Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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sábado, 19 de abril de 2014

Buenos Aires es teatro

Muchas felicidades 




La pasada semana, en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543), disfruté de Muchas felicidades, obra escrita por Paco Urondo y dirigida por Analía Fedra García. En este cuadro costumbrista trazado con corrosión, sobresalen dos figuras: Stella Galazzi y Yanina Gruden. La primera destila carisma; la segunda, frescura y sensualidad.  

Escenas de la vida conyugal 





El d
ía 3, en el teatro Maipo (Esmeralda 443), disfruté la bergmaniana obra Escenas de la vida conyugal, dirigida con tino por Norma Aleandro. Me sorprendió gratamente Valeria Bertuccelli; desprende frescura y administra magníficamente las emociones fuertes. El otro protagonista de la obra, Ricardo Darín (a quien he seguido con atención en el cine), es la ductilidad personificada: un portento. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

Caricias

Tus caricias están desnudas, las mías llevan guante. 

Un momento de Como en un espejo, filme del maestro Ingmar Bergman. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Por una mirada

Mi compañera Sandra Aylagas, mirando a cámara, me recuerda a la hermosa y voluble muchacha que encarnaba Harriet Andersson en Un verano con Mónica (uno de los mejores filmes del maestro Bergman). 


Es ésta una imagen promocional de Treats, obra teatral dirigida por Juanma Gómez y protagonizada por la propia Sandra, que se (re)estrena mañana, sábado, en la madrileña sala Arte & Desmayo (C/ Baleares, 14 - Metro Marqués de Vadillo). Yo vi la obra cuando se estrenó por vez primera, hace casi cuatro años, y guardo un buen recuerdo de la experiencia… Os animo a que descubráis la bergmaniana mirada de Sandra. La bella Sandra… 

 Un verano con Mónica (Ingmar Bergman, 1952).

sábado, 5 de junio de 2010

Bergman, por una mirada

El cine moderno existe desde el mismo momento en que comienza a subyacer una tensión (dramática, se entiende) entre el cineasta y su artefacto, entre el intérprete y el público. El creador se da cuenta de que la historia o el guión no llegan a decirlo todo: e investiga no tanto los límites como las correspondencias entre la creación y la crítica.

Solemos afirmar, para evitar explicaciones dilatadas, que con François Truffaut (Los cuatrocientos golpes, 1959) y Jean-Luc Godard (Al final de la escapada, 1960) nace el cine moderno, en tanto y en cuanto estos creadores-críticos rompen el canon clásico del espectador, quien juzgaba hasta entonces un filme por la perfección narrativa. Sin embargo, es Ingmar Bergman (adorado por aquellos críticos de Cahiers du Cinéma) quien desafía por vez primera las reglas establecidas.

Antes de Un verano con Mónica (Bergman, 1952), existía la épica (John Ford), el suspense (Hitchock), la comedia (Chaplin), el surrealismo (Buñuel), el terror (Tourneur) e, incluso, la banda sonora que refuerza el dramatismo de las imágenes (Orson Welles)… Pero ningún cineasta se había atrevido a mirar de frente, sin complejos ni ambages (y, lo que es más importante, sin salir de la ficción), al espectador. La cámara, ahora, ya no sólo registra: cuestiona, canta y cuenta al mismo tiempo. Importa, en fin, tanto la expresión como el contenido.

En Un verano con Mónica, el personaje principal, interpretado por Harriet Andersson, está a punto de volver a acostarse con un chico al que ha abandonado. La bella muchacha, avergonzada de sí misma, desplaza su mirada al objetivo, como si estuviese interrogándonos en silencio, demostrándonos que ella no es la única culpable… Una mirada que Bergman sostiene –en un tristísimo primer plano– durante medio minuto. En esos instantes, se resume el paso de la fervorosa adolescencia a la cruda edad adulta: nuestra Mónica –que, durante todo un verano, amó tanto, sin ningún tipo protección– cuestiona, por vez primera en su vida, el amor. Parece estar pagando las consecuencias de la llegada del invierno, de la pertenencia a una clase social baja, de la ausencia de cariño familiar…

Podría decirse que, hasta entonces, los actores –constreñidos en sus papeles– interpretaban más bien a figuras de vidrio. Ahora los espectadores somos, por vez primera, testigos de los pensamientos de un personaje. Entramos en la historia (el intérprete, al convertirse en un humano más, nos moja con sus lágrimas, nos quema con un parpadeo…). Conversamos. Juzgamos.

Con Bergman nacen todos esos intermedios (anotaciones, reflexiones, Juegos de verano, asociaciones, exorcizaciones…) que hoy practicamos, involuntariamente, en una sala de cine o en el salón de nuestra casa. El director sueco era un especialista en retratar el momento, el estado de ánimo, el pasaje, el gesto, la circunstancia… Todos sus filmes se resuelven en detalles. Así, en Un verano con Mónica, el genio sueco rompe la narración para celebrar la soledad de una isla, un pecho agresivo, unos muslos desnudos, un rostro adolescente…

Sólo Bergman ha llegado tan lejos por una mirada. Una mirada que detiene el mundo. Que –tomando como testigo al público– lo cuestiona, lo desviste, lo salva de su zafiedad…



Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 5/6/2010)