de sus gobernantes sancionándolos mediante la alternancia, y la accountability horizontal: la exigencia de responsabilidades ejercida por los tribunales, las instituciones reguladoras independientes y la sociedad civil.
Pues bien, es evidente que ninguna de ambas accountabilities está funcionando en el caso Gürtel: el cohecho de Camps y los suyos ha sido sobreseído por un tribunal amigo (si es que no presuntamente prevaricador), y los indulgentes electores han premiado con mayor cosecha de votos a los imputados por corrupción, en lugar de castigarlos o al menos suspenderlos como se merecían, dicho sea en términos de ética ciudadana. Luego volveré sobre esto. En cualquier caso, a las democracias en las que la accountability no funciona, o funciona mal, Morlino las denomina irresponsables o delegativas (populistas) en el sentido de O'Donnell.
Queda por ver la cuestión de la legitimidad o grado de satisfacción con los resultados de la democracia (no con la democracia misma, que no se discute en cuanto tal). Pues bien, también aquí parece evidente que hay fracciones crecientes de ciudadanos que no se sienten legítimamente representados por sus gobernantes, ni tampoco por los candidatos de la oposición (lo que explica la ausencia de alternancia), expresando su rechazo sobre todo mediante la abstención. Es verdad que la polarización reinante produce abultados apoyos electorales al partido en el poder (el PSOE en el Gobierno central, el PP en los Gobiernos de Madrid o Valencia), pero semejante sostén debe ser interpretado no tanto como aval, ni mucho menos como adhesión, sino sobre todo como mal menor: si se vota a los propios candidatos es con las narices tapadas y para castigar a sus todavía más odiosos adversarios, a los que se rechaza por ilegítimos. Una desafección política tipificada por Morlino como democracia no legítima (o mejor, deslegitimada).
En cualquier caso, bien podría pensarse que esta pérdida de calidad fuera sólo pasajera o episódica, y que la democracia española recuperará su normalidad cuando el caso Gürtel supere su tramitación judicial. Pero no cabe abrigar esperanzas que podrían revelarse infundadas, pues también podría ocurrir lo contrario si el caso se archiva o anula, sentando un aciago precedente destinado a reproducirse.
Y aún queda la posibilidad intermedia: que el proceso se alargue indefinidamente dando tiempo a que el PP recupere el poder en 2012, obteniendo así la victoria y con ella la impunidad política. Lo cual podría significar la puntilla para la democracia española, condenándola para siempre a la persistencia de la irresponsabilidad en el sentido de Morlino.
Hasta ahora, exceptuando el caso Naseiro, el PP estaba limpio de corrupción, y sólo el PSOE había caído en la vergüenza del caso Filesa y demás asuntos aledaños. Pero este partido lo pagó perdiendo el poder y manteniéndose alejado de él durante ocho años (sólo lo recuperó gracias a los errores y las culpas de Aznar), quedando vacunado contra la corrupción para mucho tiempo.
Mientras que si el Partido Popular volviera al poder en el año 2012 (lo que resulta incluso probable, dada la impotencia de Zapatero ante la deriva de la crisis), sin haber pagado ningún precio por el caso Gürtel, semejante recompensa supondría en la práctica un incentivo a la corrupción y una patente de impunidad, desmintiendo el programa radiofónico de mi infancia que se titulaba: El criminal nunca gana.
De ahí la crucial importancia de este test, que la justicia española debería sancionar con urgencia antes de que sea demasiado tarde.

(ENRIQUE GIL CALVO, El País, 08/10/2009)

domingo, 26 de julio de 2009

¿Reivindicar lo evidente?


Sí, ya sé que la temporada 2008-09 ha tocado a su fin. Pero da la impresión de que los fichajes multimillonarios de los ahora madridistas Cristiano Ronaldo, Benzema y Kaká son equiparables al éxito cosechado en el terreno de juego hace apenas dos meses por el equipo de ese fascinante tipo que ve espacios en vez de piernas (qué razón tiene el colorido prosista Manuel Vicent), Pep Guardiola. Y no me refiero exclusivamente a los más de 75000 aficionados que llenaron recientemente el Bernabéu (eso es hasta cierto punto comprensible, en tiempos de sequía) para recibir al gran fichaje blanco: sin levantarme de la cama reproduzco, adecentando un poco la puntuación, el nick del Messenger de un contacto conocido: “Nosotros ya tenemos nuestro triplete: Cristiano, Kaká y Benzema. ¡Gracias, tío Florito!”. Vamos, que para algunos todo (incluso la pasión o el sentimiento) se consigue con dinero…

También sé que hoy esa temible dictadura de la imagen –que camuflamos bajo el selecto extranjerismo marketing– lo hace todo. Que si Cristiano Ronaldo (envanecido, apuesto, alhajado, presuntuoso…) gustaba a unas cuantas, ahora –que lo vemos marcando sus atributos en los telediarios, y esto sólo es el prefacio– será el sueño platónico de las otras. Como escribí en verso hace uno mucho, “(…) cuando crecimos, comprobé (para mi daño) / que a la mayoría, más que ver lo que les gustaba, / les gustaba lo que veían, fuese lo que fuese.” ¡Amiguitas fastuosas e ignaras!

Vivimos en una sociedad desmemoriada (¿alguna de las de antes se acuerda, por no salirnos del campo, del exquisito Julen Guerrero, antaño laureado cual atleta griego?), ya lo sé. No está de más recordar que la mayoría de futboleros que conozco, merengues o no, hace apenas dos meses loaban la inteligencia de Guardiola, el juego en equipo, el toque, el formidable trabajo de la cantera (¡siete jugadores habituales en el once titular del Barça se criaron en La Masia!), y, por extensión, la combinación entre el talento, la humildad y el esfuerzo. ¿No llegaron algunos empresarios a afirmar que los triunfos de los chicos de Pep deberían extrapolarse a cualquier ámbito colectivo de la sociedad con afán de progresar? Será que los maravillosos Xavi, Iniesta y Messi (ahora tan injustamente eclipsados) no son muy glamurosos: más bien bajitos, educados, comprometidos, nunca nos sorprenden con peinados estrafalarios ni declaraciones pretenciosas… Clases medias, en fin, que, a base de sacrificio y aptitud, están consiguiendo (sin extranjerizar el nombre) en su terreno todo lo que se proponen.


Guardiola –que ejerció de recogepelotas en el Camp Nou y luego se labró una de las carreras más brillantes como futbolista de equipo en los últimos tiempos– declaró hace una década que, si un día llegaba a entrenar al club de sus amores, aplicaría (y es lo que está haciendo, con retoques adecuados: digamos, mejor, reinventaría) el modelo que en los 90 implantó el genial Cruyff, al que se le recuerda, aparte de los títulos, “por su estilo, por el toque, con el sello tan especial”. El poeta Luis Cernuda dejó escritos unos versos que me recuerdan mucho a mi querida madre y que a Pep (un hombre culto, elegante y sensible) también le irían estupendamente: “Creo en mí mismo, / porque yo algún día seré todas las cosas que amo.” Doy desde aquí las gracias a todos ellos por preservar un estilo, un sello tan especial e intransferible, una mirada que me alumbra y me calienta en estos días cual hoguera del Oeste. Unos días en que vuelve a ser necesario (todo cambia para volver a ser lo mismo… o peor) reivindicar lo evidente, no lo hipotético, utópico o metafórico. Así están las cosas, chico…

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 26/07/09)

viernes, 17 de julio de 2009

Sorolla creía que toda hora era alba


Su magistral uso de la luz hace vibrar sugestivamente los colores, marca –lejos de cualquier academicismo aséptico– el movimiento de las figuras, haciendo carne aquel verso del enigmático Pessoa:Tengo una distracción animada”, que para mí es una de las más bellas declaraciones amorosas (espero dedicársela algún día a una chica merecedora de tal alabanza: las palabras y las imágenes son de quien las necesita). He pasado una mañana entera en el Museo del Prado, que acoge desde el pasado mayo (y hasta los primeros días de setiembre) una antología de la obra pictórica de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923); ahora regreso a la vida real (bastante más estática, por cierto, que los cuadros impresionistas) y tengo la sensación de que me sobran muchos colores…

La luz de Sorolla hiere, esconde –en la aparente calma del horizonte– vidas golpeadas por el mar, margaritas que se vieron forzadas a matar a sus vástagos para ocultar tantos amores pendencieros, infantes tullidos (por obra y gracia del Señor) que se sumergen en el mar bajo la vigilancia de un fraile… La luz hiere, pero, como no me basta con mirar, intento asirla, condensarla en la mente y en los sentidos… Al final, caigo en la tentación: y me traigo del Prado una prueba tangible, a fin de compartir con mis seres queridos esa espontaneidad saludable (incluso las tragedias sorollistas desprenden calidez), como escribió en el lejano 1908 el crítico Ángel Vegue y Goldoni en las páginas de La Lectura (una revista de las artes y de las ciencias en la que colaboraron no pocos personajes adscritos o cercanos a la Generación del 98). La prueba espontánea es una lámina que lleva por título “La siesta”. Fechada en 1911, no reproduce la obra más representativa o dolorosa de Sorolla. Poco me importa. Como si se tratase de una foto en picado (lo que distinguía a Sorolla de otros maestros de la época era, principalmente, el encuadre), cuatro figuras femeninas descansan, indolentes, bajo el sol. Apenas hay aire en esta visión, dando una sensación de reposo, de pereza, de pesadumbre, de frondosidad… Sin embargo, a pesar de todos los calificativos (propios de una hora tan bucólicamente mundana como la siesta) empleados en la oración anterior, la perspectiva del cuadro es absolutamente dinámica y sirve de contrapunto. ¿El resultado? Fíjense en esas telas tan luminosas (desperdigadas por el cuadro) o en la vivísima hierba: ¡una sensualidad desbordante!


Desbordante. Pensándolo bien, no me sobran muchos colores. Tal vez debería -deberíamos, compañeros de viaje– plasmar más movimientos. Los que estamos divinamente condenados (como yo y como la mayor parte de los artistas, insumisos y soñadores) a convivir con ese estado emocional llamado melancolía, recurrimos a menudo al arte para construir un universo paralelo que resucite a aquellas personas, casas o sensaciones perdidas… El problema estriba en cómo hallar el equilibrio. Porque esa bilis negra (que dirían los griegos) a veces nos abaja –y denunciamos, rabiosos, tantas injusticias cometidas por un capitalismo salvaje que, pese a que hoy hace aguas, todavía es dignificado por esos señores de la guerra apellidados Bush y Aznar–, pero en otras ocasiones esa melancolía visionaria también nos eleva al olimpo –y bebemos, extasiados, los vientres más diáfanos de las musas– sin premeditar horario alguno…

Intuyo que Sorolla supo convivir (al menos así lo atestigua su obra) perfectamente entre esos extremos. Independientemente de la hora o del estado, su protagonista absoluta SIEMPRE fue la luz. Y eso es admirable. ¿Mujeres con geranios, espumosas playas mediterráneas o pescadores desangrados? Qué importa: son todos trabajos del artista. Condenados (poetas, pintores y cineastas) a ver sin ser vistos. Álvaro Cunqueiro, prodigioso periodista y novelista gallego, escribió: “El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba”. Exactamente.

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 17/7/09)