Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo
Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
-Correo: acebobello@gmail.com
-Instagram: @hectoracebo
lunes, 27 de julio de 2009
domingo, 26 de julio de 2009
¿Reivindicar lo evidente?

Sí, ya sé que la temporada 2008-09 ha tocado a su fin. Pero da la impresión de que los fichajes multimillonarios de los ahora madridistas Cristiano Ronaldo, Benzema y Kaká son equiparables al éxito cosechado en el terreno de juego hace apenas dos meses por el equipo de ese fascinante tipo que ve espacios en vez de piernas (qué razón tiene el colorido prosista Manuel Vicent), Pep Guardiola. Y no me refiero exclusivamente a los más de 75000 aficionados que llenaron recientemente el Bernabéu (eso es hasta cierto punto comprensible, en tiempos de sequía) para recibir al gran fichaje blanco: sin levantarme de la cama reproduzco, adecentando un poco la puntuación, el nick del Messenger de un contacto conocido: “Nosotros ya tenemos nuestro triplete: Cristiano, Kaká y Benzema. ¡Gracias, tío Florito!”. Vamos, que para algunos todo (incluso la pasión o el sentimiento) se consigue con dinero…
También sé que hoy esa temible dictadura de la imagen –que camuflamos bajo el selecto extranjerismo marketing– lo hace todo. Que si Cristiano Ronaldo (envanecido, apuesto, alhajado, presuntuoso…) gustaba a unas cuantas, ahora –que lo vemos marcando sus atributos en los telediarios, y esto sólo es el prefacio– será el sueño platónico de las otras. Como escribí en verso hace uno mucho, “(…) cuando crecimos, comprobé (para mi daño) / que a la mayoría, más que ver lo que les gustaba, / les gustaba lo que veían, fuese lo que fuese.” ¡Amiguitas fastuosas e ignaras!
Vivimos en una sociedad desmemoriada (¿alguna de las de antes se acuerda, por no salirnos del campo, del exquisito Julen Guerrero, antaño laureado cual atleta griego?), ya lo sé. No está de más recordar que la mayoría de futboleros que conozco, merengues o no, hace apenas dos meses loaban la inteligencia de Guardiola, el juego en equipo, el toque, el formidable trabajo de la cantera (¡siete jugadores habituales en el once titular del Barça se criaron en La Masia!), y, por extensión, la combinación entre el talento, la humildad y el esfuerzo. ¿No llegaron algunos empresarios a afirmar que los triunfos de los chicos de Pep deberían extrapolarse a cualquier ámbito colectivo de la sociedad con afán de progresar? Será que los maravillosos Xavi, Iniesta y Messi (ahora tan injustamente eclipsados) no son muy glamurosos: más bien bajitos, educados, comprometidos, nunca nos sorprenden con peinados estrafalarios ni declaraciones pretenciosas… Clases medias, en fin, que, a base de sacrificio y aptitud, están consiguiendo (sin extranjerizar el nombre) en su terreno todo lo que se proponen.

Guardiola –que ejerció de recogepelotas en el Camp Nou y luego se labró una de las carreras más brillantes como futbolista de equipo en los últimos tiempos– declaró hace una década que, si un día llegaba a entrenar al club de sus amores, aplicaría (y es lo que está haciendo, con retoques adecuados: digamos, mejor, reinventaría) el modelo que en los 90 implantó el genial Cruyff, al que se le recuerda, aparte de los títulos, “por su estilo, por el toque, con el sello tan especial”. El poeta Luis Cernuda dejó escritos unos versos que me recuerdan mucho a mi querida madre y que a Pep (un hombre culto, elegante y sensible) también le irían estupendamente: “Creo en mí mismo, / porque yo algún día seré todas las cosas que amo.” Doy desde aquí las gracias a todos ellos por preservar un estilo, un sello tan especial e intransferible, una mirada que me alumbra y me calienta en estos días cual hoguera del Oeste. Unos días en que vuelve a ser necesario (todo cambia para volver a ser lo mismo… o peor) reivindicar lo evidente, no lo hipotético, utópico o metafórico. Así están las cosas, chico…
Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 26/07/09)
sábado, 25 de julio de 2009
viernes, 17 de julio de 2009
Sorolla creía que toda hora era alba

Su magistral uso de la luz hace vibrar sugestivamente los colores, marca –lejos de cualquier academicismo aséptico– el movimiento de las figuras, haciendo carne aquel verso del enigmático Pessoa: “Tengo una distracción animada”, que para mí es una de las más bellas declaraciones amorosas (espero dedicársela algún día a una chica merecedora de tal alabanza: las palabras y las imágenes son de quien las necesita). He pasado una mañana entera en el Museo del Prado, que acoge desde el pasado mayo (y hasta los primeros días de setiembre) una antología de la obra pictórica de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923); ahora regreso a la vida real (bastante más estática, por cierto, que los cuadros impresionistas) y tengo la sensación de que me sobran muchos colores…
La luz de Sorolla hiere, esconde –en la aparente calma del horizonte– vidas golpeadas por el mar, margaritas que se vieron forzadas a matar a sus vástagos para ocultar tantos amores pendencieros, infantes tullidos (por obra y gracia del Señor) que se sumergen en el mar bajo la vigilancia de un fraile… La luz hiere, pero, como no me basta con mirar, intento asirla, condensarla en la mente y en los sentidos… Al final, caigo en la tentación: y me traigo del Prado una prueba tangible, a fin de compartir con mis seres queridos esa espontaneidad saludable (incluso las tragedias sorollistas desprenden calidez), como escribió en el lejano 1908 el crítico Ángel Vegue y Goldoni en las páginas de La Lectura (una revista de las artes y de las ciencias en la que colaboraron no pocos personajes adscritos o cercanos a la Generación del 98). La prueba espontánea es una lámina que lleva por título “La siesta”. Fechada en 1911, no reproduce la obra más representativa o dolorosa de Sorolla. Poco me importa. Como si se tratase de una foto en picado (lo que distinguía a Sorolla de otros maestros de la época era, principalmente, el encuadre), cuatro figuras femeninas descansan, indolentes, bajo el sol. Apenas hay aire en esta visión, dando una sensación de reposo, de pereza, de pesadumbre, de frondosidad… Sin embargo, a pesar de todos los calificativos (propios de una hora tan bucólicamente mundana como la siesta) empleados en la oración anterior, la perspectiva del cuadro es absolutamente dinámica y sirve de contrapunto. ¿El resultado? Fíjense en esas telas tan luminosas (desperdigadas por el cuadro) o en la vivísima hierba: ¡una sensualidad desbordante!
Desbordante. Pensándolo bien, no me sobran muchos colores. Tal vez debería -deberíamos, compañeros de viaje– plasmar más movimientos. Los que estamos divinamente condenados (como yo y como la mayor parte de los artistas, insumisos y soñadores) a convivir con ese estado emocional llamado melancolía, recurrimos a menudo al arte para construir un universo paralelo que resucite a aquellas personas, casas o sensaciones perdidas… El problema estriba en cómo hallar el equilibrio. Porque esa bilis negra (que dirían los griegos) a veces nos abaja –y denunciamos, rabiosos, tantas injusticias cometidas por un capitalismo salvaje que, pese a que hoy hace aguas, todavía es dignificado por esos señores de la guerra apellidados Bush y Aznar–, pero en otras ocasiones esa melancolía visionaria también nos eleva al olimpo –y bebemos, extasiados, los vientres más diáfanos de las musas– sin premeditar horario alguno…
Intuyo que Sorolla supo convivir (al menos así lo atestigua su obra) perfectamente entre esos extremos. Independientemente de la hora o del estado, su protagonista absoluta SIEMPRE fue la luz. Y eso es admirable. ¿Mujeres con geranios, espumosas playas mediterráneas o pescadores desangrados? Qué importa: son todos trabajos del artista. Condenados (poetas, pintores y cineastas) a ver sin ser vistos. Álvaro Cunqueiro, prodigioso periodista y novelista gallego, escribió: “El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba”. Exactamente.
Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 17/7/09)
miércoles, 8 de julio de 2009
Un artículo de Álvaro Cunqueiro
Volando con el trueno*

Estatua de Álvaro Cunqueiro sita en su Mondoñedo (Lugo) natal
Hace exactamente dos años que me senté a esta misma máquina, en la redacción de «Faro de Vigo», a escribir mi primer artículo de esta ya quizás excesiva serie de «El envés». Y lo titulaba así: «Volando con el trueno». No lo quiero releer. Supongo que hablaría de Cuchulain, y del arcángel Izrail, y del enano secreto del Basileo, y del mago Virgilio, tan famoso en la Edad Media romana, leyenda del Virgilio latino de la melancolía geórgica y de los viajes de Eneas, el último nostos de la diáspora troyana. Escribí aquel artículo porque aquel día abría sus rayos una tormenta en el fondo de saco de la ría, sobre la isla de San Simón y el Berdugo, bajo la puente militar de Sampaio -escribíamos Berdugo con B, que es lo propio-, y sonaba el trueno solemnemente, lo mismo que hoy, en que me cogió la tronada en las afueras, sentado entre boticarios, comiendo honestamente en honor de su presidente provincial, Domingo Fernández del Riego, bajo una parra de alicante morisco, que por cierto abre muy bellamente y es la tal para una sombra de mayo. Estábamos en la segunda queimada cuando comenzaron a caer sobre nuestras cabezas, deslizadas de las amplias hojas de la parra, gruesas gotas. Esto le hubiera gustado a esos eruditos y poetas chinos que yo cito tantas veces, los cuales consideraban que unas gotas caídas de las ramas de los árboles, en verano, tras la tormenta, eran una caricia perfecta para la cabeza de un hombre feliz.
Cuchulain mandaba con su dedo índice de la mano derecha los rayos a ahogarse en el océano. Era el príncipe de los nubeiros entre los gaélicos, de esos humanos que arriendan el rayo, o como Emil, el sobrino de Diterico de Berna, lo saben transformar en rutilante espada o en larga lanza. No sé dónde leí -que ya van olvidados los más de los libros, compañeros de mocedad- que en Zelanda, en las aldeas, los labriegos y pescadores cebaban a una mujer, la cual, engordando, con sus mantecas ahuyentaba la chispa. He sido una vez, en el País Vascongado, dueño de una piedra serpentina, de una ofita, que procedía de cabaña de pastor pirenaico, en la cual hacía oficio de espantarrayos en los días tormentosos, y en las horas calmas servía para, calentada en las brasas y metida luego en la olla de barro, ayudar a hervir presto a la leche, a la que daba un sabor peculiar. Los vascones le llaman a la piedra serpentina cincunegui, que vale por «piedra de la cigüeña». También la Ciconia alba, en las altas torres donde anida, preserva del rayo...
Digo todo esto para que se vea que soy el ser menos imaginativo que ande por ahí, y que lo más propio mío es sumar noticias que muestren lo vario que es el mundo, y lo ricamente, y con cuántas sorpresas, se puede almacenar la memoria humana. Yo, que no desconozco los grandes temas del siglo, y estoy atento a eso que llaman la coyuntura histórica, y acepto la gran patética de mi tiempo y quiero ayudar, en lo que me sea posible y aún bastante más, al hombre de estos días, tantas veces puesto en el filo de la navaja, no me dejo asustar por los profesionales de la angustia, y busco en la gran peripecia humana, tantas veces mágica aventura, tantas veces sueños espléndidos y mitos trágicos, la razón de continuar.
De continuar contra la miseria, contra la violencia, contra el terror, contra la mentira. Es el hombre el animal más extraño, que decía el Estagirita, pero también la hierba más débil. Resiste porque sueña, y porque el amor hace olvidar el hambre. Yo no me evado ni ayudo a nadie a evadirse: me enfrento, simplemente, con los tristes, porque creo que la tristeza traiciona la condición humana. Dante encontró a los tristes en el Infierno. Le decían al gibelino: «Tristes fuimos en el dulce aire que del sol se alegra...». El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba.
*CUNQUEIRO, Álvaro: Viajes imaginarios y reales, Tusquets Editores, Barcelona, 1986, págs. 16-7.

Estatua de Álvaro Cunqueiro sita en su Mondoñedo (Lugo) natal
Hace exactamente dos años que me senté a esta misma máquina, en la redacción de «Faro de Vigo», a escribir mi primer artículo de esta ya quizás excesiva serie de «El envés». Y lo titulaba así: «Volando con el trueno». No lo quiero releer. Supongo que hablaría de Cuchulain, y del arcángel Izrail, y del enano secreto del Basileo, y del mago Virgilio, tan famoso en la Edad Media romana, leyenda del Virgilio latino de la melancolía geórgica y de los viajes de Eneas, el último nostos de la diáspora troyana. Escribí aquel artículo porque aquel día abría sus rayos una tormenta en el fondo de saco de la ría, sobre la isla de San Simón y el Berdugo, bajo la puente militar de Sampaio -escribíamos Berdugo con B, que es lo propio-, y sonaba el trueno solemnemente, lo mismo que hoy, en que me cogió la tronada en las afueras, sentado entre boticarios, comiendo honestamente en honor de su presidente provincial, Domingo Fernández del Riego, bajo una parra de alicante morisco, que por cierto abre muy bellamente y es la tal para una sombra de mayo. Estábamos en la segunda queimada cuando comenzaron a caer sobre nuestras cabezas, deslizadas de las amplias hojas de la parra, gruesas gotas. Esto le hubiera gustado a esos eruditos y poetas chinos que yo cito tantas veces, los cuales consideraban que unas gotas caídas de las ramas de los árboles, en verano, tras la tormenta, eran una caricia perfecta para la cabeza de un hombre feliz.
Cuchulain mandaba con su dedo índice de la mano derecha los rayos a ahogarse en el océano. Era el príncipe de los nubeiros entre los gaélicos, de esos humanos que arriendan el rayo, o como Emil, el sobrino de Diterico de Berna, lo saben transformar en rutilante espada o en larga lanza. No sé dónde leí -que ya van olvidados los más de los libros, compañeros de mocedad- que en Zelanda, en las aldeas, los labriegos y pescadores cebaban a una mujer, la cual, engordando, con sus mantecas ahuyentaba la chispa. He sido una vez, en el País Vascongado, dueño de una piedra serpentina, de una ofita, que procedía de cabaña de pastor pirenaico, en la cual hacía oficio de espantarrayos en los días tormentosos, y en las horas calmas servía para, calentada en las brasas y metida luego en la olla de barro, ayudar a hervir presto a la leche, a la que daba un sabor peculiar. Los vascones le llaman a la piedra serpentina cincunegui, que vale por «piedra de la cigüeña». También la Ciconia alba, en las altas torres donde anida, preserva del rayo...
Digo todo esto para que se vea que soy el ser menos imaginativo que ande por ahí, y que lo más propio mío es sumar noticias que muestren lo vario que es el mundo, y lo ricamente, y con cuántas sorpresas, se puede almacenar la memoria humana. Yo, que no desconozco los grandes temas del siglo, y estoy atento a eso que llaman la coyuntura histórica, y acepto la gran patética de mi tiempo y quiero ayudar, en lo que me sea posible y aún bastante más, al hombre de estos días, tantas veces puesto en el filo de la navaja, no me dejo asustar por los profesionales de la angustia, y busco en la gran peripecia humana, tantas veces mágica aventura, tantas veces sueños espléndidos y mitos trágicos, la razón de continuar.
De continuar contra la miseria, contra la violencia, contra el terror, contra la mentira. Es el hombre el animal más extraño, que decía el Estagirita, pero también la hierba más débil. Resiste porque sueña, y porque el amor hace olvidar el hambre. Yo no me evado ni ayudo a nadie a evadirse: me enfrento, simplemente, con los tristes, porque creo que la tristeza traiciona la condición humana. Dante encontró a los tristes en el Infierno. Le decían al gibelino: «Tristes fuimos en el dulce aire que del sol se alegra...». El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba.
*CUNQUEIRO, Álvaro: Viajes imaginarios y reales, Tusquets Editores, Barcelona, 1986, págs. 16-7.
jueves, 18 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
«En esta década podremos saber si hay otros mundos como el nuestro»
«Confío en que los adolescentes de ahora resuelvan los problemas fundamentales a los que nos enfrentamos»
«Cada vez que vengo a Vegadeo me siento en casa y muy bien tratado por el cariño de los veigueños»
CARLOS PEÑA GARAY (Físico, natural de Vegadeo)

Vegadeo, Héctor ACEBO
Más de cien alumnos de Primaria de Vegadeo le expusieron dudas, misterios y obsesiones sobre los agujeros negros, las explosiones de supernovas, la velocidad de neutrinos solares, el fin del sol... Carlos Peña Garay, físico veigueño de 41 años con gran proyección internacional, ha sido cariñosamente apodado, tras su paso por el colegio local Jovellanos, en el cual estudió, como «El Mensajero de las estrellas». Tanto éxito cosechó en su villa Peña Garay que, al término de la conferencia, en vez de correr camino del autobús, no pocos niños hicieron cola para que les firmase el tríptico de una jornada que celebraba el Año Internacional de la Astronomía.
-¿Es difícil explicar a un niño de Primaria el tamaño del universo?
-Hay conceptos que son difíciles de hacer comprender si no tenemos experiencia directa. Por ejemplo, distinguir «muy grande» de «muy muy grande». Pero no espero que lo comprendan en toda su profundidad, porque esto es algo que seguirán haciendo constantemente si tienen interés. Lo realmente importante es hacer despertar su curiosidad e interés por hacerse preguntas y tratar de responderlas con la razón. La astronomía es una de las áreas de la ciencia más cercana a los niños, porque presentamos algo que pueden observar directamente.
-¿Qué es lo que más le sorprendió de los alumnos veigueños?
-El interés por los misterios y por los nombres misteriosos. Su gran curiosidad por varias cuestiones fundamentales de la astronomía y, generalizando, de la física moderna. La jornada en Vegadeo ha sido muy estimulante.
-¿Guarda un buen recuerdo del su paso por el Jovellanos?
-Excelente. Tengo varios recuerdos imborrables. En el contexto de las jornadas, en este colegio nació mi interés por la ciencia. Recuerdo mi curiosidad por la naturaleza del átomo en el curso impartido por el profesor Eugenio Castaño (Don Eugenio, decíamos). A la parte práctica de formular en química, le unió unas notas sobre física cuántica y algunos de los actores principales. Me impresionó. He vuelto a ver a dos de mis antiguas profesoras, con las cuales me he fotografiado. He vuelto a un lugar familiar, en el que ahora soy un extraño. La primera característica que cambia tus recuerdos es el tamaño de las salas.
-También se trasladó, durante la misma jornada, al instituto local Elisa y Luis Villamil. Dijo de ellos (los adolescentes) que estaban en una edad extraordinaria, porque podían equivocarse y volver a empezar sin temores... ¿Confía en que lleven nuestro planeta a buen fin?
-La ciencia nos muestra que en muchos casos el camino no se recorre en línea recta y que hay muchas sorpresas, muchos giros, que llevan al éxito de descubrimientos fundamentales. En estos momentos, un bachiller tiene cierta tensión sobre si está tomando la decisión correcta. He intentado ilustrar con ejemplos en la ciencia y con mi propia carrera cómo no se va en línea recta en muchos casos. Sí, confío en que resuelvan algunos de los problemas fundamentales a los que nos enfrentamos.
-En algún momento de la charla, dijo que había vuelto a España desde Princeton (a donde le llevó su tesis doctoral sobre los neutrinos solares), porque quería devolver a su país lo que le había dado. Explíquese.
-Fueron varias las consideraciones a evaluar a la hora de decidir dónde establecerme, además de existir la posibilidad real de elegir. Además de la ayuda familiar, yo he disfrutado de las ayudas públicas en la segunda mitad de los años 80, con la gran expansión del sistema de becas, que permitió a muchos (o al menos disminuyó las dificultades) poder acceder a la Universidad. La Universidad sirvió para cribar a aquellos con más talento para la investigación. Si todo ese talento se va a países más desarrollados, como EE.UU., a ellos les sale muy barato pero a nuestro país les sale bastante caro. Es bien cierto que aún estando fuera de tu país se puede contribuir a su desarrollo. Pero me parece más cierto, que se contribuye más desde dentro.
-En 2007, obtuvo el galardón de Veigueño del Año. ¿Motivo de orgullo? ¿Se siente bien tratado en su tierra?
-Sí, es un gran orgullo. Lo es especialmente porque lo recibo en nombre de mi madre. Celia Garay Cotarelo es la merecedora del premio, por liderar una familia de quince hijos en una vida con muchas dificultades. Cuando vengo a Vegadeo, me siento en mi casa, con mi familia, con mis recuerdos de infancia. Me siento muy bien tratado por el cariño de los veigueños.
-Miembro del IFIC, científico titular del CSIC, profesor titular en la Universidad de Física Teórica de la Universidad de Valencia, Premio Novel de la Real Sociedad Española de Física... ¿Qué le falta por conseguir en su carrera científica?
-Lo realmente apasionante es comprender una nueva idea, generar una explicación, explorar un nuevo territorio en el conocimiento. Saber formular la pregunta correcta y descubrir la respuesta. Cuando esto ocurre, y es bastante frecuente en los pequeños pasos que tenemos que dar para afrontar las cuestiones importantes, has conseguido un nuevo éxito. Desde el punto de vista del reconocimiento exterior, todavía quedan muchos logros que alcanzar.
-Una de sus líneas de investigación gira en torno a la pregunta: ¿Existen más planetas en otros sistemas solares? Sáquenos de la duda.
-Un área de investigación fuente de nuevas noticias diariamente es la identificación de planetas fuera del sistema solar. Ya se han identificado más de 300, aunque en general son grandes y cercanos a la estrella porque así se les ve más fácilmente. Un objetivo de la humanidad es poder ver planetas (con tamaño parecido a la Tierra) separados de la estrella a la distancia Tierra-Sol, para encontrar posibles mundos como el nuestro. Además, el estudio espectroscópico de estos planetas permitirá descubrir si tienen estructuras similares a nuestra Tierra: roca, agua, vegetación... Veremos los resultados en esta década.
-Actualmente está inmerso, junto con otros científicos del mundo, en un proyecto que tiene como fin la construcción de un telescopio que permitirá observar lejanas galaxias y estrellas. ¿Puede contarnos algo al respecto?
-Sabemos desde hace casi un siglo que el Universo está creciendo en tamaño. La nueva sorpresa, descubierta recientemente, es que crece aceleradamente, cada vez más rápido. Esto no era lo esperado, porque la materia que ejerce una fuerza atractiva neta a grandes distancias, la gravedad, debería hacer que la expansión fuese reduciéndose. Necesitamos entender este fenómeno, porque nos muestra que no conocemos los componentes de nuestro Universo que lo generan. Entre las posibles técnicas para estudiar este fenómeno, se encuentra catalogar millones de galaxias lejanas. Esta es una de las áreas más activas de investigación y en la que un grupo español al que me he unido se está consolidando. Si conocemos la posición de estas galaxias lejanas, podremos caracterizar cómo ha comenzado esta expansión acelerada del Universo.
La Nueva España, 17/06/2009
«Cada vez que vengo a Vegadeo me siento en casa y muy bien tratado por el cariño de los veigueños»
CARLOS PEÑA GARAY (Físico, natural de Vegadeo)

Vegadeo, Héctor ACEBO
Más de cien alumnos de Primaria de Vegadeo le expusieron dudas, misterios y obsesiones sobre los agujeros negros, las explosiones de supernovas, la velocidad de neutrinos solares, el fin del sol... Carlos Peña Garay, físico veigueño de 41 años con gran proyección internacional, ha sido cariñosamente apodado, tras su paso por el colegio local Jovellanos, en el cual estudió, como «El Mensajero de las estrellas». Tanto éxito cosechó en su villa Peña Garay que, al término de la conferencia, en vez de correr camino del autobús, no pocos niños hicieron cola para que les firmase el tríptico de una jornada que celebraba el Año Internacional de la Astronomía.
-¿Es difícil explicar a un niño de Primaria el tamaño del universo?
-Hay conceptos que son difíciles de hacer comprender si no tenemos experiencia directa. Por ejemplo, distinguir «muy grande» de «muy muy grande». Pero no espero que lo comprendan en toda su profundidad, porque esto es algo que seguirán haciendo constantemente si tienen interés. Lo realmente importante es hacer despertar su curiosidad e interés por hacerse preguntas y tratar de responderlas con la razón. La astronomía es una de las áreas de la ciencia más cercana a los niños, porque presentamos algo que pueden observar directamente.
-¿Qué es lo que más le sorprendió de los alumnos veigueños?
-El interés por los misterios y por los nombres misteriosos. Su gran curiosidad por varias cuestiones fundamentales de la astronomía y, generalizando, de la física moderna. La jornada en Vegadeo ha sido muy estimulante.
-¿Guarda un buen recuerdo del su paso por el Jovellanos?
-Excelente. Tengo varios recuerdos imborrables. En el contexto de las jornadas, en este colegio nació mi interés por la ciencia. Recuerdo mi curiosidad por la naturaleza del átomo en el curso impartido por el profesor Eugenio Castaño (Don Eugenio, decíamos). A la parte práctica de formular en química, le unió unas notas sobre física cuántica y algunos de los actores principales. Me impresionó. He vuelto a ver a dos de mis antiguas profesoras, con las cuales me he fotografiado. He vuelto a un lugar familiar, en el que ahora soy un extraño. La primera característica que cambia tus recuerdos es el tamaño de las salas.
-También se trasladó, durante la misma jornada, al instituto local Elisa y Luis Villamil. Dijo de ellos (los adolescentes) que estaban en una edad extraordinaria, porque podían equivocarse y volver a empezar sin temores... ¿Confía en que lleven nuestro planeta a buen fin?
-La ciencia nos muestra que en muchos casos el camino no se recorre en línea recta y que hay muchas sorpresas, muchos giros, que llevan al éxito de descubrimientos fundamentales. En estos momentos, un bachiller tiene cierta tensión sobre si está tomando la decisión correcta. He intentado ilustrar con ejemplos en la ciencia y con mi propia carrera cómo no se va en línea recta en muchos casos. Sí, confío en que resuelvan algunos de los problemas fundamentales a los que nos enfrentamos.
-En algún momento de la charla, dijo que había vuelto a España desde Princeton (a donde le llevó su tesis doctoral sobre los neutrinos solares), porque quería devolver a su país lo que le había dado. Explíquese.
-Fueron varias las consideraciones a evaluar a la hora de decidir dónde establecerme, además de existir la posibilidad real de elegir. Además de la ayuda familiar, yo he disfrutado de las ayudas públicas en la segunda mitad de los años 80, con la gran expansión del sistema de becas, que permitió a muchos (o al menos disminuyó las dificultades) poder acceder a la Universidad. La Universidad sirvió para cribar a aquellos con más talento para la investigación. Si todo ese talento se va a países más desarrollados, como EE.UU., a ellos les sale muy barato pero a nuestro país les sale bastante caro. Es bien cierto que aún estando fuera de tu país se puede contribuir a su desarrollo. Pero me parece más cierto, que se contribuye más desde dentro.
-En 2007, obtuvo el galardón de Veigueño del Año. ¿Motivo de orgullo? ¿Se siente bien tratado en su tierra?
-Sí, es un gran orgullo. Lo es especialmente porque lo recibo en nombre de mi madre. Celia Garay Cotarelo es la merecedora del premio, por liderar una familia de quince hijos en una vida con muchas dificultades. Cuando vengo a Vegadeo, me siento en mi casa, con mi familia, con mis recuerdos de infancia. Me siento muy bien tratado por el cariño de los veigueños.
-Miembro del IFIC, científico titular del CSIC, profesor titular en la Universidad de Física Teórica de la Universidad de Valencia, Premio Novel de la Real Sociedad Española de Física... ¿Qué le falta por conseguir en su carrera científica?
-Lo realmente apasionante es comprender una nueva idea, generar una explicación, explorar un nuevo territorio en el conocimiento. Saber formular la pregunta correcta y descubrir la respuesta. Cuando esto ocurre, y es bastante frecuente en los pequeños pasos que tenemos que dar para afrontar las cuestiones importantes, has conseguido un nuevo éxito. Desde el punto de vista del reconocimiento exterior, todavía quedan muchos logros que alcanzar.
-Una de sus líneas de investigación gira en torno a la pregunta: ¿Existen más planetas en otros sistemas solares? Sáquenos de la duda.
-Un área de investigación fuente de nuevas noticias diariamente es la identificación de planetas fuera del sistema solar. Ya se han identificado más de 300, aunque en general son grandes y cercanos a la estrella porque así se les ve más fácilmente. Un objetivo de la humanidad es poder ver planetas (con tamaño parecido a la Tierra) separados de la estrella a la distancia Tierra-Sol, para encontrar posibles mundos como el nuestro. Además, el estudio espectroscópico de estos planetas permitirá descubrir si tienen estructuras similares a nuestra Tierra: roca, agua, vegetación... Veremos los resultados en esta década.
-Actualmente está inmerso, junto con otros científicos del mundo, en un proyecto que tiene como fin la construcción de un telescopio que permitirá observar lejanas galaxias y estrellas. ¿Puede contarnos algo al respecto?
-Sabemos desde hace casi un siglo que el Universo está creciendo en tamaño. La nueva sorpresa, descubierta recientemente, es que crece aceleradamente, cada vez más rápido. Esto no era lo esperado, porque la materia que ejerce una fuerza atractiva neta a grandes distancias, la gravedad, debería hacer que la expansión fuese reduciéndose. Necesitamos entender este fenómeno, porque nos muestra que no conocemos los componentes de nuestro Universo que lo generan. Entre las posibles técnicas para estudiar este fenómeno, se encuentra catalogar millones de galaxias lejanas. Esta es una de las áreas más activas de investigación y en la que un grupo español al que me he unido se está consolidando. Si conocemos la posición de estas galaxias lejanas, podremos caracterizar cómo ha comenzado esta expansión acelerada del Universo.
La Nueva España, 17/06/2009
miércoles, 10 de junio de 2009
De repente, la poesía
Por mucho que un artista avance (y ha de ser así), siempre acabaremos reteniendo en la memoria (o en el oído) algunas sensaciones impagables que van ligadas a nuestra propia calentura, madurez o decadencia. En 2004, el que escribe no era más que un adolescente rebelde. Pero no un rebelde al uso: en esas edades tan crueles y superficiales, me parece mucho más meritorio luchar por hallar tu voz (sea melancólica, pasional o jaranera) que fomentar el odio al otro, al diferente, en la clase. ¿Un rebelde tedioso? En fin, a lo que iba: cuando llegó a mis manos Leopoldo María Panero (el libro-disco de poemas del autor madrileño musicados por Carlos Ann y Bunbury e interpretados, además, por el poeta y crítico musical Bruno Galindo y el cineasta pornográfico José María Ponce) me sentí comprendido.
Yo, que siempre había refutado el lenguaje autómata (e incluso el más académico, con tantos cerrojos), vislumbré en la poesía paneriana nuevas formas de expresión. De repente, se podía escribir, exquisitamente, sobre el acto del amor sin caer en los tópicos más típicos de la leche y de la miel. “No es tu sexo lo que en tu sexo busco / sino ensuciar tu alma: / desflorar / con todo el barro de la vida / lo que aún no ha vivido”, reza un poema de Panero incluido en el libro-disco. La atmósfera musical (una fortísima electrónica de vanguardia ideada por Ann) se imbricaba perfectamente entre los perturbadores textos de Panero. Las voces (cantadas, recitadas o alucinadas) daban otra dimensión a la ya de por sí espaciosa obra de un poeta que habla, sin tapujos, sobre “ángeles y cosas que cuestan la vida al ojo humano”. Y yo, por qué no decirlo, me sentía mucho más cerca de algunos docentes (recuerdo que di a descubrir el libro-disco a mi querido profesor de Latín y Cultura Clásica, Arturo Peralta) que de los soeces compañeros –incluyo aquí también a la mayor parte de chicas– de mi instituto…
Todas estas cosas se las comentaba yo a Carlos Ann y a Bruno Galindo (un tipo curtido, ocupado y creativo que sabe escuchar con atención a un periodista novel, lo cual se agradece) al término del concierto que Santa N (el dúo formado por Ann y Mariona Aupí) ofreció en la sala madrileña Boite el pasado 4 de junio. Ann, agradecido, me confesó que a él también le costó mucho aparcar el jugoso y absorbente disco de Panero: “Pese a que el proceso de realización ocupó unos tres años de mi vida, una vez grabado el disco, ¡también lo escuchaba –como tú– antes de irme a dormir…!”. Se diría, a la manera del crítico y semiólogo estructuralista Roland Barthes, que la actividad de leer conduce, inexorablemente, a la de escribir. O que el creador es, por encima de todo, una persona que se asombra. He ahí el auténtico germen de cualquier forma de expresión artística.
Y yo, que tenía pensado centrarme hoy en el concierto de Santa N, retorno (y eso que casi nunca he sentido nostalgia de la cruenta adolescencia) al pasado… Habida cuenta de que escribí hace no mucho en esta misma revista una crítica del disco de Ann y Aupí (lo definí como una unión entre la limpísima canción francesa y la fanfarria), espero que ustedes, estimados lectores, disculpen mis digresiones… El concierto, en fin, fue muy acogedor. Y no sólo porque no hubiera demasiada gente (el aforo de la sala Boite es limitado): cabe destacar la heterogeneidad (y la familiaridad) del ambiente. Además, Ann (bullicioso y expresionista) solicitaba constantemente nuestra participación. Mariona Aupí, por su parte, demostró que sus elegantes (y sosegadas) cualidades vocales no son producto del estudio de grabación.
Claro que el repertorio de Santa N –lo diré una vez más– se hace bastante monótono. Es cortito (tocaron las trece canciones del disco, y en los bises repitieron una: deberían haber adaptado algún tema del Ann solista al formato, un cuarteto acústico sin batería) y el andamiaje de no pocas canciones peca de previsibilidad. No obstante, hay en Santa N varios momentos notables: “Todo para mí” (que en el concierto echó en falta el acordeón), “No me quejo” (definido por Ann como un “alegato de la vida”) o el tema más aplaudido de la noche, “Labios” (cuya letrista estaba en primera fila, a mi lado), interpretado por una Mariona muy dócil. Aparte de esas piernas infinitas, de esa voz susurrante y de esos ojos reptilianos, tiene un no sé qué esta chica… Ahora entiendo por qué Ann decía que algunas musas también son, al adoptar un papel tan elevado, artistas. No me explico, en fin, por qué no hablé con Mariona…
Por cierto, Carlos Ann también me comentó que ya estaba terminado su disco (a dúo, de nuevo, con Mariona Aupí) de poemas musicados de Juan Gelman. Estoy ansioso por comprobar el resultado. Por dar otra dimensión a algunos versos que conozco. Ese es el motivo de la musicalización. Escuchar lo que pide el texto. Vestirlo. Acariciarlo. Volver a desnudarlo. Hasta que, por fin, descubramos (y con eso es más que suficiente: ¿se puede mejorar al mejor Panero o a Gelman?) una sensación distinta. E impagable. “Cómo será pregunto. / Cómo será tocarte a mi costado. / Ando de loco por el aire / que ando que no ando.” (J. Gelman).
Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital,10/06/09)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)