Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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jueves, 30 de julio de 2015

Rodrigo García, gran cantautor, me cita en su blog

En una reciente entrada de su blog, el admirable Rodrigo García​ (cantautor de alturas, soberano guitarrista y fundador del mítico grupo Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán​) cita una expresión —"críticos cítricos"— extraída de mi poema Desafío, y añade las siguientes palabras, tan generosas: 

"Esta intencionada y sagaz pirueta fonética la traigo otra vez de un bello aunque breve libro de Héctor Acebo, a quien me propongo visitar algún día en sus dorados y bucólicos predios. Que en ello Alá me asista" 

¡Qué honor el mío! 

Para leer la entrada completa de Rodrigo García, titulada "Discrepancia de 'lo establecido", pincha aquí. 

Pinchando aquí, puedes leer otro texto de Rodrigo ("El emblema pendiente"), previo al anterior, en el que cita también la paronomasia "críticos cítricos". 

Muy agradecido al maestro Rodrigo, a quien espero en mis predios. 


Rodrigo García, junto a un servidor, en Madrid. Fotografía de Emilio Acebes.

jueves, 21 de mayo de 2015

La "Señora azul" de Santiso

La letra de esta canción —que el maestro Rodrigo García escribió pensando en los críticos musicales mediocres— me recuerda a la inepta alcaldesa de mi Santiso de Abres natal, Goretti Quintana Rey (PP): 


SEÑORA AZUL
Señora azul, que sin contemplación,
desde la cima de tu dignidad
vas a imponer tu terca voluntad
y, con tu opinión, medir nuestro criterio.

Señora azul, que ciega la razón,
dejas sentir tu olímpico desdén;
es sugestión tu alarde de saber,
tu realidad es sólo confusión.
Tú no puedes apreciar con propiedad
el color de la cuestión,
porque desde la barrera sueles ver
toros que no son y parecen ser.
Señora azul, de vicio criticón,
sin dar la talla de profesional,
señora azul, ¡qué lastima nos das!:
la mediocridad está en tu corazón.
Tú no puedes apreciar con propiedad
el color de la cuestión,
porque desde la barrera sueles ver
toros que no son y parecen ser.
Señora azul,
señora azul, que sin contemplación,
desde la cima de tu dignidad
vas a imponer tu terca voluntad
y, con tu opinión, medir nuestro criterio.
Señora azul, sabemos tu intención,
la frustración que te hace obrar así;
señora azul, ¡qué lastima nos das!:
la mediocridad está en tu corazón. 

(Rodrigo García)

sábado, 14 de marzo de 2015

La gentileza de Rodrigo García

En La primera vez... que no perdí el alma, encontré el sexo (Sial-Pigmalión, 2015), antología colectiva coordinada por el vate Antonino Nieto, tengo el honor de compartir espacio con creadores admirados. A uno de esos autores, Rodrigo García (fundador del mítico grupo Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán), lo cité gustosamente en la selección de mis poemas antologados. El reconocimiento creo que es merecido: bajo el influjo de la sensorial canción rodriguiana Una gitana como tú, comencé a escribir mi micropoema Marina, incluido en la obra colectiva; no en vano, mi poesía se abre con "Viéndote tan descalza (...)", variación de esta frase de Rodrigo: "Después de haberte visto tan descalza y de fuego (...)". Pues bien, anteayer, el querido cantautor, multiinstrumentista y literato sevillano me dedicó —tras haber descubierto mi homenaje impreso— hermosas palabras, las cuales, desde luego, me honran. Agradecido, reproduzco aquí el texto completo del maestro Rodrigo, publicado en Reflexiones del Hipocampo, su propia bitácora: 

EL DIVINO TIEMPO LIBRE 
No pretende perpetrar magnicidio alguno. Ese criminal propósito lo deja: 
A los senadores de Roma, que conspiran contra César, aquél cuya gallardía no teme, antes desprecia, a los Idus de Marzo.
A los visionarios radicales que, amparados con cobardía en la multitud, causarán en Sarajevo un casi pretexto para una Gran Guerra. 
A un francotirador asesino que trunca en Dallas la trayectoria estelar de un presidente cuya memoria deviene imborrable. 
No. 
Lo que ese instantáneo destello, lo que la punta de acero de esa saeta avisa, es tan sólo el delicado reconocimiento que, con su cita, expresa el joven poeta de Santiso de Abres (fino adorador de féminas) hacia unas palabras que hilvanó en los 80 (el bullicioso cerebro debajo de la entonces rizada fronda capilar) un cierto cantautor de semioculto aunque insobornable destino; y del que acaso haya quien no apruebe por completo su apenas enrocamiento rockero, su marcada preferencia, contra la estridencia, de un sonido limpio, cuando ha tañido su personal eléctrica de perro verde y andaluz. 
Aquiles, ante las murallas, clamaba su reto a Héctor. 
En otro siglo, con muy otra estatura y otro evidente ánimo, declaro aquí mi propio talón de ceremoniosa gratitud. 
(Se trataba de esto, solamente. Pero es lo que tiene el divino tiempo libre.) 

Para leer la entrada desde el blog de Rodrigo García, pincha aquí. 

Desde aquí puedes leer otra reciente entrada de Rodrigo en la que me menciona gentilmente, hablando precisamente de su participación en la nueva antología de Antonino Nieto.

Pinchando aquí, puedes seguir a Rodrigo en su página pública de Facebook.

Servidor, junto al maestro Rodrigo García. Madrid, octubre de 2013. 

martes, 9 de diciembre de 2014

Cayetana Guillén Cuervo, retratada por Rodrigo García

Rodrigo García —cantautor de alzada, fundador de los míticos grupos Solera y Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán— escribió recientemente acerca de la belleza encarnada y transmitida, en calidad de presentadora, por Cayetana Guillén Cuervo: 
(...) esa mujer nos ofrecía una impecable visión lateral: la melena de cariátide cayéndole por la espalda de recta, sin ser rígida, posición; el vestido sobrio, el compás grácil de las piernas, el tacón fino. Un controlado, académico sosiego de conjunto, de gestos en reposo.
Estamos ante una descripción esplendente, plena de matices sugestivos, propia de quien ha escrito algunas de las letras más poéticas ("Sólo pienso en ti", "Victoria", "Laura", "Mensaje en clave"...) del cancionero amoroso español. 

Para leer la entrada en la que Rodrigo habla de Cayetana Guillén Cuervo, pincha aquí.

La actriz y periodista Cayetana Guillén Cuervo, en el plató de "¡Atención obras!", programa cultural que actualmente presenta en La 2.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Rodrigo García me convierte en personaje de un relato

Qué honor: Rodrigo García —fundador de los míticos grupos Solera y CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán)— me convierte en personaje de un sardónico microrelato. Reproduzco el hermoso texto, que el maestro publicó anteayer en su propia bitácora: 

CASO SIN RESOLVER

Entre las confidencias, entre las caricias del amor, el hombre repetidamente ya la había advertido:

—Un día, te comeré.

Andando el tiempo, cuando las autoridades diligentes rastreaban cualquier indicio, cualquier pista que ayudar pudiera al esclarecimiento de la misteriosa desaparición de la mujer, no faltó algún vecino curioso y oficioso que comentase cómo le había llamado la atención, de siempre, la misantropía del, por el momento, único sospechoso; de sus costumbres reservadas, introvertidas, de su silencio, su inusual bata blanca de cirujano (que podría ser también la de un descuartizador carnicero).

En los anales de la apacible y pequeña ciudad ha quedado relatado el extraño caso, que los más conspicuos investigadores imposiblemente desentrañarán, jamás, ni siquiera cuando hayan recabado el apoyo del minucioso, aunque lírico, H. Acebo, de acendrado origen medio céltico y rapsoda a sus horas. 

Rodrigo García Blanca, Reflexiones del Hipocampo, 17/12/2013  


Junto al admirable músico Rodrigo, que ha publicado ya tres libros de misceláneas: Verde Veronés, El sello de la casa y Armis et Litteris. La imagen nos la tomó Emilio Acebes en Madrid el paso mes de octubre.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Rodrigo: el hombre que ama a las mujeres

En su último disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, el legendario Rodrigo García (fundador de Solera y de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán) hace gala de su exquisita sensibilidad para retratar la geografía femenina. Las nuevas canciones de Rodrigo son tan sólidas, que se imponen a una producción modesta. 
El cantautor Rodrigo García. Fotografía de Emilio Acebes.

Un antiguo amor tenía piernas “de joven y gentil esquiadora”. Una actriz, tenaz conquistadora, parece, en el lecho, una “niña desvelada”. La voz de aquella parisina es “como un rumor de tibio palomar”. Cierta modelo, a través de sus ojos, manda mensajes “a sus feligreses”. Una enredadora ponía en sus labios “una frontera”, a fin de “impedir el amor”… En su nuevo disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, Rodrigo García Blanca —fundador de los míticos grupos Solera y CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán), autor de himnos como “Sólo pienso en ti”, “Señora azul” o “Linda prima”…— vuelve a demostrar que su mirada es tan sinuosa como la anhelada geografía femenina. Con razón el periodista Darío Vico, recordando a Ana, a Victoria y a otros personajes de la ópera prima del sevillano (Canciones de amor y sátira, 1975), escribió: “Parafraseando a aquella deliciosa película, Rodrigo era, en el pop español, El hombre que amaba a las mujeres [L'homme qui aimait les femmes, François Truffaut, 1977]”. Creo que la comparación con ese título fílmico puede extenderse a toda la obra rodriguiana, plagada de tributos a furtivas jovencitas y a elegantes señores: así pues, el melenudo y apuesto músico es, en tiempo presente, El hombre que ama a las mujeres.
Portada del quinto álbum de Rodrigo
Portada del ultimo disco de Rodrigo García,
V. Curiosas fijaciones en la vocación
irremediable y otros conflictos.
Por supuesto, el amor (frecuentemente tornado erotismo) es la temática que más se repite en el último trabajo de Rodrigo, compuesto por veinte canciones inéditas. Pero el sexagenario compositor también desliza su mirada sinuosa sobre las hazañas de un pirata y sobre la muerte. Una canción de Rodrigo, lleve o no su heterodoxa voz —Karina, Manolo Galván, Fernando Márquez, Bulldog, Amistades Peligrosas, Enrique Urquijo, Miguel Bosé, Javier Bergia, Alejo Stivel, Los Brujos…, han interpretado baladas o medios tiempos suyos—, es fácilmente discernible al primer golpe de escucha. Guste o no, el estilo del exSolera posee unas peculiaridades acusadísimas (y pondré sólo ejemplos tomados de su último álbum, el quinto como solista): la habilidad para retratar el paisanaje a través del paisaje (“No viene en los mapas la isla en que vive / Morgan, con su tropa de filibusteros”), el empleo de poderosas imágenes (“tu mirada profunda, / desconocida y grave, / danzará en las candelas / de todos mis altares”), la socarronería (“Yo no sé si esta noche de calor / el bochorno se extiende a Andalucía, / que es posible que el clima esté mejor / con la cosa de las autonomías”)… y, algo tremendamente complejo, el sincretismo. Porque Rodrigo es un creador de atmósferas y cadencias que integran sabiamente serenidad y tristeza, júbilo y nostalgia, cotidianeidad y gotas de fantasía… Valga como muestra “Mi rincón”, la composición más añeja del disco —data, me confiesa el autor, de 1976— y una de las más hermosas, en donde un finado habla desde su tumba: “Para mi rincón cesaron las visitas / de amigos, enemigos, neutrales y familia: / un siglo es un momento para nadie / y nadie queda al fin en mi rincón”. La ausencia de una segunda voz aporta, si cabe, mayor credibilidad al texto, cuyo tono es mágico, sí, pero, al mismo tiempo, confesional (a mí me recuerda a la integral narrativa de Borges, quien es, por cierto, uno de los literatos predilectos de Rodrigo). Además, el sonido del acordeón —sobresale al inicio y al término de la pieza— agrava la plácida tristeza, sensación implícita tanto en la letra como en la (lenta) melodía. En fin, éstos son algunos de los rasgos que conforman el sinuoso estilo de Rodrigo.

Rodrigo gesta sus últimos trabajos con escasos medios materiales; V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos es un CD autoeditado y autodistribuido (aquellos que deseen adquirirlo, deberán escribir a esta dirección: irenegbueno@hotmail.com). En el despegable que acompaña al disco, el legendario autor aborda sin miramientos esa realidad áspera:
La ceguera, cuando no la mediocridad o incluso la envidia, de muchos ‘ejecutivos’ y similares, me vienen trayendo a la tesitura de ser yo mi propio mecenas y correr los descalabros ciertos de la autofinanciación. El dinero que, con temeridad y de manera incomodísima, se pierde en estos trances no es sino el precio de una muy especial satisfacción que esos miserables desconocen; y el de un tributo que mi gratitud quiere deber a las personas que, con fina atención, han sabido apreciar y comprender mi labor a través de estos años. Con esmerada cortesía, mando a la mierda a tantos ceporros que pudren las iniciativas (de toda clase) en este país llamado España y muy merecedor de mejor suerte.
Esas limitaciones materiales explican que Rodrigo sea el único instrumentista de su quinto disco. Claro que la decisión de tocar casi exclusivamente el (camaleónico) teclado responde a una limitación física, de la que hablaré hacia el final de este artículo. El caso es que el exCRAG sólo cuenta con las sabrosas armonías vocales de Esmeralda Grao y, ya en el apartado de sonido, con la colaboración del curtido Joaquín Torres, en cuyo estudio grabó Rodrigo parte del CD. Pues bien, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos suena bastante convincente, aunque carezca del fulgoroso acabado de algunas otras obras rodriguianas —en los antípodas, estaría el segundo LP del artista, Rodrigo (1980), con unos arreglos sugestivos, ensoñadores…, por no hablar del único y homónimo álbum de Solera (1973) o del debut de CRAG, Señora azul (1974)—. Afortunadamente, aquí Rodrigo apenas recurre a las enlatadas trompetas (a mí siempre me resultan chillonas) que prorrumpían en varias piezas de su anterior y escueto disco, El jefe (2006). En efecto, en una balada romántica el peso instrumental recae cómodamente sobre el piano (impulso genésico del dramatismo), y precisamente este estilo, la balada, predomina en el actual trabajo de Rodrigo, con lo que el sonido —al emanar de otro instrumento de teclas, al no tener que camuflarse en demasía— resulta, en conjunto, menos desnaturalizado. Confieso que las trompetas sólo me resultan demasiado afectadas en “Seguir adelante”, despechado tema que parece, por su tratamiento, una especie de marcha procesional. En “El capitán Morgan”, también hay simulacros de viento, pero éstos son suavizados, armónica y melódicamente, por el sonido del teclado: sabia decisión.
El último repertorio de Rodrigo, al poseer un envoltorio mínimo —blanca lencería—, muestra de forma muy evidente sus atributos, que son tersos y esbeltos: como piernas de muchacha. Obviamente, no podemos afirmar que Rodrigo convierte la necesidad en virtud, ni maldita falta que le hace. Y es que sus regustos latinos (“Besos con sordina” y “El capitán Morgan”), su lúdico country (“Mensaje en clave”), su entregado folk galaico (“Mientras quede Ribeiro”), su tenso rock and roll (“La miel en los labios”), su aproximación jazzística (“Ajedrez”), sus carnales baladas (“De Madrid”, “En mi propio nido”, “Amor gitano”, etcétera)…, son composiciones tan sólidas que mantendrían la eficacia expresiva aunque estuvieran interpretadas únicamente con una guitarra, del mismo modo que mantienen la eficacia aun estando cercanas, por sus arreglos, a una maqueta. Esas armonías imaginativas, esas melodías intensas, esas letras con coloración lírica o satírica…, suponen un golpe mortal contra muchas producciones que pretenden ocultar la mediocridad bajo ropajes fastuosos. Mal que les pese a algunos, el basamento de un disco es el repertorio. Aunque no es menos cierto que una obra generalmente gana en matices cuando está grabada con los medios necesarios…
CRAG
Señora azul, la ópera prima de Cánovas,
Rodrigo, Adolfo y Guzmán,
grupo mítico del pop español.
En España, Rodrigo ocupa un espacio casi inédito a medio camino entre los sutiles trovadores y los poperos de alto vuelo. En los 70, la crítica encuadró a Solera y a CRAG —junto a Vainica Doble o a Cecilia— en la “tercera vía”, corriente del pop español nutrida de letras elaboradas, de melodías sugerentes pero accesibles (otra cosa bien distinta es que, por ejemplo, Hispavox no promocionara lo suficiente LPs como Solera o Señora azul) y de arreglos inspirados, las más de las veces, en el folk norteamericano. El Rodrigo solista, sin perder de vista ese equilibrio literario-musical, emplea diversos moldes —rock, reggae, vals, pasodoble, salsa, bolero…— y bucea en los hontanares de sus pasiones, sacando a la superficie composiciones descriptivas y voluptuosas, de manera que resulta difícil etiquetar su obra…
“De Madrid” representa magníficamente la peculiar manera que Rodrigo tiene de entender la música popular. En esa preciosa canción, al igual que en otras muchas, el autor opta por prescindir de la secuencia del estribillo: de ese modo, resuelve con mano firme la dramática historia y perfila los rasgos de los personajes —Rodrigo es un maestro del retrato— en cuatro minutos y medio, sin traicionar, por tanto, el espíritu inmediato del pop. Y no echamos en falta el estribillo, pues la parte más rítmica de la melodía (aquélla que se repite llegando al último minuto de la balada) acentúa el imperante desgarro.
He puesto un ejemplo representativo pero no excluyente. Quiero decir que otros muchos hermosos temas de Rodrigo sí se benefician de la fórmula del estribillo. Sirva como muestra “En mi propio nido”, en donde un timorato pianista vive una aventura con una pizpireta actriz: “Cómo puedo sentirme solo, / cómo puedo estar aburrido / si este hermoso animal insiste / en cazarme en mi propio nido”. Ese estribillo, verdaderamente rico, no sólo encierra la esencia del tema —fogosidad teñida de turbación—, sino que también cumple una importante función narrativa. Me explico. Las primeras estrofas de la pieza relatan, en pasado, los inaugurales acercamientos entre los amantes, y la reiterada cláusula —cantada en presente— revela que la relación se mantiene en el tiempo. Además, durante esa parte de la canción, el ritmo se acelera notablemente, surgiendo el necesario contrapunto a unas estrofas y a unas armonías extremadamente descriptivas. Por todo esto, Rodrigo semeja al poliédrico cineasta que concentra varios planos en un travelling.
En puridad, Rodrigo —mago del lenguaje, melodista de alzada— no se ciñe por inercia a una estructura: dependiendo de las ideas y de los sentimientos que pretende transmitir, busca soluciones formales de largo alcance. Y por supuesto, adoptando cualquiera de sus papeles —romántico feroz, retratista en celo, galán desde la distancia, dulce presa, poeta despechado…—, consigue que un estilo como la balada, sin dejar de ser popular, adquiera una pátina de refinamiento. Quizás debido a ese carácter renovador, aun sabiendo de la ductilidad musical del autor, me he detenido en dos baladas suyas…
Rodrigo García, en un concierto que ofreció
como solista en la madrileña Sala Clamores.
La última aventura de los guadianescos CRAG duró unos tres años, concluyendo allá por 2008 (es decir, poco después de la publicación de El jefe), pero hacía ya tiempo que Rodrigo, por voluntad propia, permanecía alejado de la escena musical. Conviene recordar que el andaluz es multiinstrumentista y que su singular guitarra fue una de las más solicitadas del pop ibérico de los 70 y los 80 —colaboró, en directos y/o sesiones de estudio, con su expareja Karina, con José y Manuel (quienes luego serían, junto a Guzmán, sus compañeros en Solera), con Mari Trini, con Juan Pardo, con Mocedades, con Rocío Jurado, con el Dúo Dinámico…—. Por mor de la artrosis, Rodrigo ha tenido que ir abandonando las cuerdas; aun así, en los dos temas más rítmicos de V. Curiosas fijaciones…, nos regala provechosos pasajes eléctricos; a mí me encantan los entrecortados acordes de “La miel en los labios”: tengo la impresión de que en ese rock su amado instrumento desprende esquirlas de deseo, igual que en “Rondar de madrugada” (memorable momento de su homónimo LP).
Sin obviar las comentadas limitaciones físicas y materiales, uno, inevitablemente, imagina cómo sonaría la lúbrica guitarra de Rodrigo en canciones tan redondas como “Besos con sordina” (cuyos arreglos son verdaderamente urgentes) o “Amor gitano” (su final, conquistado a través de un ritmo progresivo, pide que un instrumento se desmelene tanto como los amantes protagonistas).
Como muchos de sus versos, el título del quinto trabajo de Rodrigo parece apuntar a más de una dirección (la irremediable vocación de amar, la de componer…), pero, en cualquier caso, nos revela a un hombre ilustrado, inquieto e hipersensible. Un hombre que ha nacido para adorar, más que para querer; para admirar, más que para mirar; para acariciar, más que para tocar al uso… Ninguna amante manipuladora, ningún locutor manipulable, ningún ejecutivo todopoderoso…, es capaz de diluir tanta belleza. Y el maestro —creo yo— lo sabe. Quizás por eso se atreve a mostrarnos, sin ropajes ni accesorios, su repertorio.
Este artículo mío se publicó originalmente en La Huella Digital, 14/12/2013.

El músico Rodrigo García y un servidor, en Madrid. Fotografía de Emilio Acebes.

lunes, 21 de octubre de 2013

De un antiguo amor


"Sólo pienso en ti" es una canción que siempre me recuerda a un antiguo amor, a una inmarchitable musa. La balada, que lleva la refinada firma de mi apreciado Rodrigo García —ex integrante de Solera y de CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán)—, cuenta la historia de un pintor hechizado por su modelo: "Me pongo a pintarte y no lo consigo; / después de estudiarte lentamente, / termino pensando / que faltan sobre mi paleta / colores intensos que reflejen tu rara belleza. / No puedo captar tu sonrisa, / plasmar tu mirada, / pero, poco a poco, / sólo pienso en ti...". Miguel Bosé, Amistades Peligrosas, Enrique Urquijo, Manolo Galván..., son algunos de los conocidos artistas que versionaron este tema, pero ninguna de esas interpretaciones se acerca —creo— a la original, a la del legendario grupo CRAG.

Aprovecho para recordar que Rodrigo publicó hace escasos meses su disco V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, que él mismo distribuye. Yo estoy escuchando estos días este interesante trabajo, donde el ex CRAG saca a relucir, una vez más, su alquimia verbal y su envidiable sentido de la melodía. Si deseas hacerte con el citado álbum, escribe a este correo electrónico: irenegbueno@hotmail.com. 

Para entrar en la bitácora de Rodrigo, Reflexiones del Hipocampo, pincha aquí. 


miércoles, 19 de junio de 2013

Rodrigo: el regreso de una leyenda

Los amantes de las letras refinadas y de las melodías vibrantes están de enhorabuena. Tras siete años de silencio discográfico, Rodrigo, leyenda de la música popular española, publica un nuevo trabajo: V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos. Este disco está compuesto por una veintena de canciones propias e inéditas. 
Rodrigo, en Madrid.

Rodrigo García Blanca (Sevilla, 1947) fue fundador, al albor de los 70, de dos grupos míticos del
 pop español, hoy inactivos: Solera y CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán). En la alabada ópera prima de esta última formación, Señora azul (1974), se incluyó la composición más emblemática del músico sevillano: “Sólo pienso en ti”. Con el paso de los años, este tema sería popularizado, a un lado y a otro del charco, por intérpretes tan dispares como Manolo Galván, Guillermo Dávila, Amistades Peligrosas, Miguel Bosé, Enrique Urquijo y Los Problemas o Jerry Rivera. 

“Sólo pienso en ti”, una de las canciones bandera de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán.
De forma paralela a sus trabajos con CRAG (Solera sólo grabó, en 1973, un LP), Rodrigo ha ido cimentando una carrera solista rica y coherente. Suyos son los siguientes discos, desconocidos para el gran público, pero muy apreciados por la crítica: Canciones de amor y sátira (CBS, 1975), Rodrigo (Movieplay, 1980), Solera reservada (Fonomusic, 1987) y El jefe (Sargo, 2006).
Rodrigo, además de ser un fino rastreador de la melodía, siempre ha sido dueño de una pluma sensual y romántica. Sus sempiternos homenajes a la mujer adoptan, al margen de CRAG y Solera, un tono más confesional y poliédrico. No en vano, varias de sus canciones solistas llevan nombres de féminas: “Ana”, “Victoria”, “Laura”, “Niña Luisa”, “¿A dónde vas, Pilar?”, “Doña Josefina”, “Fiona”… Como dijera el crítico Diego A. Manrique, estamos ante “joyas lúbricas o melancólicas que constituyen uno de los tesoros secretos de la canción de autor en castellano”. 

“Laura” es el tema que abre el homónimo LP de Rodrigo (1980).
Al igual que ocurriera con El jefe (2006), V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos ha sido editado por el propio Rodrigo. El músico andaluz, en una dilatada entrevista publicada en el pasado año en LA HUELLA DIGITAL, confesaba: “Durante varios años, presenté, en distintos sitios, proyectos que me rechazaron con cortesía, con desdén e, incluso, con grosería. Esas gentes manifestaron una evidente falta de sensibilidad, pues mis proyectos —creo que puedo decirlo— desprendían delicadeza e, incluso, romanticismo. Negativa tras negativa, al cabo de los años, me dije: ‘Hago yo un disco y me lo pago’. Pero, claro, cuando autoeditas un álbum, si no eres millonario, es considerable el dinero que te puedes gastar en la aventura. Y, evidentemente, no puedes plantearte una campaña de lanzamiento ni con minúsculas. ¡Yo mismo distribuyo El jefe! En fin, el disco que tengo entre manos [se refería a V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos] va a tener un resultado igual de catastrófico que su predecesor: se venderá con cuentagotas. El batacazo económico me obligará a abandonar estas aventuras. Pero puedo presumir, una vez más, de tener la confianza en un repertorio bien trabado”.
V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos, al igual que el anterior trabajo de Rodrigo, no será distribuido a través de cauces convencionales. Aquellos que deseen adquirir el disco, deberán escribir a esta dirección de correo electrónico: irenegbueno@hotmail.com.
(Este texto mío se ha publicado hoy en La Huella Digital). 

martes, 18 de junio de 2013

Sinuoso Rodrigo

La mirada de Rodrigo es tan sinuosa como el cuerpo de Laura, una de sus musas: 

Voluptuosa Venus verdadera, 
que con sus manos incendió mi vida. 
Sutil, salada y sibilina seda, 
de madrugada en mi canción dormida. 



"Laura", una de las más bellas canciones de Rodrigo. 


Por cierto, esta leyenda del pop español acaba de publicar un nuevo disco, V. Curiosas fijaciones en la vocación irremediable y otros conflictos. Qué ganas de escuchar sus nuevas canciones. 

Aprovecho para decir que el nuevo disco de Rodrigo no se distribuirá a través de los cauces convencionales; aquellos que deseen adquirir el disco, deberán escribir a esta dirección de correo electrónico: irenegbueno@hotmail.com.

Pude hablar con el exmiembro de CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán) hace unos días. Espero entrevistarlo pronto... 

Esta foto se la hice a Rodrigo el pasado año en Madrid. 

lunes, 20 de mayo de 2013

El pintor y su modelo


Hace escasos días murió, a los 66 años, el baladista alicantino Manolo Galván, que desarrolló (con éxito) buena parte de su carrera en Argentina, donde residía desde hace décadas. Galván versionó de forma muy digna "Sólo pienso en ti", una de las canciones más hermosas de la música popular hispanoamericana. Este tema, obra del exquisito Rodrigo (de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán), es la historia de un pintor fascinado por su modelo. Dice la letra: "Me pongo a pintarte, / y no lo consigo. / Después de estudiarte lentamente, / termino pensando / que faltan / sobre mi paleta / colores intensos que reflejen tu rara belleza."

domingo, 10 de junio de 2012

Un murmullo de ninfa: Conversación con Rodrigo (y II)

Rodrigo García Blanca, ex integrante de Solera y de CRAG (dos de los grupos más míticos de nuestra música popular), es un excelso letrista y un músico con una vasta formación. Ésta es la segunda —y última— parte de una dilatada conversación que Héctor Acebo (jefe de Opinión de LA HUELLA DIGITAL) mantuvo recientemente con el compositor sevillano.


He aquí la segunda parte de la conversación que servidor mantuvo hace escasas semanas con Rodrigo García Blanca (Sevilla, 1947). Rodrigo —fundador de los míticos grupos de pop Solera y CRAG— ha ido labrando, desde mediados de los setenta, una carrera solista corta pero rica y coherente. En sus cuatro discos publicados hasta la fecha (el último es de 2006), este Rodrigo se presenta como un autor alejado de las modas, de los clichés, de las convenciones… Para algunos, es un trovador; para otros, un artista pop. Abstengámonos, por favor, de etiquetar a alguien que trabaja con el mismo esmero el texto que la melodía, a alguien que concibe el amor como una espiral sin límites…

La música del solista sevillano, bella en su velada sugerencia, debe ser paladeada: no consumida. Otro tanto podríamos decir de sus excelsas composiciones para Solera y CRAG, algunas muy conocidas (“Sólo pienso en ti”, “Señora azul”, “Linda prima”), pero lo cierto es que en su obra solista se acentúa el cariz intimista, la voluptuosidad, la vocación descriptiva… De ahí que sus canciones —alabadas por la crítica especializada— no hayan llegado al común oyente de música pop, quien, efectivamente, no busca la cognición, sino el entretenimiento. Tengo por muy lúcida esta confesión que me hizo el propio músico: “La masa casi nunca está donde a mí me gustaría que estuviese. He trabajado toda la vida en líneas que no son prácticas (si nos atenemos a lo que se entiende por practicidad) y, ciertamente, no he querido seguir otro rumbo, con lo cual también soy el responsable de mi carácter minoritario. A lo mejor no he servido para hacer ‘¡Macarena!’ y volverme millonario. Entre que no sirvo y no me gusta hacer una cosa así, jamás me he puesto a ello. Si mil personas se enteran de mis encajitos, ya me parece una barbaridad. Tan acostumbrado estoy al reconocimiento como a la oscuridad.”

Rodrigo puede presumir de su condición de glorioso héroe subterráneo, parafraseando al crítico Luis Lapuente. Y es que el artista sevillano cuenta, desde los tiempos de Solera y CRAG, con unos seguidores selectos y fieles. Son los llamados rodriguistas. Hablamos de un público minoritario, sí, pero, ¿desde cuándo la extrema sutileza es apreciada por la masa?


“Quiero que seas mi dama” fue el sencillo extraído del primer disco de Rodrigo.

—En 1975, apareció tu primera incursión como solista, Canciones de amor y sátira (CBS). Este disco, en comparanza con las óperas primas de Solera (1973) y CRAG (1974), es más narrativo.
—Claro, al estar solo, ya no existía la tensión de hacer voces, que es un capricho muy exigente. En ese disco, hay letras extensas, muy protagonistas… Letras de cantautor. Y estas canciones hubieran tenido más difícil encaje en el grupo. Mi repertorio, en fin, ya no estaba sujeto al compromiso de ser aprobado ni de ser tratado en equipo.

—Creo que uno de los temas de ese álbum, “El gato”, define muy bien tu estilo como solista. Es ésta una pieza sumamente descriptiva, en donde, sin embargo, la música no cumple una mera función de acompañamiento. Así, la guitarra cimbreante acentúa los andares del felino protagonista.
—Sí, en “El gato” la guitarra da como una respuesta a los versos.

—Conviene matizar que no eres un cantautor al uso. Lo digo precisamente porque en tu obra las soluciones líricas siempre crecen en paralelo con las musicales.

—Lo cierto es que muchos de los cantautores al uso no sabían más que rasgar la guitarra, con lo que no tenían otro remedio que cultivar la sobriedad.


—En 1980, Movieplay publicó el que para mí es tu disco más redondo como solista. —El repertorio de ese álbum creo que está mejor logrado que el de Canciones de amor y sátira. En parte, porque yo había crecido un poco más y estaba menos amargo. Algún tramo de mi primer disco expelía una crudeza recalcitrante y furiosa. Recuerda aquella diatriba feroz titulada “Vete tranquila, niña”. En mi siguiente álbum, hay broma e ironía, pero no tensión colérica. De hecho, era una época en la que yo estaba viviendo más a gusto que un cochino en un charco. Casi todas las canciones —compuestas con mucha distensión— rezuman erotismo y ternura.

—A partir de ese LP, tu voz se vuelve más frágil, más reposada, menos dylaniana… Nunca volverás a alargar tanto las vocales como en tu ópera prima.
—En los discos sucesivos yo vivía de un modo más sosegado, y eso quizás me condujo a cantar de otro modo. El propio tiempo lima.

—El disco de 1980 es un homenaje al poliédrico universo femenino. No en vano, se le conoce, a falta de título, como “el de las mujeres”.

—Desde luego que es un homenaje al universo femenino. Pero hay una canción que habla sobre un chico homosexual (Alberto del Rosario) y que, sin embargo, se titula “Charo”. Lo cual indujo a pensar, a la gente que no se fija mucho en los detalles, que el álbum estaba dedicado completamente a las mujeres. De esas canciones yo recuerdo con especial satisfacción “Laura” y “Déjame deshacerte la cama”. Hay en el álbum un tema nostálgico, “La abuelita Berta”, que se adapta cómodamente a tu punto gallego. En la atmósfera de ese cuento inventado, aparece la condición ultramarina de finales del siglo XIX y principios del XX. Berta podría ser un personaje de Valle-Inclán.

—“La abuelita Berta” es una pieza entrañable y melancólica, sí. En el álbum, incluso la guitarra aparece metaforizada en una sinuosa mujer. El tema al que me refiero, “En el sofá”, es de una altura lírica extraordinaria: “Se van a dormir mis dedos / al nocturno de tu centro”.
—Hice “En el sofá” con esa intención de doble lectura. Las estrofas que preceden a la solución, a la explicación, nos incitan a pensar en una chica, dadas las formas femeninas de la protagonista. Luego llega el efecto sorpresa, premeditado, y uno descubre que los elogios van dirigidos a una guitarra. Pero hasta el primer estribillo eso no se venir. Te diré que la guitarra, para quien compone con ella (yo lo hice durante muchos años), puede ser muy complaciente.

“Laura”, una de las más bellas canciones de Rodrigo.

—¿El tema más exitoso de tu homónimo disco quizás fue “Laura”?
—“Laura” fue el single, pero en ese disco no hubo nada exitoso. El trabajo pasó, desafortunadamente, con más pena que gloria. Las pocas críticas, en general, fueron positivas, pero yo en los medios despertaba menos curiosidad o menos morbo que los iniciales CRAG. Encima, el apoyo de Movieplay fue muy tímido.


—“Laura” es un ejemplo de sutileza aderezada con sonoros versos. En dicha canción, no pasan desapercibidas las aliteraciones: “Voluptuosa venus verdadera”, “Sutil, salada y sibilina seda”…
—Son ganas de jugar.

—Pero esa figura retórica no funciona como un mero alarde o un ejercicio de estilo. Tengo para mí que la silabeante dicción consigue realzar la sensualidad de la joven protagonista.
—Hombre, uno disfruta de los sonidos de esas palabras, pero éstas dicen lo que tienen que decir. A veces, los vocablos te salen sin esfuerzo, y piensas: “Venga, ¿por qué no voy a rizar el rizo?”.

—A propósito de la dicción, me encantaría que hablásemos de tu curioso y arcaico modo de pronunciar la v como un fonema labiodental (no bilabial). Eres el único vocalista español que aún sigue esta recomendación académica de los siglos XVIII, XIX y principios del XX.
—Yo tengo bastantes hablas metidas dentro. El lógico e inevitable acento andaluz se me fue diluyendo, porque viví cinco años en Bogotá, y allí se me pegó mucho la manera de hablar de los colombianos. Y luego, durante los veinte años que viví en Madrid, fui adquiriendo mucho del sonido más castellano. Ahora, que llevo veinte años viviendo en Cádiz, he recuperado el acento andaluz. Y a la hora de hablar, dependiendo de con quien estoy, me va saliendo, inconscientemente, un habla u otra. Cuando canto, yo no diferencio la b y la v de forma premeditada. Siempre, eso sí, intento pronunciar claro. Soy consciente de que, a veces, uno, escuchando una canción, no logra adivinar la palabra que ha dicho el cantante, porque éste no redondea bien la dicción. Y precisamente intento pronunciar de la manera más neta posible para que el oyente no tenga que recurrir forzosamente a la letra. No me gustaría que una palabra quedase turbia y confusa en el sonido. Cantando, siempre he intentado renunciar al seseo, que es un rasgo muy andaluz. Quizás diga una burrada, pero el seseo me parece un síntoma de pereza mental. Yo creo que el castellano debe hablarse de la mejor forma posible, como la lengua que es, en todas partes. Las derivaciones y las adaptaciones cómodas demuestran que, desde Canarias hasta Argentina, se ha tirado por la facilidad. Conozco a mucha gente que bendice y que disculpa este tipo de comodidades. Incluso los más locos preconizan que el castellano de Sudamérica supera al de Valladolid o al de Palencia. Es como si alguien opinara que en Argelia se habla mejor el francés que en Francia. ¡Qué delirante! El idioma es maravilloso; no hay que hacerlo fácil, ni cómodo, ni ramplón.

—En tus tres primeros discos, lograste hilvanar una serie de realidades y de idealizaciones que, al menos en mi magín, conforman un determinado prototipo de mujer. Una fémina inocente pero sensual, sibilina y voluble, frágil y altiva… Así, en “Ana” hablas de “la niña y mujer”. Y en “Fiona”, exclamas: “¡Qué acierto conocerte el matiz de amazona / y el gesto de Diana, de niña maga, Fiona!”. Algo parecido sucede en “Laura”, donde transmutas a la mujer en un jinete pero también en una porcelana.
—¿No son así de ambivalentes las mujeres en general? Esas facetas tan opuestas nos dejan a veces perplejos. Y nos preguntamos: ¿cómo una mujer puede ser, simultáneamente, tierna y guerrera?



—A mi modo de ver, en esas canciones dibujas el prototipo de la muchacha, que admite, por su cambiante condición biológica y psicológica, jugosos contrastes.
—No estoy tan de acuerdo contigo en esa apreciación, aunque en los ejemplos citados hay material para pensar así… Me estoy dando cuenta de que en algunas canciones me sale una manera de expresar muy andaluza: allá nos decimos “niño” y “niña” entre adultos. Lo cierto es que mis personajes Ana, Fiona o Laura destilan juventud. Ten en cuenta que las canciones citadas están compuestas cuando yo aún era joven, y por aquel entonces, en general, no podían ser muy mayores las mujeres (reales o inventadas) que me inspiraban… Aun así, en algunos de mis antiguos temas también aparecían señoras que me doblaban la edad. En su reverso, la “Niña Luisa” sólo tiene 13 años. Este tema partió de una chica muy bonita que vi en un parque de Cádiz. Morenita, el pelo largo, llevaba puesto un jersey… Ese chispazo me volvió un poco loco y construí el cuento.


—Es envidiable la carga fonosimbólica que presentan los nombres de tus protagonistas femeninas. Ese arte nominal está al servicio de la percepción, de la creación del personaje, al que otorgas vida en apenas tres minutos.—Puede que sea así. Pero no escojo de manera premeditada los nombres. Lo qué tú sugieres, es más bien una consecuencia de la cosecha del oyente. Algo parecido sucede cuando leemos: si bien los personajes vienen más o menos descritos, cada lector a menudo construye imágenes asociadas con alguna persona que ha visto o ha soñado… Pero, a lo mejor, el escritor tenía en mente —incluso de forma dispersa— un prototipo distinto. El receptor es dueño de participar en el mensaje, dando al mismo su propia interpretación.

—De acuerdo, pero coincidirás con este oyente (y con este lector) en que Laura y Josefina son, como sus propios personajes, dos nombres muy distintos. Tras haber escuchado por vez primera ambas canciones, uno tuvo la sensación de que la juventud se personifica en Laura y de que doña Josefina destila abolengo e inocencia.
—Sí, claro, los nombres, como las propias historias, son muy distintos. Laura es un nombre muy pictórico; no en vano, la canción describe a una mujer hermosísima. Diría que este tema es como la descripción de un cuadro de Tiziano. Por cierto, la protagonista de la canción existe, pero yo no la conozco personalmente; el sueño que tengo con respecto a esa persona es completamente fantástico. ¡La mujer estaba para morirse! [Risas]. Doña Josefina es una persona bastante mayor que, de repente, rejuvenece gracias a la picardía de un chaval. Lo que se describe en “Doña Josefina” (un tema medio de broma) es la coyuntura, la vivencia de una señora en un determinado momento de su vida…

El melenudo Rodrigo sigue conservando una de las miradas más pícaras del pop español. Este músico, aparentemente, es solemne y, al tiempo, llano, pero cuando le dices una frase graciosa, sus clarísimos ojos parecen entornarse de tanto que brillan.


—En tu siguiente disco, Solera reservada (Fonomusic, 1987), hay maravillosas canciones como “Cuarto menguante”. Sin embargo, el álbum, grabado con poco presupuesto, quizás se resiente de un sonido al que le falta algo más de calor… Verbigracia: “Amor primero” es un hermoso tema que, de haber tenido unos arreglos orquestales de cuerda, resultaría mucho más envolvente…—En ese disco, se notan los sonidos que entonces estaban de moda y que ahora mucha gente podrá calificar de modestos, de añejos… Tuvimos un presupuesto corto, es cierto, pero lo supimos emplear muy bien. El álbum se grabó en 120 horas de estudio: una cifra récord. Hubo buenos músicos participantes, y yo imprimí el sello de la casa a las guitarras y a los teclados… José Antonio Álvarez Alija, por su parte, consiguió un sonido brillante y claro. Además, en Solera reservada hay varias canciones que me parecen de primera división: “Cuarto menguante”, “Fiona”, “Sortilegio de muerte”, “Amor primero”… Reivindico, una vez más, la importancia del repertorio en cada álbum. Por cierto, el jocoso tema que da título al disco, es de la misma bodega que “De piel trigueña” [del álbum de CRAG Queridos compañeros, Polygram, 1985] o “Canción seria de la primera cita” [del único trabajo homónimo del trío Rodrigo, Adolfo y Guzmán, J.J. Record’s, 1994].

“El jefe” da título al último álbum de Rodrigo.

—En 2006, autoeditaste el que hasta ahora es tu último trabajo: El jefe (sin ánimo de señalar). Me sorprende que el peso del disco recaiga sobre los teclados. ¿Te viste obligado a tomar esa decisión formal debido al escaso presupuesto?—El presupuesto faltaba, desde luego, así que, en vez de embarcar a amigos músicos en mi proyecto —tocar gratis puede incordiar—, preferí resolver con teclados la mayor parte del disco. Pero para entender tal decisión también hay que tener en cuenta lo siguiente: a mediados de los 80, yo empecé a componer mucho más con el piano que con la guitarra. Y a la hora de vestir las canciones, el teclado tiene un carácter de inmediatez casi indiscutible.

—Llama la atención que en El jefe (sin ánimo de señalar) adquiera tan poca relevancia la guitarra, ese instrumento al que le declaraste tu amor incondicional en la citada canción “En el sofá”…
—La guitarra casi ya no la puedo tocar, porque tengo artritis o artrosis (o lo que sea) en los dedos. Esa enfermedad, en los últimos años, me ha ido alejando del instrumento. Y es que cuando empiezas a tocar con dificultad, te desanimas. El abandono de la guitarra condiciona, evidentemente, el enfoque de mi interpretación. Asumo que en el disco faltan unas cuantas guitarras. Estaría encantado de poder seguir tocando la guitarra con la misma tranquilidad y con los mismos resultados de hace unos cuantos años…

“De piel trigueña”, un lúdico tema de CRAG.

Todo músico virtuoso sabe hacer de un instrumento el perfecto apéndice de su personalidad. Rodrigo es multiinstrumentista, pero se le reconoce especialmente por su guitarra, esa con la que se ganó la vida —como músico de sesión y estudio— durante muchos años. Igual que su mirada, la guitarra eléctrica de Rodrigo siempre ha sido bulliciosa y pícara. Pizpireta. En algunas de sus canciones más desenfadadas, como “Volverás” o “De piel trigueña”, el sevillano se valió de dicho instrumento para soltar esquirlas de socarronería. Y en los momentos rockeros, este jinete de la melodía logró convertir a la guitarra en una yegua indomable; no hay más que pensar en “Doña Josefina” o en “Rondar de madrugada”, donde las cuerdas enfatizan hasta límites insospechados la excitación del estribillo: “Y se apagan los faroles con los luceros del alba. / ¡Qué frío he cogido, niña, por rondar de madrugada!”. El lúdico sello de la casa se deja notar incluso en las canciones menores que el ex CRAG compuso, tocó y produjo para su otrora amada Karina, como “Canta conmigo”. Mención aparte merece la sabrosa versión kariniana de “Un niño”; la traviesa guitarra es culpable, en gran medida, de que el conocido villancico adquiera tintes de canción protesta.

¿Se dan cuenta?: Este tiempo mediocre le ha robado al músico su amado instrumento. Uno, al recibir la amarga noticia, se acordó, inevitablemente, de aquel emocionante estribillo del sevillano: “Romperé tu silencio, romperé, / con mi abrazo, / romperé tu silencio, romperé, / mi fiel y amante guitarra”. ¡Ay!

Karina interpreta, junto a CRAG, el villancico “Un niño”.

—¿Estás preparando en la actualidad algún álbum?
—Sí, ya tengo listo el repertorio de un nuevo disco que probablemente será doble y que significará mi despedida involuntaria pero forzosa. Las canciones también estarán tratadas con escasos medios económicos. Ese repertorio es veterano, pero, a mi juicio, conserva la vigencia, dada su personalidad y su eficacia. En el nuevo álbum, volverá a cobrar relevancia el teclado. De todas formas, aun contando con las limitaciones de las que hemos hablado, intentaré que el álbum quede digno, como creo que quedó digno El jefe.

—¿También tienes pensado autoeditar el nuevo trabajo?
—No es que tenga pensado autoeditarlo: es que no tengo más remedio. ¡Y aún así voy a perder dinero! [Risas].


—Imagino que en los últimos años te habrás sentido muy maltratado por la industria… —Hombre, maltratado es una palabra muy dramática, pero se puede emplear. Desde Solera reservada [1987], con la excepción de la última incursión del grupo [Rodrigo, Adolfo y Guzmán, 1994], yo no conseguí publicar nada, salvo el álbum que me pagué en 2006. Durante varios años, presenté, en distintos sitios, proyectos que me rechazaron con cortesía, con desdén e, incluso, con grosería. Esas gentes manifestaron una evidente falta de sensibilidad, pues mis proyectos —creo que puedo decirlo— desprendían delicadeza e, incluso, romanticismo. (Ten en cuenta que en las discográficas una panda de ceporros se ha hecho con el control de las decisiones: ¡menudo relevo generacional!). Negativa tras negativa, al cabo de los años, me dije: “Hago yo un disco y me lo pago”. Pero, claro, cuando autoeditas un álbum, si no eres millonario, es considerable el dinero que te puedes gastar en la aventura. Y, evidentemente, no puedes plantearte una campaña de lanzamiento ni con minúsculas. ¡Yo mismo distribuyo El jefe! En fin, el disco que tengo entre manos, va a tener un resultado igual de catastrófico que su predecesor: se venderá con cuentagotas. El batacazo económico me obligará a abandonar estas aventuras. Pero puedo presumir, una vez más, de tener la confianza en un repertorio bien trabado. Quiero que mis (pocos) oyentes me escuchen un poco más antes de que fallezca. Todos somos vanidosos, y, como nadie me financia, el precio que yo pago por mi vanidad es la autoedición.

Rodrigo sigue siendo fiel a su bohemio retiro en Chiclana de la Frontera (Cádiz), hermosa ciudad a donde se mudó hace más de veinte años. Allí, lejos de la algarabía, este alquimista del lenguaje ha editado sus tres libros: Verde veronés (1995), El sello de la casa (2001) y Armis et Litteris (2004). Por esas misceláneas se asoma, cómo no, el mismo pícaro galán de “Volverás”, “De piel trigueña”, “Déjame deshacerte la cama” y tantas otras canciones: “Esmeralda…’. ‘Qué…?’ ‘Qué nombre, hermoso y resplandeciente. Y lo demás, a juego.’ ‘Gracias’. (Casi un rumor, casi un murmullo de ninfa.)”

Para leer la primera parte de la conversación con Rodrigo, pinchad aquí.

(Esta conversación se publicó originalmente en La Huella Digital, 09/06/2012)