Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo
miércoles, 25 de diciembre de 2019
HOMBRE SELECTO
martes, 22 de junio de 2010
Renovar la educación, transformar la realidad

En su Panfleto desde el planeta de los simios, el malogrado Vázquez Montalbán se muestra convencido de que el marxismo “sigue sobreviviendo como un sistema de análisis, como un método de comprensión de la historia, no en balde es el mejor diagnóstico que hasta ahora se ha hecho del capitalismo”. Pese a que ya ha pasado más de una década desde la publicación del citado ensayo, probablemente siga vigente la idea del periodista y escritor: nuestra época histórica se caracteriza (como todas las anteriores) por un modo de producción específico que se corresponde con el sistema de poder establecido y, por ende, con una clase dirigente en constante conflicto con una clase oprimida. Una clase (media, en muchos casos) que goza de no pocos derechos sociales, pero que, sin embargo, es frecuentemente tratada como un mero objeto, cuando no devorada por el monstruo de la alienación o de la depresión…
El marxismo –como es sabido– interpreta la realidad para transformarla. Para conseguir tal fin, es necesario que el individuo adquiera una cultura sólida, una base teórica, que le ayude a comprender la historia –como dice el propio Vázquez Montalbán–, a construir su propio análisis de la sociedad cambiante. Sin embargo, históricamente (y aquí reside el punto débil), muchos de los intérpretes del marxismo, en su afán por imponer un único dogma, se han mostrado reacios a fomentar los debates colectivos (la confrontación de ideas y de argumentos). Lo cual resulta paradójico en una filosofía que apuesta por interpretar la realidad. Pues sólo a través de la oposición de juicios puede un individuo analizar los posibles puntos débiles de una escuela, tratando de corregir o de renovar la correspondiente ideología.
En Latinoamérica, hoy la (necesaria) renovación del marxismo se traduce en los movimientos sociales, surgidos durante la pasada década (periodo ultraliberal), a raíz del enorme descontento popular frente al aumento de las desigualdades. Estos nuevos grupos de protesta (que apuestan por la defensa de los recursos naturales y del medio ambiente, cuestionando las políticas de privatización) dieron lugar a un notable cambio en las formas colectivas de organización y de acción. Ahí está el caso, en Brasil, del Movimiento de los trabajadores Sin Tierra (MST), fundado hace 25 años, hoy convertido en el principal actor organizado del país.
Traemos a colación el ejemplo del MST para dar cuenta de la impresionante transformación educativa (independiente del Estado) que ha llevado a cabo tal movimiento: “(…) dos mil escuelas en las que cincuenta mil personas fueron alfabetizadas y cerca de doscientos mil jóvenes son escolarizados”, según Christophe Ventura (Le Monde Diplomatique –edición española–, julio de 2009).
Pero este aspecto no difiere del tradicional aparato educativo marxista, que, a lo largo del siglo pasado, logró erradicar el analfabetismo (con rapidez y eficacia) y democratizar la cultura en diversos puntos del planeta. Lo que distingue al MST es su afán por fomentar, a la hora de interpretar la realidad (el fin no es otro que la transformación, como en el marxismo clásico), el debate y la discusión.
Pongamos como ejemplo la Escuela Nacional Florestan Fernandes, cuya dirección política es asumida por un colectivo pedagógico perteneciente al MST. “Como parte de su pedagogía –escribe Joao Pedro Stedile, miembro de la dirección nacional del MST–, la Escuela desarrolla la necesidad permanente de que haya debate y discusión sobre todos los temas estudiados. No hay manual. Hay argumentos, teorías, experiencias, reflexiones. Y cada estudiante necesita dominar las diversas vertientes: debatir y producir su propia argumentación, su concepción personal con respecto al fenómeno analizado.” La vocación es, según Stedile, “que sea una escuela de cuadros para toda la clase trabajadora latinoamericana. Por eso siempre se priorizan los cursos que mezclan campesinos con obreros, trabajadores con estudiantes. Gente de todo Brasil, de todo origen social, del campo y de la ciudad. Obviamente, pueden pertenecer a distintos movimientos sociales, con experiencias muy diversas y con líneas políticas muy diferentes de la del MST”. Stedile deja claro que, tras el estudio correspondiente de una materia o de un tema (casi siempre relacionado con la ciencia política), los estudiantes y los profesores, en un espacio común, debatirán sus posturas. Pues “la confrontación contradictoria en un debate colectivo permitirá al estudiante elegir qué tesis es la más adecuada para la realidad”.
Hoy saludamos con ahínco la intención de crear escuelas plurales, alejadas de un único dogma, a fin de formar cuadros para que el movimiento social consolide su base política: e interprete –como alternativa al capitalismo–, de la forma más precisa posible, la realidad. Mas resulta arriesgado emitir un juicio diáfano sobre una escuela con muy pocos años de andadura (fue fundada en enero de 2005, en el municipio de Guararema, Brasil). Lo que sí debe valorarse es el hecho de que, en varios países del Norte de Latinoamérica (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay), el pueblo (a través de todos los movimientos sociales), y no las instituciones, está cambiando el status quo.
Los movimientos sociales contribuyeron en buena medida, gracias a los intensos procesos de movilización, a que Evo Morales (presidente de Bolivia) o su homólogo en Ecuador (Rafael Correa) fuesen ratificados, en las últimas elecciones generales, con porcentajes situados por encima de los dos tercios del electorado. Del mismo modo, los citados movimientos son culpables de los avances sociales producidos recientemente en materia de educación (erradicación del analfabetismo, en Bolivia), de justicia (la nueva Constitución de Ecuador, que define la naturaleza como sujeto de derecho) o de salud (gratuidad de la atención médica en los hospitales públicos de Paraguay).
De una u otra naturaleza (en Paraguay, abundan los movimientos campesinos; en Bolivia las organizaciones indígenas se entreveran con algunos sectores medios urbanos radicalizados; en Ecuador, son visibles las organizaciones indígenas…), la creciente importancia de los movimientos sociales contrasta con la debilidad de las tradicionales formaciones políticas. Y es que, según el sociólogo Josep Pont Vidal, “La democracia de masas deja al individuo en un rol y situación totalmente impotente, teniendo solamente dos opciones para su integración política: identificarse con un sistema de dominación totalitario o asumir el valor de participar en la sociedad —civil society—, dividida a su vez en diferentes grupos de interés. (…) Las modernas democracias no son suficientes para la integración política en la sociedad de los medios tradicionales para resolver las nuevas exigencias y problemas planteados. La combinación ideal sería la superación del pluralismo tradicional del sistema liberal para desembocar en una red en concurrencia de diferentes grupos de interés. (…) Las asociaciones tendrían una función catalizadora”.
La función catalizadora de los movimientos sociales (y la consiguiente pérdida de credibilidad de las tradicionales formaciones políticas) en el Norte de Latinoamérica es un hecho probado. El tiempo dirá si se radicaliza (algunos sectores medios urbanos de Ecuador ya han tomado ese camino) o no este actor decisivo que apuesta por fomentar la pluralidad educativa para transformar la realidad. De entrada, el entorno no ayuda: el MST es, en Brasil (donde mantiene una relación absolutamente conflictiva con el presidente Lula da Silva, quien no parece dispuesto a escuchar ciertas reivindicaciones rurales, económicas, ecológicas…), objeto de una fuerte campaña de criminalización.
Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 22/6/2010)
lunes, 12 de octubre de 2009
El 'caso Gürtel': un test de calidad democrática
Tras el levantamiento del secreto del sumario con imputación de 71 personas, el caso Gürtel con sus distintas ramificaciones ha entrado en una nueva fase judicial, de consecuencias políticas hoy por hoy impredecibles. Por una parte, aparece la trama de corrupción que afectó a grandes municipios madrileños (Pozuelo, Majadahonda, Boadilla, Arganda, etc.), políticamente neutralizada de momento gracias a las fulminantes dimisiones exigidas por Esperanza Aguirre.
Pero luego está el caso Camps, el presidente del Gobierno valenciano cuya imputación por cohecho fue polémicamente sobreseída, pero contra quien la fiscalía del Supremo ha pedido la reapertura del caso, dada la aparición de nuevas evidencias de corrupción. Y por encima de todo esto sobrevuelan los indicios de financiación ilegal que afectan a la sede central del PP, y ello tanto en la anterior época de Aznar como en la actual etapa de Rajoy, cuyo tesorero Bárcenas está imputado por cohecho en el sumario principal. Un complicado macroproceso de corrupción política que podría significar para el PP algo equivalente pero de mayor dimensión a lo que supuso el caso Filesa para el PSOE en los años noventa.
Resulta aventurado especular con el futuro del caso Gürtel, pero con independencia de los avatares judiciales y de las repercusiones políticas que sobrevengan en su tramitación, es evidente que este caso se va a convertir en un test evaluador de la calidad de nuestra democracia. ¿Sobrepasaremos con éxito esta prueba crucial? ¿Sabrán estar nuestras instituciones a la altura de las circunstancias? En este sentido, también el caso Filesa supuso un test de calidad, una prueba de consistencia y fortaleza que, por razones que veremos después, y pese al malestar colectivo que causó en su día, nuestra democracia superó con claridad, saliendo reforzada de ella. ¿Sucederá lo mismo esta vez?
Basaré mis argumentos en un texto cuya traducción acaba de publicarse, resumiendo la literatura sobre el análisis comparado de las democracias. Me refiero al libro Democracia y democratizaciones (CIS, 2009) del célebre politólogo italiano Leonardo Morlino, autor que distingue cinco dimensiones determinantes de la buena o mala calidad democrática. De esas cinco variables, dos son procedimentales: el imperio de la ley (rule of law) y la rendición de cuentas (accountability). Otras dos son sustantivas, pues afectan a los contenidos de la democracia: la libertad y la igualdad. Y la última se refiere a los resultados de las políticas públicas: es la satisfacción ciudadana, de la que depende la legitimidad de las democracias.
Pues bien, al aplicar su matriz al caso español, las dos variables en que salimos mejor librados son las sustantivas, pues ni la libertad ni la igualdad están aquí amenazadas (aunque esto debería matizarse, dada la injusta segregación de los inmigrantes).
Pero no ocurre lo mismo con las otras tres (rule of law, accountability y legitimidad), cuya aplicación es bastante más dudosa, y el caso Gürtel es una prueba muy significativa. Por lo que respecta al imperio de la ley, es evidente que los elevados niveles de corrupción política cuyos indicios están aflorando en los sumarios demuestran un incumplimiento de la legalidad vigente prácticamente generalizado. Y en esto llueve sobre mojado, pues el caso Gürtel sólo es el último de una larga lista donde también aparecen los casos de Marbella, Estepona, Mallorca, etc. En este sentido, a las democracias con alto nivel de corrupción, donde se incumplen sistemáticamente las leyes, Morlino las denomina democracias ineficientes o defectivas.
Pasemos al segundo indicador: la rendición de cuentas. Aquí Morlino hace suya la distinción de O'Donnell entre accountability vertical, que se ventila en los comicios electorales cuando los ciudadanos juzgan retrospectivamente los incumplimientos de sus gobernantes sancionándolos mediante la alternancia, y la accountability horizontal: la exigencia de responsabilidades ejercida por los tribunales, las instituciones reguladoras independientes y la sociedad civil.
Pues bien, es evidente que ninguna de ambas accountabilities está funcionando en el caso Gürtel: el cohecho de Camps y los suyos ha sido sobreseído por un tribunal amigo (si es que no presuntamente prevaricador), y los indulgentes electores han premiado con mayor cosecha de votos a los imputados por corrupción, en lugar de castigarlos o al menos suspenderlos como se merecían, dicho sea en términos de ética ciudadana. Luego volveré sobre esto. En cualquier caso, a las democracias en las que la accountability no funciona, o funciona mal, Morlino las denomina irresponsables o delegativas (populistas) en el sentido de O'Donnell.
Queda por ver la cuestión de la legitimidad o grado de satisfacción con los resultados de la democracia (no con la democracia misma, que no se discute en cuanto tal). Pues bien, también aquí parece evidente que hay fracciones crecientes de ciudadanos que no se sienten legítimamente representados por sus gobernantes, ni tampoco por los candidatos de la oposición (lo que explica la ausencia de alternancia), expresando su rechazo sobre todo mediante la abstención. Es verdad que la polarización reinante produce abultados apoyos electorales al partido en el poder (el PSOE en el Gobierno central, el PP en los Gobiernos de Madrid o Valencia), pero semejante sostén debe ser interpretado no tanto como aval, ni mucho menos como adhesión, sino sobre todo como mal menor: si se vota a los propios candidatos es con las narices tapadas y para castigar a sus todavía más odiosos adversarios, a los que se rechaza por ilegítimos. Una desafección política tipificada por Morlino como democracia no legítima (o mejor, deslegitimada).
En cualquier caso, bien podría pensarse que esta pérdida de calidad fuera sólo pasajera o episódica, y que la democracia española recuperará su normalidad cuando el caso Gürtel supere su tramitación judicial. Pero no cabe abrigar esperanzas que podrían revelarse infundadas, pues también podría ocurrir lo contrario si el caso se archiva o anula, sentando un aciago precedente destinado a reproducirse.
Y aún queda la posibilidad intermedia: que el proceso se alargue indefinidamente dando tiempo a que el PP recupere el poder en 2012, obteniendo así la victoria y con ella la impunidad política. Lo cual podría significar la puntilla para la democracia española, condenándola para siempre a la persistencia de la irresponsabilidad en el sentido de Morlino.
Hasta ahora, exceptuando el caso Naseiro, el PP estaba limpio de corrupción, y sólo el PSOE había caído en la vergüenza del caso Filesa y demás asuntos aledaños. Pero este partido lo pagó perdiendo el poder y manteniéndose alejado de él durante ocho años (sólo lo recuperó gracias a los errores y las culpas de Aznar), quedando vacunado contra la corrupción para mucho tiempo.
Mientras que si el Partido Popular volviera al poder en el año 2012 (lo que resulta incluso probable, dada la impotencia de Zapatero ante la deriva de la crisis), sin haber pagado ningún precio por el caso Gürtel, semejante recompensa supondría en la práctica un incentivo a la corrupción y una patente de impunidad, desmintiendo el programa radiofónico de mi infancia que se titulaba: El criminal nunca gana.
De ahí la crucial importancia de este test, que la justicia española debería sancionar con urgencia antes de que sea demasiado tarde.
(ENRIQUE GIL CALVO, El País, 08/10/2009)
lunes, 9 de julio de 2007
Acerca de un texto de Castells
Es bien sabido que la mayoría de las desigualdades de nuestra sociedad se deben al desarrollo tecnológico de la información (o, mejor dicho, a la incapacidad de adaptación).
Por otra parte, los medios de comunicación de masas y la política se encargan de desarrollar el discurso anti-solidaridad.
Desde esta perspectiva, voy a tratar de analizar nuestra sociedad basándome en "Entender nuestro mundo", un artículo de Manuel Castells.
Según Castells, los cambios sociales que revolucionaron los años sesenta y la transformación de las tecnologías de la información nos han conducido a una nueva era basada en una estructura social dominante, la sociedad red; una nueva economía, la economía información-global; y una nueva cultura, la cultura de la virtualidad real.
La revolución de la tecnología trajo consigo la aparición del informacionalismo, un modelo social en donde la generación de riqueza y la creación de códigos culturales dependen de la capacidad tecnológica de la sociedad. Las nuevas tecnologías de la información facilitaron el surgimiento de un capitalismo duro (hablando de fines y valores) y flexible (si nos referimos a medios), que genera una riqueza inimaginable, a la vez que excluye de sus redes a grupos sociales y territorios que no entran dentro de los planes de la dinámica del capitalismo global.
Como es lógico, con el surgimiento de la nueva sociedad, se han transformado estructuralmente las relaciones de producción, las relaciones de poder y las relaciones de experiencia, apareciendo una nueva cultura y la consiguiente modificación de las formas sociales del espacio y el tiempo.
Respecto a las relaciones de producción, Castells distingue entre trabajador genérico (prescindible; convive con máquinas) frente a trabajador autoprogramable (muy productivo); hay una barrera entre ambos: el nivel de educación y, sobre todo, la capacidad de acceder a niveles superiores de educación o, en otras palabras, de “reprogramarse” de cara al cambio constante que exigen las tareas del proceso de producción.
En cuanto a las relaciones de clase, el nuevo sistema se caracteriza por el aumento de desigualdad en cuanto a renta y posición social. Castells achaca la culpabilidad a una serie de factores: la diferenciación fundamental entre un trabajo autoprogramable y un trabajo genérico; la individualización del trabajo, que repercute en la desaparición gradual del Estado de bienestar (aunque otros factores, como la globalización de la economía y la deslegitimación del Estado, que provoca inseguridad en el ciudadano, también tienen su parte de culpa). Por otra parte, las relaciones de clase también acusan la exclusión social; esto es debido a que a la mayoría de trabajadores genéricos se les asigna trabajos temporales (circulan por muchos puestos de trabajo, con discontinuidad). Así pues, la pérdida de una estabilidad laboral conduce a muchos trabajadores, que se ven totalmente inseguros, a crisis personales. Castells ha denominado a esta espiral descendente de exclusión social “los agujeros negros del capitalismo informacional”, que no sólo afecta a los “miserables”, sino también a la clase media.
Hay que tener en cuenta que en esta sociedad la educación es la clave del trabajo; actualmente los generadores de información y conocimiento no son otros que los nuevos productores del capitalismo informacional. Quienes controlan los medios de producción abusan y explotan a los productores individuales y a los trabajadores genéricos. La fragmentación de la mano de obra entre los productores informacionales y los trabajadores genéricos y la exclusión social de trabajadores o consumidores que ya no se consideran válidos conforman las divisiones sociales fundamentales de la era de la información.
Respecto a las relaciones de poder, la principal transformación la acusa el pueblo en su grado de incertidumbre ante la crisis del Estado Nación como entidad soberana y la consiguiente crisis de la democracia política. Esta multilateralización de las instituciones del poder produce una nueva estructura de poder -el Estado red-, en la que las relaciones de poder son siempre específicas para determinados actores o instituciones. En este mundo de constantes cambios de poder, el liderazgo individual substituye a los agrupamientos de clase. El poder como tal se plasma en los medios de comunicación y en la manipulación de símbolos. Hay un paralelismo entre la cultura y el poder: la primera es fuente de poder, y éste, a su vez, constituye la nueva jerarquía social de la era de la información.
En cuanto a las relaciones de experiencia, esta sociedad caracterizada por las relaciones individualizadas del trabajo ha afectado sobre todo a la estructura familiar, en concreto a la autoridad patriarcal, que actualmente sólo puede vivir bajo la tutela de estados religiosos o autoritarios y no en sociedades tan abiertas y tan poco igualitarias. Las redes de personas cada vez substituyen más a la estructura familiar común.
Todos estos cambios en las relaciones de producción, poder y experiencia afectan a las configuraciones espaciotemporales que conforman la cultura de la virtualidad real (sistema en el cual la propia realidad está inmersa en un mundo de símbolos que no sólo son metáforas, sino que constituyen la realidad): el tiempo se ha convertido en el tiempo atemporal de las redes electrónicas y el espacio de flujos sustituye a los lugares de la realidad.
“Las formas fugaces de asociación son más útiles que las conexiones a largo plazo, y en parte, también que los lazos sociales sólidos –como la lealtad han dejado de ser convincentes”, escribe Richard Sennet en La corrosión del carácter. Y es cierto: el nuevo sistema aboga cada vez más por los trabajadores a corto plazo, lo cual afecta –qué contradicción- a todos los niveles: tanto a los jefes –los obreros no rinden al máximo- como a los trabajadores, que viven un clima de inseguridad y no pueden desarrollar una trayectoria coherente. La estructura piramidal se está substituyendo por una estructura de red en donde nadie asume ningún compromiso, pues todos están sujetos a los posibles recortes de la empresa.
La implicación psicológica con el trabajo es mucho mayor, pero no hay demasiadas críticas hacia el sistema porque, con la estructura de red, nos sentimos partícipes del trabajo, cuando, en realidad, sacrificamos la mayor parte de nuestro preciado tiempo para que el trabajo salga adelante. Y es que, como dijo Karl Marx, “el obrero es un apéndice de la máquina”: se exige al trabajador una rutina extremadamente peligrosa que lo conduce, en muchos casos, a la alienación (Tiempos modernos de Chaplin da fe de ello). La individualización que propaga el capitalismo destruye núcleos familiares, quita las ansias de vivir. Por eso escribió Pablo Neruda: “Sucede que me canso de ser hombre”.
Siguiendo el ejemplo de Sennet, “La rutina pude degradar, pero también puede proteger; puede descomponer el trabajo, pero también componer la vida”. Ante este panorama de incertidumbre, debemos hacernos la siguiente reflexión: ¿Cómo vamos a inculcar ciertos valores a nuestros hijos si las relaciones labores nos destrozan, nos esclavizan, nos individualizan…? De nada sirve vivir en democracia si no tenemos tiempo libre. No hay pecado más grande que arrebatarle al obrero el derecho a amar y a soñar. Sin duda, estamos ante la verdadera dictadura capitalista cuyo único objetivo es el lucro, sin ninguna finalidad moral.
Por otra parte, el texto de Manuel Castells nos da pie a reflexionar acerca de la insumisión que presentamos frente a las leyes del actual paradigma social: que todos tengamos la “obligación” de comulgar con un pensamiento único que no tiene porque ser válido, sino que está ahí posiblemente porque, como dijo Foucault, “la verdad científica no tiene que ver con el conocimiento, sino con el poder”. Y el poder, como todos sabemos, lo representan aquéllos que se dedican a explotar al trabajador, que buscan su máximo beneficio: así pues, yo me pregunto: ¿será apropiada la cultura que recibimos si procede del abuso? ¿Existe ética en el poder? Me avergüenzo al pensar lo evidente: que el conocimiento se considera una mera mercancía, pues la economía de mercado rige las pautas de nuestra cultura. Esto explica la exclusión de seres “no funcionales”: la lamentable brecha que divide al mundo entre los seres válidos o no válidos para trabajar con la información.
En fin, tanta palabra intenta justificar el hallazgo, por cierta, sorpresivo, de que
Para terminar, pediré un deseo: espero que los “ricos” tengan la suficiente voluntad, no olvidemos que ellos conocen
Yo, por mi parte, he elegido estos versos de Eugénio de Andrade para acunar a mi futuro hijo –pongamos que se llama Miguel–:
Te miro desde aquí, Miguel, te veo jugar con los cubillos, juntándolos y empujándolos, tren que viaja hacia cualquier parte a donde no se llegue dilacerado o amputado de la alegría de sentirse el hombre nacer para un amor nuevo, una imaginación nueva, distante ya, y vamos a decirlo con las tremendas de palabras de Nietzsche, de este asilo de enajenados que ha sido la tierra.
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BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
CASTELLS, M., "Entender nuestro mundo", en Revista de Occidente, nº 205,1998.
- nSENNET, R., La corrosión de carácter, Barcelona, Anagrama, 2001.
