Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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lunes, 11 de julio de 2011

Manuel González Espasande, psicólogo clínico: «A Asturias, por su riesgo de deterioro mental, la define bien ´Doctor Mateo´»


He vuelto a entrevistar al psicólogo clínico santirseño Manuel González Espasande. Reproduzco a continuación la entrevista, que se ha publicado hoy en el diario asturiano La Nueva España (edición general):

«A Asturias, por su riesgo de deterioro mental, la define bien ´Doctor Mateo´»

«¿Mi propuesta para el hombre de hoy? La misma que para el de ayer: que sea capaz de dar un buen abrazo»


MANUEL GONZÁLEZ ESPASANDE. Psicólogo clínico, natural de San Tirso de Abres

San Tirso de Abres,

Héctor ACEBO

Tras su dilatada experiencia profesional en Gijón y en León, el psicólogo clínico Manuel González Espasande (San Tirso de Abres, 1956) ha trasladado su consulta a Vigo. El santirseño atiende terapéuticamente «a la gente del entorno vigués, incluido el norte de Portugal», un país que le fascina. Sus reflexiones sobre el hombre de hoy, sus problemas y los posibles remedios le han hecho ganarse un sólido prestigio entre colegas y pacientes.

-Ya en 2003 aseguraba que el miedo, la soledad y la incomunicación eran las claves de nuestro tiempo.
-Sí, y hoy percibo un intento de búsqueda para resolver esos tres factores, detrás de los cuales está la economía, que es la raíz.

-¿Cómo se combate el miedo?
-El miedo, la génesis de todos los problemas, se combate con la autoterapia, que es la valentía personal. En el intento de resolver todos los problemas se va la vida.

-Sincérese. ¿Sirven para algo los manuales de autoayuda?
-Para usar y tirar.

-En la sociedad occidental está normalizado el uso de internet, la red global que conecta todo el mundo. Resulta paradójico que la incomunicación defina nuestro tiempo, ¿no?
-El uso de los sistemas tecnológicos avanzados no ayuda a que la comunicación sea real y efectiva. Esto ocurre por la torpeza natural del hombre. Además, en el sentido económico, a los poderes fácticos no les interesa que esto cambie.

-Valore el movimiento 15-M.
-Considero que este movimiento ciudadano no es masivo. Ojalá que en el mismo la circulación de la comunicación active, a medio plazo, otro sistema social más justo. Pero es preciso que haya más determinación, impulso y valentía.

-Cree que la música es nuestra verdadera tabla de salvación.
-Efectivamente. Y eso es así porque el sonido armonioso nos orienta.

-¿No es asombroso que, en medio de tanta miseria y tanta corrupción, el hombre siga ahondando, a través del arte, en la belleza?
-Lo asombroso es que la naturaleza siga dominando el arte.

-Ha dicho que Asturias es, debido a su aislamiento y a sus escasas inquietudes culturales, una sociedad con bastante peligro de deterioro mental.
-Sí, mantengo ese peligro de deterioro mental. Lo que mejor define a Asturias es la serie televisiva «Doctor Mateo».

-En 2007 fue el pregonero de la Semana Cultural de San Tirso. ¿Echa de menos su pueblo natal?
-Sí, especialmente el olor de las plantas de la ribera del Eo.

-Para terminar, le pido una propuesta para el hombre de hoy.
-Y también para el de ayer: que sea capaz de dar un buen abrazo. Y que lo dé.

La Nueva España,
11/08/2011

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Internet, la creencia pararreligiosa


Muchos de mis amigos y conocidos saben que uno tiene la sana costumbre de enviar –vía e-mail– textos literarios (artículos, relatos, poemas…) propios o ajenos. Huelga decir que valoro la posibilidad de la actualización informativa, del intercambio instantáneo de sentimientos o sensaciones, del debate a cientos de kilómetros de distancia, que ofrece la Red: no en vano, he colaborado y colaboro en varios medios digitales, y soy uno de los editores de La Huella Digital. Sin embargo, uno utiliza –no sólo profesionalmente– este instrumento como un complemento del papel impreso, no como un sustituto. No es mi intención enviar mandobles o saetas ponzoñosas a quienes considero fuera de mi ortodoxia ética y estética, pero me asusta ese discurso atroz de la tecnología por la tecnología, esa actitud destructiva hacia el medio impreso (al que debemos tantos aprendizajes y tantas horas de entretenimiento). En efecto, desconfío, como Giovanni di Lorenzo (director del semanario alemán Die Zeit, una publicación impresa más rentable que la mayor parte de portales digitales), de esas “creencias pararreligiosas en Internet”. Unas creencias que se han convertido ya en una ideología con muchos seguidores.

Ciertos periodistas y, sobre todo, ciertos licenciados en Periodismo (este oficio rara vez se aprende en la Facultad: no es lo mismo memorizar cuatro definiciones ridículas que interpretar los hechos), ciertos licenciados, decía, presentan a la Red como la única esperanza, como la única salida. Pongo como ejemplo este tweet (así se denomina cada uno de los comentarios publicados en la red social Twitter) de un estudiante de 5º de Periodismo: “Se admiten sugerencias sobre blogs interesantes (me vale cualquier tema), para dar un poco de comer a mi Google Reader, que lo tengo abandonado”. Uno piensa, en buena lógica, que para esta persona, y para tantas otras, lo importante es única y exclusivamente el fin en sí mismo (no el medio para conseguir un fin): o sea, navegar por la Red (descargar compulsivamente cientos de podcasts que probablemente sólo sirvan para “dar de comer” al disco externo, repasar los vídeos más vistos de Youtube, actualizar la red social –con cualquier comentario intrascendente– en medio de una tertulia amistosa…). Lo de menos es el contenido: “Si me quitan este programa –dirán algunos–, ya encontraré otro que se le parezca, y, si el nuevo hallazgo no me gusta, haré lo posible para adaptarme al mismo cambiando mis hábitos, mis filias, mis fobias…”.

Esta ideología extrema puede degenerar –como apunta Di Lorenzo– en violencia, en fantasías totalitarias y guerras contra la verdad. Como los tertulianos de la telebasura, como los fascistas, como los estalinistas, muchos acérrimos de la Red no perdonan disidencia a su credo: repasen algunos insultos –muchos de ellos anónimos– que contaminan las bitácoras o los periódicos digitales. Uno entiende, por tanto, que la libertad de expresión se confunde hoy con la posibilidad de ser soez y despótico. ¡Qué dolorosa contradicción: la lectura siempre ha sido infalible a la hora de constatar que el mundo puede verse de diversas miradas! Sin profundizar en asuntos filosóficos y psicológicos, sólo diré –a modo de epítome– que no hemos cambiado mucho, pese a los incontables inventos tecnológicos, desde que Marx acuñara (refiriéndose a las relaciones de trabajo capitalistas) el terrible término alienación, esto es, el estado mental caracterizado por una merma del sentimiento de la propia identidad. El hombre, oprimido por un sistema dictatorial o por la publicidad consumista, deja de tener opiniones propias y actúa (tilde más, tilde menos) como un robot: al dictado de los poderosos.

También le preocupa a uno hoy la total confusión de los términos información y conocimiento. Conviene recordar que Internet, al igual que los libros, nos da la posibilidad de acceder a la información, no al conocimiento. Este conocimiento sólo adquiere su verdadero sentido cuando el lector, en el papel o en la pantalla, transforma, cuestiona, asimila, interpreta y, en definitiva, procesa los contenidos. Quiero decir: sin un aprendizaje, sin un esfuerzo previo, Internet sólo es un instrumento –muy válido, desde luego–, no un milagro pararreligioso (uno, sin ser católico, no ve más transparencia de oblea que una prosa de Azorín o Cunqueiro). La misma tesis –tan vetusta– puedo extrapolarla al señorito que adorna las estanterías con libros que no leerá jamás, a fin de propagar su elitismo. También es aplicable esa tesis al estudiante de Humanidades que en la Universidad cumple un mero trámite, y no bebe, paralelamente, la plural belleza que nos han legado los escritores, cineastas, músicos y artistas. Ya digo que no importa tanto el soporte como la intención o el esfuerzo…

A propósito de esa plural belleza, uno, cuando escribe, siempre intenta ponerse en el lugar –pues la literatura es una continuación, una revitalización– de sus maestros desaparecidos. ¿Qué pensarían ellos al respecto? ¿Con qué palabra precisa expresarían el desafecto ante esta creencia pararreligiosa de la que habla el periodista Di Lorenzo? Don Antonio Machado dejó escrito un poemita que hoy adquiere mucha vigencia, entre otras cosas porque su época también se caracterizó –salvando, claro, las distancias– por el fanatismo de las ideologías: “¡Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también!”. Un alumno aventajado de Machado, José Agustín Goytisolo, construyó hace tiempo “La mejor escuela”, a fin de criticar el automatismo, la indiferencia y la ignorancia de algunos estudiantes y docentes: “No aprendas sólo cosas / piensa en ellas / y construye a tu antojo situaciones e imágenes / que rompan la barrera que aseguran existe / entre la realidad y la utopía: / (…) / Después sal a la calle y observa: / es la mejor escuela de tu vida.”

Desgraciadamente, es difícil que algunas de las personas de mi generación (nací en el 87) asistan a esa escuela que funde la lectura con la vida: la tecnología (entendida, repitámoslo, como la única esperanza) ya comienza a sustituir las conductas humanas más elementales: el beso por el icono de unos labios, la caricia por el tecleo, la sencillez por la simpleza del lenguaje, la voz entrecortada por las abreviaturas… Y, qué quieren que les diga, si uno no tiene la posibilidad de dedicar –con su puño y su letra– un libro a un ser querido, si uno no tiene la posibilidad de personalizar –o de subrayar– un sentimiento universal, ¿de qué sirven los gigas de un e-book? Los humanistas –hay que repetirlo una vez más– tenemos el deber de preservar el lenguaje, renovándolo, y de cultivar la sensibilidad. Para lograr tales fines, no es necesario suprimir ningún instrumento o soporte. Todo lo contrario: las cartas y los e-mails son –ya lo dije– complementarios. Como la película y el libro. La plural belleza se construye a partir de síncopas, de notas aparentemente disonantes…

Por H. ACEBO
La Huella Digital, 24/11/2010

martes, 19 de enero de 2010

Conoce a… Javier Neira, periodista de investigación: “Es preciso chequear a todos esos ‘bloggers’ que publican noticias falsas”

“Pese a que esto no va sobre el Watergate, es periodismo de investigación”. Así reza la carta de presentación del incombustible Javier Neira, Jefe de Investigación y Reportajes de La Nueva España, el diario más influyente de Asturias. Con veinte años de experiencia en tal especialidad periodística, Neira (acaso más conocido en el Principado por sus liberales columnas sobre actualidad política, que publica a diario) disfruta cultivando reportajes de contenido histórico con repercusión en el presente. La Historia: una materia ineludible que él alimenta reescribiendo las noticias publicadas originalmente hace 25 y 50 años en la portada de La Nueva España (fundada en 1936), hoy en manos –como Faro de Vigo o La Opinión-El Correo de Zamora– del grupo Editorial Prensa Ibérica.
-Esa esa una tarea que hago desde hace no mucho tiempo. Parece una cosa menor (ciertamente, dentro del periódico lo es), y, sin embargo, es muy interesante. Me roba, eso sí, bastantes horas, porque supone leer críticamente dos periódicos. Claro que el cotejo de datos y de citas me permite demostrar muchas afirmaciones. Por otra parte, al llevar a cabo esta tarea, pretendo que mis compañeros tengan unas ciertas referencias vitales. A veces, te das cuenta de que muchas de esas noticias antiguas podrían ser perfectamente trasladables a nuestros días…

-¿Qué elementos del periodista de investigación le parecen diferenciales respecto del periodista común?
-Hay un elemento diferencial al que el periodista de investigación no suele estar sometido: la urgencia. Éste puede dedicar varios días o semanas al contraste de unos datos, todo lo contrario de lo que ocurre generalmente en el periodismo de información (que vive tan pendiente de la competencia).

-¿Exagera Gabriel García Márquez al afirmar que “la investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo periodismo tiene que ser investigativo por definición” (El Tiempo, 03/12/1995)?
-Pese a la antipatía que siento hacía García Márquez por cuestiones ideológicas (aprovecho también para meterme con su literatura: no creo que escriba tan bien como se dice), reconozco la certeza de su frase. Verdad que el periodista traslada al papel lo que pasa, pero lo cuenta todo a partir de una mirada. Una mirada pasiva y neutral no es necesariamente la mejor…

-¿Sólo se fía de lo que ha investigado por su cuenta?
-¡No, al revés! (Risas). Si sólo nos fiáramos de nuestra opinión, no se vería ningún telediario, ni se leería la prensa…

-¿Qué validez pueden tener para el lector aquellas frases que, refiriéndose a una fuente anónima, arrancan de la siguiente manera: “Una persona conocedora del asunto dijo…”?
-Una frase que empiece diciendo algo así, no vale nada. Pues el periodista pudo habérsela inventado sin salir de la redacción. ¡Es impensable hacer un reportaje de citas entrecomilladas de no se sabe quién! El anonimato ayuda al periodista; sin embargo, para el lector es conveniente que se usen poco esas fuentes. Lo que más importa en esta labor son las relaciones, que se van forjando con el paso del tiempo. De manera que acabas teniendo un montón de gente conocida o amiga que te facilita las cosas. Que te cuenta cualquier tema con naturalidad, que se fía de ti. Y esa confianza (la promesa de que no vas a revelar una fuente determinada) a veces puede sentar mal al periódico para el que trabajas. Pero es preferible estar a bien con la fuente: si ésta ve que el texto se ajusta a lo que ella te contó, a lo que sucedió, estás acreditado. Pues te contará, a partir de ese momento, muchas más cosas. E, incluso, es probable que corra la voz en su círculo: “A ese periodista se le pueden contar cosas, porque no manipula, no se va de la lengua, ni hace chapuzas”. Esa acreditación, en fin, vale para el periodismo o para la medicina.

-¿Abusan las publicaciones españolas del uso de citas entrecomilladas anónimas?
-Fijémonos en el caso de Interviú: a veces, creo que se siente forzada (lo cual ha contaminado a casi todas las otras revistas españolas) a sacar cada semana algún reportaje que rompa moldes. Y lo intentan. Pero luego, al abrir la revista, compruebas que la información desprendida del titular no está comprobada tangencialmente. En un periodo tan corto de tiempo, es muy difícil hacer un reportaje de fuste.

-¿Ve algún rasgo positivo en el periodismo de investigación practicado en España?
-El Mundo es, en este país, el diario que más hace periodismo de investigación a fondo: esa es una constante que mantiene desde su creación. Ahí se la juega tanto el director como el editor o el corresponsal, porque es un trabajo muy duro, y un patinazo puede acabar con todo el medio. Evidentemente, la desgracia que subyace tras el contenido de una noticia tiende a convertirse en calidad, si la información está elaborada. Y esto se comprueba al palpar la carga de investigación o documentación.

-En nuestro oficio, ¿es más importante la ética o la verdad?
-Lo que cuenta no es tanto la verdad como la veracidad. Es decir, la voluntad de decir la verdad, de poner todos los medios a tu alcance para conseguir tal objetivo. ¿Ética o verdad? Son dos cosas distintas. La ética es una actitud imprescindible: sin ella, no podrías ejercer el periodismo. Y la verdad es una meta.

-El cineasta John Ford abogaba por publicar la leyenda, en el caso de que ésta superase a la verdad…
-(Risas). Eso está muy bien. Se puede dar la vuelta a la frase: “La verdad es una leyenda”. El periodismo, diríamos, es –como la Historia– una creación literaria sobre la que hay consenso. Si hoy el Presidente del Gobierno hace un discurso no muy convincente, y todos los periódicos dicen que ha sido brillante, queda impresa la leyenda. Porque la verdad se construye entre todos.

-¿Dejó de publicar alguna información que pudiese herir a ciertas personas queridas?
-No: de ahí que en Oviedo ya me hayan retirado no pocas personas el saludo. Pienso que lo importante es dejar claro tu punto de vista. Lo que no se debe hacer es pretender ir de imparcial y no serlo. Todos tenemos una ideología o punto de vista; otra cosa distinta es que, siendo periodista, pretendas neutralizar esa mirada cuando escribes, pongamos, un reportaje. Lo más noble y ético es llevar puesta una camiseta de un conjunto de valores. Y no es preciso negarlos. ¿Por qué avergonzarse de tener una opinión definida? ¿No ha de fluir ésta naturalmente? Verdad que es conveniente no tener, a priori, afinidades u odios. Pero si vas a hacer un reportaje sobre un violador de niñas, no puedes pretender escribir de la misma manera que cuando te encargan una crónica deportiva. Evidentemente, la antipatía te sale por todos los sitios.

-¿Se ofendería si le llamo “rastrillador de estiércol”? Theodore Roosvelt (ex presidente de EEUU) acuñó este terminó para criticar a aquellos periodistas de denuncia que escrutaban el trasfondo de los hechos hasta encontrar elementos no revelados de los mismos.
-No, no, ¡cómo me voy a ofender: el estiércol es abono! De todas formas, los periodistas estamos sometidos constantemente a la crítica . Si nos ponen verdes, lo tenemos que asumir: no pasa nada.

-¿Favorece el desarrollo (y la normalización) de la Red al periodismo de investigación?
-Sin duda. Internet ya está cambiando la estructura de las empresas periodísticas: tú, yo y otros tres periodistas podemos montar un diario relativamente solvente. No me extrañaría que próximamente saliesen en cada comunidad autónoma más de veinte periódicos… De igual modo, creo que el futuro de la prensa escrita radica en el cultivo del periodismo de investigación.

-Pese a todas sus ventajas, en la Red el problema periodístico actual es evidente: cualquier blogger puede publicar falsedades o noticias que no han sido comprobadas…
-Claro. Y hay que chequear a esos individuos. Razón por la cual surgirán los metablogs, compuestos por gente que se dedica a analizar lo que se publica. Por otra parte, en la Red también nacerán multitud de microempresas que vivirán casi del aire. Y que, al no establecer compromisos con los anunciantes o con las instituciones, gozarán de una independencia (el músculo de cualquier medio) mucho mayor que la de cualquier medio convencional. Ciertamente, si tienes una vinculación estrecha con un medio potente, estarás mucho más protegido y apoyado. Pero los medios no convencionales, al no entrar en ningún tipo de colisión, podrán rajar todo lo que no se está rajando ahora.

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 19/01/2010)

lunes, 30 de noviembre de 2009

Ángel Rubio y la industria de los videojuegos, de paso

Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. 20 de noviembre de 2009. Celebración del seminario internacional “Sociedad de la Información e Industrias Culturales en los Países Nórdicos”. Tras una serie de ponencias que versaban sobre temas decididamente académicos (a saber: “Las industrias no-creativas. Pasado, presente y futuro de los derechos de autor y la comunidad”, “Industria del libro, bibliotecas y archivo digitales nórdicos en Internet”, “Análisis económico de contenidos online. Cine en la Red en España y en los Países Nórdicos con especial referencia a Suecia”…), irrumpió en la Sala de Conferencias un Ángel Rubio decidido a deleitar a las nuevas generaciones. “La industria de videojuegos con especial referencia a Internet”, el tema elegido para abordar su ponencia, indudablemente lúdica (por la perfecta imbricación entre la forma –no disimuló el profesor sus pasiones alimentadas en la infancia, una etapa de la que confiesa, a sus 35 años, no haber salido– y el contenido), jugó a su favor.

En la segunda mitad de los 70, cuando se fraguó en nuestro país la deseada rotura de un paradigma, cantaba Luis Eduardo Aute en boca de Ana Belén: “¡Que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento…!”. El sector de los videojuegos también está “de paso”, en continuo crecimiento y evolución, gracias al desarrollo de nuevos dispositivos y plataformas (videoconsolas, telefonía móvil, ordenadores…). Y Rubio –director de LA HUELLA DIGITAL y estupendo profesor, en la mentada Facultad, de asignaturas tan volubles y voluminosas como Historia del Periodismo Universal o Historia del Periodismo Español– demostró que no se duerme en los laureles al aseverar: “No hay mejor forma de aprender que hacerlo jugando”.

Pues el videojuego –que nació, dedicado al tenis, en 1958– ya no cumple hoy únicamente –pese a ser claramente un medio de masas– ese vilipendiado cometido llamado evasión. A pocos nos extraña hoy que en más de una asignatura (Educación Física es el caso más notorio) el videojuego se haya convertido en un recurso educativo de vital importancia. Incluso en el ámbito universitario podemos encontrar útiles aplicaciones de este dispositivo electrónico: no hay más que pensar en una carrera científica como la Economía, y, por extensión, en la ardua situación actual (crisis mundial). ¡Cuántas nuevas vías se abren para experimentar sin riesgos añadidos!

Se ha hablado mucho del tratamiento explícito, en el sector, de contenidos inapropiados (violencia, sexo, maltrato…), así como de otras dificultades ineludibles, tales como los problemas de integración social ocasionados por el exceso de uso. Pero no es menos cierta la importancia que posee el videojuego en la (incesante) formación del personal médico. No en vano –como recordó Rubio basándose en los “Archives of Surgery” (2007)–, los cirujanos que utilizan videojuegos frecuentemente son un 27% más rápidos y cometen un 37% menos de errores que los que no juegan. Del mismo modo, la videoconsola (creada, por cierto, en 1974) y el ordenador son útiles para superar trastornos psicológicos, adicciones y accidentes (rehabilitación), entre otros traumas. Así las cosas, la edad media de los usuarios ha aumentado a los 35 años, algo impensable en la década pasada.

Este feliz contraste (el videojuego visto como una poderosa herramienta en el área real) también se materializa en la empresa (donde se crean actualmente no pocos espacios de ocio) y, evidentemente, en la familia. En ese sentido, el 35% de padres juegan con sus hijos al videojuego. Un pretexto ideal para comprobar los contenidos que alimentan las mentes infantiles. Para solucionar sus dudas. Para enseñarles –y para aprender– divirtiéndose.

En fin, como diría Aute (esta vez en boca de un lúdico –que no ludópata– Ángel Rubio), “Quien pone reglas al juego, / se engaña si dice que es jugador: / lo que le mueve es el miedo / de que se sepa que nunca jugó”.



Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 30/11/09)