Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
-Correo: acebobello@gmail.com
-Instagram: @hectoracebo
-Twitter: @HectorAcebo
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboraciones en LA REPÚBLICA CULTURAL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboraciones en LA REPÚBLICA CULTURAL. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de octubre de 2010

Hernández: a través de tu cuerpo


Recién venido del homenaje que tributamos al gran poeta Miguel Hernández en el día de su centenario.

Son míos, ¡ay!, son míos
los bellos cuerpos muertos,
los bellos cuerpos vivos,
los cuerpos venideros.

Son míos, ¡ay!, son míos
a través de tu cuerpo.

(MIGUEL HERNÁNDEZ, Cancionero y romancero de ausencias)


La ternura y la sensualidad, la canción y la memoria, luchando contra tanto horror. Contra tanta ignorancia franquista.

viernes, 18 de enero de 2008

Lo conocí antes de conocerlo


...Y, por fin, mi pequeño homenaje al gran Ángel González. Este artículo, "Lo conocí antes de conocerlo", ha salido publicado hoy en la revista digital La República Cultural:

Conocí a Ángel González hace dos años y medio. Los hombres aleccionaban a las cigarras. La mañana –“ese tigre de papel de periódico”– rugía entre mis manos. Yo acudía, en compañía de mis dos queridos profesores Arturo Peralta y Ramón Fernández Fuentes, a un recital que el poeta ofrecía en la Casa de Cultura de Vegadeo. A escasos días de tutear al monstruo de la PAU, yo no dudaba, por muy increíble que pudiese parecer a mis compañeros de entonces, en subir al tren (¿o a la trenza?) que nos llevaba “a una extraña región de la que nunca volveríamos”. Y así ha sido.

Anunciaba que conocí a Ángel González aquella tarde en Vegadeo (¡y tuve la suerte de tomar con él un refresco!). Pero quizás esté mintiendo… Quiero decir que antes de conocer al poeta yo ya había experimentado, por ejemplo, aquella excitante sensación: “Escribir un poema es algo así como un orgasmo: / mancha la tinta tanto como el semen, / empreña también más en ocasiones”… Si echo la vista atrás, quizás me resulte ridículo este argumento, pero por aquel entonces yo todavía no era consciente de que, como descubriera Octavio Paz, la mejor biografía de un poeta es su obra. En ese sentido, no me extraña que el Ángel González de hoy haya tenido remordimientos a la hora de aceptar el Honoris Causa por parte de la Universidad de Oviedo. “Miro hacia atrás y me asombro de cuántos rostros, cuántas máscaras, cuántas figuras, cuántos trajes, cuántos uniformes, he sido”. Y tiene razón: el honor que recibe se otorga al autor de algunos poemas que escribió alguien que quizás ya no es él.

El poema (o el profeta) me ha ayudado a sostener la mayoría de edad, anticipándome experiencias que no tardarían en sucederme: así pues, desde que vivo en Madrid, “las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches”, lo cual, para qué vamos a negarlo, demuestra lo mucho que hemos evolucionado… en Bravo Murillo y en O Chao (capital de mi querido San Tirso de Abres). El pasado año, en la Feria del Libro de la capital, estuve a punto de desvelarle mi trágica experiencia, pero preferí seguir corriéndome –¡sólo Vallejo lo disimulaba, ni siquiera el propio González…!– en silencio. Sí, es cierto, lo conocí antes de conocerlo: que Dios bendiga, pues, el onanismo.

A propósito de El orfanato


A propósito de la criba preselectiva de los Oscar, y el consiguiente fracaso de El orfanato (J. A. Bayona, 2007), ha salido publicada hoy una de mis crítica de cine en la revista digital La República Cultural:

La escena del escondite inglés que ilustra el comienzo de la historia, y que se vuelve a repetir, de un modo escalofriante, al término de la misma cuando Laura (Belén Rueda) resucita a sus viejos amigos, podría servir como el contraste definitivo y definitorio de la filosofía de El orfanato. En la ópera prima de J. A. Bayona conviven, con resentimiento por ambas partes, la infancia robada y la madurez temeraria que transmite, con una simple mirada, Belén (¡qué bien Rueda!). Porque, como decía Leopoldo María Panero en El desencanto (Jaime Chávarri, 1976), "En la infancia, vivimos; después, sobrevivimos".

¿Qué es lo que más me llama la atención en este apasionante viaje sin retorno a las entrañas del Nunca Jamás? La amalgama de influencias que utiliza Bayona, sin concesiones a la señora urticaria, para describir todo tipo de situaciones escatológicas (¿cómo olvidar a aquella rubia capaz de esnifar polvo cadavérico?) y terroríficas, que se concentran a modo de metáfora en los retales de la lynchiana máscara del hijo de nuestra heroína.

No sé si ustedes tendrían esperanzas puestas en el filme que estamos recordando, pero a este espectador le ha sorprendido más bien poco la criba preselectiva de los Oscar… Me explico. A pesar de la elegancia que transmite El orfanato (¿o la playa de Llanes?), no debemos olvidar que los esfuerzos empleados en moldear a Laura con una psicología tan sobrecogedora como estéril olvida el tratamiento de personajes importantes. De modo que su propio marido permanece evadido durante la mayor parte del metraje.

Por otra parte, el guión es bastante previsible desde el momento en que la viejecita visita la mansión. Y, si echamos la vista atrás, hace casi cuarenta años (¡qué poco hemos evolucionado!) Ibáñez Serrador consiguió, sin ningún tipo de artificio, enclaustrarnos en una residencia que parecía una miniatura de la época. ¡Aquello sí que era terror…!

Lo que sí consigue Bayona, qué duda cabe, es un apasionante viaje sin retorno a las entrañas del Nunca Jamás. A propósito de la Ley de Memoria Histórica, no olvidemos el pasado… o arderá nuestra memoria. Como el mar.

HÉCTOR ACEBO