Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
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domingo, 23 de octubre de 2022

VOLVER A BERRIO

En la música, uno más uno no es igual a dos, por eso solo algunos compositores se complementan. Entre Mikel Erentxun y Rafael Berrio fallecido en 2020 sí había mucha química. Al tándem donostiarra le debemos siete chispeantes canciones (‘Tu nombre en los labios’, ‘Rara vez’, ‘Versus rocanrol’, ‘A veces te quiero siempre’, ‘Veneno’, ‘Intacto’ y ‘Sé libre, sé mía’) que fueron grabadas por el exintegrante de Duncan Dhu durante el periodo 1998-2021. En casi todas esas colaboraciones, Erentxun le entregó a Berrio las maquetas con las respectivas melodías, para que este incorporara los versos. El autor de ‘Niño futuro’ (2019) reflexionó de este modo sobre su rol en el trabajo conjunto: “Un letrista tiene que ceñirse a la melodía, y cuanto más se ciña mejor. Y claro, ceñirse a la melodía puede ser complicado, sobre todo si está planteada en términos anglosajones: ahí es muy difícil meter con calzador el español, hay que tener mucho oficio”.

Afirmaba Gaudí que para hacer las cosas bien, son necesarios, por este orden, el amor y la técnica. Pues bien, la dupla vasca se nutría no solo de la amistad, sino también de la admiración mutua. Erentxun siempre ha encomiado la capacidad poética de Berrio, y este consideraba que su socio era un “grandísimo melodista”. Ese sentimiento tan noble, unido a un nivel de exigencia alto, produjo joyas como ‘Intacto’, donde los versos se ajustan magníficamente a la evocadora melodía: “Sigue intacto cuanto amé de ti:/ el ave fénix que te anida,/ el derroche sin medida/ de tu risa, tu perfil,/ el salto mortal de tus manos,/ tus formas de cumbres y llanos,/ cada gesto,/ cada quiebro,/ todo cuanto amé de ti”.

Acaba de salir al mercado, con el sello de Warner, el sugerente álbum ‘La vida que amo’, donde Mikel Erentxun, Diego Vasallo, Quique González, Tulsa o José Ignacio Lapido rinden tributo al maestro Berrio. El disco repasa la obra solista del rockero y su participación en las bandas Deriva y Amor a Traición. ‘La vida que amo’ no contiene ninguna de las fascinantes composiciones del tándem Berrio/Erentxun, pero muchos de los temas versionados (‘Simulacro’, ‘Cómo iba yo a saber’, ‘La misma mujer distinta’, ‘No pienso bajar más al centro’…) certifican la magnitud del malogrado autor, que hoy tendría 58 años.

Cuando no trabajaba a sueldo para otros artistas, Berrio primero escribía las letras; y luego, las melodías: de ese modo, no se sentía constreñido. Ya en el proceso de musicalización, alteraba muchas veces el orden de las palabras, atendiendo a los acentos, hasta dar con la secuencia apropiada. Inconformista, el cantautor donostiarra empleaba métricas complejas para el rock, como los largos versos endecasílabos: así se explica ese fraseo escarpado, tan expresivo, que por momentos recordaba a Bob Dylan, a Rodrigo García (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán), a Lou Reed, a Georges Brassens e, incluso, a los punks.


Las canciones de Rafael Berrio jamás resultarían creíbles en la voz de un artista complaciente, y no solo por sus hechuras abigarradas, sino también por su actitud de francotirador existencialista. Ávido lector de Baroja, Pessoa, Cioran o Gil de Biedma, el músico vasco denunciaba la alienación y la carencia de valores. Incluso en varios de sus temas amorosos se percibe la decadencia de nuestro tiempo: “Yo, que he sido una crisálida indiferente hasta ayer…/ Yo, que en el fondo he amado siempre la rutina de los días en serie…/ Dime tú, amor mío, cómo iba yo a saber”.

Berrio inauguró su carrera solista, en 2010, con el lanzamiento de ‘1971’, un trabajo de orfebrería fina. Si bien en esta fecunda etapa atrajo a un público fiel, el maestro nunca conoció el éxito masivo; tampoco lo buscó, pero no le faltaba razón en su lamento: “Ser autor de culto solo da para arroz integral y vino corriente”. Sus colegas y la crítica lo veneraban; verbigracia, Sabino Méndez, en El País (19/01/2013), destacó la atmósfera, el misterio y la comunicación tan franca de sus canciones. Incluso el cineasta Jonás Trueba le escribió un papel a medida en su largometraje ‘La reconquista’ (2016). Ellos saben que Berrio era “el hijo ingobernable de la luz del sol”, como cantaba en uno de sus temas.


(Publicado en El Progreso de Lugo, 22/10/2002).

viernes, 27 de diciembre de 2019

PATXI ANDIÓN, EL GUERRERO SOFISTICADO

Patxi Andión.


SALVO en contados casos, el morbo y el intento de uniformización de su larga y varia trayectoria musical son los juncos con que se han tejido las notas necrológicas sobre Patxi Andión. La prensa ha gastado mucha más tinta en recordar su efímero y accidentado matrimonio con Amparo Muñoz (Miss Universo 1974) que en poner de relieve sus cualidades como profesor universitario, investigador o intérprete cinematográfico y televisivo.
En una entrevista concedida a la revista musical Efe Eme (28/01/2009), el artista vasco-madrileño establecía una discutible pero sugerente diferenciación entre el ‘actor’ y el ‘intérprete’, afirmando que el primero "debe tener el deseo, el ánimo, el gusto de transformarse continuamente en otro". Patxi Andión se sentía "intérprete", al considerar que ante las cámaras no dejaba de ser "él mismo", incluso aunque sus papeles estuviesen alejados de sus actividades habituales. ¿Cómo se explica esta paradoja? Cuando Andión se acercaba profesionalmente al séptimo arte, rescataba a aquel muchacho que veía películas con verdadera devoción, aquel pequeño Patxi que —como él mismo contaría— asistía a las salas de cine madrileñas igual que otros acudían a la iglesia. En el intérprete confluían esa cinefilia con una curiosidad voraz por todo lo que le rodeaba, la misma que —convertido ya en cantante de éxito— le llevó a licenciarse en Periodismo y a doctorarse en Sociología. En los rodajes, el guipuzcoano era una especie de espectador activo. Ese gran respeto, ese no querer ensuciar una casa que consideraba ajena, le obligaba a estudiar profundamente las acciones de sus personajes y, sobre todo, le impedía caer en la grandilocuencia. Da igual que abordase un papel de detective (Asesinato en el Comité Central) o de empleado de una gasolinera (La otra alcoba); aunque adoptase comportamientos ajenos, desprendía —auténtico— tanta sobriedad como en la vida real. Si la voz y la mirada son signos distintivos de una persona, podemos decir que, profesionalmente, Andión no practicaba el engolamiento ni exageraba el gesto. En cierto modo, no dejaba de ser ‘él mismo’ en aquellas producciones cinematográficas y audiovisuales.
Aunque para mí actuación e ‘interpretación’ sean sinónimos, siempre defenderé el modelo estilístico de Andión (la contención) como el único verdaderamente efectivo para el cine y la televisión. Tengamos en cuenta que, en estos ámbitos, el abundante uso de los primeros planos magnifica cualquier matiz, por mínimo que sea; la desmesura difícilmente pasa la prueba del algodón. Era el vasco un actor al que no se le notaba que actuase; su naturalidad hacía honor a aquel memorable aforismo del cineasta Bresson: "Producción de la emoción, obtenida por un resistirse a ella". De la contribución de Andión a las pantallas, quisiera destacar su protagónico papel de periodista en ‘Página de sucesos’ (1985). Pueden ver esta interesante serie, que dirigió el cineasta Giménez Rico, a través de la web de RTVE.
Unos apuntes finales, a vuelapluma, sobre el famoso Andión cantautor. Resulta injusto que la mayor parte de mass media repare únicamente en su etapa inicial, la de las canciones protesta, que arranca con Retratos (1969). Son años productivos en los que nuestro protagonista —convencido antifranquista— canta fuerte y muy ronco, "como un guerrero", a decir de un crítico portugués. Pero en los albores de los 80, Andión lleva cabo —sin renunciar a su esencia— un giro expresivo que, guste más o menos, no merece ser pasado por alto. Es la época de Amor primero (1983), probablemente su disco más exitoso, donde colabora Mocedades. El cantautor abre su paleta temática a la intimidad sin dejar de cultivar la denuncia social, siempre escorado a la izquierda. Además, comienza a versionar en castellano éxitos de Lucio Dalla —MaríaTransbordo en SolOh, qué será…— y, bajo el influjo de este maestro italiano, refina su voz de barítono. El guipuzcoano sigue sonando desgarrado, pero adquiere una sorprendente riqueza de matices. Incluso se atreve con tonos bastante agudos, y acaso es ahí donde su arenoso timbre resulta más atractivo: por ejemplo, en el estribillo de María parece un cantante de soul: "Y soñé la libertad / y salir de aquí algún día, día, día". En esa secuencia suelta esquirlas de pasión… 
Me siento orgulloso de haber compartido espacio en una antología literaria, ‘Amores infieles’ (2014), con el Dr. Andión. Intelectual y obrero, tierno y áspero, soñador y rebelde, yo lo definiría como "el guerrero sofisticado".

viernes, 7 de octubre de 2016

Loquillo en Lugo

Esta noche Loquillo actúa en Lugo (21.00 horas, Praza Horta do Seminario) en el marco de las fiestas patronales. Reproduzco aquí el perfil que tracé del rockero para el suplemento del San Froilán publicado anteayer en El Progreso:

EL DANDI QUE VIAJA EN CADILLAC
Loquillo viene de triunfar en Las Ventas. Ofreció un show de tres horas que se enmarcó en la gira ‘Salud y rock & roll’ y cuyas entradas ya se habían agotado tres meses antes. 
El llenazo absoluto en el emblemático escenario madrileño —donde caben 15.000 almas— era quizás la única prueba de fuego que le faltaba por cumplir, al menos en España, a Loquillo. Pueden contarse con los dedos de una mano los rockeros hispanos —Bunbury, Leiva, Andrés Calamaro...— que tienen hoy semejante poder de convocatoria. Con esas credenciales, Loquillo aterriza hoy en nuestra ciudad, donde actuará a partir de las 21.30 horas. El barcelonés destilará su último disco —‘Viento del Este’, cuya primera canción da título a la gira— y sacará a pasear algunos de sus himnos, como ‘Feo, fuerte y formal’ (homenaje a John Wayne) o ‘Cuando fuimos los mejores’. 
También habrá espacio para el repertorio de la época dorada de los Trogloditas, la emblemática banda que lo acompañó desde los primeros 80 y de la que se separó hace casi una década. ‘Cadillac solitario’, ‘Carne para Linda’, ‘La mataré’, ‘Todo el mundo ama a Isabel’, ‘Piratas’, ‘Rock ‘n’ roll star’, ‘Rock suave’... Pocos vocalistas de rock estatal pueden presumir de haber estrenado canciones de tamaña magnitud, todas compuestas por Sabino Méndez —otrora guitarrista de los Trogloditas, con quien Loquillo ha vuelto a colaborar en los últimos discos, tras bastantes años de distanciamiento—. 
Aquellas obras ochenteras emanan una belleza extraña y vigorosa. De haberse dedicado a la música y no al celuloide, podría haberlas firmado Sam Peckinpah. Descarnadas pero sutiles, chulescas y tiernas, sensuales y directas, épicas y líricas, hoy logran provocar escalofríos entre veinteañeros y cincuentones. Si los adolescentes lucenses más sensibles se liberan de prejuicios y no tienen reparos en compartir espacio con señores que peinan canas («Tupés galácticos», canta Loquillo), probablemente encuentren hoy las hormas de sus zapatos, especialmente si suenan piezas frescas como ‘María’ o ‘El ritmo del garage’, que cuestionan el puritanismo de ciertos padres.
Aunque el primer repertorio ‘troglodita’ sea difícil de igualar, a Loquillo hay que reconocerle una notable evolución, nada habitual en sus coetáneos. Guste más o menos, dé o no en la diana —su limitada voz se adapta mejor al tono afilado que al melódico—, el barcelonés ha dado saltos de vértigo en su carrera. Y no sólo porque desde 1991, con el disco ‘Hombres’, pasase a firmar —dignamente— la mayor parte de las letras que vinieron luego.
Por ejemplo, él, que se había doctorado en la universidad stoniana, grabó en 1994 su primer disco de poemas —‘La vida por delante’—, lo cual irritó a algunos de sus seguidores más alicortos. En efecto, entonces aún existía la creencia generalizada de que la dureza residía únicamente en un sonido eléctrico, no en cantar, pongamos, estos versos de Jaime Gil de Biedma musicados por el profesor Gabriel Sopeña: «Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra». 
Loquillo, además, dio el paso de abandonar a los Trogloditas justo después de haber teloneado con ellos a los Rolling Stones y a los Woo. En un momento tan dulce, el catalán de nuevo apostó por el riesgo, retomando la carrera en solitario que precisamente había inaugurado con ‘La vida por delante’, unas veces apelando al cuero y otras luciendo etiqueta de ‘crooner’, pero siempre desde la madurez que se le presupone a alguien de su edad —hoy tiene 55 años—. «Si no me hubiera ido de los ‘troglos’, ahora estaría tocando en festivales de revival de los años 80. Y lo que estoy haciendo ahora es llenar Las Ventas. Aprendí el negocio, la industria», reconoció recientemente el ‘Loco’.
Ese afán de experimentación le llevó el pasado año a interpretar algunos de sus éxitos junto a una banda de rockabilly, The Nu Niles. El trabajo, ‘Código rocker’, concentra casi todos sus perfiles —el muchacho de barrio que escucha rockabilly, sí, pero también ‘doo wop’ o surf, el deudor de Cash, el amante de la lírica, el cinéfilo...—, hilvanados por la actitud de la ‘rock and roll star’ que es. En el CD está la clave de por qué Loquillo atrae a un público tan diverso en edades.
Su última producción, ‘Viento del Este’, donde firman Sabino Méndez o Leiva, conjuga como nunca el combate y la distensión evocadora. Ese difícil maridaje prueba que, voluntaria o involuntariamente, el ‘Loco’ homenajea siempre a John Wayne.


jueves, 24 de septiembre de 2015

Gene Chandler / Curtis Mayfield

Man's temptation (A tentación dun home) é unha das excelsas composicións de Curtis Mayfield, lenda do soul; como suxire o título, a canción fala dun individuo que ve ameazada a súa vida en parella por mor da aparición doutra muller que consegue seducilo. A peza popularizouna nos primeiros 60, coas súas inflexións (melódicas e percutidas) herdadas do doo-wop, Gene ChandlerAs sensoriais harmonías vocais da gravación son obra de The Impressions, seminal banda de soul (fundamental pra entender este xénero) capitaneada daquela por Mayfield. O falsete final de Chandler marca da casa invita a soñar... 

lunes, 25 de mayo de 2015

El vuelo de Alba María

Alba María ha irrumpido con fuerza en el panorama musical gallego. La novísima cantautora viguesa viene de publicar Aínda, donde impregna de imaginación poética y rebeldía diversos géneros populares, como la habanera, el jazz o la bossa nova. Un debut espléndido. 

La cantautora Alba María.



Dentro de mi generación, Alba María —sagaz cantautora viguesa de 20 primaveras— es una de las artistas con la que más conecto ética y estéticamente. En abril del pasado año, Alba resultó vencedora del “I Certame de Canción de Autor en Galego ‘Concello de Teo’”. Dicho premio le permitió publicar, en diciembre, su preciosa ópera prima, Aínda (aCentral Folque), compuesta por ocho piezas. Es un disco enérgico y, al mismo tiempo, delicado, situado en ese punto crucial donde la sugerencia y la afirmación no sólo confluyen, sino que se retroalimentan. Hace falta un notable dominio del lenguaje escrito y musical para transitar sin titubeos —como es el caso— por tan resbaladizo punto. Sí, estamos asistiendo a las primeras e inspiradas manifestaciones de una creadora de fuste.


La temática de Aínda es, en gran medida, realista; desde una perspectiva crítica, Alba María toca problemas de actualidad como la emigración juvenil (“Habaneira de Berlín”) o el paro (“Levando a lúa na saia”), además de reflejar su conciencia de género (“Cabaleira”, “Pretéritas perfectas”). Pero aunque parta de la realidad, esta cantautora no descuida la dimensión imaginativa, dándoles así a los textos un marchamo poético: “’Onde é que vai cabaleira? / Non sabe que é a primeira / En perder?’ // Vencer vencer perdendo a guerra / Vencer contando as infeccións / Botando pus coiraza-costra / Vencer comprendendo que loitamos / Por terra mar e papel / Vencer vencer l’amour est un oiseau rebelle”. 
En esas representativas estrofas, Alba María, al cambiar de género un sustantivo originalmente masculino (“cabaleira”), al emplear una valiosa paradoja (“Vencer vencer perdendo a guerra”) y al intertextualizar con pericia a Georges Bizet (“L’amour est un oiseau rebelle”), nos ofrece un universo tirante, complejo, pleno de matices. No podía ser de otra forma: la viguesa sabe que renunciar al vuelo imaginativo significaría empobrecer la realidad recreada. Desde luego, la mirada de esta chica —combativa y soñadora— arroja esperanza sobre una generación (la nuestra) desencantada ante la usura imperante: “Aínda non se vestiron de loito todas as teclas dos pianos, e súan tinta aínda as páxinas dos cadernos”, leemos en el libreto del álbum de la propia Alba María.

La portada de Aínda, el primer disco de Alba María.
Me parecen indudables, en fin, el talento y la eficacia de la escritora. Por supuesto, dentro de la integralidad compositiva de Alba María, cabe señalar también su elevado sentido melódico —es significativo el hecho de que a veces componga antes las músicas que las letras: algo infrecuente en los cantautores al uso, para quienes las melodías suelen ser elementos más bien funcionales—, así como su gran versatilidad —en Aínda nos encontramos con una irónica habanera (“Habaneira de Berlín”), una envolvente morna (“Albas perdidas”), un penetrante blues (“Rúa vella”), una magnética bossa nova (“Levando a lúa na saia”), etcétera—.
Debido a esa versatilidad, al cultivo de nuestra lengua vernácula, a sus dosis de elegante irreverencia y a su predilección por una base rítmica de aires jazz, Alba María entronca claramente con el grupo Marful. La influencia es absolutamente directa: Alba recibió, en aCentral Folque (centro musical gallego responsable de la edición de Aínda), el magisterio de Ugia Pedreira, la carismática vocalista de Marful. Pero no acaba ahí la conexión: otro de los miembros de la soberbia banda galaica, el acordeonista Pedro Pascual, deja su impronta en el primer corte de Aínda, “Bandadas de horas”. Asimismo, dos colaboradores de Marful —el contrabajista José Manuel Díaz y el pianista Alejandro Vargas, cubanos ambos— son, en calidad de precisos instrumentistas e ingeniosos arreglistas, piezas fundamentales del disco de Alba María. Díaz se encarga, además, de la exquisita producción.

Aun sabiendo de su madurez y perspicacia, no deja de asombrarme que, en sus primeras composiciones editadas, Alba María ya haya casado plenamente músicas y mensajes. El ejemplo máximo de ese matrimonio es, para mí, “Pretéritas perfectas”. Desde luego, la forma decididamente jazzística —estamos ante un género popular y a la vez experimental— resulta ideal para dialogar de forma abierta e inteligente con la tradición gallega, concretamente con las cantigas “A Carolina” y “Ven bailar, Carmiña”. Alba María parte de esos famosos temas para agitar los estereotipos femeninos contenidos en ellos, a la par que celebra, en efecto, la independencia de la mujer galaica. Canta la viguesa refiriéndose a las Carolinas: “Din que aínda lles preguntan con que andan a bailar / Din que xa non son Penélopes mirando para o mar / Din que xa quedaron fartas de pintar lagartos / Que non teñen corazón / Din que aínda seguen bailando… / Si señor!”.

En “Pretéritas perfectas”, Alba María, catapultada por una melodía ondulante, despliega todos los poderes de su tersa y resonante voz. Me entusiasman sus fraseos; apasionados pero también deconstructores (gracias al uso del falsete), clavan magníficamente el ritmo del jazz. Merece la pena detenerse en el broche final del espléndido tema: un monólogo. Aquí Alba María extrae la heterodoxia de los maestros del blues y del soul, que, al recitar en determinados momentos, liberan a la canción de corsés melódicos. Pero la novísima cantautora no se limita a mimetizar ese espíritu, sino que lo hace suyo. Tengamos en cuenta que las partes habladas de B.B. King o Solomon Burke son inflexiones tensas, declamaciones, por decirlo así; Alba María, sin embargo, en su monólogo de “Pretéritas perfectas”, emplea una dicción que rezuma toda la espontaneidad de la juventud. Por supuesto, ambos modos vocales, bien tratados —como sucede en los ejemplos que he puesto—, cumplen idénticas funciones: revitalizar un género popular, sorprender al oyente y profundizar en los perfiles de los personajes o en unas sensaciones. 

Alba María junto a su magnífica banda, formada por el contrabajista José Manuel Díaz, el batería Carlos Freire y el guitarrista Felipe Villar.


Otra gema de Aínda es “Albas perdidas”. Se trata de una composición subyugante, cuya melodía nos trae —al igual que el rajão de José Luis do Pico— el aroma del Atlántico. La letra probablemente sea la más sensorial y abierta de todo el álbum: “Empurro os teitos da risa / Vólvome corda pulsada ata fartar / Quero convertirte en onda / Que te mergulles toda enteira no meu son”. 

No quisiera concluir este artículo sin volver a la excelsa producción de José Manuel Díaz. Este cubano ha encontrado un sonido nítido y cálido, y ha logrado capturar el refinamiento —alejado de la afectación— que Alba María imprime a la música popular. En Aínda, todo está en su sitio. Sirva como ejemplo el tratamiento de las armonías vocales de la artista gallega en “Retellando o ceo”. Esas voces parecen el eco de un acordeón; dejan huella por su sutileza, sin necesidad de restar peso a la estupenda guitarra de Felipe Villar, pujante a lo largo de todo el tema. 
Servidor, junto a Alba María, al término del concierto que ella ofreció en Lugo el mes pasado. 

[Artículo mío publicado ayer en La Huella Digital

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tom Waits: a fera amorosa

Tom Waits ou o resentimento contra os valores do triunfo rápido. Tom Waits ou a tenrura como táboa de salvación. Tom Waits ou a rabia aliada coa esperanza. Tom Waits: a fera amorosa. 



domingo, 15 de diciembre de 2013

Rodrigo: el hombre que ama a las mujeres

En su último disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, el legendario Rodrigo García (fundador de Solera y de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán) hace gala de su exquisita sensibilidad para retratar la geografía femenina. Las nuevas canciones de Rodrigo son tan sólidas, que se imponen a una producción modesta. 
El cantautor Rodrigo García. Fotografía de Emilio Acebes.

Un antiguo amor tenía piernas “de joven y gentil esquiadora”. Una actriz, tenaz conquistadora, parece, en el lecho, una “niña desvelada”. La voz de aquella parisina es “como un rumor de tibio palomar”. Cierta modelo, a través de sus ojos, manda mensajes “a sus feligreses”. Una enredadora ponía en sus labios “una frontera”, a fin de “impedir el amor”… En su nuevo disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictosRodrigo García Blanca —fundador de los míticos grupos Solera y CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán), autor de himnos como “Sólo pienso en ti”, “Señora azul” o “Linda prima”…— vuelve a demostrar que su mirada es tan sinuosa como la anhelada geografía femenina. Con razón el periodista Darío Vico, recordando a Ana, a Victoria y a otros personajes de la ópera prima del sevillano (Canciones de amor y sátira, 1975), escribió: “Parafraseando a aquella deliciosa película, Rodrigo era, en el pop español, El hombre que amaba a las mujeres [L'homme qui aimait les femmes, François Truffaut, 1977]”. Creo que la comparación con ese título fílmico puede extenderse a toda la obra rodriguiana, plagada de tributos a furtivas jovencitas y a elegantes señores: así pues, el melenudo y apuesto músico es, en tiempo presente, El hombre que ama a las mujeres.
Portada del quinto álbum de Rodrigo
Portada del ultimo disco de Rodrigo García,
V. Curiosas fijaciones en la vocación
irremediable y otros conflictos.
Por supuesto, el amor (frecuentemente tornado erotismo) es la temática que más se repite en el último trabajo de Rodrigo, compuesto por veinte canciones inéditas. Pero el sexagenario compositor también desliza su mirada sinuosa sobre las hazañas de un pirata y sobre la muerte. Una canción de Rodrigo, lleve o no su heterodoxa voz —Karina, Manolo Galván, Fernando Márquez, Bulldog, Amistades Peligrosas, Enrique Urquijo, Miguel Bosé, Javier Bergia, Alejo Stivel, Los Brujos…, han interpretado baladas o medios tiempos suyos—, es fácilmente discernible al primer golpe de escucha. Guste o no, el estilo del exSolera posee unas peculiaridades acusadísimas (y pondré sólo ejemplos tomados de su último álbum, el quinto como solista): la habilidad para retratar el paisanaje a través del paisaje (“No viene en los mapas la isla en que vive / Morgan, con su tropa de filibusteros”), el empleo de poderosas imágenes (“tu mirada profunda, / desconocida y grave, / danzará en las candelas / de todos mis altares”), la socarronería (“Yo no sé si esta noche de calor / el bochorno se extiende a Andalucía, / que es posible que el clima esté mejor / con la cosa de las autonomías”)… y, algo tremendamente complejo, el sincretismo. Porque Rodrigo es un creador de atmósferas y cadencias que integran sabiamente serenidad y tristeza, júbilo y nostalgia, cotidianeidad y gotas de fantasía… Valga como muestra “Mi rincón”, la composición más añeja del disco —data, me confiesa el autor, de 1976— y una de las más hermosas, en donde un finado habla desde su tumba: “Para mi rincón cesaron las visitas / de amigos, enemigos, neutrales y familia: / un siglo es un momento para nadie / y nadie queda al fin en mi rincón”. La ausencia de una segunda voz aporta, si cabe, mayor credibilidad al texto, cuyo tono es mágico, sí, pero, al mismo tiempo, confesional (a mí me recuerda a la integral narrativa de Borges, quien es, por cierto, uno de los literatos predilectos de Rodrigo). Además, el sonido del acordeón —sobresale al inicio y al término de la pieza— agrava la plácida tristeza, sensación implícita tanto en la letra como en la (lenta) melodía. En fin, éstos son algunos de los rasgos que conforman el sinuoso estilo de Rodrigo.

Rodrigo gesta sus últimos trabajos con escasos medios materiales; V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos es un CD autoeditado y autodistribuido (aquellos que deseen adquirirlo, deberán escribir a esta dirección: irenegbueno@hotmail.com). En el despegable que acompaña al disco, el legendario autor aborda sin miramientos esa realidad áspera:
La ceguera, cuando no la mediocridad o incluso la envidia, de muchos ‘ejecutivos’ y similares, me vienen trayendo a la tesitura de ser yo mi propio mecenas y correr los descalabros ciertos de la autofinanciación. El dinero que, con temeridad y de manera incomodísima, se pierde en estos trances no es sino el precio de una muy especial satisfacción que esos miserables desconocen; y el de un tributo que mi gratitud quiere deber a las personas que, con fina atención, han sabido apreciar y comprender mi labor a través de estos años. Con esmerada cortesía, mando a la mierda a tantos ceporros que pudren las iniciativas (de toda clase) en este país llamado España y muy merecedor de mejor suerte.
Esas limitaciones materiales explican que Rodrigo sea el único instrumentista de su quinto disco. Claro que la decisión de tocar casi exclusivamente el (camaleónico) teclado responde a una limitación física, de la que hablaré hacia el final de este artículo. El caso es que el exCRAG sólo cuenta con las sabrosas armonías vocales de Esmeralda Grao y, ya en el apartado de sonido, con la colaboración del curtido Joaquín Torres, en cuyo estudio grabó Rodrigo parte del CD. Pues bien, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos suena bastante convincente, aunque carezca del fulgoroso acabado de algunas otras obras rodriguianas —en los antípodas, estaría el segundo LP del artista, Rodrigo (1980), con unos arreglos sugestivos, ensoñadores…, por no hablar del único y homónimo álbum de Solera (1973) o del debut de CRAG, Señora azul (1974)—. Afortunadamente, aquí Rodrigo apenas recurre a las enlatadas trompetas (a mí siempre me resultan chillonas) que prorrumpían en varias piezas de su anterior y escueto disco, El jefe (2006). En efecto, en una balada romántica el peso instrumental recae cómodamente sobre el piano (impulso genésico del dramatismo), y precisamente este estilo, la balada, predomina en el actual trabajo de Rodrigo, con lo que el sonido —al emanar de otro instrumento de teclas, al no tener que camuflarse en demasía— resulta, en conjunto, menos desnaturalizado. Confieso que las trompetas sólo me resultan demasiado afectadas en “Seguir adelante”, despechado tema que parece, por su tratamiento, una especie de marcha procesional. En “El capitán Morgan”, también hay simulacros de viento, pero éstos son suavizados, armónica y melódicamente, por el sonido del teclado: sabia decisión.
El último repertorio de Rodrigo, al poseer un envoltorio mínimo —blanca lencería—, muestra de forma muy evidente sus atributos, que son tersos y esbeltos: como piernas de muchacha. Obviamente, no podemos afirmar que Rodrigo convierte la necesidad en virtud, ni maldita falta que le hace. Y es que sus regustos latinos (“Besos con sordina” y “El capitán Morgan”), su lúdico country (“Mensaje en clave”), su entregado folk galaico (“Mientras quede Ribeiro”), su tenso rock and roll (“La miel en los labios”), su aproximación jazzística (“Ajedrez”), sus carnales baladas (“De Madrid”, “En mi propio nido”, “Amor gitano”, etcétera)…, son composiciones tan sólidas que mantendrían la eficacia expresiva aunque estuvieran interpretadas únicamente con una guitarra, del mismo modo que mantienen la eficacia aun estando cercanas, por sus arreglos, a una maqueta. Esas armonías imaginativas, esas melodías intensas, esas letras con coloración lírica o satírica…, suponen un golpe mortal contra muchas producciones que pretenden ocultar la mediocridad bajo ropajes fastuosos. Mal que les pese a algunos, el basamento de un disco es el repertorio. Aunque no es menos cierto que una obra generalmente gana en matices cuando está grabada con los medios necesarios…
CRAG
Señora azul, la ópera prima de Cánovas,
Rodrigo, Adolfo y Guzmán,
grupo mítico del pop español.
En España, Rodrigo ocupa un espacio casi inédito a medio camino entre los sutiles trovadores y los poperos de alto vuelo. En los 70, la crítica encuadró a Solera y a CRAG —junto a Vainica Doble o a Cecilia— en la “tercera vía”, corriente del pop español nutrida de letras elaboradas, de melodías sugerentes pero accesibles (otra cosa bien distinta es que, por ejemplo, Hispavox no promocionara lo suficiente LPs como Solera Señora azul) y de arreglos inspirados, las más de las veces, en el folk norteamericano. El Rodrigo solista, sin perder de vista ese equilibrio literario-musical, emplea diversos moldes —rockreggae, vals, pasodoble, salsa, bolero…— y bucea en los hontanares de sus pasiones, sacando a la superficie composiciones descriptivas y voluptuosas, de manera que resulta difícil etiquetar su obra…
“De Madrid” representa magníficamente la peculiar manera que Rodrigo tiene de entender la música popular. En esa preciosa canción, al igual que en otras muchas, el autor opta por prescindir de la secuencia del estribillo: de ese modo, resuelve con mano firme la dramática historia y perfila los rasgos de los personajes —Rodrigo es un maestro del retrato— en cuatro minutos y medio, sin traicionar, por tanto, el espíritu inmediato del pop. Y no echamos en falta el estribillo, pues la parte más rítmica de la melodía (aquélla que se repite llegando al último minuto de la balada) acentúa el imperante desgarro.
He puesto un ejemplo representativo pero no excluyente. Quiero decir que otros muchos hermosos temas de Rodrigo sí se benefician de la fórmula del estribillo. Sirva como muestra “En mi propio nido”, en donde un timorato pianista vive una aventura con una pizpireta actriz: “Cómo puedo sentirme solo, / cómo puedo estar aburrido / si este hermoso animal insiste / en cazarme en mi propio nido”. Ese estribillo, verdaderamente rico, no sólo encierra la esencia del tema —fogosidad teñida de turbación—, sino que también cumple una importante función narrativa. Me explico. Las primeras estrofas de la pieza relatan, en pasado, los inaugurales acercamientos entre los amantes, y la reiterada cláusula —cantada en presente— revela que la relación se mantiene en el tiempo. Además, durante esa parte de la canción, el ritmo se acelera notablemente, surgiendo el necesario contrapunto a unas estrofas y a unas armonías extremadamente descriptivas. Por todo esto, Rodrigo semeja al poliédrico cineasta que concentra varios planos en un travelling.
En puridad, Rodrigo —mago del lenguaje, melodista de alzada— no se ciñe por inercia a una estructura: dependiendo de las ideas y de los sentimientos que pretende transmitir, busca soluciones formales de largo alcance. Y por supuesto, adoptando cualquiera de sus papeles —romántico feroz, retratista en celo, galán desde la distancia, dulce presa, poeta despechado…—, consigue que un estilo como la balada, sin dejar de ser popular, adquiera una pátina de refinamiento. Quizás debido a ese carácter renovador, aun sabiendo de la ductilidad musical del autor, me he detenido en dos baladas suyas…
Rodrigo García, en un concierto que ofreció
como solista en la madrileña Sala Clamores.
La última aventura de los guadianescos CRAG duró unos tres años, concluyendo allá por 2008 (es decir, poco después de la publicación de El jefe), pero hacía ya tiempo que Rodrigo, por voluntad propia, permanecía alejado de la escena musical. Conviene recordar que el andaluz es multiinstrumentista y que su singular guitarra fue una de las más solicitadas del pop ibérico de los 70 y los 80 —colaboró, en directos y/o sesiones de estudio, con su expareja Karina, con José y Manuel (quienes luego serían, junto a Guzmán, sus compañeros en Solera), con Mari Trini, con Juan Pardo, con Mocedades, con Rocío Jurado, con el Dúo Dinámico…—. Por mor de la artrosis, Rodrigo ha tenido que ir abandonando las cuerdas; aun así, en los dos temas más rítmicos de V. Curiosas fijaciones…, nos regala provechosos pasajes eléctricos; a mí me encantan los entrecortados acordes de “La miel en los labios”: tengo la impresión de que en ese rock su amado instrumento desprende esquirlas de deseo, igual que en “Rondar de madrugada” (memorable momento de su homónimo LP).
Sin obviar las comentadas limitaciones físicas y materiales, uno, inevitablemente, imagina cómo sonaría la lúbrica guitarra de Rodrigo en canciones tan redondas como “Besos con sordina” (cuyos arreglos son verdaderamente urgentes) o “Amor gitano” (su final, conquistado a través de un ritmo progresivo, pide que un instrumento se desmelene tanto como los amantes protagonistas).
Como muchos de sus versos, el título del quinto trabajo de Rodrigo parece apuntar a más de una dirección (la irremediable vocación de amar, la de componer…), pero, en cualquier caso, nos revela a un hombre ilustrado, inquieto e hipersensible. Un hombre que ha nacido para adorar, más que para querer; para admirar, más que para mirar; para acariciar, más que para tocar al uso… Ninguna amante manipuladora, ningún locutor manipulable, ningún ejecutivo todopoderoso…, es capaz de diluir tanta belleza. Y el maestro —creo yo— lo sabe. Quizás por eso se atreve a mostrarnos, sin ropajes ni accesorios, su repertorio.
Este artículo mío se publicó originalmente en La Huella Digital, 14/12/2013.

El músico Rodrigo García y un servidor, en Madrid. Fotografía de Emilio Acebes.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Una malicia seductora e inocente

Una usuaria de Youtube dedica este comentario a Fernando Márquez, El Zurdo, exlíder del mítico grupo Paraíso: "Él guarda mis 15 años". Es lo mejor que se puede decir de alguien que cantó a la adolescencia de un modo mágico: "Para ti, que vas a caballo del fin del mundo. / Para ti, que ves las Cortes como cine mudo". 


En la versión del vídeo, El Zurdo cambia sustancialmente la letra original del citado tema, titulado "Para ti" (1980), hablando ahora de una "malicia seductora e inocente / incapaz de sospechar esta canción". Según el periodista musical Miguel Ángel Bargueño, la hermosa balada está inspirada en una persona (un muchacho, a juzgar por la letra) que el propio Márquez conoció durante unas vacaciones en Benidorm. Un muchacho que, gracias al talento del exlíder de Paraíso, es eterno: como la canción. 

lunes, 24 de junio de 2013

En la muerte de Bobby Bland

Nos ha dejado Bobby "Blue" Bland, una de las voces más viriles del blues. ¿Por qué no ha de escucharse el gorjeo, el gemido, el suspiro, el grito (tan bien controlado por el legendario vocalista)..., cualquier suerte de impulso que demande la cadencia? Tremendamente expresivo, Bland no hacía gorgoritos, Bland no ignoraba el sudor ni la piel arañada...

"Ain't Nothing You Can Do", una de las mejores canciones interpretadas por Bobby Bland.

viernes, 22 de marzo de 2013

Una ranchera para Marcial

Siempre me ha impresionado el lenguaje descarnado de algunas rancheras, donde el despecho a menudo se troca —como en un poema de Catulo o de Marcial— en el más absoluto de los desprecios. Verbigracia: en "Ya me olvidé de ti", notable composición de Marcelo Salazarel protagonista llega a cosificar a la otrora amada, lanzando al aire esta cruel pregunta: "¿Y de esto estuve yo enamorado?".

"Ya me olvidé de ti", canción de Marcelo Salazar versionada por Los Secretos.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Melendi, vergonzoso

Ayer, en una crítica publicada en El País (edición de Madrid), Fernando Neira puso en su sitio a Melendi, ese cantante y compositor de vuelo gallináceo:
"Voz rasposa y de garrafón, retratos trillados de la canallesca noctámbula, una retahíla monótona y redundante para las melodías. Ramón pretende emular el rock urbano de Extremoduro o Sabina, pero aún no ha superado la etapa de párvulos. La que corresponde intelectualmente a esas letras que pretenden ser confesionales y encallan en el bochorno. Ningún ejemplo mejor que 'Mi primer beso', sonrojante crónica de escozores genitales en la primera cita. Debió sentirse picaruelo y hasta incluyó guiños onanistas ('agítame antes de usarme'), pero solo suscita un sentimiento españolísimo: la vergüenza ajena."

domingo, 4 de noviembre de 2012

Sabino Méndez: descarnado pero sutil

Sabino Méndez (guitarrista y principal compositor, durante los 80, de Loquillo y Trogloditas) es uno de mis autores favoritos del rock español. Desde la adolescencia, he valorado el vigor y la intensidad poética de canciones como "Todo el mundo ama a Isabel", "Rock suave", "La mataré", "Siempre libre", "En las calles de Madrid", "Cadillac solitario" o "Rock'n'roll star". Loquillo acaba de publicar La nave de los locos, un disco con canciones inéditas (¡ya era hora!) de Sabino; el trabajo, creo yo, no tiene el garbo de la época dorada de los Trogloditas; es un rock cuidado, exigente, sí, pero más predecible... No obstante, en la obra hay joyas como la sensual canción que sigue, "Paseo solo". Este tema sólo lo podría haber escrito Sabino: “Me gusta meterme en tu ducha cuando tú estás dentro. / Me gusta sorprenderte por la espalda cuando no me ves. / Clavarte en la penumbra de rodillas, de pie, en cualquier sitio. / Caer como un corsario en tu garganta y robar tu olor”. Sabino: descarnado pero sutil.

domingo, 10 de junio de 2012

Un murmullo de ninfa: Conversación con Rodrigo (y II)

Rodrigo García Blanca, ex integrante de Solera y de CRAG (dos de los grupos más míticos de nuestra música popular), es un excelso letrista y un músico con una vasta formación. Ésta es la segunda —y última— parte de una dilatada conversación que Héctor Acebo (jefe de Opinión de LA HUELLA DIGITAL) mantuvo recientemente con el compositor sevillano.


He aquí la segunda parte de la conversación que servidor mantuvo hace escasas semanas con Rodrigo García Blanca (Sevilla, 1947). Rodrigo —fundador de los míticos grupos de pop Solera y CRAG— ha ido labrando, desde mediados de los setenta, una carrera solista corta pero rica y coherente. En sus cuatro discos publicados hasta la fecha (el último es de 2006), este Rodrigo se presenta como un autor alejado de las modas, de los clichés, de las convenciones… Para algunos, es un trovador; para otros, un artista pop. Abstengámonos, por favor, de etiquetar a alguien que trabaja con el mismo esmero el texto que la melodía, a alguien que concibe el amor como una espiral sin límites…

La música del solista sevillano, bella en su velada sugerencia, debe ser paladeada: no consumida. Otro tanto podríamos decir de sus excelsas composiciones para Solera y CRAG, algunas muy conocidas (“Sólo pienso en ti”, “Señora azul”, “Linda prima”), pero lo cierto es que en su obra solista se acentúa el cariz intimista, la voluptuosidad, la vocación descriptiva… De ahí que sus canciones —alabadas por la crítica especializada— no hayan llegado al común oyente de música pop, quien, efectivamente, no busca la cognición, sino el entretenimiento. Tengo por muy lúcida esta confesión que me hizo el propio músico: “La masa casi nunca está donde a mí me gustaría que estuviese. He trabajado toda la vida en líneas que no son prácticas (si nos atenemos a lo que se entiende por practicidad) y, ciertamente, no he querido seguir otro rumbo, con lo cual también soy el responsable de mi carácter minoritario. A lo mejor no he servido para hacer ‘¡Macarena!’ y volverme millonario. Entre que no sirvo y no me gusta hacer una cosa así, jamás me he puesto a ello. Si mil personas se enteran de mis encajitos, ya me parece una barbaridad. Tan acostumbrado estoy al reconocimiento como a la oscuridad.”

Rodrigo puede presumir de su condición de glorioso héroe subterráneo, parafraseando al crítico Luis Lapuente. Y es que el artista sevillano cuenta, desde los tiempos de Solera y CRAG, con unos seguidores selectos y fieles. Son los llamados rodriguistas. Hablamos de un público minoritario, sí, pero, ¿desde cuándo la extrema sutileza es apreciada por la masa?


“Quiero que seas mi dama” fue el sencillo extraído del primer disco de Rodrigo.

—En 1975, apareció tu primera incursión como solista, Canciones de amor y sátira (CBS). Este disco, en comparanza con las óperas primas de Solera (1973) y CRAG (1974), es más narrativo.
—Claro, al estar solo, ya no existía la tensión de hacer voces, que es un capricho muy exigente. En ese disco, hay letras extensas, muy protagonistas… Letras de cantautor. Y estas canciones hubieran tenido más difícil encaje en el grupo. Mi repertorio, en fin, ya no estaba sujeto al compromiso de ser aprobado ni de ser tratado en equipo.

—Creo que uno de los temas de ese álbum, “El gato”, define muy bien tu estilo como solista. Es ésta una pieza sumamente descriptiva, en donde, sin embargo, la música no cumple una mera función de acompañamiento. Así, la guitarra cimbreante acentúa los andares del felino protagonista.
—Sí, en “El gato” la guitarra da como una respuesta a los versos.

—Conviene matizar que no eres un cantautor al uso. Lo digo precisamente porque en tu obra las soluciones líricas siempre crecen en paralelo con las musicales.

—Lo cierto es que muchos de los cantautores al uso no sabían más que rasgar la guitarra, con lo que no tenían otro remedio que cultivar la sobriedad.


—En 1980, Movieplay publicó el que para mí es tu disco más redondo como solista. —El repertorio de ese álbum creo que está mejor logrado que el de Canciones de amor y sátira. En parte, porque yo había crecido un poco más y estaba menos amargo. Algún tramo de mi primer disco expelía una crudeza recalcitrante y furiosa. Recuerda aquella diatriba feroz titulada “Vete tranquila, niña”. En mi siguiente álbum, hay broma e ironía, pero no tensión colérica. De hecho, era una época en la que yo estaba viviendo más a gusto que un cochino en un charco. Casi todas las canciones —compuestas con mucha distensión— rezuman erotismo y ternura.

—A partir de ese LP, tu voz se vuelve más frágil, más reposada, menos dylaniana… Nunca volverás a alargar tanto las vocales como en tu ópera prima.
—En los discos sucesivos yo vivía de un modo más sosegado, y eso quizás me condujo a cantar de otro modo. El propio tiempo lima.

—El disco de 1980 es un homenaje al poliédrico universo femenino. No en vano, se le conoce, a falta de título, como “el de las mujeres”.

—Desde luego que es un homenaje al universo femenino. Pero hay una canción que habla sobre un chico homosexual (Alberto del Rosario) y que, sin embargo, se titula “Charo”. Lo cual indujo a pensar, a la gente que no se fija mucho en los detalles, que el álbum estaba dedicado completamente a las mujeres. De esas canciones yo recuerdo con especial satisfacción “Laura” y “Déjame deshacerte la cama”. Hay en el álbum un tema nostálgico, “La abuelita Berta”, que se adapta cómodamente a tu punto gallego. En la atmósfera de ese cuento inventado, aparece la condición ultramarina de finales del siglo XIX y principios del XX. Berta podría ser un personaje de Valle-Inclán.

—“La abuelita Berta” es una pieza entrañable y melancólica, sí. En el álbum, incluso la guitarra aparece metaforizada en una sinuosa mujer. El tema al que me refiero, “En el sofá”, es de una altura lírica extraordinaria: “Se van a dormir mis dedos / al nocturno de tu centro”.
—Hice “En el sofá” con esa intención de doble lectura. Las estrofas que preceden a la solución, a la explicación, nos incitan a pensar en una chica, dadas las formas femeninas de la protagonista. Luego llega el efecto sorpresa, premeditado, y uno descubre que los elogios van dirigidos a una guitarra. Pero hasta el primer estribillo eso no se venir. Te diré que la guitarra, para quien compone con ella (yo lo hice durante muchos años), puede ser muy complaciente.

“Laura”, una de las más bellas canciones de Rodrigo.

—¿El tema más exitoso de tu homónimo disco quizás fue “Laura”?
—“Laura” fue el single, pero en ese disco no hubo nada exitoso. El trabajo pasó, desafortunadamente, con más pena que gloria. Las pocas críticas, en general, fueron positivas, pero yo en los medios despertaba menos curiosidad o menos morbo que los iniciales CRAG. Encima, el apoyo de Movieplay fue muy tímido.


—“Laura” es un ejemplo de sutileza aderezada con sonoros versos. En dicha canción, no pasan desapercibidas las aliteraciones: “Voluptuosa venus verdadera”, “Sutil, salada y sibilina seda”…
—Son ganas de jugar.

—Pero esa figura retórica no funciona como un mero alarde o un ejercicio de estilo. Tengo para mí que la silabeante dicción consigue realzar la sensualidad de la joven protagonista.
—Hombre, uno disfruta de los sonidos de esas palabras, pero éstas dicen lo que tienen que decir. A veces, los vocablos te salen sin esfuerzo, y piensas: “Venga, ¿por qué no voy a rizar el rizo?”.

—A propósito de la dicción, me encantaría que hablásemos de tu curioso y arcaico modo de pronunciar la v como un fonema labiodental (no bilabial). Eres el único vocalista español que aún sigue esta recomendación académica de los siglos XVIII, XIX y principios del XX.
—Yo tengo bastantes hablas metidas dentro. El lógico e inevitable acento andaluz se me fue diluyendo, porque viví cinco años en Bogotá, y allí se me pegó mucho la manera de hablar de los colombianos. Y luego, durante los veinte años que viví en Madrid, fui adquiriendo mucho del sonido más castellano. Ahora, que llevo veinte años viviendo en Cádiz, he recuperado el acento andaluz. Y a la hora de hablar, dependiendo de con quien estoy, me va saliendo, inconscientemente, un habla u otra. Cuando canto, yo no diferencio la b y la v de forma premeditada. Siempre, eso sí, intento pronunciar claro. Soy consciente de que, a veces, uno, escuchando una canción, no logra adivinar la palabra que ha dicho el cantante, porque éste no redondea bien la dicción. Y precisamente intento pronunciar de la manera más neta posible para que el oyente no tenga que recurrir forzosamente a la letra. No me gustaría que una palabra quedase turbia y confusa en el sonido. Cantando, siempre he intentado renunciar al seseo, que es un rasgo muy andaluz. Quizás diga una burrada, pero el seseo me parece un síntoma de pereza mental. Yo creo que el castellano debe hablarse de la mejor forma posible, como la lengua que es, en todas partes. Las derivaciones y las adaptaciones cómodas demuestran que, desde Canarias hasta Argentina, se ha tirado por la facilidad. Conozco a mucha gente que bendice y que disculpa este tipo de comodidades. Incluso los más locos preconizan que el castellano de Sudamérica supera al de Valladolid o al de Palencia. Es como si alguien opinara que en Argelia se habla mejor el francés que en Francia. ¡Qué delirante! El idioma es maravilloso; no hay que hacerlo fácil, ni cómodo, ni ramplón.

—En tus tres primeros discos, lograste hilvanar una serie de realidades y de idealizaciones que, al menos en mi magín, conforman un determinado prototipo de mujer. Una fémina inocente pero sensual, sibilina y voluble, frágil y altiva… Así, en “Ana” hablas de “la niña y mujer”. Y en “Fiona”, exclamas: “¡Qué acierto conocerte el matiz de amazona / y el gesto de Diana, de niña maga, Fiona!”. Algo parecido sucede en “Laura”, donde transmutas a la mujer en un jinete pero también en una porcelana.
—¿No son así de ambivalentes las mujeres en general? Esas facetas tan opuestas nos dejan a veces perplejos. Y nos preguntamos: ¿cómo una mujer puede ser, simultáneamente, tierna y guerrera?



—A mi modo de ver, en esas canciones dibujas el prototipo de la muchacha, que admite, por su cambiante condición biológica y psicológica, jugosos contrastes.
—No estoy tan de acuerdo contigo en esa apreciación, aunque en los ejemplos citados hay material para pensar así… Me estoy dando cuenta de que en algunas canciones me sale una manera de expresar muy andaluza: allá nos decimos “niño” y “niña” entre adultos. Lo cierto es que mis personajes Ana, Fiona o Laura destilan juventud. Ten en cuenta que las canciones citadas están compuestas cuando yo aún era joven, y por aquel entonces, en general, no podían ser muy mayores las mujeres (reales o inventadas) que me inspiraban… Aun así, en algunos de mis antiguos temas también aparecían señoras que me doblaban la edad. En su reverso, la “Niña Luisa” sólo tiene 13 años. Este tema partió de una chica muy bonita que vi en un parque de Cádiz. Morenita, el pelo largo, llevaba puesto un jersey… Ese chispazo me volvió un poco loco y construí el cuento.


—Es envidiable la carga fonosimbólica que presentan los nombres de tus protagonistas femeninas. Ese arte nominal está al servicio de la percepción, de la creación del personaje, al que otorgas vida en apenas tres minutos.—Puede que sea así. Pero no escojo de manera premeditada los nombres. Lo qué tú sugieres, es más bien una consecuencia de la cosecha del oyente. Algo parecido sucede cuando leemos: si bien los personajes vienen más o menos descritos, cada lector a menudo construye imágenes asociadas con alguna persona que ha visto o ha soñado… Pero, a lo mejor, el escritor tenía en mente —incluso de forma dispersa— un prototipo distinto. El receptor es dueño de participar en el mensaje, dando al mismo su propia interpretación.

—De acuerdo, pero coincidirás con este oyente (y con este lector) en que Laura y Josefina son, como sus propios personajes, dos nombres muy distintos. Tras haber escuchado por vez primera ambas canciones, uno tuvo la sensación de que la juventud se personifica en Laura y de que doña Josefina destila abolengo e inocencia.
—Sí, claro, los nombres, como las propias historias, son muy distintos. Laura es un nombre muy pictórico; no en vano, la canción describe a una mujer hermosísima. Diría que este tema es como la descripción de un cuadro de Tiziano. Por cierto, la protagonista de la canción existe, pero yo no la conozco personalmente; el sueño que tengo con respecto a esa persona es completamente fantástico. ¡La mujer estaba para morirse! [Risas]. Doña Josefina es una persona bastante mayor que, de repente, rejuvenece gracias a la picardía de un chaval. Lo que se describe en “Doña Josefina” (un tema medio de broma) es la coyuntura, la vivencia de una señora en un determinado momento de su vida…

El melenudo Rodrigo sigue conservando una de las miradas más pícaras del pop español. Este músico, aparentemente, es solemne y, al tiempo, llano, pero cuando le dices una frase graciosa, sus clarísimos ojos parecen entornarse de tanto que brillan.


—En tu siguiente disco, Solera reservada (Fonomusic, 1987), hay maravillosas canciones como “Cuarto menguante”. Sin embargo, el álbum, grabado con poco presupuesto, quizás se resiente de un sonido al que le falta algo más de calor… Verbigracia: “Amor primero” es un hermoso tema que, de haber tenido unos arreglos orquestales de cuerda, resultaría mucho más envolvente…—En ese disco, se notan los sonidos que entonces estaban de moda y que ahora mucha gente podrá calificar de modestos, de añejos… Tuvimos un presupuesto corto, es cierto, pero lo supimos emplear muy bien. El álbum se grabó en 120 horas de estudio: una cifra récord. Hubo buenos músicos participantes, y yo imprimí el sello de la casa a las guitarras y a los teclados… José Antonio Álvarez Alija, por su parte, consiguió un sonido brillante y claro. Además, en Solera reservada hay varias canciones que me parecen de primera división: “Cuarto menguante”, “Fiona”, “Sortilegio de muerte”, “Amor primero”… Reivindico, una vez más, la importancia del repertorio en cada álbum. Por cierto, el jocoso tema que da título al disco, es de la misma bodega que “De piel trigueña” [del álbum de CRAG Queridos compañeros, Polygram, 1985] o “Canción seria de la primera cita” [del único trabajo homónimo del trío Rodrigo, Adolfo y Guzmán, J.J. Record’s, 1994].

“El jefe” da título al último álbum de Rodrigo.

—En 2006, autoeditaste el que hasta ahora es tu último trabajo: El jefe (sin ánimo de señalar). Me sorprende que el peso del disco recaiga sobre los teclados. ¿Te viste obligado a tomar esa decisión formal debido al escaso presupuesto?—El presupuesto faltaba, desde luego, así que, en vez de embarcar a amigos músicos en mi proyecto —tocar gratis puede incordiar—, preferí resolver con teclados la mayor parte del disco. Pero para entender tal decisión también hay que tener en cuenta lo siguiente: a mediados de los 80, yo empecé a componer mucho más con el piano que con la guitarra. Y a la hora de vestir las canciones, el teclado tiene un carácter de inmediatez casi indiscutible.

—Llama la atención que en El jefe (sin ánimo de señalar) adquiera tan poca relevancia la guitarra, ese instrumento al que le declaraste tu amor incondicional en la citada canción “En el sofá”…
—La guitarra casi ya no la puedo tocar, porque tengo artritis o artrosis (o lo que sea) en los dedos. Esa enfermedad, en los últimos años, me ha ido alejando del instrumento. Y es que cuando empiezas a tocar con dificultad, te desanimas. El abandono de la guitarra condiciona, evidentemente, el enfoque de mi interpretación. Asumo que en el disco faltan unas cuantas guitarras. Estaría encantado de poder seguir tocando la guitarra con la misma tranquilidad y con los mismos resultados de hace unos cuantos años…

“De piel trigueña”, un lúdico tema de CRAG.

Todo músico virtuoso sabe hacer de un instrumento el perfecto apéndice de su personalidad. Rodrigo es multiinstrumentista, pero se le reconoce especialmente por su guitarra, esa con la que se ganó la vida —como músico de sesión y estudio— durante muchos años. Igual que su mirada, la guitarra eléctrica de Rodrigo siempre ha sido bulliciosa y pícara. Pizpireta. En algunas de sus canciones más desenfadadas, como “Volverás” o “De piel trigueña”, el sevillano se valió de dicho instrumento para soltar esquirlas de socarronería. Y en los momentos rockeros, este jinete de la melodía logró convertir a la guitarra en una yegua indomable; no hay más que pensar en “Doña Josefina” o en “Rondar de madrugada”, donde las cuerdas enfatizan hasta límites insospechados la excitación del estribillo: “Y se apagan los faroles con los luceros del alba. / ¡Qué frío he cogido, niña, por rondar de madrugada!”. El lúdico sello de la casa se deja notar incluso en las canciones menores que el ex CRAG compuso, tocó y produjo para su otrora amada Karina, como “Canta conmigo”. Mención aparte merece la sabrosa versión kariniana de “Un niño”; la traviesa guitarra es culpable, en gran medida, de que el conocido villancico adquiera tintes de canción protesta.

¿Se dan cuenta?: Este tiempo mediocre le ha robado al músico su amado instrumento. Uno, al recibir la amarga noticia, se acordó, inevitablemente, de aquel emocionante estribillo del sevillano: “Romperé tu silencio, romperé, / con mi abrazo, / romperé tu silencio, romperé, / mi fiel y amante guitarra”. ¡Ay!

Karina interpreta, junto a CRAG, el villancico “Un niño”.

—¿Estás preparando en la actualidad algún álbum?
—Sí, ya tengo listo el repertorio de un nuevo disco que probablemente será doble y que significará mi despedida involuntaria pero forzosa. Las canciones también estarán tratadas con escasos medios económicos. Ese repertorio es veterano, pero, a mi juicio, conserva la vigencia, dada su personalidad y su eficacia. En el nuevo álbum, volverá a cobrar relevancia el teclado. De todas formas, aun contando con las limitaciones de las que hemos hablado, intentaré que el álbum quede digno, como creo que quedó digno El jefe.

—¿También tienes pensado autoeditar el nuevo trabajo?
—No es que tenga pensado autoeditarlo: es que no tengo más remedio. ¡Y aún así voy a perder dinero! [Risas].


—Imagino que en los últimos años te habrás sentido muy maltratado por la industria… —Hombre, maltratado es una palabra muy dramática, pero se puede emplear. Desde Solera reservada [1987], con la excepción de la última incursión del grupo [Rodrigo, Adolfo y Guzmán, 1994], yo no conseguí publicar nada, salvo el álbum que me pagué en 2006. Durante varios años, presenté, en distintos sitios, proyectos que me rechazaron con cortesía, con desdén e, incluso, con grosería. Esas gentes manifestaron una evidente falta de sensibilidad, pues mis proyectos —creo que puedo decirlo— desprendían delicadeza e, incluso, romanticismo. (Ten en cuenta que en las discográficas una panda de ceporros se ha hecho con el control de las decisiones: ¡menudo relevo generacional!). Negativa tras negativa, al cabo de los años, me dije: “Hago yo un disco y me lo pago”. Pero, claro, cuando autoeditas un álbum, si no eres millonario, es considerable el dinero que te puedes gastar en la aventura. Y, evidentemente, no puedes plantearte una campaña de lanzamiento ni con minúsculas. ¡Yo mismo distribuyo El jefe! En fin, el disco que tengo entre manos, va a tener un resultado igual de catastrófico que su predecesor: se venderá con cuentagotas. El batacazo económico me obligará a abandonar estas aventuras. Pero puedo presumir, una vez más, de tener la confianza en un repertorio bien trabado. Quiero que mis (pocos) oyentes me escuchen un poco más antes de que fallezca. Todos somos vanidosos, y, como nadie me financia, el precio que yo pago por mi vanidad es la autoedición.

Rodrigo sigue siendo fiel a su bohemio retiro en Chiclana de la Frontera (Cádiz), hermosa ciudad a donde se mudó hace más de veinte años. Allí, lejos de la algarabía, este alquimista del lenguaje ha editado sus tres libros: Verde veronés (1995), El sello de la casa (2001) y Armis et Litteris (2004). Por esas misceláneas se asoma, cómo no, el mismo pícaro galán de “Volverás”, “De piel trigueña”, “Déjame deshacerte la cama” y tantas otras canciones: “Esmeralda…’. ‘Qué…?’ ‘Qué nombre, hermoso y resplandeciente. Y lo demás, a juego.’ ‘Gracias’. (Casi un rumor, casi un murmullo de ninfa.)”

Para leer la primera parte de la conversación con Rodrigo, pinchad aquí.

(Esta conversación se publicó originalmente en La Huella Digital, 09/06/2012)