HE WISHES FOR THE CLOTHS OF HEAVEN
Had I the heavens’ embroidered cloths,
Enwrought with golden and silver light,
The blue and the dim and the dark cloths
Of night and light and the half-light,
I would spread the cloths under your feet:
But I, being poor, have only my dreams;
I have spread my dreams under your feet;
Tread softly because you tread on my dreams.
(W. B. Yeats)
***
DESEA ÉL LOS PAÑOS DEL CIELO
Si del cielo tuviera yo los bordados paños,
bordados de dorada y plateada luz,
los azules, mates y los oscuros paños
de la noche y del día y de la media luz,
si los tuviera yo, los extendería bajo tus pies:
pero, como soy pobre, sólo tengo mis sueños;
y he extendido mis sueños bajo tus pies;
pisa con delicadeza, pues pisas mis sueños.
(W. B. Yeats)
Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo
Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo.
-Correo: acebobello@gmail.com
-Instagram: @hectoracebo
domingo, 18 de diciembre de 2011
Un delicado poema de Yeats
viernes, 16 de diciembre de 2011
Guardiola y Cruyff
Pep Guardiola —que ejerció de recogepelotas en el Camp Nou y luego se labró una brillantísima carrera como futbolista de equipo— declaró hace poco más de una década que si un día llegaba a entrenar al club de sus amores, aplicaría (y es lo que está haciendo, con retoques adecuados) el modelo que en los 90 implantó el genial Cruyff, al que se le recuerda, aparte de los títulos, “por su estilo, por el toque, con el sello tan especial”. El poeta Luis Cernuda dejó escritos unos versos que me recuerdan mucho a mi querida madre y que a Pep (un hombre culto, elegante y sensible) también le irían estupendamente:

“Creo en mí mismo,
porque yo algún día seré todas las cosas que amo.”

martes, 13 de diciembre de 2011
Un fermoso poema do meu amigo Claudio Rodríguez Fer
La mirada de Truffaut
El primer Truffaut, el de Los cuatrocientos golpes, es absolutamente prodigioso. Revisando esta emotiva escena, es fácil constatar que a la práctica totalidad de los cineastas actuales ya no les interesa salvar la poética de la mirada. Vende más la evidencia.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Estoy en Twitter
Acabo de inaugurar mi cuenta en Twitter: @HectorAcebo
También me podéis seguir, pues, en dicha red social.
También me podéis seguir, pues, en dicha red social.
sábado, 10 de diciembre de 2011
La poesía hay que merecerla
"La poesía tiene los lectores que tiene que tener. La poesía no va a ir llamando a las puertas, ni anunciándose en ningún sitio. La poesía hay que merecerla, sin que esto parezca una arrogancia."
(Antonio Martínez Sarrión, el maestro y el amigo, en una entrevista concedida recientemente al diario albaceteño La Verdad)

jueves, 8 de diciembre de 2011
53.- "Linda prima" (Solera)
"Que te casas, linda prima, he oído comentar.
Me he sentado sonriendo sin poderme controlar.
Eras tan apasionada, tan ardiente al comenzar
nuestros juegos amorosos hace varios años ya,
que me cogió de sorpresa que te vayas a casar,
linda prima, con un hombre tan vulgar.
Te creía soñadora, me consta que así lo fuiste,
¿cómo ahora tan pronto te decidiste?
Me contaron las razones, me dijeron la verdad.
Se me helaba la sonrisa. Lo pudieron comprobar.
Ya sé que tiene dinero, que está en buena posición,
que es un hombre rico y serio; viejo y seco, añado yo.
Si lo primero conviene, lo otro creo yo que no.
Linda prima, se marchitará tu flor.
Me parece que su fasto no sirve de gran remedio,
porque es basto y te llenará de tedio.
Mal negocio, linda prima, cómo siento que al final
te hayas vuelto interesada y también convencional.
Me permites, linda prima, el derecho de dudar;
dudo que lo que mereces, y yo podría con creces,
te lo dará ese hombre con quien te vas a casar,
linda prima, ese hombre tan vulgar."
(Rodrigo)
lunes, 5 de diciembre de 2011
Un espléndido soneto de Jorge Guillén
EL HONDO SUEÑO
Este soñar a solas… ¡Si tu vida
De pronto amaneciese ante mi espera!
¿Por dónde voy cayendo? Primavera,
Mientras, en torno mío dilapida
Su olor y se me escapa en la caída.
¡Tan solitariamente se acelera
—Y está la noche ahí, variando fuera—
La gravedad de un ansia desvalida!
Pero tanto sofoco en el vacío
Cesará. Gozaré de apariciones
Que atajarán el vergonzante empeño
De henchir tu ausencia con mi desvarío.
¡Realidad, realidad, no me abandones
Para soñar mejor el hondo sueño!
Jorge Guillén, Cántico
sábado, 3 de diciembre de 2011
jueves, 1 de diciembre de 2011
Lo que pudo haber sido
Para un niño sensible del occidente asturiano o del noroeste lucense, para un rapaz que sabe apreciar la belleza del paisaje y que escucha atentamente —en boca de su abuelo— las noticias de pretéritas muchedumbres prodigiosas, lo difícil es no guardar rincones de nostalgia por un mundo mágico, gozoso y desaparecido. Es más, estoy en condiciones de afirmar que la circunstancia de haber nacido en un apartado pueblo del noroeste peninsular aviva una nostalgia muy extraña y esplendente, una tristeza originada por el recuerdo no ya de lo que fue, sino de lo que pudo haber sido. Me explico. Después de haber pasado toda la infancia reconstruyendo —con amoroso cuidado— tantas ilusiones sistemáticamente pisoteadas, uno irrumpió en el instituto con el corazón henchido de deseos volcánicos… Pero, por culpa de mi timidez o de aquel ambiente opresivo y malsano que reprimía tanto los sentimientos como las pasiones, sólo pude acariciar en sueños a algunas muchachas extremadamente refinadas y sensibles. Recuerdo que también soñaba continuamente, en aquellas calendas, con suaves amigos —no sólo con novias— de la música, del cine y de la literatura. Pero no pudo ser. Por una u otra razón, no pude conocer, en su cenital esplendor, a los adolescentes de mi generación, y la extraña nostalgia norteña ha ido acrecentándose con el paso de los años…
Gracias a mi amiga M., una talentosa actriz adolescente, estoy exorcizando gustosamente mi etapa de estudiante de secundaria. Muy pocas veces conocí una muchacha tan dulce, tan expresiva, tan sutil, tan inteligente y tan sensible como M. Esa extraordinaria sensibilidad enciende constantemente sus grandes y soñadores ojos oscuros, que no necesita resaltar con ningún aderezo. Y es que M., en contraste con esas manipulables chicas que, empeñadas en desdecir el preciado don de la juventud, se parapetan tras un maquillaje circense, M. —digo— forja su belleza en el embelesamiento, en el detalle de la mirada, en la voracidad tiernísima, en la naturalidad de la sonrisa más contagiosa, en el vuelo de la voz, en el suave acento, en la pasión por el diálogo… No exageraré, pues, al afirmar que esta expresiva muchacha morena hace suya, sin saberlo, la irreemplazable tesis estética de Baudelaire:
Y no hablo de poses ni de bagatelas: M. gusta de embriagarse, en sus ratos libres, con las palabras y con la música: así, a veces, comenta, con mucha agudeza, alguno de mis poemas amatorios, y en otras ocasiones trae a colación, imprevisiblemente, un desgarrador estribillo de Los Secretos o una espontánea frase salida —sabe Dios cuándo— de mi boca.
—Es que me encanta cómo te expresas —me dice M., apartando, con una dulzura inusitada, un mechón castaño que le cae sobre los hermosos ojos, llenos de destellos tremulantes. Y, acto seguido, exclama con un leve suspiro:
—¡Ay, Héctor, a mí aún me faltan muchos libros por leer!
La franqueza y la extrema sensibilidad de esta muchacha me reconcilian con la primera mocedad, es cierto, pero también me llevan a desear no tanto lo que he perdido como lo que podría haber sido. ¿Por qué diablos no irrumpió M., de voz melodiosa y delgada, en mis tediosos años adolescentes? Una vez vencida mi timidez, estoy seguro de que hubiéramos conectado. Nos imagino a los dos, quinceañeros cargados de sueños y estudios, charlando y cantando hasta altas horas de la madrugada. Tendría que ser muy hermoso el sentarse en una solana a ver demorar la mirada de M. sobre mi ancho y silente país de montes. Sé que esa mirada —luz de prodigiosa hondura— convertiría en milagros únicos, recién estrenados, las manchas de oro que el otoño pone en los esbeltos chopos de la orilla del Eo, los dilatados horizontes vestidos de azul o las montañas coronadas por la niebla, tan invisibles por tan a la vista. Al imaginar este llamear de instantes, se le encoge a uno el corazón, como al cinéfilo se le encoge el corazón al comprobar que el abismo de una cruenta dictadura alcanza, en la mirada de mi amiguita, un luminoso recorrido hasta el fondo de su negrura.
Pensándolo bien, quizás sea mejor que M. y servidor no hayamos nacido en el mismo año, que no nos hayamos encontrado en el instituto, por el derecho a seguir soñando con lo que podría haber sido.
Además, modestia aparte, es muy grato saber que hoy, gracias a esta encantadora muchacha, estoy llevando a la práctica la citada tesis estética del maestro Baudelaire. Digo esto porque, mientras M. me cuenta —dulcemente— sus lances de estudio y deporte, una noche más, mi grave y solemne voz se quiebra, se acelera, se hace más libre… ¿Verdad que ahora perciben mi natural acento gallego?


(La Huella Digital, 01/12/2011)
Gracias a mi amiga M., una talentosa actriz adolescente, estoy exorcizando gustosamente mi etapa de estudiante de secundaria. Muy pocas veces conocí una muchacha tan dulce, tan expresiva, tan sutil, tan inteligente y tan sensible como M. Esa extraordinaria sensibilidad enciende constantemente sus grandes y soñadores ojos oscuros, que no necesita resaltar con ningún aderezo. Y es que M., en contraste con esas manipulables chicas que, empeñadas en desdecir el preciado don de la juventud, se parapetan tras un maquillaje circense, M. —digo— forja su belleza en el embelesamiento, en el detalle de la mirada, en la voracidad tiernísima, en la naturalidad de la sonrisa más contagiosa, en el vuelo de la voz, en el suave acento, en la pasión por el diálogo… No exageraré, pues, al afirmar que esta expresiva muchacha morena hace suya, sin saberlo, la irreemplazable tesis estética de Baudelaire:
Aquello que no está ligeramente distorsionado adolece de una falta de atractivo considerable, de lo que se deduce que la irregularidad, o sea, lo inesperado, la sorpresa, el asombro, es una parte esencial y una característica de la belleza.
Y no hablo de poses ni de bagatelas: M. gusta de embriagarse, en sus ratos libres, con las palabras y con la música: así, a veces, comenta, con mucha agudeza, alguno de mis poemas amatorios, y en otras ocasiones trae a colación, imprevisiblemente, un desgarrador estribillo de Los Secretos o una espontánea frase salida —sabe Dios cuándo— de mi boca.
—Es que me encanta cómo te expresas —me dice M., apartando, con una dulzura inusitada, un mechón castaño que le cae sobre los hermosos ojos, llenos de destellos tremulantes. Y, acto seguido, exclama con un leve suspiro:
—¡Ay, Héctor, a mí aún me faltan muchos libros por leer!
La franqueza y la extrema sensibilidad de esta muchacha me reconcilian con la primera mocedad, es cierto, pero también me llevan a desear no tanto lo que he perdido como lo que podría haber sido. ¿Por qué diablos no irrumpió M., de voz melodiosa y delgada, en mis tediosos años adolescentes? Una vez vencida mi timidez, estoy seguro de que hubiéramos conectado. Nos imagino a los dos, quinceañeros cargados de sueños y estudios, charlando y cantando hasta altas horas de la madrugada. Tendría que ser muy hermoso el sentarse en una solana a ver demorar la mirada de M. sobre mi ancho y silente país de montes. Sé que esa mirada —luz de prodigiosa hondura— convertiría en milagros únicos, recién estrenados, las manchas de oro que el otoño pone en los esbeltos chopos de la orilla del Eo, los dilatados horizontes vestidos de azul o las montañas coronadas por la niebla, tan invisibles por tan a la vista. Al imaginar este llamear de instantes, se le encoge a uno el corazón, como al cinéfilo se le encoge el corazón al comprobar que el abismo de una cruenta dictadura alcanza, en la mirada de mi amiguita, un luminoso recorrido hasta el fondo de su negrura.
Pensándolo bien, quizás sea mejor que M. y servidor no hayamos nacido en el mismo año, que no nos hayamos encontrado en el instituto, por el derecho a seguir soñando con lo que podría haber sido.
Además, modestia aparte, es muy grato saber que hoy, gracias a esta encantadora muchacha, estoy llevando a la práctica la citada tesis estética del maestro Baudelaire. Digo esto porque, mientras M. me cuenta —dulcemente— sus lances de estudio y deporte, una noche más, mi grave y solemne voz se quiebra, se acelera, se hace más libre… ¿Verdad que ahora perciben mi natural acento gallego?
(La Huella Digital, 01/12/2011)
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