Blog de textos, ocurrencias, esquirlas, alegorías, reflexiones..., de Héctor Acebo (Oviedo, 1987), articulista colaborador del diario asturiano más influyente, La Nueva España, y de La Huella Digital, revista universitaria (el autor estudia 5º de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid) de la cual es actualmente coeditor.
La asociación cultural San Tirso del Eo, de San Tirso de Abres, ha premiado con el galardón «Terra viva» a Clemente Díaz, gaitero ibiense de 93 años. El premio se otorga cada año a una persona, institución o grupo civil que destaque por su apoyo a la cultura tradicional propia de la comarca Eo-Navia, informa H. A.
Un eminente profesor de la Facultad de Ciencias de la Información me recriminó en cierta ocasión los “saltos abruptos de plano” y los “consecuentes cambios de sonido” derivados de la humilde grabación (tan sólo poseía mi cámara digital –de fotos con opción para grabar vídeo, entiéndase– y alguna que otra idea formal y pasional) de un espontáneo cortometraje. Yo, como admirador de ese cineasta antiacadémico –y deudor de la mejor serie “B”– llamado Jean-Luc Godard (París, 1930) que soy, me tomé, evidentemente, aquel reproche como un halago. Cuarenta y nueve años han pasado (quién lo diría) desde el estreno del asombroso filme godardiano Al final de la escapada (À bout de souffle)… Y, como ven, a ciertos sectores de la crítica más académica todavía les cuesta reconocer la valía innovadora de un cineasta tan poco respetuoso (sería injusto obviarlo) con los ilustres modelos de prestigio.
El desvergonzado Godard (a quien es capital enmarcar en la Nouvelle vague –Nueva ola–, ese movimiento surgido entre grupos de jóvenes y descontentos cineastas –Truffaut, Rohmer, Chabrol…– en Francia hacia 1960: todo un preludio de la Revolución de 1968) comenzó su carrera cinéfila dedicándose a la crítica en la prestigiosa revista francesa Cahiers du cinéma. En sus escritos, en sus miradas encendidas, tomaba (a fin de dinamitar la estructura formal más anquilosada y aséptica del cine francés de entonces) como referentes a Nicholas Ray, a Bergman o al Siegel de La invasión de los ladrones de cuerpos. Artesanos elegantes e inquietos que dominaban el montaje.
A Godard le debemos algunas de las técnicas hoy consideradas estándares (pero que en aquella época destilaron, en efecto, heterodoxia), como el rodaje de secuencias cámara en mano, sin iluminación especial, con planos acrobáticos (que derivaban no pocas veces en los temidos saltos), así como el uso de diálogos tan espontáneos y reales que parecían improvisados. Un rodaje tan personal, ligero y económico (en Al final de la escapada, el director de fotografía forjó los bulliciosos travellings valiéndose de una silla de ruedas que reemplazaba los clásicos raíles) venía a demostrar algo obvio: las ideas están por encima de cualquier efecto afectado. De eso también sabían mucho el propio Siegel o mi amado Boetticher.
De Godard lo mejor que puede decirse (para suscitar la curiosidad en el joven espectador) es su autodefinición: “Como crítico, ya me consideraba un cineasta. Hoy sigo considerándome un crítico y, en cierto sentido, lo soy aún más que antes” (Cahiers du cinéma, nº 138, diciembre de 1962). Ciertamente el articulista Godard, aun cuando no había rodado ningún filme, era un auténtico cineasta, porque, como diría Octavio Paz refiriéndose al poeta, al enfrentarse con el lenguaje, se enfrentaba con los fundamentos mismos del mundo. Asimismo, Godard, cámara en mano, siguió siendo un crítico, pues rodaba ensayos con forma de novela o novelas con forma de ensayo: “Simplemente –precisaba el propio Godard–, los ruedo en vez de escribirlos”.
Analítico y emocionante, elegante e irreverente, inocente (un artista jamás debe perder la capacidad de asombro) y sesudo, vitalista y melancólico, este paradójico creador-crítico jamás tuvo reparos en combinar la ficción con algunas partes prácticamente documentales (irrumpiendo, a veces, en la historia mediante sus propios comentarios), en revitalizar las facultades del collage y de la cita, en pasar de un concierto de Bach a un concierto de cláxones, en celebrar deliberadamente los más extremos cambios de tonalidad en una misma secuencia (dinamitando la tradicional concepción del raccord), en liberar a sus personajes para entregarlos –detenida la acción– al juego, a la charla, al baile, a la voluptuosidad… ¿El resultado? Un inquietante “híbrido entre el retrato íntimo de la pareja en su trabajo y la elaboración de un pensamiento sobre la historia”, escribe acertadamente Jacques Mandelbaum, crítico cinematográfico de Le Monde.
Y es que Godard fue ante todo un romántico plenamente consciente de su anacronismo. Al final de la escapada expresa magníficamente (incluso de manera más explícita que la fundacional Los cuatrocientos golpes, 1959, de Truffaut: estoy de acuerdo con Mandelbaum) ese sentimiento tan melancólico de haber llegado demasiado tarde a su labor. Una labor creadora y crítica que, de emplearse el montaje adecuado, podría haber cambiado –según él– el curso de la Historia. Así concebía el cine Godard, llevando hasta el extremo sus tesis a partir de la segunda mitad de los 60, cuando forjó (aun a costa de sacrificar buena parte de su público) una serie de películas con pronunciados tintes maoístas y marxistas-leninistas (pese a la indiscutible calidad y a la premonición acertada que auguraban, confieso que me resultan un tanto pedantes, al igual que Pierrot, el loco, filme de transición), ideologías muy en boga de la juventud e intelectualidad parisina en aquellos años.
Utopías aparte, este controvertido cineasta cambió para siempre nuestra manera de mirar. Lo cual no es moco de pavo, si aquel eminente profesor me permite la espontaneidad.
Filmografía recomendada: Al final de la escapada (1960); Vivir su vida (1962); Banda aparte (1964); Lemmy contra Alphaville (1965); Pierrot, el loco (1965) y Week-end (1967).
Vivía en una pequeña ciudad gallega, no recuerdo si en Tuy o en Betanzos, o quizás viviese en una villa antigua como Noya o Ribadavia. Salía a pasear por las estrechas calles o la plaza, muy saludador de los vecinos. Y de pronto subiendo o bajando por una rúa, o cruzando bajo unos soportales, se daba cuenta de que detrás de él venía don Fulano o el Señor Mengano. No es que le hubiese visto, ni oído hablar ni reconocido por los pasos. No. Era un sentido especial que Jenaro Pedreiras tenía y que le hacía saber que unos metros más atrás de él caminaba don Fulano o el señor Mengano. Eran antiguos. Se saludaban, conversaban del tiempo o discurrían sobre las noticias del mundo que venían en el periódico. Jenaro Pedreiras no decía nada a nadie de este sentido suyo tan especial que le delataba sus seguidores. Esa era la palabra justa: seguidores. Porque, ahora se daba cuenta de que esos que él advertía que seguían sus pasos, y lo seguían verdaderamente. Es decir, lo vigilaban, o aun más concretamente, lo espiaban. ¿Había hecho algo Jenaro que exigía que fuese vigilado, espiado, por sus convecinos? No, no tenía nada que reprocharse. Ni de política, ni de asuntos de dinero, ni de amores clandestinos. Su sexto o séptimo sentido llegaba a advertirle cuando se despertaba por las mañanas:
–Hoy vas a ir por la calle de San Martín, y te va a ir siguiendo el sastre Donato.
Y Jenaro Pedreiras se vestía y calzaba, desayunaba y salía a la calle, y bajaba hasta San Martín. Saludaba a la señora Mercedes que estaba poniendo a la puerta de su tienda las manos de grelos y los repollos, y media docena de quesos, y al dependiente de la ferretería, que sacaba los tableros del escaparate. Nadie subía ni bajaba por la calle. Doblaba la esquina de la plaza, y esperaba. Y efectivamente, saludando también a la señora Mercedes y al dependiente de la ferretería, aparecía el sastre Donato… Habiendo realizado varias experiencias de este tipo, Jenaro Pedreiras decidió burlar a sus seguidores. Se escondía en este o en aquel portal, echaba a correr y entraba en una iglesia, o se ocultaba tras el grueso tronco de los negrillos de la alameda. Pero, quizás no fuese bastante lo que hacía para despistar a sus seguidores. Tenía que disfrazarse. Adquirió barbas postizas y un bigote a lo káiser, gafas negras, y buscó en un armario ropa de mujer, que fuera de sus madre. Y así salió a la calle de barbudo, y no lo seguía nadie, y otro día de bigotudo y con gafas, y tampoco. El barrendero municipal lo miró con alguna extrañeza, pero no lo saludó ni dijo nada. Otro día se decidió a salir vestido de mujer. Vistió ropas de su madre, que era de su misma talla, y se puso, bajo un pañuelo de seda negro, la peluca que comprara en Santiago. Y salió de medio tacón a la calle, medio embozado en una toquilla. Paseó por dos o tres calles. Era mirado con curiosidad, pero nadie lo seguía. “Me miran porque me encuentran forastera”, se decía a sí mismo Jenaro. Cruzó la plaza y regresó a su casa. Y cuando entraba en ella se le acercó el carpintero que tenía su taller enfrente:
–¡Nunca creí que tuviese tanto humor, don Jenaro! ¡Mire que a sus años disfrazarse de señora viuda un martes de Carnaval! ¡Y muy apropiado, con sus medias caladas y su zapato de medio tacón!
A Jenaro Pedreiras, con tanta preocupación por el espionaje de que era objeto, se le había pasado que estábamos en Carnavales.
Se quejan los críticos cítricos porque abuso del grado superlativo. Ellos dicen que aquel cuerpo era pequeño, pues no saben que en la cama crecía. No, ninguno de ellos sería capaz de llevar, como mi abuelo, los mismos calzoncillos de lunes a domingo.
Siempre dicen que he de buscar, cuando termine la carrera, una mujer que me cuide y me comprenda: ¡qué atrevimiento! Pero tan sólo yo sé que en aquel trasero nace el Eo. Que pasa por A Pontenova, que se detiene en San Tirso y que desemboca en el Mar de Sus Senos formando la ría de Ribadeo.
Se quejan los críticos cítricos porque abuso del grado superlativo. Pretenden que regrese a la Edad Media: ¿sería justo decir que aquellos muslos solamente eran claros? Cuando las lombrices devoren sus nalgas, tal vez entienda ese empeño. Mientras tanto…
Se cumplen diez años de la muerte de la insigne cantante, que dignificó –en una época fascista– a la mujer como extraordinaria portadora de ondulantes sentimientos.
Su repertorio nunca figura en las selectas páginas de la Rolling Stone o la Rockdelux. Mejor así: las crónicas pasionales (que no rosas) de un pueblo ancestral se leen con la imaginación: intensamente. La vocalista Amália Rodrigues (Lisboa, 23 de julio de 1920, según la partida de nacimiento – Lisboa, 6 de octubre de 1999) atesoró, en palabras de Carlos Cano –quien escribió para ella el formidable tema “María, la portuguesa”–, “los graves más hermosos de mujer de toda la península Ibérica”. Yo aún iría más lejos: su voz fue la liberación, el triunfo –en una sociedad espeluznantemente machista– de la mujer como infatigable portadora de sentimientos.
Amália, hija de padres pobres, educada en el muelle y en la calle –donde vendía limones con su hermana–, renovó e internacionalizó un género popular como el fado (cuya estructura melódica es, en efecto, bastante simple y cerrada) introduciendo en su repertorio (apto para grandes palcos) enjundiosas letras de poetas portugueses. Cantaba como seguramente hacía el amor: sin freno, en primera persona, con una energía desaforada, haciendo temblar desde la primera nota su propia garganta. Recordaba o soñaba sus aventuras fatalistas, las interacciones en las tabernas, la pobreza de su tierra, con una saudade que inunda, todavía hoy, la alcoba de cualquier emigrante medianamente sensitivo.
Muy pocos comunicadores habrán expresado mejor que Amália esa miscelánea (soledad, nostalgia y añoranza) característica del vecino portugués: “Pueblo que lavas en el río, / que cortas con tu hacha / las tablas de mi ataúd. / Puede haber quien te defienda, / quien compre tu suelo sagrado, / pero tu vida no”. Con tal grabación (fechada en 1963) se diría que Amália predijo la perfidia de algunos de sus compatriotas izquierdistas, quienes, tras la Revolución de los claveles (1974), la relegaron al olvido acusándola de haber apoyado el derrocado gobierno fascista (ciertamente, sus primeras letras eran un tanto reaccionarias) que personificó, durante más de cuarenta años, Salazar. Amália falleció en 1999, y parece ser que fue entonces cuando se supo que había colaborado económicamente, en la clandestinidad, con el Partido Comunista Portugués. No en vano, este joven crítico se ha dado cuenta de que no pocos madrileños progresistas recuerdan en la actualidad la poderosa interpretación que hizo Amália del tema “Grândola Vila Morena”, usado como himno de la liberación de un pueblo, de esa pacífica y lírica revolución que nació en el interior del propio ejército y fue apoyada masivamente por los ciudadanos…
Es sabido que el fado experimentó un impulso impresionante con el regreso de la Corte a Portugal desde Río de Janeiro en 1821. Sin embargo, los musicólogos e historiadores siguen sin tener claro cuál es el verdadero origen de este popular género. ¿Nació en los barrios habitados por la población negra en la época de la abolición de la esclavitud? ¿O estamos ante un invento árabe que trajeron los musulmanes a raíz de la invasión de la península Ibérica en 711? ¿Y, me pregunto yo, a qué se debe la ondulante voz de Amália? ¿Estuvo enamorada de algún marinero alevoso de Cabo Verde? “Los rizos de tu cabello / son rubios y perfumados, / son redes a las que se prenden / las almas apasionadas”, canta con fruición en el conocido “Fadinho da tia Maria Benta”. Aunque yo me quedo con estos otros precisos y preciosos versos que no necesitan traducción: “Meu amor, meu amor: / meu corpo em movimento…”. ¡Ay, ay, señoras como Amália ya no hay!
Tras el levantamiento del secreto del sumario con imputación de 71 personas, el caso Gürtel con sus distintas ramificaciones ha entrado en una nueva fase judicial, de consecuencias políticas hoy por hoy impredecibles. Por una parte, aparece la trama de corrupción que afectó a grandes municipios madrileños (Pozuelo, Majadahonda, Boadilla, Arganda, etc.), políticamente neutralizada de momento gracias a las fulminantes dimisiones exigidas por Esperanza Aguirre. Pero luego está el caso Camps, el presidente del Gobierno valenciano cuya imputación por cohecho fue polémicamente sobreseída, pero contra quien la fiscalía del Supremo ha pedido la reapertura del caso, dada la aparición de nuevas evidencias de corrupción. Y por encima de todo esto sobrevuelan los indicios de financiación ilegal que afectan a la sede central del PP, y ello tanto en la anterior época de Aznar como en la actual etapa de Rajoy, cuyo tesorero Bárcenas está imputado por cohecho en el sumario principal. Un complicado macroproceso de corrupción política que podría significar para el PP algo equivalente pero de mayor dimensión a lo que supuso el caso Filesa para el PSOE en los años noventa. Resulta aventurado especular con el futuro del caso Gürtel, pero con independencia de los avatares judiciales y de las repercusiones políticas que sobrevengan en su tramitación, es evidente que este caso se va a convertir en un test evaluador de la calidad de nuestra democracia. ¿Sobrepasaremos con éxito esta prueba crucial? ¿Sabrán estar nuestras instituciones a la altura de las circunstancias? En este sentido, también el caso Filesa supuso un test de calidad, una prueba de consistencia y fortaleza que, por razones que veremos después, y pese al malestar colectivo que causó en su día, nuestra democracia superó con claridad, saliendo reforzada de ella. ¿Sucederá lo mismo esta vez? Basaré mis argumentos en un texto cuya traducción acaba de publicarse, resumiendo la literatura sobre el análisis comparado de las democracias. Me refiero al libro Democracia y democratizaciones (CIS, 2009) del célebre politólogo italiano Leonardo Morlino, autor que distingue cinco dimensiones determinantes de la buena o mala calidad democrática. De esas cinco variables, dos son procedimentales: el imperio de la ley (rule of law) y la rendición de cuentas (accountability). Otras dos son sustantivas, pues afectan a los contenidos de la democracia: la libertad y la igualdad. Y la última se refiere a los resultados de las políticas públicas: es la satisfacción ciudadana, de la que depende la legitimidad de las democracias. Pues bien, al aplicar su matriz al caso español, las dos variables en que salimos mejor librados son las sustantivas, pues ni la libertad ni la igualdad están aquí amenazadas (aunque esto debería matizarse, dada la injusta segregación de los inmigrantes). Pero no ocurre lo mismo con las otras tres (rule of law, accountability y legitimidad), cuya aplicación es bastante más dudosa, y el caso Gürtel es una prueba muy significativa. Por lo que respecta al imperio de la ley, es evidente que los elevados niveles de corrupción política cuyos indicios están aflorando en los sumarios demuestran un incumplimiento de la legalidad vigente prácticamente generalizado. Y en esto llueve sobre mojado, pues el caso Gürtel sólo es el último de una larga lista donde también aparecen los casos de Marbella, Estepona, Mallorca, etc. En este sentido, a las democracias con alto nivel de corrupción, donde se incumplen sistemáticamente las leyes, Morlino las denomina democracias ineficientes o defectivas. Pasemos al segundo indicador: la rendición de cuentas. Aquí Morlino hace suya la distinción de O'Donnell entre accountability vertical, que se ventila en los comicios electorales cuando los ciudadanos juzgan retrospectivamente los incumplimientos de sus gobernantes sancionándolos mediante la alternancia, y la accountability horizontal: la exigencia de responsabilidades ejercida por los tribunales, las instituciones reguladoras independientes y la sociedad civil. Pues bien, es evidente que ninguna de ambas accountabilities está funcionando en el caso Gürtel: el cohecho de Camps y los suyos ha sido sobreseído por un tribunal amigo (si es que no presuntamente prevaricador), y los indulgentes electores han premiado con mayor cosecha de votos a los imputados por corrupción, en lugar de castigarlos o al menos suspenderlos como se merecían, dicho sea en términos de ética ciudadana. Luego volveré sobre esto. En cualquier caso, a las democracias en las que la accountability no funciona, o funciona mal, Morlino las denomina irresponsables o delegativas (populistas) en el sentido de O'Donnell. Queda por ver la cuestión de la legitimidad o grado de satisfacción con los resultados de la democracia (no con la democracia misma, que no se discute en cuanto tal). Pues bien, también aquí parece evidente que hay fracciones crecientes de ciudadanos que no se sienten legítimamente representados por sus gobernantes, ni tampoco por los candidatos de la oposición (lo que explica la ausencia de alternancia), expresando su rechazo sobre todo mediante la abstención. Es verdad que la polarización reinante produce abultados apoyos electorales al partido en el poder (el PSOE en el Gobierno central, el PP en los Gobiernos de Madrid o Valencia), pero semejante sostén debe ser interpretado no tanto como aval, ni mucho menos como adhesión, sino sobre todo como mal menor: si se vota a los propios candidatos es con las narices tapadas y para castigar a sus todavía más odiosos adversarios, a los que se rechaza por ilegítimos. Una desafección política tipificada por Morlino como democracia no legítima (o mejor, deslegitimada). En cualquier caso, bien podría pensarse que esta pérdida de calidad fuera sólo pasajera o episódica, y que la democracia española recuperará su normalidad cuando el caso Gürtel supere su tramitación judicial. Pero no cabe abrigar esperanzas que podrían revelarse infundadas, pues también podría ocurrir lo contrario si el caso se archiva o anula, sentando un aciago precedente destinado a reproducirse. Y aún queda la posibilidad intermedia: que el proceso se alargue indefinidamente dando tiempo a que el PP recupere el poder en 2012, obteniendo así la victoria y con ella la impunidad política. Lo cual podría significar la puntilla para la democracia española, condenándola para siempre a la persistencia de la irresponsabilidad en el sentido de Morlino. Hasta ahora, exceptuando el caso Naseiro, el PP estaba limpio de corrupción, y sólo el PSOE había caído en la vergüenza del caso Filesa y demás asuntos aledaños. Pero este partido lo pagó perdiendo el poder y manteniéndose alejado de él durante ocho años (sólo lo recuperó gracias a los errores y las culpas de Aznar), quedando vacunado contra la corrupción para mucho tiempo. Mientras que si el Partido Popular volviera al poder en el año 2012 (lo que resulta incluso probable, dada la impotencia de Zapatero ante la deriva de la crisis), sin haber pagado ningún precio por el caso Gürtel, semejante recompensa supondría en la práctica un incentivo a la corrupción y una patente de impunidad, desmintiendo el programa radiofónico de mi infancia que se titulaba: El criminal nunca gana. De ahí la crucial importancia de este test, que la justicia española debería sancionar con urgencia antes de que sea demasiado tarde.
La crónica y el ensayo son, al igual que el poema o la novela, la columna periodística o el teatro, dos líneas paralelas que espero soldar en este espacio crítico cuyo fin es, parafraseando a Ezra Pound, "la máxima exactitud de las palabras".