Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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martes, 13 de diciembre de 2011

La mirada de Truffaut



El primer Truffaut, el de Los cuatrocientos golpes, es absolutamente prodigioso. Revisando esta emotiva escena, es fácil constatar que a la práctica totalidad de los cineastas actuales ya no les interesa salvar la poética de la mirada. Vende más la evidencia.

martes, 29 de marzo de 2011

Más sobre los actores

En un estupendo artículo (El País, edición madrileña, 25/03/2011) dedicado al actor José Luis Gómez, escribe Molina Foix:
"Gran Bretaña, que tantísimas clases no-académicas tiene que darnos en materia teatral, distingue con frecuencia a sus grandes actores, les ennoblece, les aplaude en ocasiones solo con que aparezcan sobre las tablas, apaga en señal de duelo las luces de la capital cuando alguno eminente muere, como hizo con Laurence Olivier."

No le falta a razón a Molina Foix: en España apenas reconocemos a nuestros grandes intérpretes. Qué vergüenza.

sábado, 26 de febrero de 2011

Un ejemplo: Agustín González



Qué extraordinario actor era este Agustín González. Siempre resultaba creíble, incluso cuando componía personajes excéntricos o irrisorios. ¡Cuánto tienen que aprender de él los intérpretes de mi generación! Todo el oficio: así de claro.

La escena del vídeo está extraída de Las bicicletas son para el verano (1984), la obra de Fernán-Gómez que Jaime Chávarri llevó, con acierto, al celuloide.

viernes, 18 de febrero de 2011

Cómo hacer una película (o un poema, o un relato, o una novela)


"Si quieres hacer una película sobre tu novia, haz una película sobre tu novia, pero hazlo del todo: ve a museos y observa cómo pintaron los grandes maestros a las mujeres que amaban; lee libros y observa cómo hablan los autores sobre las mujeres que aman. Entonces, haz una película sobre tu novia. Puedes hacerlo todo en vídeo. ¿Cámaras Panavision, focos y dollies? Ya tendrás tiempo de sobra para preocuparte por eso después”.
Jean-Luc Godard

domingo, 30 de enero de 2011

Sobre "El hombre de Laramie", de Anthony Mann



En El hombre de Laramie (impresionante western de Anthony Mann), la ambigüedad moral del protagonista, interpretado por James Stewart, no tiene parangón. Este espectro, que deambula por un tiempo que no es el suyo, ve en la venganza la oportunidad de reafirmarse, de emprender una aventura... El hombre que lo ha perdido todo sólo ve dos metas: despedirse por todo lo alto o empezar una nueva vida sin asignaturas pendientes.

sábado, 29 de enero de 2011

En el preestreno de "Valor de ley"



El pasado miércoles, en el preestreno de Valor de ley (la adaptación que los hermanos Coen hacen del entrañable western de Hathaway), no pude evitar el llanto, pues el veterano alguacil protagonista me recuerda a un hombre incomprendido que quise mucho. Un tipo borracho y malhablado, criado en un entorno brutal, que frente a mí se volvía manso, vulnerable y tierno: como la flor del tojo. ¡Cuántas enseñanzas le debo!

viernes, 28 de enero de 2011

Revisando "El espíritu de la colmena", de Víctor Erice



Ni efectismos, ni gritos, ni ambages. Planos y contraplanos. Y miradas. Y oscuras fantasías que se acaban fundiendo con la interminable posguerra. La escena en que la niña Ana Torrent ofrece la manzana al desesperado maquis (la pistola en mano) es antológica. Una misma realidad queda conformada por dos dimensiones interrelacionadas, por dos condenados a (sobre)vivir.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Bardem, un creador de personajes

Por si alguien aún tenía dudas, Javier Bardem deja claro en Biutiful que no es un actor, sino un autor: es decir, el creador de sus complejos personajes. En esta ocasión, Bardem, premiado en el pasado Festival de Cannes, da vida a Uxbal, un antiguo camello que carga a cuestas con sus dos niños y con su bipolar esposa. El personaje, extraña mezcla, es etéreo (posee poderes para hablar con los muertos), pragmático y piadoso. Estas dos últimas actitudes se avienen en Uxbal cuando éste siente compasión por decenas de inmigrantes ilegales hacinados en una planta baja. Unas criaturas que consiguen por medio del propio Uxbal –el cual recibe la debida comisión– sus trabajos inhumanos. Jornadas maratonianas en condiciones insalubres…

Tras esta introducción, considero conveniente profundizar, sin salirme de los contornos de la película, en la capacidad compositiva de Javier Bardem. Desprovisto de esos ademanes y de esos tics con los que suelen adornarse los actores principales (vanos intentos de pasar a la posteridad), Bardem se apoya en su cuerpo, en su presencia desvanecida –la metástasis está devorando a Uxbal–, para expresar, con una precisión de cirujano o de heroinómano (maravillosa la escena en que encuentra rápidamente su vena, tras los intentos fallidos de la enfermera), las frustraciones, los arrepentimientos y los miedos de su personaje. Es un placer contemplar el minado mapa de su rostro, es un goce oír sus quejidos y sus gruñidos (contenidos, para que sus hijos no sufran la verdad) cuando orina sangre. Ese realismo, esa humanidad tan alejada de lo que entendemos comúnmente por declamación, emparenta a Bardem con los mejores actores argentinos (mi tocayo Héctor Alterio, Ricardo Darín, Cecilia Roth…).


Dicho lo cual, uno no sabe cómo trabaja habitualmente el protagonista de Mar adentro. Desconozco si acumula –a la manera de Marlon Brando, Jack Nicholson, Robert de Niro y demás actores metódicos– la máxima información de su personaje (está claro que eso hizo con el tetrapléjico Ramón Sampedro en el citado filme de Amenábar), para componerlo con seguridad. También es posible que Bardem, como el pasional Gérard Depardieu –por poner un ejemplo opuesto a Brando y compañía–, se encuentre con el personaje al interiorizar las emociones que desprenden los diálogos... Probablemente este Bardem no descarte ninguno de los citados métodos de trabajo. Lo fundamental, en cualquier caso, es que el cuerpo y la mente de este autor son lo suficientemente amplios como para dotar de credibilidad a los más complejos personajes (víctimas y al tiempo sanguijuelas), ofreciendo una inmensa gama de recursos, de detalles, de miradas, de respiraciones, de fraseos…

El director de Biutiful, Iñárritu, opta por reducir su mundo, prolongando la mirada de Bardem. Lo cual es arriesgado: sin ir más lejos, aquí uno tiene la impresión de que la narración y el montaje (un tanto atropellado) no crecen de consuno con la interpretación. Hay recursos, como la cámara en mano, que pretenden reflejar con veracidad las desventuras de los marginados, pero a Iñárritu le falta ritmo y nervio. Así, sale mal parado de la combinación de escenas estáticas y dinámicas, utilizando una misma cadencia musical (secos arpegios de guitarra) en momentos tan dispares como una rutinaria caminata del enfermo protagonista o una trascendental intervención policial. Cuando Iñárritu aminora el sonido ambiente en una escena dramática, aísla de la historia al espectador, en lugar de subrayar la tensión.

Aun sin la colaboración de su ex guionista Guillermo Arriaga, Iñárritu no ceja en su empeño de escarbar en las ruinas de nuestra sociedad capitalista (en este caso, una Barcelona corroída por la droga y la explotación), pero sus propuestas resultan planas. Muy lejos parecen haber quedado aquellos complejos y potentes dramas firmados por el citado guionista (21 gramos, Amores perros…), aquellos verdaderos ensayos de las relaciones humanas en donde el tiempo y el espacio retrocedían y avanzaban constantemente, sin que por ello se notasen las costuras de las vestimentas artísticas. Donde se aprecian las costuras es en Biutiful, una historia sencilla, si atendemos a su estructura narrativa, pero mal escrita (como su inocente título), cuyas pretensiones líricas –las referencias constantes, mal dosificadas, al rumor del violento mar– sólo funcionan en el preámbulo, que en realidad es el epílogo: la nieve como metáfora de la muerte, del dudoso alivio…

Biutiful, en fin, me deja la sensación de lo que pudo haber sido. Hay ideas, muchas ideas de calado emocional, que no tienen su correspondencia en las imágenes, en el guión y en los sonidos. Lo cual en el lenguaje cinematográfico es un naufragio.

(La Noche Americana, 4/12/2010)

domingo, 14 de marzo de 2010

Diario de Ávila


Hoy he debutado como articulista en el Diario de Ávila, uno de los periódicos españoles actuales con más historia (fue fundado en 1898).

"¿La pena o la nada?" (una crítica cinematográfica mía) ha salido hoy en la sección de Opinión (pág. 4) de tal periódico.

El Diario de Ávila (dirigido por Pablo Serrano) puede encontrarse fácilmente en los quioscos de Madrid. 2,20 euros es el precio de la edición de los domingos.