Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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jueves, 22 de mayo de 2014

lunes, 9 de febrero de 2009

Una cama alucinante

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 09/02/09)

Por mucho que le duela al omnipresente Bush, la civilización moderna no se vino a pique con la desaparición de la banca financiera de Wall Street, sino cuando los periódicos dejaron de confeccionar un suplemento dedicado a los niños (y de esto hace ya unos cuantos años). ¿Qué habrá pasado para que El País, por ejemplo, dedique ahora solamente tres páginas al tebeo los domingos, cuando en mi época aquel mítico suplemento que era «El Pequeño País» nos mantenía en vela hasta altas horas de la madrugada? «Los tiempos han cambiado», me dicen, y se quedan tan anchos. Ah, claro. Cosas del tiempo, que lo cura todo (a saber: los cuernos, las tetas planas, la timidez…). Pero si la sensibilidad se pierde, amigo, me interesa bien poco tanto avance tecnológico…

Rafael Azcona (el guionista más mordaz que dio este país) dijo en una entrevista que no se molestaba en idear esos efectos cómicos rápidos e inesperados que nosotros, críticos o espectadores, llamamos gags: lo que él contaba en sus filmes era la vida misma. Exactamente. A veces, cuando Mortadelo atisba un atajo, la flecha de Ibáñez nos obliga a continuar la historieta en la parte de abajo, no en la viñeta lateral. Los niños, que son los mejores lectores (sus mentes contienen imágenes en forma de alucinaciones, como descubrieran los psicoanalistas Jung y Rascovsky), también saben que esos saltos del tebeo proceden de la realidad. Y entonces, cuando sus padres los castigan por leer en horas intempestivas (nótese el subrayado: sin las imágenes, las palabras y el canto de la coruja para mí la Noche sería anacrónica), casi nunca protestan. ¿Para qué van a perder el tiempo respondiendo en una extraña lengua que los adultos, tan ocupados en envidias y negocios, probablemente hayan olvidado?

Todo esto ya lo dije al albor de enero en la Casa de Cultura de mi pueblo (San Tirso de Abres, Asturias) con motivo de la presentación de Domingo y os animales (ed. Nobel, 2007), un cuento infantil de Belén Rico Prieto (escritora y maestra natural de Vegadeo, donde yo estudié el bachiller y parte de la ESO). En este libro se reproduce un dibujo de Domingo (el chiquillo que inspiró el cuento de Rico Prieto) que aún hoy me sigue impactando. Se trata de una jirafa que aparentemente no tiene piernas. Y no es que Domingo se las haya amputado: ¡es que el animal está acostado: y por eso no se le ven, como hubiera dicho el propio niño! He ahí una bellísima alucinación: la facultad de imaginar con facilidad las cosas «que desean y no tienen», Anatole France dixit.

«Toda vida es sagrada»: eso suena muy bien, pero no se esfuerce, señor Bush: jamás podrá esconder debajo de la cama los cuerpos que se ha llevado por delante durante estos ocho años eternos. Dispense, yo me voy a soñar (que no a dormir: el matiz de un sinónimo puede salvar a las criaturas alucinantes de un paranoico yanqui como usted) en compañía de mi querido Spirou. ¿Quién se apunta?

miércoles, 30 de enero de 2008

Ibáñez salve a Mortadelo


(A propósito de Mortadelo y Filemón. Misión: salvar la Tierra)

“(…) Aquel verdor de luna / de febrero, con nieve, entre vagones, / no es más que una viñeta (…)”. Estos versos del Libro de las alucinaciones de Pepe Hierro podrían resumir a la perfección el último filme de Miguel Bardem. En Mortadelo y Filemón. Misión: salvar la tierra, como ya hiciera Javier Fesser con la anterior adaptación (La gran aventura de Mortadelo y Filemón, 2003), se intenta plasmar el universo expresionista del cómic de Francisco Ibáñez. Es precisamente ahí donde reside el mayor peligro: convertir, sin la inestimable ayuda de la máquina de copias de personajes (que no personas) diseñada por el Profesor Bacterio, las viñetas en escenas del séptimo arte.

Como ya hiciera Fesser con Mentxu (la hasta entonces desconocida madre de Filemón), Bardem se permite la licencia (o sacrilegio, según cuentan algunos fans del cómic) de parir a Toribia (¡la hermana de Mortadelo!, Carmen Ruiz), en un intento de perfeccionar la estructura argumental. Pero el director de Incautos (2003) peca en un exceso de producción que no concuerda con la atmósfera cañí de Ibáñez (¿dónde están los gags artesanales de Fesser?). De modo que un perro digital que dice llamarse como el Presidente de EEUU (“¡Bush no es una persona, sino un animal!”, anoten esta frase de Mortadelo –Edu Soto–) es, cuando menos, anacrónico. Lo que no podemos reprocharle a Bardem es el intento de abordar temas de actualidad (el Rey se equivoca, con el “orgullo” y la “satisfacción” a flor de piel, de discurso; los guiños al calentamiento global…) que trata Ibáñez (nadie como él para salvar la Tierra) en cada entrega. Claro que la gracia (o la substancia, si preferís llamarla de este modo) está en que Mortadelo siga sorprendiéndonos con sus disfraces (¿por qué ya no se disfraza de fuente?). O en que Rompetechos confunda esta nariz con un jugoso chorizo de cantimpalo, oiga.

En efecto, la sensación que me ha producido la segunda adaptación cinematográfica de Ibáñez es una notable impotencia a la hora de recuperar aquel paraíso perdido. Como en la vida misma, vamos. Tal vez sea demasiado romántico, pero me parece imposible conseguir, con la ¿ayuda? de grandes artificios, el impacto que una viñeta (¿recordáis los insultos del Súper, que se representaban, en aquellas páginas polvorientas, con serpientes, retretes y otras genialidades?) produce en nuestra mente. Pepe Hierro, como siempre, lo expresa mejor: “(…) Aquella luna / de agosto, sobre el mar y las montañas, / se ha apagado. Es vulgar. Y tantas cosas / que fueron mías, nunca vuestras, / y hoy ni siquiera son ya mías.”

HÉCTOR ACEBO