Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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sábado, 17 de julio de 2010

Alba Alonso: la verdad del detalle

Esta Alba Alonso (Madrid, 1980) de la que cuento, se crió –literalmente– entre bambalinas: siendo una tierna chiquilla, su madre (la carismática intérprete Pilar Bayona) la llevaba a todas sus giras.

–Muy pronto tuve claro que lo mío era el escenario. Primero, empecé con la danza; y luego, en la adolescencia, me puse a estudiar interpretación... Sí, mi verdadera vocación era el baile, y lo acabé abandonando... Pero en esto del teatro el haber bailado me ayuda mucho. En cualquier caso, yo siempre tuve claro que mi medio era el arte –me confiesa Alba, menuda, de ojos felinos y cabello oscurísimo e indomable.

Alba Alonso es muy calmosa al hablar, y ese sosiego contrasta con la viveza casi infantil de sus ojos verdes. Yo la descubrí allá por 2001, cuando ella trabajaba en "Compañeros" (Antena 3). Recuerdo perfectamente un capítulo de esa exitosa serie en que Leonor, "Leo" (el personaje adolescente que interpretaba Alba), se había propuesto organizar un botellón sin alcohol, a fin de demostrar a sus profesores que algunos jóvenes eran capaces de disfrutar en la calle –de noche– con el único aliciente de una compañía adecuada. Tan original era la propuesta que Leo concedió, finalmente, una entrevista a una cadena televisiva; éstas eran algunas de sus declaraciones:

–Todo en la sociedad (la familia, los medios de comunicación, los anuncios…) nos invita a beber, a salir, a divertirnos... ¡Pero luego se nos prohíbe beber porque somos menores! ¿No hay algo contradictorio en todo esto? (Risas).

Traigo a colación este diálogo para dar cuenta del abanico interpretativo de Alba Alonso. En lugar de enfurecerse, tras haber puesto patas arriba –con razón– esta sociedad consumista, Alba otorgó a su personaje Leo (que era pobre de espíritu: no en vano, le costó sudor –y alguna lágrima– superarse a sí misma, actuar de acuerdo con sus ideas, organizar, en fin, una movilización de semejante trascendencia) un matiz: la risa. Cuando Leo lanza aquella pregunta al aire ("¿No hay algo contradictorio en todo esto?"), sonríe levemente, con una mezcla de pudor, picardía y confusión. Y, de este modo, no quita hierro al asunto, todo lo contrario: enfatiza –midiendo muy bien sus fuerzas– la frase.

Han pasado casi diez años desde entonces, y esta Alba (que ya cuenta con una dilatada trayectoria teatral: ha trabajado a las órdenes del mismo Miguel Narros en El burlador de Sevilla, en Romeo y Julieta o en La abeja reina, obra que representa en la actualidad al lado de mi querido Miguel Rellán y Verónica Forqué) reconoce que la pequeña pantalla ha sido su mejor escuela:

–La tele, pese a no ser artísticamente tan gratificante como el teatro o el cine, me ha dado muchos reflejos y muchos refuerzos, me ha ayudado a desenvolverme delante de una cámara...

Ha pasado casi una década –decía–, y Alba Alonso no ha cejado en su empeño por trabajar el detalle, que es la única verdad interpretativa. Esta meticulosa actriz, más que acercarse a sus personajes, se encuentra con ellos, tras el obligado estudio. Valle-Inclán (autor que sé muy querido por Alba) explicó en una entrevista para el diario ABC (1928) que el creador ha tenido distintas posiciones a lo largo de la historia: De rodillas (cuando el autor es inferior al personaje: ahí está la épica), de pie (si se igualan los personajes al creador: pensemos en Shakespeare) y desde el cielo (el autor está por encima de los personajes: la posición natural del esperpento, consecuencia del enajenamiento y del distanciamiento artístico). Alba Alonso, sinónimo de naturalidad, estaría –según la teoría de Valle, aplicable, a mi juicio, al intérprete– de pie.

Las encarnaciones de Alba son un fiel reflejo de su personalidad. Revelaré, para que el lector se haga una idea de cómo es la actriz, el siguiente detalle: cuando ella y yo nos conocimos, le recomendé algunas películas de Ingmar Bergman (santo de su devoción), y ella apuntó los títulos pausadamente, con mucho cuidado, marcando el trazo, sin dejar de escucharme, sin dejar de saciar su infinita curiosidad… Así da vida Alba a sus personajes, llegando a sufrir las consecuencias de éstos:

–Ahora estoy interpretando –me confiesa Alba, con los ojos de mirar inquieta– a una yonqui para una película (aún en fase de grabación) de Maggi Peren, junto a Natalie Poza, Álex González, Hubert Koundé... Ese pequeño papel tan extremo me ha atormentado, me ha producido un gran desasosiego...

A esta joven actriz le reprocharon en algún casting su "excesiva" vocalización. Cuando me enteré de tal dislate (al contrario que la mayor parte de los actores de nuestra generación, opacos y atropellados, Alba es dueña de una dicción fluida y cadenciosa), sentí ganas de fraguar un escrito incendiario contra algunos mangantes magnates de la industria audiovisual. Pero es más provechoso seguir el ejemplo –el detalle– de la propia actriz: dibujar, en el público inteligente y sensible, sutiles sonrisas que no eluden la melancolía o la crítica. A eso aspira uno.


Alba Alonso en La aventura de Rosa (2008), un cortometraje de Ángela Armero.

Por HÉCTOR ACEBO (La Noche Americana, 17/07/2010)

viernes, 17 de julio de 2009

Sorolla creía que toda hora era alba


Su magistral uso de la luz hace vibrar sugestivamente los colores, marca –lejos de cualquier academicismo aséptico– el movimiento de las figuras, haciendo carne aquel verso del enigmático Pessoa:Tengo una distracción animada”, que para mí es una de las más bellas declaraciones amorosas (espero dedicársela algún día a una chica merecedora de tal alabanza: las palabras y las imágenes son de quien las necesita). He pasado una mañana entera en el Museo del Prado, que acoge desde el pasado mayo (y hasta los primeros días de setiembre) una antología de la obra pictórica de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923); ahora regreso a la vida real (bastante más estática, por cierto, que los cuadros impresionistas) y tengo la sensación de que me sobran muchos colores…

La luz de Sorolla hiere, esconde –en la aparente calma del horizonte– vidas golpeadas por el mar, margaritas que se vieron forzadas a matar a sus vástagos para ocultar tantos amores pendencieros, infantes tullidos (por obra y gracia del Señor) que se sumergen en el mar bajo la vigilancia de un fraile… La luz hiere, pero, como no me basta con mirar, intento asirla, condensarla en la mente y en los sentidos… Al final, caigo en la tentación: y me traigo del Prado una prueba tangible, a fin de compartir con mis seres queridos esa espontaneidad saludable (incluso las tragedias sorollistas desprenden calidez), como escribió en el lejano 1908 el crítico Ángel Vegue y Goldoni en las páginas de La Lectura (una revista de las artes y de las ciencias en la que colaboraron no pocos personajes adscritos o cercanos a la Generación del 98). La prueba espontánea es una lámina que lleva por título “La siesta”. Fechada en 1911, no reproduce la obra más representativa o dolorosa de Sorolla. Poco me importa. Como si se tratase de una foto en picado (lo que distinguía a Sorolla de otros maestros de la época era, principalmente, el encuadre), cuatro figuras femeninas descansan, indolentes, bajo el sol. Apenas hay aire en esta visión, dando una sensación de reposo, de pereza, de pesadumbre, de frondosidad… Sin embargo, a pesar de todos los calificativos (propios de una hora tan bucólicamente mundana como la siesta) empleados en la oración anterior, la perspectiva del cuadro es absolutamente dinámica y sirve de contrapunto. ¿El resultado? Fíjense en esas telas tan luminosas (desperdigadas por el cuadro) o en la vivísima hierba: ¡una sensualidad desbordante!


Desbordante. Pensándolo bien, no me sobran muchos colores. Tal vez debería -deberíamos, compañeros de viaje– plasmar más movimientos. Los que estamos divinamente condenados (como yo y como la mayor parte de los artistas, insumisos y soñadores) a convivir con ese estado emocional llamado melancolía, recurrimos a menudo al arte para construir un universo paralelo que resucite a aquellas personas, casas o sensaciones perdidas… El problema estriba en cómo hallar el equilibrio. Porque esa bilis negra (que dirían los griegos) a veces nos abaja –y denunciamos, rabiosos, tantas injusticias cometidas por un capitalismo salvaje que, pese a que hoy hace aguas, todavía es dignificado por esos señores de la guerra apellidados Bush y Aznar–, pero en otras ocasiones esa melancolía visionaria también nos eleva al olimpo –y bebemos, extasiados, los vientres más diáfanos de las musas– sin premeditar horario alguno…

Intuyo que Sorolla supo convivir (al menos así lo atestigua su obra) perfectamente entre esos extremos. Independientemente de la hora o del estado, su protagonista absoluta SIEMPRE fue la luz. Y eso es admirable. ¿Mujeres con geranios, espumosas playas mediterráneas o pescadores desangrados? Qué importa: son todos trabajos del artista. Condenados (poetas, pintores y cineastas) a ver sin ser vistos. Álvaro Cunqueiro, prodigioso periodista y novelista gallego, escribió: “El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba”. Exactamente.

Por HÉCTOR ACEBO (La Huella Digital, 17/7/09)