Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
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lunes, 22 de octubre de 2012

Jaureguizar escribe sobre min

Moito me gustou unha columna que Santiago Jaureguizar, novelista e xornalista de El Progreso de Lugo, escribiu sobre min. O belo texto, titulado "Capote-Curros/Welles-Cunqueiro", publicouse orixinalmente no diario galego De Luns a Venres o pasado mes. Eu admiro as columnas de Jaureguizar, que son frescas como a i-auga do Eo, do noso río. Así que, xa vos podedes imaxinar, sentinme na miña casa cando me encontrei no espazo do autor de O globo de Shakespeare. Copio eiquí o texto de Jaureguizar, que non é largo:


CAPOTE-CURROS/WELLES-CUNQUEIRO
Por Jaureguizar (De Luns a Venres, 27/09/2012)
Entrei no dormitorio de Héctor Acebo a noite pasada. El estaba deitado na cama, situado contra a banda da parede como se temese un mal das persoas que invadiran o seu cuarto. Pero o xesto da cara non se correspondía coa desconfianza, máis ben co descaro. Entrei na habitación de Héctor nun soño, pero non me decatei de que estaba soñando ata que reparei en que se sometía a unha fronte armada de fotógrafos que cuspían flashes, como aquel día no que John Lennon e Yoko Ono mudaron a súa preguiza a erguerse e facer a cama nun acto reivindicativo. Na vixilia, Héctor Acebo é un poeta asturiano que ás veces escribe un galego ben eufónico, como ese que me aprenderon a falar os amigos de Abres, da outra banda da raia leste. Dentro da miña fantasía noturna alguén, un xornalista con blog e un cigarro prendido na orella bisboume que Héctor era rico. Poeta e multimillonario: daquela non dubidei da naturaleza onírica da visión. Nun momento, o encamado pediu atención para informar de que non estaba atrapado pola nugalla cálida e matutina, senón que aquela acción era un xeito de reivinvidicar a Rosalía. Consideraba que era a única icona pop que logramos tirar da nosa cultura, dado que non demos logrado a proxección mediática de Truman Capote para o noso herético Curros Enríquez nin un Orson Welles para o noso sabio Cunqueiro. Hei preguntarlle.
Santiago Jaureguizar.

Rosalía de Castro, dende logo, é a única icona pop que que logramos tirar da nosa cultura galega. Se eu fose multimillonario ou se tivese unhas pernas máis esveltas (pernas de fada de Mondoñedo), non dubidaría en reivindicar á poetisa como o meu apreciado Jaureguizar di, como el me soñou: "deitado na cama, situado contra a banda da parede". Pra ler o blog de Jaureguizar, O Cabaret Voltaire, pica eiquí.
Marilyn Monroe, nunha imaxe de Douglas Kirkland.

Yoko Ono y John Lennon, fotografiados por Anne Leibovitz pra a revista Rolling Stone.



 A poeta Rosalía de Castro.

martes, 28 de febrero de 2012

En la muerte de Cunqueiro

Hoy se cumplen 31 años del fallecimiento de don Álvaro Cunqueiro, el literato de la visión poliédrica y la sonrisa sardónica. Hace unos meses dediqué al maestro un artículo que pueden leer pinchando aquí. Decía uno en ese texto:
"Sólo alguien que se regodea en el lenguaje, que se vale del realismo como contrapunto para sostener la fantasía, que utiliza dos miradas en un mismo argumento, es capaz de narrar con tanta entonación hímnica, aun no estando presente en el momento de los hechos evocados. Así obraba Cunqueiro, el soñador que pasó toda la infancia 'a la escucha', el venerable mago que encontró una fórmula intermedia entre los diversos niveles lingüísticos, deleitándose tanto en los cultismos como en el rápido —pero a menudo gracioso— decir rural…".

viernes, 24 de febrero de 2012

Javier Marías y la derecha

En su último artículo publicado en El País Semanal, Javier Marías habla, con finura, sobre la hipocresía y las contradicciones de la derecha. Reproducimos aquí el siguiente párrafo, muy ilustrativo:
"Esa derecha que aboga por el 'Sálvese quien pueda, y el que no púdra­se'; que se opone a la intervención del Estado para ayudar a la gente en apuros; que detesta la sanidad pública y la educación universales; que considera meros parásitos a quienes no se pueden valer por sí mismos o ya han nacido casi abocados a la margina­ción y la indigencia; que culpa a quienes enferman o se ven arruinados por el motivo que sea; esa derecha, digo, se reclama 'cristiana' invariablemente. Y, o yo he olvidado mi catecismo, o el cristianismo predica con énfasis lo que sus supuestos representantes hoy repudian: la compasión, la piedad, la caridad y la misericordia."

domingo, 27 de noviembre de 2011

Trapiello y Cunqueiro

Trapiello no se cansa de reivindicar a Cunqueiro, y me parece estupendo. Así comienza el escritor leonés el artículo que ha publicado hoy en el "Magazine" de La Vanguardia:
"David Attenborough es un naturalista célebre de cuyo talento hay sobradas muestras en YouTube. La increíble grabación del pájaro lira es suya. Búsquenla. Parece sacada de un relato fantástico de Cunqueiro. Imita el pájaro lira a la perfección no sólo el canto de otros pájaros, lo cual bastaría para ser maravilloso, sino toda clase de sonidos humanos o mecánicos, sin que haya ruido que se resista a sus dotes imitadoras. Lo hace con tal maestría, además, que parece en verdad el pájaro que lleva consigo El Vagabundo para ganarse la vida por las ferias de pueblo. En el vídeo de Attenborough imita el clic del obturador de su cámara fotográfica, el aullido de unas ambulancias y, como en una tragedia cuyo final siempre está demasiado cerca, el devastador y estrepitoso bramido de las motosierras que están talando, a unos metros, los árboles del bosque donde ha vivido, anunciando así que también a él lo expulsan del paraíso."

domingo, 2 de octubre de 2011

"Elogio de todo lo que se mueve": Un artículo de Trapiello

"Un día los autómatas actuarán por su cuenta y los espantapájaros caminarán. Tal vez. Pero por suerte nos quedan, hoy por hoy, las revolanderas. Son pocas, tal vez, pero nos recuerdan que pensar es moverse", escribe Trapiello en La Vanguardia.

En Extremadura, llaman revolanderas "a los artilugios variopintos que fijos en un punto aspean los brazos incansablemente".

Reproduzco aquí el citado artículo de Trapiello:

ELOGIO DE TODO LO QUE SE MUEVE

Por Andrés Trapiello ("Magazine" -La Vanguardia-, 22/09/2011)


Hablábamos un día de cómo se parecían algunos de nuestros políticos a los autómatas, esos muñecos que se idearon desde la antigüedad para hipnótico asombro de las gentes. No es menor el embeleso que a todos nos producen los espantapájaros, y acaso por ello los agrarios que los ponen en sus tierras para ahuyentar a los pájaros y evitar el esquilme de sus campos los fabrican con tanto esmero. Cuánta delicadeza vemos en sus harapos negros y sombreros raídos, y cuánto realismo, porque de lejos no hay un espantapájaros que no se parezca algo, y aun mucho, al alma de cada uno de nosotros. Y si los autómatas nos inquietan y admiran porque se mueven, los espantapájaros mueven nuestra piedad por lo contrario, por saberlos hincados en el suelo, eternamente inmóviles, viendo que todo en la tierra se mueve menos ellos, bestias, hombres, cosechas, estaciones, aves, astros.

Hijos de autómatas y espantapájaros son las revolanderas. Así llaman en Extremadura a los artilugios variopintos que fijos en un punto aspean los brazos incansablemente. La pajarita de papel, movida por el viento, es, claro, la más conocida, pero la clásica por antonomasia es la que se hace con un par de cañas de miajón. A diferencia de la cañaheja en la que guardaba las monedas de oro uno de los hombres a los que juzgó Sancho en su isla Barataria, la caña de miajón tiene como un tuétano (esto creo que significa miajón en castúo), imprescindible para fabricar los rudimentos que harán girar uno de sus brazos. Más que asustar así a los pájaros, cierto, nos admira a los demás. Cada vez hay menos cañas y, lo que es peor, menos gente que sepa industriar revolanderas, con su aspecto rudimentario y leonardesco. Pero sigue habiendo cosechas y sigue habiendo pájaros y la necesidad de alejarlos. Así que el hombre ha seguido haciendo revolanderas a veces elementales, y, diríamos, poco sostenibles: CD colgados de las ramas, viejas cintas de casete y el último y acaso más insólito artilugio de todos, hecho a partir de los envases de plástico de Fanta o de Coca-Cola. Mediante cortes oportunos en su vientre se sacan cuatro aletas a modo de ventanas. A continuación se le rebana la base y se espeta la botella en un palo, que servirá de eje, y el viento hará el resto: la botella no dejará de girar, y el movimiento redimirá en parte al plástico de su congénita e insolente fealdad en medio de la naturaleza.

Entramos en una época electoral en la que los políticos no dejarán de moverse y, pese a ello, no lograrán evitar que algunos nos recuerden a los muñecos autómatas: esclavos de sí mismos y además... parados, sin ideas nuevas, sin pilas. Otras gentes seguirán concentrándose en las plazas de nuestras ciudades y pueblos. Estas nos dan a muchos la impresión de ser, por el contrario, los que verdaderamente están vivos, dándole vueltas a los viejos problemas, tratando de mover su imaginación para alejar en lo posible las bandadas de buitres, corruptos, especuladores... Un día los autómatas actuarán por su cuenta y los espantapájaros caminarán. Tal vez. Pero por suerte nos quedan, hoy por hoy, las revolanderas. Son pocas, tal vez, pero nos recuerdan que pensar es moverse.

sábado, 6 de agosto de 2011

Maestros del periodismo

¿Sara Carbonero? ¡Ah, no! Mis maestros periodísticos no destacan por sus apariciones en la prensa rosa, sino por la belleza de una prosa sin grietas, por su vasta cultura, por su lirismo arrollador, por su visión poliédrica... Hablo de Cunqueiro, de Godard, de Ángel Fernández-Santos, de Molina Foix, de Trapiello... Voces expresivas, en las antípodas de la señorita Carbonero.

lunes, 25 de julio de 2011

Cunqueiro y los nombres insospechados



"Doña Niebla, doña Sol, doña Soprendida (que debía de ser muy hermosa, claro)...".

En este vídeo, don Álvaro Cunqueiro –el gran fabulador gallego– habla sobre las mujeres judías de "nombres insospechados". La perfección de la anécdota. La magia (y la cadencia) de las palabras.

lunes, 2 de mayo de 2011

Vocabulario bélico en tiempos de paz

Leo, por enésima vez, en el nick del Messenger de algún colega, de algún antiguo compañero de la Facultad de Ciencias de la Información, una frase de este calibre: “¿Cansado? No, lo siguiente [el subrayado es mío, H. A.]”. ¿Qué tiempo es éste en que a un comunicador le da vergüenza o pereza escribir con rigor? ¿Por qué no utiliza el adjetivo exhausto (o extenuado) para definir un absoluto agotamiento? A estas alturas no sé de qué me sorprendo: cuando, en una ponderación, empleo potentes calificativos (tales como morrocotudo, colosal u homérico), algunos colegas se sienten extrañados, me miran con rechazo, fruncen el ceño…

Tuve hace no mucho un paradójico debate con una fémina de mi generación… (Permítanme que quiebre el discurso para hacerles una pregunta: ¿Han advertido en el enfoque de esta última oración algún matiz anormal? Reflexionen.) Aquella compañera me reprochó la utilización –en un trabajo universitario– del sustantivo fémina, argumentando que éste desprendía machismo. Me quedé atónito. Y recurrí al diccionario de la RAE (vigésima segunda edición) para mostrarle la única acepción de tal término:

1. mujer (persona del sexo femenino).

Mi compañera no admitió su error. E, inmediatamente, busqué un sinónimo de mujer que siempre consideré machista: hembra, cuyas dos primeras acepciones son las siguientes:

1. Animal del sexo femenino.
2. mujer (persona del sexo femenino).

En esta palabra hay, evidentemente, un matiz sexista, una animalización… A mi entender, fémina es, junto a dama, el sinónimo más próximo o adecuado para referirse al sexo opuesto, sin distinción de edad (si no, hablaríamos de niña, de señora, de señorita…). De la misma forma que varón y caballero son acaso las palabras más equiparables a hombre. Todos estos intentos, en fin, sólo sirvieron para reafirmar mis argumentos: la chica seguía en sus trece.

¿Qué tiempo es éste –pensaba yo al leer cierto nick del Messenger– en que a un comunicador le da vergüenza o pereza escribir con rigor? ¿No deberíamos dar ejemplo a las nuevas generaciones, quienes, acaso por influjo de la televisión, recurren más que nunca al insulto (hijoputa, maricón, gilipollas…) para demostrar odio o… ¡cariño!? En ese último sentido, recuerdo que los protagonistas republicanos de La lengua de las mariposas (la emotiva película de J. L. Cuerda inspirada en el relato de Manuel Rivas) denominaban, entre lágrimas, asesino o cabrón a un maestro –de esa misma ideología– condenado. La única diferencia es que aquéllos tenían vedado –tras el derrocamiento del régimen legal y democrático– el acceso a las palabras: a la poesía, al pensamiento, a la vida…



La Noche Americana,
1/5/2011

viernes, 29 de abril de 2011

Una definición honesta

Manuel Mañero, un apreciado colega, escribe sobre mí en su Twitter:
"Héctor es sencillamente incomparable. Cuando bebía, en vez de babear sobre borrachas, recitaba versos y hablaba de futbolistas de los 90."

Muy pocas veces me han definido de un modo tan honesto. Sin ambages.

Desde esta humilde tribuna, le agradezco al periodista Mañero (que ha hablado varias veces de mi ópera prima, Camas de hierba) todo su apoyo. Y le recuerdo –él sabe por qué– aquellas atinadas palabras que escribiera Manuel Vicent sobre Pep Guardiola:
"Existen dos clases de futbolistas: los que en el campo sólo ven piernas y los que sólo ven espacios. En su tiempo, Guardiola fue un futbolista sintético, que ahorraba tres jugadas con un solo pase."

domingo, 13 de febrero de 2011

Contra el maltrato


"La nariz: esa fotografía la he visto antes, hace siglos. La de Aisha Bibi, la joven afgana con la nariz amputada. Obra de su marido, tras veredicto talibán. Esa misma estampa, labrada en piedra, aparece en la puerta de Platerías de la catedral de Santiago. Era la pena para las mujeres de dudosa conducta o indóciles, el cortarles la nariz y las orejas. La fotografía de Jodi Bibier, premio World Press 2011, equivale al peor e inconcluso capítulo de la infamia universal. Lo que une a todas las civilizaciones: el terror doméstico. En España, muchos de los maltratadores se suicidan, o lo intentan, después del crimen. Y la benévola pregunta es: ¿por qué no se anticipan?".

Manuel Rivas (El País, 12/02/2011)

martes, 4 de enero de 2011

Un artículo de Trapiello

Pinchando en la imagen que sigue, podréis leer un estupendo artículo del escritor Andrés Trapiello. El texto apareció en las páginas del "Magazine" (26/12/2010), revista dominical que se distribuye conjuntamente con La Vanguardia y con los diarios de Editorial Prensa Ibérica (La Nueva España, Faro de Vigo, La Provincia-Diario de Las Palmas...).

martes, 21 de diciembre de 2010

La vocinglería


Mientras nuestro mejor canal informativo, CNN+, está a punto de desaparecer de la parrilla, la telebasura sigue alcanzando enormes cotas de audiencia. He aquí un reflejo de esta sociedad, de nuestras demandas e intereses. El espectáculo barato frente a la profundidad y a la interpretación. El insulto y la vocinglería en lugar de la cultura del esfuerzo. «O curas hominum! O quantum est in rebus inane!» (¡Oh, afanes de los hombres! ¡Oh, cuán vacías son todas las cosas!), decía aquella sátira de Persio.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Las cartas de Molina Foix


Escribía, en buena lógica, Molina Foix (novelista, cineasta y uno de mis críticos de cine de cabecera) en la edición madrileña de El País de ayer:

La carta real sigue existiendo en cualquier caso, pues cartas son a mi juicio los correos electrónicos que nos cruzamos, sobre todo si se pone un poco de esmero en su redacción; hay que reconocer, sin embargo, que personas cultas que se cartean de tal forma no corrigen su ortografía cibernética, como si el modo de comunicarse a través de la Red diera bula a los usuarios para descuidar el idioma, cometiendo faltas garrafales.

Lean el artículo completo, que lleva por título "La carta robada" (como el relato de Poe), pinchando aquí: no tiene desperdicio.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Internet, la creencia pararreligiosa


Muchos de mis amigos y conocidos saben que uno tiene la sana costumbre de enviar –vía e-mail– textos literarios (artículos, relatos, poemas…) propios o ajenos. Huelga decir que valoro la posibilidad de la actualización informativa, del intercambio instantáneo de sentimientos o sensaciones, del debate a cientos de kilómetros de distancia, que ofrece la Red: no en vano, he colaborado y colaboro en varios medios digitales, y soy uno de los editores de La Huella Digital. Sin embargo, uno utiliza –no sólo profesionalmente– este instrumento como un complemento del papel impreso, no como un sustituto. No es mi intención enviar mandobles o saetas ponzoñosas a quienes considero fuera de mi ortodoxia ética y estética, pero me asusta ese discurso atroz de la tecnología por la tecnología, esa actitud destructiva hacia el medio impreso (al que debemos tantos aprendizajes y tantas horas de entretenimiento). En efecto, desconfío, como Giovanni di Lorenzo (director del semanario alemán Die Zeit, una publicación impresa más rentable que la mayor parte de portales digitales), de esas “creencias pararreligiosas en Internet”. Unas creencias que se han convertido ya en una ideología con muchos seguidores.

Ciertos periodistas y, sobre todo, ciertos licenciados en Periodismo (este oficio rara vez se aprende en la Facultad: no es lo mismo memorizar cuatro definiciones ridículas que interpretar los hechos), ciertos licenciados, decía, presentan a la Red como la única esperanza, como la única salida. Pongo como ejemplo este tweet (así se denomina cada uno de los comentarios publicados en la red social Twitter) de un estudiante de 5º de Periodismo: “Se admiten sugerencias sobre blogs interesantes (me vale cualquier tema), para dar un poco de comer a mi Google Reader, que lo tengo abandonado”. Uno piensa, en buena lógica, que para esta persona, y para tantas otras, lo importante es única y exclusivamente el fin en sí mismo (no el medio para conseguir un fin): o sea, navegar por la Red (descargar compulsivamente cientos de podcasts que probablemente sólo sirvan para “dar de comer” al disco externo, repasar los vídeos más vistos de Youtube, actualizar la red social –con cualquier comentario intrascendente– en medio de una tertulia amistosa…). Lo de menos es el contenido: “Si me quitan este programa –dirán algunos–, ya encontraré otro que se le parezca, y, si el nuevo hallazgo no me gusta, haré lo posible para adaptarme al mismo cambiando mis hábitos, mis filias, mis fobias…”.

Esta ideología extrema puede degenerar –como apunta Di Lorenzo– en violencia, en fantasías totalitarias y guerras contra la verdad. Como los tertulianos de la telebasura, como los fascistas, como los estalinistas, muchos acérrimos de la Red no perdonan disidencia a su credo: repasen algunos insultos –muchos de ellos anónimos– que contaminan las bitácoras o los periódicos digitales. Uno entiende, por tanto, que la libertad de expresión se confunde hoy con la posibilidad de ser soez y despótico. ¡Qué dolorosa contradicción: la lectura siempre ha sido infalible a la hora de constatar que el mundo puede verse de diversas miradas! Sin profundizar en asuntos filosóficos y psicológicos, sólo diré –a modo de epítome– que no hemos cambiado mucho, pese a los incontables inventos tecnológicos, desde que Marx acuñara (refiriéndose a las relaciones de trabajo capitalistas) el terrible término alienación, esto es, el estado mental caracterizado por una merma del sentimiento de la propia identidad. El hombre, oprimido por un sistema dictatorial o por la publicidad consumista, deja de tener opiniones propias y actúa (tilde más, tilde menos) como un robot: al dictado de los poderosos.

También le preocupa a uno hoy la total confusión de los términos información y conocimiento. Conviene recordar que Internet, al igual que los libros, nos da la posibilidad de acceder a la información, no al conocimiento. Este conocimiento sólo adquiere su verdadero sentido cuando el lector, en el papel o en la pantalla, transforma, cuestiona, asimila, interpreta y, en definitiva, procesa los contenidos. Quiero decir: sin un aprendizaje, sin un esfuerzo previo, Internet sólo es un instrumento –muy válido, desde luego–, no un milagro pararreligioso (uno, sin ser católico, no ve más transparencia de oblea que una prosa de Azorín o Cunqueiro). La misma tesis –tan vetusta– puedo extrapolarla al señorito que adorna las estanterías con libros que no leerá jamás, a fin de propagar su elitismo. También es aplicable esa tesis al estudiante de Humanidades que en la Universidad cumple un mero trámite, y no bebe, paralelamente, la plural belleza que nos han legado los escritores, cineastas, músicos y artistas. Ya digo que no importa tanto el soporte como la intención o el esfuerzo…

A propósito de esa plural belleza, uno, cuando escribe, siempre intenta ponerse en el lugar –pues la literatura es una continuación, una revitalización– de sus maestros desaparecidos. ¿Qué pensarían ellos al respecto? ¿Con qué palabra precisa expresarían el desafecto ante esta creencia pararreligiosa de la que habla el periodista Di Lorenzo? Don Antonio Machado dejó escrito un poemita que hoy adquiere mucha vigencia, entre otras cosas porque su época también se caracterizó –salvando, claro, las distancias– por el fanatismo de las ideologías: “¡Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también!”. Un alumno aventajado de Machado, José Agustín Goytisolo, construyó hace tiempo “La mejor escuela”, a fin de criticar el automatismo, la indiferencia y la ignorancia de algunos estudiantes y docentes: “No aprendas sólo cosas / piensa en ellas / y construye a tu antojo situaciones e imágenes / que rompan la barrera que aseguran existe / entre la realidad y la utopía: / (…) / Después sal a la calle y observa: / es la mejor escuela de tu vida.”

Desgraciadamente, es difícil que algunas de las personas de mi generación (nací en el 87) asistan a esa escuela que funde la lectura con la vida: la tecnología (entendida, repitámoslo, como la única esperanza) ya comienza a sustituir las conductas humanas más elementales: el beso por el icono de unos labios, la caricia por el tecleo, la sencillez por la simpleza del lenguaje, la voz entrecortada por las abreviaturas… Y, qué quieren que les diga, si uno no tiene la posibilidad de dedicar –con su puño y su letra– un libro a un ser querido, si uno no tiene la posibilidad de personalizar –o de subrayar– un sentimiento universal, ¿de qué sirven los gigas de un e-book? Los humanistas –hay que repetirlo una vez más– tenemos el deber de preservar el lenguaje, renovándolo, y de cultivar la sensibilidad. Para lograr tales fines, no es necesario suprimir ningún instrumento o soporte. Todo lo contrario: las cartas y los e-mails son –ya lo dije– complementarios. Como la película y el libro. La plural belleza se construye a partir de síncopas, de notas aparentemente disonantes…

Por H. ACEBO
La Huella Digital, 24/11/2010

sábado, 14 de agosto de 2010

Un hada en la playa de Los Castros

Andan estos días preocupadas las bañistas de las playas de nuestra comarca, porque son incapaces de conseguir un bronceado uniforme. Han llegado a tal conclusión a través del Facebook: en el muro de mi amiga Laura (muchacha arrubiada de 18 años recién cumplidos, que luce una piel satinada y unos grandísimos ojos verdes), alguien copió el enlace a un reportaje de El País. (Las bellas bañistas no necesitan leer asiduamente los periódicos: viven en un mundo de olas y senos). El citado artículo se nutre de una investigación publicada originalmente por The Guardian, donde se asegura que no todas las partes del cuerpo se brocean por igual, al tiempo que explica los riesgos de la exposición al sol (y ahí se incluyen los cánceres de piel, como el conocido melanoma).

Ustedes, vecinos y visitantes de la comarca, me dirán que en las playas de La Mariña lucense y del occidente asturiano no está, todavía, de moda el nudismo. Y tienen razón: nuestra mentalidad (melancólica, fría) no está acostumbrada a los exotismos y a las carnalidades. Sin embargo, aunque algunas chicas –adolescentes o veinteañeras– no lo reconozcan, más de una se desnuda en su piscina o en su terracita para hacer el amor con el sol. Como ya anticipaba antes, el sueño de estas muchachas es conseguir un moreno uniforme: odian las marcas (que les impiden lucir los escotes palabra de honor) de la braguita y del sujetador.

Y mi amiga Laura no se explicaba por qué sus atléticas nalgas tardaban tanto en desprenderse de la blancura, mientras que su espalda ya estaba bastante bronceada. La muchacha ahora ha descubierto –para su daño– que las distintas partes del cuerpo se ponen morenas a diferentes velocidades, que es muy difícil tener un moreno igualado. El trasero, concretamente, requiere “un mayor tiempo de exposición solar que otras partes de a anatomía”, según dice la investigación que sacó a la luz The Guardian. Además, la parte alta de la espalda se pone, al parecer, morena antes que las piernas. Y la parte externa de los brazos –como resultaba obvio– oscurece antes que la interna. El País añade la opinión del doctor Eduardo López Bran (dermatólogo del Instituto Médico Estético de Madrid y Jefe de Servicio de Dermatología del Hospital Clínico San Carlos de Madrid), quien cree que los mecanismos de defensa de las distintas partes del cuerpo son diferentes. Acerca del trasero, el doctor opina lo siguiente: “Si te quemas esa zona supone una agresión, ya que las defensas están disminuidas. Evidentemente es la parte que se ha trabajado menos, y lo suyo sería usar una protección de 50+; es la máxima y es la más recomendable”.

A Laura, tras la lectura del reportaje, parece habérsele caído el mundo encima. Yo la animo, y le digo que ella, siendo mujer blanca y arrubiada, tan bella, no necesita quemarse para impactar al espectador. Le explico que en una época no muy lejana la gente de piel nívea era sinónimo de pureza, de elegancia, y que las personas demasiado morenas se asociaban con las clases más bajas (campesinos, criados...). Le leo un relato de Álvaro Cunqueiro que habla sobre un hada:

Felipe fue enseñado por su tía abuela de manera que si un día iba al monte y daba la casualidad que el hada estaba con su tienda de sol, y le preguntaba qué prefería, si la tienda o a ella, que a lo mejor, siendo como era muy hermosa, blanca y rubia, estaba disfrazada de fea y de morena.

Llegados a este punto, Laura sonríe con picardía. Sólo intento –le digo– que seas consciente de tus atributos. En efecto, hay muchísimas morenas preciosas (tantas como blancas), ardientes, pasionales, pero las más nacen con ese color de piel, sólo lo acentúan. Y, que yo sepa, ninguna de ellas querría volverse blanca de repente. ¿Por qué ese empeño de las blancas en maquillar, en camuflar, su nacarada piel? Una persona quemada por el sol (como se sabe, los blancos –especialmente aquellos que lucimos lunares o pecas– tendemos a quemarnos, si no utilizamos la protección adecuada) tiene bien poco de atractiva y mucho de excesiva: acaso eso era a lo que se refería Cunqueiro. Hay, en fin, más de un canon de belleza, pese a que la tele nos venda únicamente el prototipo de famoso de Hollywood bronceado, entregado al vicio, ajeno a lo que ocurre a su alrededor…

Mientras yo desgrano este improvisado discurso romántico –muy propio de alguien que desea lo que ha perdido, como diría Petronio–, Laura me mira con los ojos encendidos como faros. Parece creerme, pero reconoce tener miedo a no gustar lo suficiente a sus colegas, si no trata, “como todo el mundo”, de ponerse morena. Y, acto seguido, me comenta: “Claro que si los bikinis se hubieran inventado en la juventud de Cunqueiro, hasta las hadas querrían lucirlos, sin miedo a apagar su blancura…”.

Cae la tarde en la abrigada playa de Los Castros. Laura apoya su cabeza en mi regazo. Yo miro sus blancas (ahora no tan blancas) piernas: esplenden al sol. Las acaricio, y pienso: Ésta es la ocupación más alta que puede alcanzar un hombre.

Por HÉCTOR ACEBO. La Comarca del Eo (El Progreso), 14/8/2010

viernes, 18 de junio de 2010

El problema fue el 16

Disfruten este maravilloso relato de Rivas:

El misterio de Uz

Por MANUEL RIVAS (El País, suplemento Mundial Sudáfrica, 9/6/2010)


No era un equipo temible, pero había algo en ellos que metía miedo. Me refiero a los de Uz. Sporting Electra de Uz, para ser exactos. Era uno de los clubes históricos de la Liga de la Costa. Y por lo que oí, el nombre tenía su origen en una de las primeras centrales hidroeléctricas. La compañía había desaparecido, engullida después de la guerra por otra más poderosa, pero el nombre de Electra sobrevivió a lomos de aquel equipo hosco, que parecían arrastrar el balón como una penitencia, con sus piernas leñosas, empujando los propios cuerpos como carretillas.

Eran duros, pero no criminales. El castigo iba con ellos más que con el contrario y contagiaban su juego pesaroso. Todo era así en Uz. La afición consistía en una comitiva deshilachada, unida sólo por un engranaje de silencio rumiante, hidráulico, que sólo se manifestaba en los momentos álgidos como un resentimiento de la naturaleza. De vez en cuando, sobresalían algunos lobos solitarios que merodeaban con la mirada oblicua al árbitro.

Todos los partidos que me tocó jugar en Uz eran invernales. Incluso cuando florecían en organdí los saúcos, laureles y mirtos que ceñían aquel camposanto con unas letras escritas en alquitrán que rezaban Stadium. Incluso en esas fechas de primavera, antes de San Juan, sobre la cancha de Uz había un toldo de nubes con voluntad pétrea.

El de hoy era un match de juveniles. Excuso decir que los jóvenes de Uz aparentaban un conjunto de recios veteranos de una segunda posguerra. Su objetivo era transparente. Jugaban a no perder. Casi nunca perdían. Nunca ganaban. Y hoy nosotros queríamos machacarlos, hundirlos de una puta vez en la miseria. Así como lo digo. Y la cosa marchaba. Entramos con dos a cero en la segunda parte. Habían sido dos tantos laboriosos, conseguidos después de salvar la ciénaga donde se atrincheraba la defensa anfibia del Uz.

El problema fue el 16.

Hicieron un cambio y salió un bailarín pelirrojo, lampiño y con pecas. Con ese número, el 16. Digo bailarín porque contrastaba con el bloque del Electra, la geometría corporal en pentágono del resto de los jugadores. Y bailarín también por la forma de jugar. Se movía con el balón como el vagabundo de Chaplin, veloz, juncal, zigzagueante. Nos desarboló abriendo rutas intransitables. Había metido un tanto nada más entrar, y ahora enfilaba de nuevo nuestra meta con desparpajo, capeando el temporal con la camiseta volandera. Lo agarré. La prenda se rompió en jirones. Tenía una piel blanquísima, de un blanco hipnótico. Y el rojo del cabello se incendiaba más a medida que se alejaba, driblaba a nuestro guardameta, y nos humillaba entrando con el balón en la portería.

Se fue al vestuario, con la camiseta desgarrada, sin esperar al pitido final. Antes de subir al autocar, busqué al 16 en todo el entorno del campo. Al fin lo distinguí. Iba solitario, con una mochila a la espalda, caminando por la orilla de la carretera y de un mar de centeno.

Un parroquiano de Uz, con voz de aguardiente, me dijo al pasar: “Te gusta la chica, ¿eh? ¡Quién la pudiera pillar!”.

domingo, 23 de mayo de 2010

Sorolla creía que toda hora era alba


Hace tiempo que no visito el madrileño Museo de Prado. La algarabía urbana nos aleja a menudo del placer, de la reflexión, de la charla, de la contemplación, y, en suma, del impresionismo. ¡Pero cómo disfruté el verano pasado en una antología de la obra de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923)!

El magistral uso de la luz de este pintor hace vibrar sugestivamente los colores, marca –lejos de cualquier academicismo aséptico– el movimiento de las figuras, haciendo carne aquel verso del enigmático Pessoa: “Tengo una gran distracción animada”, que para mí es una de las más bellas declaraciones amorosas (espero dedicársela algún día a una chica merecedora de tal alabanza: las palabras y las imágenes son de quien las necesita).

La luz de Sorolla hiere, esconde –en la aparente calma del horizonte– vidas golpeadas por el mar, margaritas que se vieron forzadas a matar a sus vástagos para ocultar tantos amores pendencieros, infantes tullidos (por obra y gracia del Señor) que se sumergen en el mar bajo la vigilancia de un fraile… Aquella mañana la luz hería, pero, como no me bastaba con mirar, intenté asirla, condensarla en la mente y en los sentidos… Al final, caí en la tentación: y me traje del Prado una prueba tangible, a fin de compartir con mis seres queridos esa “espontaneidad saludable” (incluso las tragedias sorollistas desprenden calidez), como escribió en el lejano 1908 el crítico Ángel Vegue y Goldoni en las páginas de La Lectura (una revista “de las artes y de las ciencias” en la que colaboraron no pocos personajes adscritos o cercanos a la Generación del 98).

La prueba espontánea es una lámina que lleva por título “La siesta”. Fechada en 1911, no reproduce la obra más representativa o dolorosa de Sorolla. Poco me importa. Como si se tratase de una foto en picado (lo que distinguía a Sorolla de otros maestros de la época era, principalmente, el encuadre), cuatro figuras femeninas descansan, indolentes, bajo el sol. Apenas hay aire en esta visión, dando una sensación de reposo, de pereza, de pesadumbre, de frondosidad… Sin embargo, a pesar de todos los calificativos (propios de una hora tan bucólicamente mundana como la siesta) empleados en la oración anterior, la perspectiva del cuadro es absolutamente dinámica y sirve de contrapunto. ¿El resultado? Fíjense en esas telas tan luminosas (desperdigadas por el cuadro) o en la vivísima hierba: ¡una sensualidad desbordante!

A propósito, tal vez debería (deberíamos, compañeros de viaje) plasmar más movimientos. Quienes estamos divinamente condenados (como la mayor parte de los artistas, insumisos y soñadores) a convivir con ese estado emocional llamado melancolía, recurrimos a menudo al arte para construir un universo paralelo que resucite a aquellas personas, estancias o sensaciones perdidas…

El problema estriba en cómo hallar el equilibrio. Porque esa “bilis negra” (que dirían los griegos clásicos) a veces nos abaja –y denunciamos, rabiosos, tantas injusticias cometidas por un capitalismo salvaje que, pese a que hoy hace aguas, todavía es dignificado por Aznar y otros señores de la guerra–, pero en otras ocasiones esa melancolía visionaria también nos eleva al olimpo –y bebemos, extasiados, los vientres más diáfanos de las musas– sin premeditar horario alguno…

Intuyo que Sorolla supo convivir (al menos así lo atestigua su obra) perfectamente entre esos extremos. Independientemente de la hora o del estado, su protagonista absoluta SIEMPRE fue la luz. Y eso es admirable. ¿Mujeres con geranios, espumosas playas mediterráneas o pescadores desangrados? Qué importa: son todos trabajos del artista. Condenados (poetas, pintores y cineastas) a ver sin ser vistos.

Mi maestro Álvaro Cunqueiro, el señor de Mondoñedo (villa lucense y sede episcopal), prodigioso periodista y novelista, escribió –en una de sus columnas para el Faro de Vigo– unas líneas que le irían perfectamente a Sorolla: “El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba”.

Por HÉCTOR ACEBO (Diario de Ávila, 23/05/2010)

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cunqueiro recrea el tema de Tristán e Isolda

Tristán García
Por ÁLVARO CUNQUEIRO*



Este Tristán del que cuento, nunca supo por qué le habían puesto Tristán en el sacramento del bautismo, ni conocía a nadie que se llamara como él. Un tío suyo de Soutomaior, que trabajaba como camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres Tristanes, y todos ellos eran de la aristocracia. Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, en un quisco compró La verdadera historia de Tristán e Isolda con los amantes muy abrazados en la portada, por una peseta y cincuenta céntimos. Al fin iba a saber quién era aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al terrible final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García no pudo evitar las lágrimas. Y dio en imaginar que andando por el mundo encontraba una mujer llamada Isolda, y ambos se gustaban, se hacían novios, se casaban, y vivían muy felices en la aldea cercana a Viana do Bolo de donde Tristán era natural. A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos 38 les preguntaba si había en sus pueblos una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se lamentaba consigo mismo de no dar con una Isolda, porque si no la encontraba en León, donde había tanta familia, ya no la encontraría nunca, dedicado a la labranza en su aldea de Viana do Bolo.
Un día lo mandó llamar un sargento que se llamaba Recuero.
-¿Tú eres el que anda buscando una Isolda? Pues en Venta de Baños hay una viuda de este nombre.
-¿Joven o vieja? –preguntó Tristán emocionado.
-¡No lo sé! ¡Es churrera! –le contestó el sargento.
Tanto tenía metida en su magín la novela famosa nuestro Tristán, que no pudo dudar un instante de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa, y si era churrera, podía seguir con el negocio en Viana, o en Orense capital, donde servían chocolate con churros en los cafés. También consideraba Tristán que si la viuda era vieja, lo más seguro era que tuviese una hija o sobrina joven que se llamase como ella. Tuvo un permiso, y con veinte duros que tenía ahorrados, tomó en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme, preguntó por la churrería de la señora Isolda. Estaba allí al lado, y la señora Isolda despachando churros a un señor cura. Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza. Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.
-¡Buenos días! ¿Es usted la señora Isolda?
-¡Servidora! –respondió la amable viejecita sonriendo-. ¿Cuántos le pongo?
-¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!
La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
-¡Tristán! ¡Tristán querido! –pudo decir al fin-. ¡Toda mi juventud esperando a conocer a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!
Tristán saludó militarmente y se retiró hacia la estación, a esperar el primer tren para León. Cuando llegó y subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, quien le entregó un paquete de churros. No se dijeron nada. Cosas así sólo pasan en los grandes amores.

*CUNQUEIRO, Álvaro (2009), Las historias gallegas, Ed. Paréntesis, Sevilla.

martes, 4 de mayo de 2010

La conquistadora


Dices: “Si los chicos no quieren
que escriba sobre ellos,
deben portarse bien conmigo”.

Ya no te pones las botas de cowgirl,
porque “el estilo bohemio
queda mejor con el buen tiempo”.

Y prefieres no hablar de sexo:
“En cuanto empiezas, la gente
te imagina desnuda”.

¡Caray, para haber jurado
voto de castidad, eres toda
una conquistadora, niña!

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 4/5/2010)

domingo, 4 de abril de 2010

Curvas de músicas elevadas


Tanto la deteriorada política como la Historia, tristemente tergiversada, ocupan muchas de nuestras líneas. Y da la impresión de que nos olvidamos (¡tan sesudos!) de admirar las maravillas cotidianas. Lo cual es un error: quien conoce la naturaleza tiene una idea de la literatura (y viceversa). Digo esto porque llega el buen tiempo a Madrid, y a uno (que es de naturaleza irremediablemente melancólica y ya ha sufrido bastante durante el largo invierno) le apetece más que nunca escrutar los níveos muslos de las chicas, que en breves llegarán más desnudas que vestidas a las aulas universitarias. ¡Cuántas ganas de componer himnos que hagan justicia a semejante venustez!

Confieso, como el crítico y novelista Vicente Molina Foix en El cine de las sábanas húmedas, mi predilección por los shorts, “esas prendas tan exiguas como suficientes, que exhiben y a la vez no resaltan y son tan difíciles de llevar sin que uno o una parezca hortera”. Hoy en día estos pantaloncitos cortos y ajustados están muy extendidos entre las mujeres jóvenes, quienes los lucen, de manera informal, durante el estío. En otra época, los shorts femeninos destilaban ingenuidad y atrevimiento; de hecho, esta prenda fue usada exclusivamente, hasta bien entrada la década de los 40, por los críos. En los 50 y los 60, la campeona de los shorts era claramente Jean Seberg (a la sazón, un nuevo tipo de mujer), la bellísima actriz de Al final de la escapada o Buenos días, tristeza.

Esta Jean –mundialmente conocida por su pelo rubio a lo garçon y por la venenosa dulzura de su rostro– era tan voluptuosa que no necesitaba, para despertar el deseo del público, encarcelarse en un vestido abombado; es más –y coincido con Molina Foix–, tal indumentaria es la negación de aquellos shorts que le permitían irrumpir (complaciente y libertaria) en la pantalla con las nacaradas piernas desnudas, al aire…

Una mujer que enfunda sus muslos, su sexo y sus nalgas en los shorts, ¿qué condiciones ha de reunir para no caer en la cursilería? No hay ninguna ley escrita al respecto. Evidentemente, la donosura (un cuerpo proporcionado, las curvas, las esbeltas piernas) es una buena aliada. Pero imagino que, como sucede con otras prendas, la clave está en la clase: esa cosa tan personal, magnética, extraña e intransferible. La propia Seberg no era alta, no tenía unas piernas especialmente largas, y, sin embargo, nos hechizaba con sus poses. ¡Pocas mujeres han llevado con tanta distinción los sombreros borsalinos, pocas han resultado tan sensuales vistiendo camisetas de marinero...!

Uno ha visto –en la calle y en las aulas– varias chicas esplendentes, entregadas al placer del cuerpo, ajenas –aparentemente– al dolor y al sufrimiento. ¡Mujeres que acaso se recrean al contemplar, en el espejo, los planetas que tienen por ojos! Si las observas (el acto más opuesto a la misericordia), no se detienen: sus andares son siempre ondulados, cadenciosos… Uno intenta, a veces, hablarles, pero es difícil coordinar las palabras y los pensamientos en esos instantes turbadores, místicos... Pensándolo bien, resultaría imposible ponerse –a través de un verbo improvisado– a la altura de sus elevados (y desnudos) atributos. ¿Por qué no buscamos entonces, los enamorados y los eternamente seducidos, la justicia poética: es decir, la máxima exactitud de las palabras?

En efecto, son muchos los poetas que han cantado a los muslos. Para mí (disculpen la osadía), esa parte de la anatomía que tan bien exhiben los shorts son “camas de finísimas hierbas”. Neruda abría sus Veinte poemas de amor… de la siguiente manera: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, / te pareces al mundo en tu actitud de entrega.” Luis Antonio de Villena habla, en Celebración del libertino, de una “curva de música elevada”. José Ángel Valente, por su parte, escribió: “Los muslos de la mujer eran largos y húmedos. El fino vello brillaba dorado al sol. Interminable profundidad sin fondo de la piel.” Cunqueiro se refirió a una “suma breve, / gozo de clara visión. / Lancha.”

Sólo de esta forma, al evocar a los poetas, estaremos en condiciones de preservar tanta belleza cotidiana y diáfana. Es un objetivo arduo pero excitante. Justo.


Por HÉCTOR ACEBO (Diario de Ávila, 04/04/2010)