Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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lunes, 11 de marzo de 2013

La delicadeza

Me dice, vía Twitter, una lectora: "La delicadeza a menudo se confunde con debilidad y se menosprecia o, aun peor, se ridiculiza". ¡Cuánta razón!

sábado, 29 de diciembre de 2012

Una respuesta justa

Ayer, en Twitter. El novelista Juan Cruz, adjunto a la dirección de El País, escribe: "Ojalá que 2013 sea mejor que 1898." Y el escritor y profesor Luis Arias Argüelles-Meres le responde: "Paralelismos sí que hay. Pero nos faltan intelectuales libres e independientes como aquéllos y periódicos no cortesanos." Una respuesta muy justa la del autor asturiano. Tan justa que no precisa, creo yo, de ninguna acotación...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Estoy en Twitter

Acabo de inaugurar mi cuenta en Twitter: @HectorAcebo

También me podéis seguir, pues, en dicha red social.

martes, 30 de agosto de 2011

Brotes de fascismo

Una agrupación de Plataforma per Catalunya (PxC) proponia recientemente, en su perfil de Facebook, liquidar a los imanes para "acabar con el problema de esa gentuza". Constato que ciertos extremistas no reconocen su repugnante odio. Así, en una noticia digital relacionada con el asunto, un lector opina lo siguiente: "PxC no son xenófobos: sólo quieren preservar el territorio español de excesos migratorios". ¡Qué miedo le dan a uno estos brotes de fascismo!

lunes, 2 de mayo de 2011

Vocabulario bélico en tiempos de paz

Leo, por enésima vez, en el nick del Messenger de algún colega, de algún antiguo compañero de la Facultad de Ciencias de la Información, una frase de este calibre: “¿Cansado? No, lo siguiente [el subrayado es mío, H. A.]”. ¿Qué tiempo es éste en que a un comunicador le da vergüenza o pereza escribir con rigor? ¿Por qué no utiliza el adjetivo exhausto (o extenuado) para definir un absoluto agotamiento? A estas alturas no sé de qué me sorprendo: cuando, en una ponderación, empleo potentes calificativos (tales como morrocotudo, colosal u homérico), algunos colegas se sienten extrañados, me miran con rechazo, fruncen el ceño…

Tuve hace no mucho un paradójico debate con una fémina de mi generación… (Permítanme que quiebre el discurso para hacerles una pregunta: ¿Han advertido en el enfoque de esta última oración algún matiz anormal? Reflexionen.) Aquella compañera me reprochó la utilización –en un trabajo universitario– del sustantivo fémina, argumentando que éste desprendía machismo. Me quedé atónito. Y recurrí al diccionario de la RAE (vigésima segunda edición) para mostrarle la única acepción de tal término:

1. mujer (persona del sexo femenino).

Mi compañera no admitió su error. E, inmediatamente, busqué un sinónimo de mujer que siempre consideré machista: hembra, cuyas dos primeras acepciones son las siguientes:

1. Animal del sexo femenino.
2. mujer (persona del sexo femenino).

En esta palabra hay, evidentemente, un matiz sexista, una animalización… A mi entender, fémina es, junto a dama, el sinónimo más próximo o adecuado para referirse al sexo opuesto, sin distinción de edad (si no, hablaríamos de niña, de señora, de señorita…). De la misma forma que varón y caballero son acaso las palabras más equiparables a hombre. Todos estos intentos, en fin, sólo sirvieron para reafirmar mis argumentos: la chica seguía en sus trece.

¿Qué tiempo es éste –pensaba yo al leer cierto nick del Messenger– en que a un comunicador le da vergüenza o pereza escribir con rigor? ¿No deberíamos dar ejemplo a las nuevas generaciones, quienes, acaso por influjo de la televisión, recurren más que nunca al insulto (hijoputa, maricón, gilipollas…) para demostrar odio o… ¡cariño!? En ese último sentido, recuerdo que los protagonistas republicanos de La lengua de las mariposas (la emotiva película de J. L. Cuerda inspirada en el relato de Manuel Rivas) denominaban, entre lágrimas, asesino o cabrón a un maestro –de esa misma ideología– condenado. La única diferencia es que aquéllos tenían vedado –tras el derrocamiento del régimen legal y democrático– el acceso a las palabras: a la poesía, al pensamiento, a la vida…



La Noche Americana,
1/5/2011

viernes, 29 de abril de 2011

Una definición honesta

Manuel Mañero, un apreciado colega, escribe sobre mí en su Twitter:
"Héctor es sencillamente incomparable. Cuando bebía, en vez de babear sobre borrachas, recitaba versos y hablaba de futbolistas de los 90."

Muy pocas veces me han definido de un modo tan honesto. Sin ambages.

Desde esta humilde tribuna, le agradezco al periodista Mañero (que ha hablado varias veces de mi ópera prima, Camas de hierba) todo su apoyo. Y le recuerdo –él sabe por qué– aquellas atinadas palabras que escribiera Manuel Vicent sobre Pep Guardiola:
"Existen dos clases de futbolistas: los que en el campo sólo ven piernas y los que sólo ven espacios. En su tiempo, Guardiola fue un futbolista sintético, que ahorraba tres jugadas con un solo pase."

domingo, 28 de noviembre de 2010

César Antonio Molina también critica la prevalencia de la información sobre el conocimiento


Me alegra toparme con un artículo de César Antonio Molina (El País, 25/11/2010) que incide en las tesis que yo mantuve en mi texto "Internet, la creencia pararreligiosa", publicado un día antes. Merece la pena resaltar este párrafo escrito por el literato y ex ministro de Cultura:

La cultura humanista está hoy abandonada por jóvenes entregados al becerro de oro de las redes de comunicación. Cualquier respuesta la obtienen -o creen obtenerla- allí, en el poder cada vez mayor de la información sobre el conocimiento. O, si se prefiere, en el poder cada vez mayor de la economía sobre la cultura. Las industrias de lo imaginario, del entretenimiento, se alzan sobre los valores del espíritu, la meditación, la reflexión. Lo útil sobre lo inútil. La cultura se convierte en industria, en la forma de un complejo mediático-comercial que es el motor del crecimiento de las naciones desarrolladas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Vocabulario bélico en tiempos de paz

Leo, por enésima vez, en el nick del Messenger de algún compañero de la Facultad de Ciencias de la Información una frase de este calibre: “¿Cansado? No, lo siguiente [el subrayado es mío, H. A.]”. ¿Qué tiempo es éste en que a un comunicador le da vergüenza o pereza escribir con rigor? ¿Por qué no utiliza el adjetivo exhausto (o extenuado) para definir un absoluto agotamiento? A estas alturas no sé de qué me sorprendo: cuando, en una ponderación, empleo potentes calificativos (tales como morrocotudo, colosal u homérico), algunos colegas se sienten extrañados, me miran con rechazo, fruncen el ceño…

Tuve hace no mucho un paradójico debate con una fémina de mi generación… (Permítanme que quiebre el discurso para hacerles una pregunta: ¿Han advertido en el enfoque de esta última oración algún matiz anormal? Reflexionen.) Aquella compañera me reprochó la utilización –en un trabajo universitario– del sustantivo fémina, argumentando que éste desprendía machismo. Me quedé atónito. Y recurrí al diccionario de la RAE (vigésima segunda edición) para mostrarle la única acepción de tal término:

1. mujer (persona del sexo femenino).

Mi compañera no admitió su error. E, inmediatamente, busqué un sinónimo de mujer que siempre consideré machista: hembra, cuyas dos primeras acepciones son las siguientes:

1. Animal del sexo femenino.
2. mujer (persona del sexo femenino).

En esta palabra hay, evidentemente, un matiz sexista, una animalización… A mi entender, fémina es, junto a dama, el sinónimo más próximo o adecuado para referirse al sexo opuesto, sin distinción de edad (si no, hablaríamos de niña, de señora, de señorita…). De la misma forma que varón y caballero son acaso las palabras más equiparables a hombre. Todos estos intentos, en fin, sólo sirvieron para reafirmar mis argumentos: la chica seguía en sus trece.

¿Qué tiempo es éste –pensaba yo al leer cierto nick del Messenger– en que a un comunicador le da vergüenza o pereza escribir con rigor? ¿No deberíamos dar ejemplo a las nuevas generaciones, quienes, acaso por influjo de la televisión, recurren más que nunca al insulto (hijoputa, maricón, gilipollas…) para demostrar odio o… ¡cariño!? En ese último sentido, recuerdo que los protagonistas republicanos de La lengua de las mariposas (la emotiva película de J. L. Cuerda inspirada en el relato de Manuel Rivas) denominaban, entre lágrimas, asesino o cabrón a un maestro –de esa misma ideología– condenado. La única diferencia es que aquéllos tenían vedado –tras el derrocamiento del régimen legal y democrático– el acceso a las palabras: a la poesía, al pensamiento, a la vida…



Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 10/02/2010)

lunes, 7 de diciembre de 2009

El estado insensible

Según la RAE, el estado, en su primera acepción, hace alusión a la “situación en que se encuentra alguien o algo, y en especial cada uno de sus sucesivos modos de ser o estar”. En el otro terreno, el de las nuevas tecnologías (Messenger; Facebook, Tuenti y demás redes sociales), el estado conserva su auténtico significado. Y se representa con un casilla o un espacio (el relleno es voluntario) al lado del nick (alias), pseudónimo o nombre del contacto correspondiente.

En los últimos tiempos, he recopilado (¿para qué ocultar el tedio?) algunos de los estados más groseros de contactos varios. Tras haber adecentado la ortografía, me permito el lujo de reproducirles una muestra que no tiene precio:

Si tuviera polla, vendrías a chupármela.
Vais a comerme todos el pollo.
Los ritmos son como las mujeres: o las pillas rápido y les das caña… o corres el riesgo de ser su amigo.
Hoy es noche de sexo: voy a devorarte, nena linda.

Dando por hecho que estas frases (sean elaboradas, plagiadas o citadas: poco me importa) representan el pensamiento o los “sucesivos modos de ser o estar” de sus individuos, a uno se le cae el mundo encima. Y más teniendo en cuenta que las tres primeras expresiones, terriblemente machistas, están escritas por sendas féminas. Si la igualdad consiste actualmente en dar la vuelta a la tortilla hasta caer –como los machos ibéricos– en la vulgarización más abyecta, yo me he quedado anclado en una época aparte.

Y, acaso por culpa de ese anclaje, a una gran parte de mis coetáneos les rechinan (o no entienden, ni hacen ningún esfuerzo por entender) los musculosos versos ajenos que utilizo en las redes sociales para embellecer el ancestral don del lenguaje, para huir del terrorismo cotidiano que preconizan la prensa rosa y esa pugna –nótese que no digo comunión– entre penes y vaginas llamada perreo o reggaeton:

Estamos en derrota, nunca en doma (Claudio Rodríguez).
Como el sentimiento es lo primero / quien preste atención / a la sintaxis de las cosas / nunca te besará completamente (e.e. cummings).
Contemplé tanto la belleza, / que mi visión le pertenece (Kavafis).
Tiempo en profundidad: está en jardines (Jorge Guillén).
Tengo una gran distracción animada (Pessoa).

Si me permiten la osadía, un trabajo voluntario como el mío debería merecer al menos una caricia de muchacha trigueña. Desgraciadamente, la realidad me dice que cada vez está más en desuso ese término (caricia: qué dulce suena al oído) entre el paupérrimo vocabulario de las nuevas generaciones…





Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 7/12/09)