—¿Sabes qué te digo? —dijo Víctor, de pronto, y su voz se iba caldeando a medida que hablaba—: Que nosotros, los listillos de la ciudad, hemos apeado a estos tíos del burro con el pretexto de que era un anacronismo y... y los hemos dejado a pie. Y ¿qué va a ocurrir aquí, Laly, me lo puedes decir, el día en que en todo este podrido mundo no quede un solo tío que sepa para qué sirve la flor del saúco?
Miguel Delibes, El disputado voto del señor Cayo, 1978
Francisco Rabal, en una escena de El diputado voto del señor Cayo (Antonio Giménez-Rico, 1986).
“Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.” (Vladimir Nabokov)
En este documento audiovisual, el cantautor Amancio Prada habla sobre dos de mis grandes pasiones literarias: Álvaro Cunqueiro (no me canso de reivindicarlo: creo que no está lo suficientemente valorado) y Blas de Otero. Prada –que ha musicado muchos poemas– sabe que la lírica es el germen de la literatura, es el canto, es la palabra exacta, es el asombro, es la emoción, es la fulguración del instante, es el milagro...
Recientemente, en un programa cultural de La 2, Amancio Prada también aprovechó la ocasión para reivindicar la literatura del mago Cunqueiro: "No me canso de leerlo (y de releerlo), tanto cuando escribe en gallego como en castellano. Es una verdadera delicia, y en ambos idiomas afina mucho las palabras." Don Álvaro –añadiré yo– es un escritor total que nunca decae, que posee un universo propio, que se regodea en el lenguaje, que metamorfosea todo cuanto toca...
Las obras del malogrado y genial Miguel Delibes van más allá de lo que entendemos comúnmente por literatura: están vivas, tienen un latido propio, incumben al lector de manera directa. Su acierto, más allá del enjundioso contenido (la denuncia de las injusticias sociales, la rememoración de la infancia, el distanciamiento irónico frente a la pequeña burguesía…), está en la claridad (y en la precisión) del lenguaje:
(…) Yo miraba a los hombres hacer y deshacer en las faenas y Padre me decía: “Vamos, ven aquí y echa una mano”. Y yo echaba, por obediencia, una mano torpe e ineficaz. Y él me decía: “No es eso, memo. ¿Es que no ves cómo hacen los demás?”. Yo sí lo veía y hasta lo admiraba porque había en los movimientos de los hombres del campo, un ritmo casi artístico y una eficacia palmaria, pero me aburría.
Incluso en sus obras menores, como en Viejas historias de Castilla la vieja, 1964 (de donde extraigo el fragmento anterior), Delibes forjó un arte de vida, recuperando infinitud de hábitos, términos y expresiones del mundo rural. Practicando el realismo, es difícil ir más lejos en su capacidad emotiva y envolvente (“Yo quise narrar como un poema en prosa”, dijo Delibes refiriéndose a su obra maestra inconquistable, Los santos inocentes, 1982).
En ese sentido, Andrés Trapiello suele repetir la siguiente frase de su maestro Juan Ramón Jiménez: “Quien escribe como se habla, llegará en lo porvenir más lejos que quien escribe como se escribe”. Claro que la representación de la oralidad no es, en absoluto, tarea fácil; las palabras, indefectiblemente, necesitan fluir como el agua, como los movimientos de los labriegos, como la lectura de un poema: así es la naturaleza del discurso. Cualquier petulancia en forma de digresión, cualquier caída rítmica, puede echar a perder horas de trabajo.
De igual modo –y esto es una obviedad–, la reproducción exacta del diálogo hablado (con todas sus incoherencias gramaticales, con sus titubeos, con sus redundancias desproporcionadas…) resulta, incluso en una entrevista periodística, chabacana y cansina. Bochornosa.
Todos los diálogos y las descripciones del autor de El camino (1950) suponen, pese a la escasez de pretensión, pese a la incumbencia directa de la que hablaba –como lector– al principio, una renovada sorpresa. Verdad que en la literatura no hay palabras tabú (caben tanto los arcaísmos como los insultos o los cultismos): la clave está en la justeza, en la exactitud, en el nervio, en la congruencia del decir. Paradójicamente, la lengua se revitaliza cuando el autor bucea en la tradición, cuando explora (y trae de nuevo) las diferentes realidades… “Porque lo conozco bien, he podido inventarlo. Inventar es un método válido de conocer”, Álvaro Cunqueiro(otro magnífico autor que perfeccionó la oralidad) dixit.
En ese sentido, todas las expresiones del contemplativo Delibes son –qué duda cabe– afines a la personalidad o al temperamento de sus personajes (la profundidad psicológica es encomiable). Y, cuando brotan los contrastes (campo/ciudad, adulto/niño, pequeña burguesía/campesinos…), la emoción riela (o se encabalga, diríamos en un poema, ateniéndonos a su ritmo), como demuestra otro fragmento de las Viejas historias de Castilla la Vieja:
(…) Al principio pensaba que a mí me movía el orgullo y un mal calculado sentimiento de dignidad, había tal sino una vocación diferente. Y al cumplir los catorce, Padre me subió al páramo y me dijo: “Aquí no hay testigos. Reflexiona: ¿quieres estudiar?” Yo le dije: “No”. Me dijo: “¿Te gusta el campo?” Yo le dije: “Sí”. Él dijo: “¿Y trabajar en el campo?” Yo le dije: “No”. Él entonces me sacudió el polvo en forma y ya en casa, soltó al Caqui y me tuvo cuarenta y ocho horas amarrado a la cadena del perro sin comer ni beber.
Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.
Me ha llamado la atención el tono lírico de la prosa de Ignacio Agustí, muy influenciado en todo momento por García Lorca. Son acertadas las descripciones, quizás demasiado sobrecargadas de retoricismo en determinadas ocasiones -no olvidemos que no es lo mismo escribir prosa que teatro o poesía-, como cuando Agustí plasma casi al final de Mariona Rebull (1944) símbolos tan lorquianos como el cuchillo y la luna, totalmente prescindibles, bajo mi punto de vista, en esta novela. No obstante, estamos ante una obra bien escrita y amena que nos ayuda a entender nuestra literatura de posguerra.
En el foro de Movimientos Literarios, una chica decía que le había dejado mal sabor de boca el final de Mariona Rebull porque "se desarrolla estrepitosamente, como si se quisiera poner un fin si más"... Si no me traiciona la memoria, T. S. Eliot escribió algo así: "Y así se acaba el mundo: no con un estallido, sino con un sollozo" ("...not with a bang but with a whimper"). Pero Ezra Pound le contestó con el siguiente verso: "Y así es como se acaba el mundo: con un estallido, no con un sollozo" ("...with a bang, not with a whimper"). Quizás I. Agustí pretendía que el "estallido" pusiese fin al "sollozo" de Mariona. Sea lo que fuere, con este ejemplo creo que queda plasmado el valor de la disidencia en la literatura. Y que no pare de dar vueltas y vueltas la "noria" de la que habla Manuel Rivas.
La novela inacabada que mi sueño terminó no era de un rey ni de un hada, que era de quién no soy yo.
Fuera de lo que decía, decía yo quién no era… Primavera florecía sin que hubiese primavera.
Del sueño que vivo es mito, perdido para salvarlo… ¿Quién me arrancó aquel escrito que quise sin acabarlo?
Estos versos del primer Pessoa podrían resumir el valor de las grandes obras literarias. Y es que, como se apuntaba en otra parte del debate, la literatura es arte, y, por ende, debe ser algo más que un simple entretenimiento. Así pues, las “fábulas de fuentes” –en expresión de Jorge Guillén– deben mostrar al lector nuevos mundos, sueños inalcanzables que nos conduzcan a la libertad. Sólo de esta manera estaremos en condiciones de explorar –si es que de veras existe– nuestro propio “yo”.
Jane Austen consigue, con su obra capital, todas estas premisas. La lucha continua entre el Orgullo, que representa Darcy, y el Prejuicio (es decir, Elizabeth) nos conduce “al río del discurso”, en palabras de Gottfried Benn. Y es que, en el momento en que reine la disidencia –el principal objetivo de la literatura–, estaremos en condiciones de abordar cualquier tema desde diversos puntos de vista, lo cual nos enriquece a la hora de conformar nuestra propia opinión. En la obra de Austen, los dos protagonistas nos confirman, beso a verso, que no existe una única verdad: así pues, el orgullo y el prejuicio se diluyen a favor del amor.
Por otra parte, Orgullo y prejuicio también nos dice el “quién no era” de Pessoa: individuos que, como Wickham, no creen en los sueños ni aprenden de sus fallos porque sólo aceptan su propia “verdad”. Como dijo Leopoldo María Panero: “Dios me proteja de pensar como esos / hombres que piensan solos y / viven por ello de olvidar lo / que pensaron –porque / la mente no está sola y / Aquel /que canta la canción perdurable /demasiado la siente, demasiado.”
Otra lucha constante a lo largo de toda la novela sería la Naturaleza (Darcy) contra el Arte (Elizabeth). Para Austen, lo ideal no es otra cosa que un punto intermedio, lo cual se refleja en la unión de ambos caracteres. De aquí se desprende que, en la vida, se necesita una mezcla de inspiración y de trabajo. Quizás Austen concibiera de esta manera su oficio de hacedora de palabras…
En fin, tanta palabra sólo pretendía justificar “la novela inacabada que mi sueño terminó”. Esto quiere decir que, en las grandes obras, se necesita siempre nuestra propia firma, esto es, un ejercicio de reflexión que ordene todos los pasajes explorados. He aquí la gran diferencia entre el cine y la literatura: mientras que, en una película, nuestros sueños están subordinados al “otro”, la dirección de una novela corre a cargo de nuestro “yo”.
Para terminar, la moraleja del cuento, a cargo de Quevedo: “Donde hay soberbia, allí habrá ignominia; mas donde hay humildad, habrá sabiduría”.