Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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viernes, 23 de febrero de 2024

LUGO, SANTISO, COCHABAMBA

Cuatro secuencias podrían condensar mi último viaje a Galicia. Traigo aquí ese material para hacerle un corte de mangas al tiempo y al espacio, a la manera de los montadores cinematográficos.

1. Al volver de un grato almuerzo con mi amigo Alfonso Riveiro, director de El Progreso, me reuní con papá en el lucense parque Rosalía de Castro. Allí vimos un mirlo muy robusto. Devoraba con fruición los frutos de un acebo e intercalaba sutilmente algunas notas. Vino a mi mente la poética forma en que Cipriano Arribas Sánchez describió a esa especie: «Es músico si le enseñan». Paralelamente, me acordé del mirlo que, durante años, acudió cada día al jardín de mis padres. Lo alimentábamos con migas de pan y de galletas; a cambio, él nos saneaba la tierra y nos regalaba hermosísimas serenatas. Anidaba en el cementerio, y cuando enterramos a mi abuelo, su silbido se escuchaba más claro y rasgado que nunca. Pensándolo bien, no necesitó que nadie le enseñase a ser músico; él me enseñó a mí; no en vano, le llamaba ‘Mestre’. Y ahora, en mis clases de Expresión Oral y Corporal, pongo como ejemplo sus inflexiones vocales, ricas en matices.

2. Mi tía Elvira emigró a Buenos Aires en los años 50 del siglo pasado. Ella me enseñó aquellos americanismos —‘pileta’, ‘vereda’, ‘boliche’, ‘pibe’…— que tanta gracia me hacían de niño y que ahora también empleo, pues vivo en Bolivia desde hace seis años. Pese a que solo disfruté su compañía durante dos veranos, la tía y yo estábamos muy unidos. Lisa de Mediante me cuidó durante la infancia, haciendo gala de una paciencia infinita. Cuando veíamos pasar un avión, Lisa siempre me decía en tono cariñoso: «Mira, Hectorín, aí vai a tía Elvira! Vai nese avión, camín da Arxentina». De esa forma, mezclando fantasía y realidad, recordábamos a la hermana de mi abuelo Paco. Ahora, en nuestro Santiso natal, cuando vemos el rastro de un avión, mi madre y yo evocamos a Lisa de Mediante y a Elvira de Robaín. Les hubiera gustado saber que comparten protagonismo en esa escena, pues se tenían mucho aprecio. A ellas sea la gloria.

3. Hubiera repetido con mis padres la caminata por las medievales calles de Mondoñedo, hubiera seguido analizando con mis viejos amigos el binomio política-religión, hubiera vuelto a quedar con mi audaz amiga en el aeropuerto, donde ni siquiera nos terminamos las hamburguesas (lo importante era la charla y disponíamos de poco tiempo), hubiera concluido la lectura de la autobiografía de Woody Allen que me compré en Ribadeo, pero, como dicen aquí, ‘ni modo’, debo retornar al trabajo.

4. Ya en Cochabamba, le dije al taxista que mi casa estaba ‘a dos cuadras del surtidor’. Inexplicablemente, pasamos por tres o cuatro surtidores. La ciudad olía a soledad y a deseo insatisfecho.

(Publicado en El Progreso de Lugo, 23/02/2024).

El parque Rosalía de Castro, en Lugo.

domingo, 14 de junio de 2020

MI FLACA

En la última clase de Expresión Oral y Corporal, con motivo de la muerte de Pau Donés, les explicaba a mis jovencísimos estudiantes que ‘La flaca’ —como ‘El lado oscuro’— es un blues-rock que puede bailarse a ritmo de chachachá.

Inevitablemente, durante esa clase virtual, regresé al verano del 97. Me vi conversando con un amiguito durante las fiestas patronales de nuestro Santiso natal: escena nocturna en plano medio. “¿Has escuchado la canción del anuncio del disco ‘Carácter latino’?”. “Sí, es buenísima. ¿Quién la canta?”. “No sé, pero creo que se titula ‘La flaca’… Me recuerda a Juan Perro”.


Lo cierto es que —subyugado— tardé pocos días en comprarme el mencionado recopilatorio colectivo, detrás del cual estaba la marca de cigarrillos Ducados; y, en los estertores del verano, adquirí también el entonces único disco del grupo liderado por Pau Donés, Jarabe de Palo, al que daba título precisamente el tema ‘La flaca’. Con sólo 9 años, yo ya era un enfermo de la música, y este arte me condujo a la poesía. Del primer éxito de Jarabe de Palo, diría que me impresionó la ajustada mezcla de sabores: lo coloquial y lo sofisticado, la punzante añoranza y la tórrida sensualidad…

En ‘La flaca’, Pau Donés cantó —metafóricamente— a un “coral negro de La Habana”, con “dos soles” en la cara “que, sin palabras, hablan”. Más de veinte años después, yo sigo buscando a la Flaca. Pero no hablo de una chica en particular, sino de la belleza en todas sus formas: pasión, misterio, aventura, verdad, conocimiento…

Si no me hubiera adentrado en la poesía y en la música a una edad tan temprana, sería alguien distinto, porque, inevitablemente, las artes modelan nuestro carácter. Tal vez ni siquiera hubiera emigrado a Bolivia… Pero las letras, las melodías, las armonías y los ritmos me impulsaron a escoger siempre el camino menos transitado.


[Artículo publicado en El Progreso de Lugo, 12/06/2020]

viernes, 22 de noviembre de 2019

EVO MORALES: ANATOMÍA DE UNA CAÍDA


DETERMINADOS MEDIOS de comunicación internacionales minimizan —o hasta ponen en duda— que en los últimos comicios generales de Bolivia, celebrados el 20 de octubre, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) cometió fraude, lo que constituye un grave atentado contra la democracia. No se puede tapar el sol con un dedo: en un informe preliminar, resultado de una auditoría, la Organización de Estados Americanos (OEA) puso de manifiesto la “magnitud” de la manipulación informática y la existencia de actas falsificadas. Este documento se hizo público horas antes de que el expresidente del país sudamericano, Evo Morales, renunciase a su cargo, abandonado por el Ejército —que le sugirió dejar el poder—, la Policía —que se había amotinado el día anterior— y amplios sectores urbanos —el llamado ‘movimiento cívico’— que protestaron en las calles durante tres semanas y fueron decisivos en la caída de Morales. Estos últimos disidentes se organizaron en torno a los ‘comités cívicos’, organizaciones vecinales y gremiales que terminaron desplazando a los partidos políticos en las protestas contra el exjefe de Estado.

No hay pruebas que nos permitan afirmar que el TSE cometió fraude a petición de Morales, aunque sería de ingenuos no sospechar al respecto, pues en la última legislatura el dirigente indígena institucionalizó todos los poderes del Estado, con el fin de perpetuarse en el sillón a cualquier precio, como explicaré más adelante. Aunque en un principio aseguró que sería respetuoso con las conclusiones del informe de la OEA, el propio Morales confesó recientemente que intentó frenar su publicación. Una vez que vio la luz, el 10 de noviembre, el político socialista manifestó —demagógico— que ese documento fue más “político” que técnico-jurídico; y aún sigue sin aceptar el fraude. Para crear una cortina de humo, adoptó una retórica netamente victimista: según él, las Fuerzas Armadas, en connivencia con la Policía, Carlos Mesa (principal líder de la oposición y exjefe de Estado) y Fernando Camacho (presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz), perpetraron un “golpe de Estado”. Recientemente Morales afirmó también que la publicación del informe de la OEA “alimentó” ese presunto golpe, que dan por hecho muchos medios internacionales.

A mi entender, sería inexacto hablar de un ‘golpe de Estado’, si nos atenemos al significado —“usurpación violenta del gobierno de un país”— que le otorga la RAE, en el ‘Diccionario panhispánico de dudas’ (2005), a esta expresión, un calco de la francesa ‘coup d’État’. En otras palabras: para que las Fuerzas Armadas cometiesen golpe de Estado, tendrían que haber seguido la lógica estratégica de tomar el poder. Aquí el Ejército se limitó a intervenir de forma verbal (el entonces jefe de la institución militar, Williams Kaliman, instó a Evo Morales a abandonar el poder), supuestamente para tratar de resolver la crisis política en la que se hallaba sumido el país desde el 21 de octubre, cuando comenzaron las masivas movilizaciones urbanas ante las sospechas de fraude, bastante evidentes. Recordemos: el TSE suspendió la transmisión de resultados preliminares electorales durante 23 horas, y al retomar la actividad mostró un cambio de tendencia muy favorable para Morales: los resultados ya no le exigían ir a una segunda vuelta, al superar los diez puntos de diferencia con respecto a Mesa, siendo, por ende, ‘el presidente electo de Bolivia’. Tras haber presenciado este episodio grotesco, gran parte de la población comenzó a reclamar una segunda vuelta, opción que Manuel González (jefe de la misión de la OEA) defendió pero que Morales rechazó, aferrado a los resultados. Y es precisamente esa negativa del exmandatario la que colocó a Bolivia en una situación crítica. 

A partir de ahí, se dispara la polarización; los enfrentamientos violentos entre los oficialistas —seguidores del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Morales— y los disidentes urbanos —que bloquean las calles como medida de protesta— son prácticamente diarios. Ese clima de tensión propicia que, entre los seguidores más radicales de ambos bandos, aflore el racismo, una epidemia que sigue siendo estructural en el país; la quema de banderas indígenas (la wiphala) y regionales (la de Santa Cruz) abre viejas heridas, y refleja, además de la intolerancia, la carencia de argumentos para defender una postura.

Fue el 10 de noviembre, al conocer el informe de la OEA, cuando las Fuerzas Armadas decidieron ponerse del lado de la población sublevada. En consecuencia, Morales dimitió, al igual que el vicepresidente, Álvaro García Linera, y varios ministros de su Gobierno. Cabe señalar que muchos integrantes del MAS fueron presionados a renunciar de sus funciones por grupos fundamentalistas que secuestraron a sus familias o les quemaron sus casas; medidas coactivas de ese tipo las sufrieron posteriormente políticos del bando contrario, como Arturo Murillo o Nelson Condori. Dos días después de la renuncia de Morales, la Asamblea Legislativa Plurinacional eligió por sucesión constitucional a una presidenta interina, la ultracatólica Jeanine Áñez, con el fin de “pacificar” el país y encaminar unas nuevas elecciones.

Anteayer, en la Asamblea Legislativa, se allanó el camino para ir a las urnas, pues el MAS presentó un proyecto de ley en donde reconoce la presidencia de Áñez. En ese mismo documento, la formación socialista asume que Morales y Linera se asilaron y abandonaron sus funciones. Puede parecer un primer paso en la pacificación nacional, pero, por el momento, es sólo maquillaje; Bolivia sigue convulsionada, partida en dos, tal y como la dejó Evo Morales. La población sufre desabastecimiento, pues los camiones que transportan alimentos y combustible no pueden pasar por más de un centenar de puntos en las carreteras del país; seguidores ‘evistas’ llevan a cabo esos bloqueos para reclamar la vuelta del dirigente asilado, sin acatar la postura oficial del MAS. Por lo demás, aunque el Gobierno continúe negociando con el partido izquierdista el fin de la violencia, la sangre no ha dejado de derramarse en la última semana; hace sólo tres días, en El Alto (La Paz), manifestantes afines a Morales atentaron, mediante el empleo de dinamita, contra una planta distribuidora de combustible, ocasionando ocho pérdidas humanas. Un mes y un día después del inicio de la crisis, la cifra de muertos supera los 30 y se cuentan por más de 700 los heridos.

Evo Morales llegó a ser un titán de la política latinoamericana contemporánea, muy respetado en España por los mismos socialdemócratas que reniegan de algunos de los principales aliados de nuestro protagonista (Chávez, Maduro, Fidel y Raúl Castro…). Durante sus casi catorce años de mandato, Morales consiguió las mayores transformaciones sociales, económicas y culturales en la Historia reciente de su país —con él, se redujo la pobreza extrema a más de la mitad, bajó la cifra de desempleo casi en la misma proporción, el PIB creció anualmente a un ritmo medio del 4,9%, la esperanza de vida subió de los 64 a los 71 años, se reconocieron como oficiales 34 lenguas indígenas…—, pero, paradójicamente, terminó convertido en uno de esos especímenes autoritarios a los que tanto decía detestar, si bien sus críticas sólo se dirigían a los de derechas. “El dominador está dominado por su dominación”, sentenció Marx.

Indudablemente, en su última época, el primer presidente indígena de Bolivia intentó amoldar el sistema a sus intereses personales, cooptando los poderes legislativo y judicial. La crisis política nacional (y la caída del propio Morales) nació en el momento en que el político socialista no aceptó los resultados del referéndum del 21 de febrero de 2016, cuando un 51,30% de bolivianos rechazó modificar la Constitución para que el propio dirigente se postulase por cuarta vez consecutiva a unas elecciones. Sin embargo, el Tribunal Constitucional lo favoreció en 2017, y, so pretexto de ‘derechos humanos’, habilitó su nueva candidatura, al igual que haría el Tribunal Supremo Electoral un año después. En consecuencia, el malestar creció en el país; el lema ‘Bolivia dijo no’ —que se viralizó a través de ‘hashtags’— reflejaba cómo Morales había adquirido un cariz autoritario; se sentía por encima del pueblo soberano y de las leyes. A esas alturas ya era un candidato deslegitimado. El reciente fraude electoral (y la negativa del expresidente de ir a una segunda vuelta) hizo derramar el vaso; muchos bolivianos dejaron de creer completamente en el Estado regido por el masista. Y es en esta coyuntura donde surge un nuevo actor sociopolítico, el ‘movimiento cívico’, que encabezan el carismático potosino Marco Pumari y el cruceño Fernando Camacho, un ultraconservador y panfletario religioso.

Ebrio de poder, Morales no supo retirarse a tiempo. Y en su prolongada caída, arrastró al país. La diferencia es que él encontró asilo político en México —donde lo recibieron con honores—, mientras que Bolivia se halla en el caos.

(Publicado hoy en El Progreso de Lugo, 22/11/2019.)

sábado, 24 de agosto de 2019

CANCIÓN PARA LISA

Estes últimos días tiveron para min un sabor agridoce: por unha banda, meus pais viñeron visitarme a Bolivia; e, por outra, os tres enterámonos aquí da morte da querida Elisa González, quen me coidou —xunto ó seu marido, José Mediante— cando era cativo. Ámbolos dous tratáronme sempre coma o fillo que nunca tiveron. Católica convencida, Elisa era o súmmum da xenerosidade e da humildade, valores que hoxe cotizan á baixa. Contaxiados quizabes polo seu carácter tenro, os amigos e familiares chamábamoslle ‘Lisa’, verba que soa coma o asubío do noso admirado merlo, ou coma a brisa movendo as follas dos amieiros…

Pouco importa que entre Elisa de Mediante e mais eu non existiran vínculos de sangue: estamos ante unha das persoas que máis se implicou en todas as etapas da vida de meu. Lembro unha anécdota que data de 1993. Elvira de Robaín —a miña tía avoa emigrada a Bos Aires— viñera pasar o verán ó noso Santiso natal; eu, que tiña 5 anos, encariñárame coa señora; admiraba a súa valentía e fascinábanme as doces verbas (‘pileta’, ‘valija’, ‘pibe’…) que traía de Ultramar. Pois ben, dende a primavera do 94, cada vez que paseabamos polo miradoiro do Bedrín e ollabamos un avión, Elisa —sen separar a vista do ceo— dicíame: “Mira, Hectorín, aí vai a tía Elvira camín da Arxentina!”, e, inmediatamente, os dous sorriamos. Aquela fantasía (que tiña forma de flashback) expresaba oblicuamente unha esperanza: a irmá do meu avó Paco xa había un tempo que regresara ó seu país de adopción, e, como nos botaba en falta, non podía tardar moito en volver visitarnos. Esa maneira de pensar tan candorosa e imaxinativa distinguía a Elisa doutras veciñas. Por certo, a tía Elvira cumpriunos o gusto sete anos despois.
Dona dunha paciencia infinda, Elisa acompañoume nas miñas primeiras andanzas artísticas e comunicativas. Entre os 9 e os 11 anos, influído pola miña nai, simulei a emisión dun programa radiofónico en diferido; eu prepáraballe a Elisa os guións das súas intervencións, e ela lía aquelas liñas cunha voluntade de ferro. Se se trabucaba, sempre estaba disposta a repetir a gravación as veces que fixera falta, só por compracerme: proba inequívoca dun amor sen límites.
Na puberdade, desenvolvín un carácter introspectivo e adentreime na poesía, mais seguín plenamente ligado a José e a Elisa. Xa con 18 anos, xusto despois da morte de Mediante, emigrei a Madrid para estudar Xornalismo. Cando retornaba a Santiso, polo verán ou polo Nadal, Elisa era a primeira en visitarme. Mirábame como se estivera descubrindo un novo planeta, e comíame a bicos. Cando estaba a piques de partir cara a Bolivia, a miña amiga xa se atopaba un chisco delicada, e mandou aviso a meus pais de que prefería evitar a nosa despedida. Fíxenlle caso. Pero, afortunadamente, tivemos ocasión de reencontrarnos no último Nadal, trazando así un amor circular.
Querida Lisa, ti para min es máis que unha amiga insuperable: es “a miña segunda nai”, como che gustaba que subliñase. Alí onde esteas, sei que poderás escoitarme; grazas á túa motivación, perdín o medo escénico e aprendín a cantar ben alto. 

[Publicado en El Progreso de Lugo, 24/08/2019.]

lunes, 21 de enero de 2019

'Un santiseiro facendo as Américas', reportaxe

Para ler unha reportaxe publicada hai uns días en El Progreso de Lugo con motivo do meu periplo boliviano, pica aquí. O texto é obra da compañeira Isabel García.

 Servidor, en Tarata (Cochabamba, Bolivia). Fotografía de Julio César Ureña.

jueves, 2 de noviembre de 2017

O meu carteiro

Fino Valea.
Nesta época gobernada pola tiranía da uniformidade, gusto de lembrar á xente máis auténtica que tratei, como Fino Valea, carteiro do noso Santiso de Abres natal (nas terras do Eo-Navia) durante moitos anos. Era un señor nobre, xeneroso e fiel ás súas paixóns. Desprazábase decotío en bicicleta, e facíao do mesmo xeito que falaba: sosegadamente. O seu oficio éralle propicio para cumprir, polo Nadal, os caprichos dos cativos que máis apreciaba, entre os cales eu me contaba; sei —pola súa filla Amparín— que Fino lía con moita atención as nosas cartas dirixidas ós Magos de Oriente: así se explica o seu acerto na elección dos obsequios para perfís infantís tan distintos, cando xa íamos algo grandiños. Cada seis de xaneiro, á mañanciña, o entrañable carteiro repartía eses agasallos, cun saco ás costas, polas nosas casas.

Só unha vez Fino me decepcionou un chisco, e isto dígoo cun sorriso. Debía de ter eu 7 anos, que por aquelas calendas empecei a alimentar a miña afección musical… Resulta que lles pedira ós Reis Magos unha casete coas cancións preferidas de meu, e ata indicara na carta os correspondentes títulos. É comprensible, dende logo, que o carteiro non satisfixese o meu devezo: ningunha discográfica recompilou aínda, nun mesmo volume, a maior parte daqueles temas, pertencentes a xéneros dispares —música latina, rock, baladas…— e a diversas décadas.

Lembro perfectamente unha tarde primaveral na que Fino chamou á emisora local (onde a miña nai exercía de locutora) para solicitar Eres tú, a composición de Juan Carlos Calderón popularizada por Mocedades. Foi aí cando descubrín que o meu amigo era admirador do grupo vasco… Estou a falar da mesma época (mediados dos 90) en que eu lles pedira ás Súas Maxestades de Oriente a utópica casete; e, por certo, non incluíra Eres tú —malia que me gustaba— naquela lista.

Mágoa que xa non poida preguntarlle a Fino —gloria haxa— se recorda os meus desexos musicais infantís; sería un pretexto para devolverlle o agarimo mediante unha fortísima aperta. Imaxino ó lacónico carteiro dicíndome cun sorriso: “Como che ían regalar os Reis Magos unha casete que non contivese a máxica canción de Mocedades? Tería sido pouco serio, ho!”. 
[Publicado en El Progreso de Lugo, Galiciaé e Diario de Pontevedra, 31/10/2017]

domingo, 8 de octubre de 2017

Entre a beleza e o fascismo

Ezra Pound.
SINTO QUE se denomine CasaPound un partido neofascista con opcións de entrar no Parlamento italiano. Pareceríame terrible que o estadounidense Ezra Pound (1885-1972) puidese ser máis influínte hoxe como propagandista dunha ideoloxía perniciosa que como creador dunha poesía excelsa. Durante as primeiras décadas do século pasado, vivindo xa en Europa —cuxa cultura amaba—, Pound alicerzou a estética da lírica moderna; dende a óptica conceptual e fragmentaria do imaxismo, despoxou o poema de todo elemento superfluo, e esa renovación conseguiuna tras estudar algunhas das tradicións máis fondas, como a grecolatina, a chinesa ou a provenzal. Dono dun temperamento demasiado visceral e, así mesmo, produto da confusión da súa época, Pound creu ver no fascismo un sólido modelo alternativo ó capitalismo, cuxa usura detestaba. Deixou Francia por Italia, declarouse seguidor do tirano Mussolini (comparábao con Confucio) e, xa no curso da II Guerra Mundial, dirixiu acendidas arengas radiofónicas contra o seu propio país e mais os xudeus. Nos estertores da contenda, os seus compatriotas pechárono nunha das gaiolas dun centro de prisioneiros de Pisa, onde estivo seis meses exposto ás inclemencias do tempo; e despois, tras ser xulgado por alta traizón, internárono doce anos nun manicomio de Washington. Salvárono de morrer fusilado diversas figuras culturais ó testificar —mentindo— que era un demente. É natural criticar ó home fascista e, simultaneamente, caer rendido ante a beleza do poeta… Como non lembrar, por exemplo, aquela soberana sentenza —tan vixente— dun dos seus Cantos: «Usura é un parasito». A min fascíname o sensitivo micropoema ‘Papiro’, que representa un fragmento (ficticio) de Safo: «Primavera… / Tanto tempo… / Gongula…». Velaí a concentración expresiva e a refinada cultura de Pound, quen —igual que faría con Atis— rescata a Gongula, unha das amadas da gran poetisa grega. Intertextual e visionaria, a lírica poundiana é o sementeiro de Eliot, outro vate esencial. Cómpre reivindicar tamén a clarividencia do Pound crítico; os seus consellos foron cruciais para que a dicción do lendario Yeats gañase en sobriedade.

[Publicado en El Progreso de Lugo, Diario de Pontevedra e Galiciaé, 5/10/2017]

viernes, 6 de octubre de 2017

O galego do Eo-Navia

HAI UNHAS semanas, nun coloquio ribadense organizado pola agrupación Francisco Lanza, o poeta boalés Quique de Roxíos e eu queixámonos do desprotexido que se atopa en Asturias o galego, lingua natural do Eo-Navia, a nosa comarca. Existe a Lei 1/1998 de 23 de marzo, a través da cal un concello pode permitirlle á veciñanza empregar o correspondente idioma propio (o galego —oficialmente, «gallego-asturiano»— ou o asturiano) en igualdade de condicións co castelán; pero, para gozarmos dun dereito tan esencial, os falantes dependemos, xaora, do compromiso lingüístico das nosas autoridades, o cal no Eo-Navia é baixísimo: ata agora só A Veiga regulou a utilización do galego. Dende que o Principado lle outorgou á Academia de la Llingua Asturiana as competencias sobre o idioma eonaviego, asistimos á seguinte situación ridícula, única no mundo: unha academia tutela dúas linguas, a súa e outra veciña; isto tradúcese na transculturización, pois a ALLA sostén que as falas da nosa bisbarra son unha mestura de trazos do galego e do asturiano, negando así algo recoñecido por toda a romanística e a hispanística: estamos ante unha serie de variantes do galego oriental. No ensino do Eo-Navia, queda patente a condición subalterna do noso idioma, que só ten presenza —deturpado— nalgúns centros, mentres que noutros ocupa o seu lugar o asturiano normativo, tamén como materia optativa. É vergoñoso que os cativos de Santiso (o meu pobo) non teñan a obriga de estudar a lingua vernácula —moi ligada á identidade—, ó contrario do que sucede nas escolas dos concellos lucenses limítrofes, Trabada e A Pontenova. Nunha Asturias orgullosa do patrimonio de seu, o asturiano e o galego serían cooficiais nos territorios onde se falan; e quen mellor que a RAG, seguindo os modelos do catalán nas Baleares e do éuscaro en Navarra, para tutelar a lingua autóctona do Eo-Navia? Isto semella hoxe unha utopía, pois as institucións do Principado aínda están na pueril fase de confundir as fronteiras administrativas coas lingüísticas. O galego ten que lucir un traxe que resalte as súas sinuosas formas, a súa tersura, pero algúns (cheos de prexuízos) vísteno de espantallo.


[Publicado en El Progreso de Lugo, Diario de Pontevedra e Galiciaé, 4/9/2017]

sábado, 8 de julio de 2017

Mestre merlo


Chega xullo, e o merlo —coa tarefa cumprida da crianza— pide descanso. Dende o final do inverno, ningún acontecemento conseguiu deter, nos crepúsculos, o caudal da súa gorxa. Un moitas veces tivo a impresión de que nos momentos acesos, cando a súa parella se atopaba no período de máxima fertilidade, as inflexións do merlo acariciaban outros planetas. Incontables poetas viron no paxaro esa conquista da trascendencia. «Y ensancha con su canto / la hora parada de la estación viva / y nos hace la vida suficiente», escribiu Juan Ramón. E a Cernuda debémoslle esta outra gabanza: «Desde el aire trae a la tierra alguna semilla divina, un poco de luz mojada de rocío, con las cuales parece nutrir su existencia, no de pájaro sino de flor, y a las cuales debe estas notas claras, líquidas, traspasando su garganta».



Ningún merlo canta igual: cada paxariño tece as ricas melodías que interpreta, das cales ofrece variacións con gran sentido harmónico; e, ademais, deixa moito espazo á improvisación. Sen colidir con ese selo persoal, a ave, frautista proteica, representa ás veces sons do seu territorio. Na primavera do ano pasado, cando estaba ultimando a miña tese doutoral, ó facer algún descanso, poñía na cadea as intensas baladas ‘soul’ que interpretou Gene Chandler e que firmou o seu amigo Curtis Mayfield: ‘Just Be True’, ‘What Now?’, ‘Rainbow '65’... Eu abría unha das fiestras que dan ó noso xardín, e alí estaba o merlo que temos por veciño… Mentres admiraba o seu brillante peteiro amarelo —a xogo co anel ocular—, o canoro animal comía, sen espantarse, as migas que meus pais e eu lles deixáramos a el, ós paporrubios, ós pardais… Pois ben, unha tardiña quedei abraiado cando o merlo incorporou ó seu repertorio, con total naturalidade, algunhas das notas do retrouso de ‘What Now?’. Síntome honrado, xaora, de ter influído un chisco a unha criatura exemplar que me regalou a máis pura e suxestiva das diccións.


Aínda non puxeches un dique na túa gorxa, mestre merlo, e xa me tarda que volvas exercer de mensaxeiro da primavera. Quen me reconciliará agora coa realidade?

[Artigo meu publicado onte na edición impresa de El Progreso de Lugo, e hoxe nas webs do Grupo El Progreso]

sábado, 3 de junio de 2017

Paco de Robaín

[Artigo meu publicado onte en El Progreso de Lugo]

O que amas permanece,
o demais é lixo.
(Ezra Pound)

        O santiseiro Paco de Robaín (meu avó materno) era agricultor, gandeiro e albeite vocacional. Curaba eficazmente, sen ánimo de lucro, as principais fracturas do gando —e, por extensión, dos veciños— mediante o entalizado, é dicir, embutindo a extremidade lesionada entre dúas táboas. Robaín, que tamén era hábil corrixindo os espiñazos, tomou nota das leccións do seu avó e da súa nai, e foi un paso máis aló axudando o sepultureiro da parroquia a exhumar cadáveres; esas experiencias permitíronlle coñecer ben as unións dos ósos. Ó morrer meu avó, languidece unha filosofía en contacto pleno coa natureza, na que non teñen lugar a usura e o egocentrismo, as maiores pragas do noso tempo. A xenerosidade de Paco non se limitaba ás colaboracións como curandeiro; case lle parecía mal que alguén marchase do seu casarío sen probar os chourizos ou o licor de guindas elaborados por el e pola miña avoa.
Paco de Robaín.


        Sendo ben distintos en moitos aspectos, o avó Paco implicábase tanto na miña travesía, que, cando estudaba en Madrid, ata chamaba por teléfono ó meu mellor amigo, o economista Muñoz Puigcerver, con quen compartía teito; bastáralle ver dúas veces a este mozo catalán para collerlle cariño. Sirva como homenaxe a Paco de Robaín —grande no meu corazón— o seguinte poema do trinque: “Nunca saíches do pobo,/ nunca tiveches a cobiza/ de coñecer mundo,/ mais fuches dono dun mundo/ ó que nunca terá acceso/ a caterva de modernos./ Nunca.// Ti ensináchesme/ o que ninguén me ensinara:/ os pulos do monte Sartán,/ o camiño a Trasdacorda,/ o vello carballo da Granda…/ Ti ensináchesme a botar en falta/ ós que aínda non emigraron./ Ti ensináchesme a dicir/ a i-auga, a i-alma, e xamais/ esquecerei de que maneira:/ co merlo na mirada.// Avó, fagamos un pacto/ —xa é hora de podar/ o alpendre do inverno—;/ avó, se ti soñas comigo/ e eu soño contigo,/ hemos de atoparnos/ no mesmo soño:/ ti falando/ de aceites esenciais/ e asistindo á miña festa/ de bicos e brincas…// E cando alguén me pregunte/ onde queda Robaín,/ direille que se lle dá a volta ó mapa,/ atopará o casarío/ no centro do mundo”.
O casarío de Robaín (en Santiso de Abres), onde servidor se criou.

sábado, 14 de enero de 2017

Elías Ferreiro

Non son amante do Nadal, pois nesas festividades, polo menos en Occidente, acabamos levando ó extremo o consumismo que, desgraciadamente, xa nos define. Non obstante, gusto das reunións íntimas que propician esas datas ó amor do lume ou do café. Nas últimas festas, botei en falta a varios finados queridos. É o caso do chairego Elías Ferreiro, o meu primeiro mestre xornalístico, a quen coñecín precisamente cando fixen as prácticas neste periódico, no verán de 2010. Aterrei nas seccións que el coordinaba (‘España’ e ‘Mundo’), e decontado collimos confianza, compartindo dende aquela gratas viaxes pola xeografía galega con outro prezado compañeiro, o mariñán Javier Rivera. Intelixente, fiel, incorruptible, lacónico —mais sempre coa verba xusta, por iso titulaba tan ben—, Ferreiro parecía tirado dun ‘western’ crepuscular, deses que coñece magnificamente o noso colega Paco Abraldes. Súa podería ser, por exemplo, esta frase que pronuncia Billy o Neno no filme de Peckinpah: “Os tempos cambiarían, pero eu non”.

Elías Ferreiro e un servidor, en Cabo Ortegal (Cariño, A Coruña).


Realmente son poucos os días nos que non me lembro de Elías durante algún intre. E cando quedo con Rivera, da igual o tema que toquemos, sempre acabamos citándoo ou imaxinando que pensaría el sobre tal acontecemento. En outubro, un mes despois da súa morte, dediqueille un poema. Deixeino repousar, como fago con todas as miñas creacións líricas; e agora, na súa honra, quero que vexa a luz aquí, onde se non, neste xornal que conectou as nosas vidas para sempre e onde o mestre deixou un baleiro inmenso. Titúlase ‘Amigos: Elías Ferreiro’ e di así: “Un xersei, un feixe de folios/ en branco, un póster do Celta,/ o diploma dun cursiño/ e caramelos de eucalipto./ Foi todo o que atopamos/ baleirando os caixóns/ da mesa na que traballabas./ Pareceunos inxusto/ que tantas horas lúcidas/ puideran coller nunha caixiña;/ pero a sobriedade foi a túa marca,/ esa que admiramos sempre.// Ti sentenciabas: ‘O fútbol sala/ substituíu ó boxeo no corazón/ dos macarras’. Ti sentenciabas/ audaz, afiado e sorrindo./ Ti endexamais/ usaches crema antiolleiras;/ preferías que a pureza de Paula/ vernizase os teus sedimentos”. 

[Artigo meu publicado onte na edición da Mariña de El Progreso de Lugo]

viernes, 14 de octubre de 2016

De ferro e fantasía

«Y llegó Pedro de Miranda con treinta de a caballo, que eran de tierra brava», escribiu Vasco da Ponte na Idade Media. O xenealoxista referíase á lucense Terra de Miranda, que debe precisamente o topónimo á fidalga estirpe da que descende o citado Pedro, alcumado O Ruín.

O sintagma «terra brava» —que despois o escritor Ánxel Fole aplicou ao Courel e ao Incio— dá unha idea fidedigna da escarpada xeografía mirandesa, pouco amable. Poboada de moito monte, esta comarca remánsase violentamente en ribeiras de augas cantoras, que intentan engalanar á saudable tropa de amieiros, bidueiros, chopos, salgueiros...

Historicamente vencellada aos bispados de Mondoñedo e Oviedo e ao mosteiro de Meira, a Terra de Miranda comunica o interior coa costa ribadense e o occidente asturiano. Un dos ramais do Camiño de Santiago ía ao son da serpeante fisionomía mirandesa. A ruta —tomada polos galegos do norte que chegaban ao porto de Ribadeo— aínda pode seguirse nalgúns tramos. O emblema do Apóstol —a concha de vieira— cobre a parte inferior de cada unha das cinco doncelas que presenta o prodixioso escudo de armas dunha das casas solares dos Miranda, no lugar pontenovés de Goios.

A Terra de Miranda semella a eses imperios esvaídos dos que saltan faíscas. Malia que se siga empregando con frecuencia, o topónimo perdeuse, a efectos administrativos, na zona. Unha mágoa, porque en latín a palabra ‘miranda’ denota «o que debe ser admirado», e a comarca luguesa, igual cá personaxe homónima de ‘A tempestade’ (Shakespeare), faille xustiza a esa definición, por ser rica en salmóns, ferro ou fantasía.

A xente da provincia asocia acertadamente a Riotorto coa Terra de Miranda, pero as lindes aproximadas da bisbarra nin sequera as coñecen moitos nativos. Nos últimos anos, por influencia dunha serie da TVG e da prensa, foi calando en toda Galicia a idea de que Mondoñedo non só forma parte da «terra brava», senón que ademais é a súa capital. Trátase dun equívoco, porque á cidade episcopal régana o Masma, o Valiñadares e o Tronceda, mentres que, como xa se aprecia nos mapas medievais, a bisbarra mirandesa é definida polo curso medio do Eo. De feito, durante varios séculos, o pai dos salmóns más vizosos, que marca a fronteira entre Galicia e Asturias, tamén foi coñecido como ‘río de Miranda’.

Xulio Pardo de Neyra, cuxa familia paterna é riotortega, publicou en agosto o ensaio ‘Eloxio da Terra de Miranda’. Segundo o estudoso lucense, na vella comarca non só entrarían os actuais territorios de Riotorto e da Pontenova —o concello chamouse Miranda outrora—, senón tamén os da Ribeira de Piquín e algúns lugares da Fonsagrada, como Llacín.

O prodixioso escritor mindoniense Álvaro Cunqueiro viviu unha tempada, de neno, en Riotorto. Fuxindo do tifo, instalouse no pazo de Cachán, o berce da súa nai. A Cunqueiro marcouno aquela experiencia, de aí que literaturizase a bisbarra de ladeiras peñascosas en varios relatos pertencentes a ‘Xente de aquí e de acolá’ (1971) ou a ‘Os outros feirantes’ (1979), así como na súa primeira novela, ‘Merlín e familia’ (1955). Grazas ao narrador Felipe de Amancia, antigo paxe de Merlín, sabemos que o famoso mago chegara herdado a Miranda por unha tía segunda materna.

Como reflicten o mencionado libro de Pardo de Neyra e o documental ‘Miranda, mítica e real’ (realizado en 2013 por alumnos da Escola de Imaxe e Son de Lugo), Cunqueiro partiu en gran medida de Riotorto para fundar o universo de ‘Merlín e familia’. O autor foi un pioneiro do realismo máxico en España, e en ‘Merlín e familia’ transmuta a contorna, igual có propio Merlín, quen, ao botar ao aire auga mesturada con «dúas ou tres gotas do licor que il chamaba ‘dos países’», conseguía que un vira o mundo da cor que quixera.



A casa de Merlín —«grande e ben tallada, con un balcón sober do camiño de Meira e solana á cara do sol»— lembra ao pazo de Cachán. Dende ela, Felipe de Amancia ouvía, cando corría o vendaval, «as badeladas do mazo dos ferreiros» do Vilar. Cunqueiro evoca aí o enxeño hidráulico do homónimo núcleo, na freguesía riotortega de Galegos.

Convén subliñar que en Riotorto existe unha magna tradición ferreira. Aquí fabricáronse moitas fouces para as segas de cereais en Castela; e, coma en Taramunde, o oficio aínda segue vivo. A forxa riotortega con máis sona é a de Ferreiravella, que, despois duns corenta anos en desuso, volveu abrirse en 2007, con vistas cara ao turismo.

Na primeira novela cunqueiriá, o «toxo da coroa do castro» remite ao riotortego Castro da Croa, que é o alimento máis proteico para o insaciable maxín dos nativos. Cunqueiro, no seu discurso de ingreso na RAG, falou sobre o mouro da pucha colorada que coida o tesouro (dous bois de ouro) desa fortificación celta. Aquí atopouse un brazal datado entre os séculos III e I a.C. que hoxe pode verse no Museo Provincial de Lugo.

Así mesmo, ‘Merlín e familia’ recende a faragullos, unha das sobremesas máis típicas de Riotorto. O mestre Flute (frautista da cámara de Lord Sweet) devecía por este manxar cuxa protagonista é á fariña de trigo, e ao que se lle pode meter polo medio anaquiños de torrezos; así llo preparaba ao músico Marcelina, cociñeira maior da casa de Merlín.

A cultura mirandesa do ferro alcanzou o seu máximo esplendor coa inauguración, en 1903, do ferrocarril Vilaoudriz-Ribadeo, coñecido popularmente como A Chocolateira. No corazón da actual Pontenova, os restaurados fornos de limonita testemuñan a industrialización, impulsada por unha sociedade vasca. Dende aquí, o tren —de vía estreita— percorría 34 quilómetros para transportar o devandito mineral, que, unha vez no porto ribadense, destinábase a Alemaña, Francia, Bélxica ou Inglaterra. Rentable nun primeiro momento —existiu o plan de prolongar a liña ata o Bierzo leonés ou Lugo—, o ferrocarril comezou a languidecer tras a Primeira Guerra Mundial, que cambiou o mercado dos minerais. A partir dese momento, A Chocolateira centraríase máis no transporte de mercancías, gando e madeira. Con todo, a explotación de limonita permaneceu aberta ata 1950. Catorce anos despois, o tren deixaría de funcionar; pero xa lle dera tempo a transformar a bisbarra dun xeito rotundo, traendo a brisa esperanzadora da costa e creando moitos postos de traballo, frenando así a emigración.

Aínda hoxe non poucos mirandeses lembran o penetrante pitido das locomotoras Borsing, fabricadas en Alemaña, así como aquel olor a fume de carbón e a graxa industrial requentada ao vapor. Os mozos e os turistas poden imaxinar esas sensacións percorrendo parte da ruta (o tramo entre A Pontenova e o concello asturiano de Santiso de Abres), pertencente ás Vías Verdes.

[Reportaxe miña publicada o 7 de outubro no suplemento 'D_finde' de 'El Progreso' de Lugo. As fotos que acompañaron ao texto son de Cristina Arias, J. Vázquez e M. Abraira.]

viernes, 7 de octubre de 2016

Loquillo en Lugo

Esta noche Loquillo actúa en Lugo (21.00 horas, Praza Horta do Seminario) en el marco de las fiestas patronales. Reproduzco aquí el perfil que tracé del rockero para el suplemento del San Froilán publicado anteayer en El Progreso:

EL DANDI QUE VIAJA EN CADILLAC
Loquillo viene de triunfar en Las Ventas. Ofreció un show de tres horas que se enmarcó en la gira ‘Salud y rock & roll’ y cuyas entradas ya se habían agotado tres meses antes. 
El llenazo absoluto en el emblemático escenario madrileño —donde caben 15.000 almas— era quizás la única prueba de fuego que le faltaba por cumplir, al menos en España, a Loquillo. Pueden contarse con los dedos de una mano los rockeros hispanos —Bunbury, Leiva, Andrés Calamaro...— que tienen hoy semejante poder de convocatoria. Con esas credenciales, Loquillo aterriza hoy en nuestra ciudad, donde actuará a partir de las 21.30 horas. El barcelonés destilará su último disco —‘Viento del Este’, cuya primera canción da título a la gira— y sacará a pasear algunos de sus himnos, como ‘Feo, fuerte y formal’ (homenaje a John Wayne) o ‘Cuando fuimos los mejores’. 
También habrá espacio para el repertorio de la época dorada de los Trogloditas, la emblemática banda que lo acompañó desde los primeros 80 y de la que se separó hace casi una década. ‘Cadillac solitario’, ‘Carne para Linda’, ‘La mataré’, ‘Todo el mundo ama a Isabel’, ‘Piratas’, ‘Rock ‘n’ roll star’, ‘Rock suave’... Pocos vocalistas de rock estatal pueden presumir de haber estrenado canciones de tamaña magnitud, todas compuestas por Sabino Méndez —otrora guitarrista de los Trogloditas, con quien Loquillo ha vuelto a colaborar en los últimos discos, tras bastantes años de distanciamiento—. 
Aquellas obras ochenteras emanan una belleza extraña y vigorosa. De haberse dedicado a la música y no al celuloide, podría haberlas firmado Sam Peckinpah. Descarnadas pero sutiles, chulescas y tiernas, sensuales y directas, épicas y líricas, hoy logran provocar escalofríos entre veinteañeros y cincuentones. Si los adolescentes lucenses más sensibles se liberan de prejuicios y no tienen reparos en compartir espacio con señores que peinan canas («Tupés galácticos», canta Loquillo), probablemente encuentren hoy las hormas de sus zapatos, especialmente si suenan piezas frescas como ‘María’ o ‘El ritmo del garage’, que cuestionan el puritanismo de ciertos padres.
Aunque el primer repertorio ‘troglodita’ sea difícil de igualar, a Loquillo hay que reconocerle una notable evolución, nada habitual en sus coetáneos. Guste más o menos, dé o no en la diana —su limitada voz se adapta mejor al tono afilado que al melódico—, el barcelonés ha dado saltos de vértigo en su carrera. Y no sólo porque desde 1991, con el disco ‘Hombres’, pasase a firmar —dignamente— la mayor parte de las letras que vinieron luego.
Por ejemplo, él, que se había doctorado en la universidad stoniana, grabó en 1994 su primer disco de poemas —‘La vida por delante’—, lo cual irritó a algunos de sus seguidores más alicortos. En efecto, entonces aún existía la creencia generalizada de que la dureza residía únicamente en un sonido eléctrico, no en cantar, pongamos, estos versos de Jaime Gil de Biedma musicados por el profesor Gabriel Sopeña: «Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra». 
Loquillo, además, dio el paso de abandonar a los Trogloditas justo después de haber teloneado con ellos a los Rolling Stones y a los Woo. En un momento tan dulce, el catalán de nuevo apostó por el riesgo, retomando la carrera en solitario que precisamente había inaugurado con ‘La vida por delante’, unas veces apelando al cuero y otras luciendo etiqueta de ‘crooner’, pero siempre desde la madurez que se le presupone a alguien de su edad —hoy tiene 55 años—. «Si no me hubiera ido de los ‘troglos’, ahora estaría tocando en festivales de revival de los años 80. Y lo que estoy haciendo ahora es llenar Las Ventas. Aprendí el negocio, la industria», reconoció recientemente el ‘Loco’.
Ese afán de experimentación le llevó el pasado año a interpretar algunos de sus éxitos junto a una banda de rockabilly, The Nu Niles. El trabajo, ‘Código rocker’, concentra casi todos sus perfiles —el muchacho de barrio que escucha rockabilly, sí, pero también ‘doo wop’ o surf, el deudor de Cash, el amante de la lírica, el cinéfilo...—, hilvanados por la actitud de la ‘rock and roll star’ que es. En el CD está la clave de por qué Loquillo atrae a un público tan diverso en edades.
Su última producción, ‘Viento del Este’, donde firman Sabino Méndez o Leiva, conjuga como nunca el combate y la distensión evocadora. Ese difícil maridaje prueba que, voluntaria o involuntariamente, el ‘Loco’ homenajea siempre a John Wayne.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Javier Rivera escribe sobre el sufrimiento de los refugiados

Mi querido maestro Javier Rivera escribió ayer en su columna de El Progreso de Lugo: 

"La instantánea del niño [sirio] muerto, como un muñeco roto sobre la arena, debería colgar en los despachos de los gobernantes europeos. Sería un testigo incómodo que les recordaría las amarguras de esa gente que no tiene derecho ni a ver su salario devaluado por una reforma laboral. El sufrimiento de los refugiados que sueñan un futuro en una sociedad que no les quiere, resuena como una aldabonazo en nuestras conciencias" 

Reproduzco la columna completa de Rivera, que me parece ejemplar por la forma y por las solidarias ideas que transmite: 

jueves, 27 de agosto de 2015

O galego


No século XVI, Juan Luis Vives (lúcido humanista) escribiu: “Algunhas linguas son máis coloridas que outras, así como a grega é máis amorosa que a latina”. Dentro das linguas románicas peninsulares, o galego, coma o portugués, é sobradamente colorido, ademais de amoroso. 

A primeira virtude queda reflectida na melodiosa entoación con que se fala. O carácter amoroso apréciase na naturalidade con que a nosa lingua acepta calquer diminutivo: “fontiña”, “burleta”, “portela”… 

Tan agarimoso é o galego, que, como explicou o lexicógrafo Eladio Rodríguez, ten a estraña capacidade de converter en diminutivos outros diminutivos: de “cadelo” a “cadeliño”, de “soutelo” a “souteliño”, de “señoriña” a “señoritiña”…


Este mapa sinala, en azul, as variedades lingüísticas do galego.

Unha noite —xa fai case catro anos— estaba eu en compañía dunha fermosa rapariga catalá, a cal me contaba os seus lances académicos e deportivos. Falabamos en castelán, aínda que eu dáballe a coñecer verbas da miña lingua vernácula, e viceversa —o catalán resúltame moi suxerente—. Cando acabou o seu emocionante relato, tratei de manifestarlle agarimo con algún eloxio; e entón ela, sorprendida, díxome: “¡Te ha salido el acento gallego!”. Moito me gustou a súa reacción…

Nostálxico, o mes pasado conteille, por correo, esa experiencia a Fuco Lourido, mestre xubilado. O amigo Fuco comentoume que a el tamén lle pasara algo parecido cando traballaba en León e cortexaba a unha rapaceta dalí: “Nos momentos de excitación, sentía que a miña lingua de fondo alteraba as bases do castelán. Un idioma tan solemne pode brincar se é falado por algún galego”. Fuco engadiu: “Non hai moitas linguas que, no ámbito cotián, sensualicen as palabras. O galego, o portugués, o francés, o italiano... Estes idiomas favorecen que o falante atope a esencialidade proxectando máxica atracción”.

En efecto, o colorido do galego propicia esa atracción, e o seu carácter (amoroso, sensual) axuda a capturar os momentos máis líricos. E se o falante é tan sensible coma Fuco Lourido, mel sobre filloas! 

[Artigo meu publicado en El Progreso —edición da Mariña—, 15/08/2015]

domingo, 12 de julio de 2015

Acordes de tenrura

Chamábase Félix Menéndez e, durante vinte e seis anos, foi o exemplar bibliotecario da Veiga. Cando ía velo, o primeiro que facía Félix era poñer a súa man sobre o meu ombro e preguntarme pola miña nai. Tras eses sinais de cariño e confianza, o seu discurso non desembocaba en eloxios superfluos ou tautoloxías; el ía directamente á cuestión que máis nos concernía naquel momento: a preparación dun acto literario, ou a reflexión sobre unha exposición de pintura. Home dinámico, escéptico á hora de falar do seu futuro, sempre tiven a impresión de que, gozando de boa saúde —morreu repentinamente, dun infarto, en abril—, espremía todo o xugo do tempo. Así, nos momentos máis distendidos das nosas tertulias, Félix “era”, mentres un “estaba”. Ah, pero que ledicia estar ó pé dun home tan íntegro e xeneroso!
Félix Menéndez, nunha imaxe do seu Facebook.


Coñecín a Félix na nenez. Lembro perfectamente a primeira vez que entrei, coa miña nai, na biblioteca da Veiga, cuxo fondo é considerable. Daquela Mamá comezaba a traballar na exigua biblioteca do noso Santiso nativo, e xa disfrutaba da amizade de Félix. Eu, ó poñer os pés no espazo laboral deste cabaleiro, sentín que se me abría un mundo de infindas sensacións e posibilidades. Un mundo onde a nostalxia pode ser xubilosa, onde as emocións teñen música, onde a aventura é un fin...
Por suposto, Félix —que era filólogo hispánico— coñecía esas calidades salvíficas da literatura, pero, polo seu carácter xocoso, restáballe solemnidade á arte, algo que agradecía un cativo traveso e soñador de dinosauros.
Sei que volverei atoparme con Félix na miña infancia, porque todas as noites regreso a ela, farto da avaricia e da frivolidade coas que tropezo constantemente. Atoparémonos, por exemplo, no 99, nos ensaios pra o concerto de fin de curso da escola de música veigueña.
El poñerá a súa amable man sobre a miña cabeciña arroibada. Preguntarame —coma sempre— pola miña nai. E eu, seguindo o seu exemplo, non desperdiciarei o tempo: sentareime ó piano pra regalarlle uns acordes de tenrura. Ben os merece o meu fiel amigo. 
[Artigo meu publicado onte en El Progreso (edición da Mariña)]