Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
-Correo: acebobello@gmail.com
-Instagram: @hectoracebo
-Twitter: @HectorAcebo
Mostrando entradas con la etiqueta Musas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Musas. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de julio de 2013

Dedicatorias

La dedicatoria de un libro es, según Borges, “(…) el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre”. No le falta razón al maestro. En mi obra poética, desgraciadamente, ciertas mujeres que ejercieron de musas no valoraron, en última instancia, mi intención: salvarlas de las garras del tiempo. Fue ésa la razón por la cual no incluí a alguna antigua musa en la apertura de mi ópera prima, donde figuran tres personas. No sé qué ocurrirá con la dedicatoria de mi próxima obra (aún en preparación)... Tal vez siga el ejemplo de Pound, quien abrió Personae. Los poemas breves de un modo triste pero honesto: “Dedico este libro a Mary Moore de Trenton, si quiere aceptarlo”. 

Las mozas y el cántaro (1791-1792), de Francisco de Goya. Museo del Prado. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

Musa de Godard



Es bien sabido que Jean-Luc Godard, genio del celuloide, nunca ha tenido problemas de autoestima. Aun así (o quizás por eso), este creador no deja de sorprenderme. Gracias a una estupenda conversación que el periodista cultural Albert Lladó mantuvo el pasado año, en La Vanguardia, con su tocayo Galera (autor del libro Anna Karina. La princesa de la Nouvelle Vague), me acabo de enterar de lo siguiente: el autor de À bout de souffle (Al final de la escapada, 1960) llegó a publicar, en una revista, un anuncio en donde explicaba que buscaba "a una joven de entre 18 y 27 años" para convertirla en "su intérprete y su novia". Dice Albert Galera: "Su incesante inquietud intelectual unida a una increíble seguridad en sí mismo, le permitían ejecutar decisiones sin temor al fracaso. Estaba convencido que cualquier actriz que trabajara a sus órdenes caería rendida a sus pies, que la seduciría con su intelecto y con esa imagen de hombre inalcanzable. Ese anuncio público es toda una declaración de principios, un texto que hoy sería acusado de intolerable y sexista. [El anuncio debió de publicarse a finales de los 50.] Y aunque en un principio, Anna Karina no estaba dispuesta a caer en las redes del insigne cineasta, finalmente se vio seducida por Jean-Luc Godard, el hombre que la enamoraría y educaría, y el cineasta que la convertiría en una actriz única e irresistible." Godard y sus (fascinantes) musas...

martes, 24 de julio de 2012

Una delicada lectora

Sorprendida, quizás, por los diferentes nombres propios que iluminan mi poesía, una jovencísima y delicada lectora me pregunta: "¿Qué condiciones ha de reunir una chica para que tú la eleves a la categoría de musa?". Creo que nunca nadie me había hecho una pregunta así... Adoro esa mezcla de inocencia y curiosidad. ¡Esa voracidad tiernísima!

jueves, 29 de septiembre de 2011

Mis musas bailan las canciones de Sam Cooke



Una sensación impagable: Contemplar a mis protagonistas literarias, ¡esas muchachas ágiles y de piel nacarada!, mientras bailan una canción del genial Sam Cooke. Es un trabajo arduo (hoy los más jóvenes, acostumbrados a la muestra explícita, a la evidencia, no suelen emocionarse con las melodiosas y arañantes voces de los soulmen), es un trabajo arduo, digo, pero excitante. Evidentemente, esta imaginería –tan lúdica, vibrante, sutil, voluptuosa y salvífica– tiene mucho que ver con los filmes del primer Godard (Vivir su vida, Banda aparte, El soldadito...).

Para leer un artículo que escribí hace no mucho acerca de las musas (de mis musas), pinchad aquí.

martes, 5 de julio de 2011

Otra canción de Morrison para mi musa

Para que la baile la musa de la mirada entre desvaída y penetrante:



Uno pretende, en cierto modo, que sus musas se asemejen a las mejores actrices: a aquellas sensitivas mujeres que, sin descuidar la composición de sus personajes (fantásticos, dramáticos, humorísticos…), inspiran constantemente al creador. En "Camas de hierba", uno, para expresar su hastío, su melancolía infinita, sus salvíficas ensoñaciones, sus soledades, sus relaciones con el sexo opuesto…, se apoyó en la belleza hipnótica de la mirada de Alba. ¡Ay, si hubierais divisado aquella mirada entre desvaída y penetrante! Cuando conversábamos, esta muchacha a veces parecía ausente, pero, en un repente, sus ojos –grandes, fijos, profundos– me exploraban, me increpaban, del mismo modo que un niño, en su deseo de regresar al hogar, adopta el silencio como una reacción, como una súplica… Tengo para mí que algunas noches los ojos de Alba eran como “dos nostálgicas panteras”, parafraseando a Antonio Colinas. ¡Ojalá volvieran tiempos idos!

jueves, 23 de junio de 2011

Dos espléndidos sonetos de Blas de Otero


Isabel, la protagonista del primer soneto, fue la institutriz del niño Blas de Otero. Parece ser que Blas, hechizado por los encantos de la bella Isabel, tartamudeaba (le, le...). A uno siempre le ha fascinado este verso: "(...) tu jardín tiembla en la mesa". ¡Brillos nostálgicos! ¡Mirlos!

MADEMOISELLE ISABEL

Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésa, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en ésa.

Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le... le..., oh Isabel,
Isabel..., tu jardín tiembla en la mesa.

De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa

rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
–mademoiselle Isabel– y de mi cielo.

(Blas de Otero, Ancia, 1958)

***

1923

Llueve en Bilbao y llueve, llueve, llueve
livianamente, emborronando el aire,
las oscuras fachadas y las débiles
lomas de Archanda, mansamente llueve

sobre mi infancia colegial e inerme
(jugando con los chicos de la calle
reconcentrada y tímidamente).
Por Pagasarri trepan los pinares.

Llueve en la noche triste de noviembre,
el viento roza y moja los cristales,
y, entresoñando, escucho... Llueve, llueve

en mi villa de olvido memorable
–mademoiselle Isabel–, pálida frente
de niño absorto entre los soportales...

(Blas de Otero, Que trata de España, 1964)

sábado, 11 de junio de 2011

La mirada de una musa

Me preguntan varios lectores si en realidad existen Alba, Olya, Elena o María –así se llaman las jovencísimas protagonistas de Camas de hierba (Ediciones Vitruvio, 2011), mi primer poemario–. No me incomoda esa curiosidad: yo también intento penetrar en los universos, a veces tan fantásticos, de mis literatos preferidos. A esos ávidos lectores les confieso que algunos de mis personajes, como Olya o Elena, son absolutamente ficticios. Y que otras protagonistas, como la coruscante Alba, si bien están inspiradas en muchachas de la vida real, germinan gracias a la manipulación del lenguaje. De no mediar ese proceso de matiz y claroscuro, el sentimiento podría derivar en el efectismo, en la cursilería y en el desbordamiento. Ahí tienen la explicación de por qué a veces el (pretendido) erotismo se interna en la vulgar pornografía.

Efectivamente, el retrato adquiere su esplendor en la narrativa. La poesía es, según el maestro Octavio Paz, “la otra coherencia, no hecha de razones, sino de ritmos”. En este género tan sugestivo, el lenguaje serpea, se exalta, se erotiza y vuelve sobre sus pasos: jamás sigue la línea recta de la comunicación. Rodeado de ese halo de misticismo, el vate, cuando adopta a una persona como modelo, la fragmenta, la canta, pero no la describe con total fidelidad. Maravillosamente enferma de sinestesia, la lírica trabaja con todos los sentidos, a los cuales confunde y mezcla. Así, esta Alba (que en la realidad es una muchacha abstraída, arrubiada y esbelta de caderas) copula con la música, con las metáforas, con las frases, con los silencios…, del poema.

En puridad, si bien la musa puede convivir con el poeta en la realidad, una vez forma parte de la creación, adquiere otra existencia. A esa totalidad poética se refirió recientemente Pere Gimferrer en una entrevista (revista Mercurio, enero de 2011, nº. 127): “El poema sólo triunfará como tal poema si la persona individual se convierte en una realidad absoluta en las palabras: si no, tan sólo sería un poema anecdótico, y no tendría más valor que el privado”. Robert Desnos, por su parte, escribió un fulgoroso verso que también le iría como anillo al dedo, en su calidad de musa, a la joven Alba: “Tanto he soñado contigo, que pierdes tu realidad”.

Uno pretende, en cierto modo, que sus musas se asemejen a las mejores actrices: a aquellas sensitivas mujeres que, sin descuidar la composición de sus personajes (fantásticos, dramáticos, humorísticos…), inspiran constantemente al creador. En Camas de hierba, uno, para expresar su hastío, su melancolía infinita, sus salvíficas ensoñaciones, sus soledades, sus relaciones con el sexo opuesto…, se apoyó en la belleza hipnótica de la mirada de Alba. ¡Ay, si hubierais divisado aquella mirada entre desvaída y penetrante! Cuando conversábamos, esta muchacha a veces parecía ausente, pero, en un repente, sus ojos –grandes, fijos, profundos– me exploraban, me increpaban, del mismo modo que un niño, en su deseo de regresar al hogar, adopta el silencio como una reacción, como una súplica… Tengo para mí que algunas noches los ojos de Alba eran como “dos nostálgicas panteras”, parafraseando a Antonio Colinas. ¡Ojalá volvieran tiempos idos!

Volviendo al proceso creativo de Camas de hierba, yo pretendía que mi universo evocador alcanzase su clímax en el elogio de unos níveos y curvos muslos (“son como dos camas de finísimas hierbas”) enfundados en la estrechez de los shorts vaqueros. Los muslos de una muchacha inquieta, en contraste con cierta sociedad gangrenada que hace bandera de su ruindad, de su doble moral, de su envidia, de su chismorreo, de su espíritu provinciano (varios de mis poemas están ambientados en el occidente asturiano y en el noroeste lucense). Para fraguar con fruición las danzas, los desdoblamientos, los juegos, las miradas, las apariciones, los purificadores ritos, las suspensiones del quehacer cotidiano, las travesuras…, yo necesitaba tener presente en mi magín una chica sensible, refinada, deslumbrante, misteriosa y elástica. El ensimismamiento y la voluptuosidad de Alba fueron determinantes, sin duda, para que uno no cejase en su empeño. Debió de ser en una de esas excitantes representaciones, en una de esas elevaciones de hipérbaton, cuando la huidiza chica perdió definitivamente su realidad… O cuando uno levantó las vedas de la memoria, consiguiendo cambiar su percepción de las gentes, su relación con los rincones más cotidianos… ¡Tentativas de salvación! ¡Melancolías de la mocedad! ¡Huidas del terrorismo cotidiano! ¡Miradas y susurros al borde de la piscina! ¡Esbeltas caderas!

El siguiente poema, “Novia de nadie”, acaso condense el ludismo desmitificador, por distante e irónico, que uno heredó de Cummings o del primer Martínez Sarrión (quien, por cierto, me permitió escribir Camas de hierba bajo su tutela: siempre le estaré agradecido):
¡Pero cómo voy a perder
yo el tiempo escribiendo
para camelarte!
Mi intención única
es que, al verte pasar,
algunos de tus profesores
exclamen
(a medio camino
entre la excitación
y la pavura):
“¡Ahí va Alba,
la novia de nadie!”
.

(La Comarca del Eo, 11/06/2011)