Bitácora de Héctor Acebo, poeta, periodista cultural y doctor en Periodismo

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domingo, 6 de mayo de 2012

Un poema para elogiar a mi querida madre

EL CAMPO DE ARRIBA

Yo imperaba detrás de una cerca. Yo
tenía un caballo en aquel reino
y también una espada. Yo
poseía toda la vastedad del prado
hasta el campo de arriba
hasta el palacio de fantasía y ramas
y tú que eras la reina
me concedías todo aquel dominio
me amparabas
venías a buscarme
a la hora del pan con chocolate
o cuando oscurecía.
Nunca más
he sentido el orgullo del poder
como allí lo sentía porque aquel
era un feudo tan bello como el aire
como una flor de otoño y sus fronteras
tú me las señalabas
con la voz con el gesto
de tus brazos tendidos cuando yo regresaba.

Texto: José Agustín Goytisolo.
Cuadro: "Berggipfel", de E. L. Kirchner.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Dos poemas para los "críticos cítricos"

El pasado 29 de junio, durante la presentación de mi primer poemario –Camas de hierba– en el concejo asturiano de Vegadeo, dediqué el poema que sigue, "Desafío", a ciertos vecinos gangrenados que hacen bandera de su ruindad, de su doble moral, de su envidia, de su chismorreo, de su espíritu provinciano...

DESAFÍO
(Héctor Acebo)


Se quejan los críticos cítricos
porque abuso del grado superlativo.
Ellos dicen que aquel cuerpo era pequeño,
pues no saben que en la cama crecía.
No, ninguno de ellos sería capaz de llevar,
como mi abuelo, los mismos calzoncillos
de lunes a domingo.
Siempre dicen
que he de buscar, cuando termine la carrera,
una mujer que me cuide y me comprenda:
¡qué atrevimiento! Pero tan sólo
yo sé que en aquel trasero nace el Eo.
Que pasa por A Pontenova, que se detiene
en Santiso y que desemboca
en el Mar de Sus Senos, formando
la ría de Ribadeo.
Se quejan los críticos cítricos
porque abuso del grado superlativo.
Pretenden que regrese a la Edad Media:
¿sería justo decir que aquellos muslos
solamente eran "claros"?
Cuando las lombrices
devoren sus nalgas,
tal vez entienda ese empeño.
Mientras tanto…

¡ay, mientras…

TANTO!



A uno le gusta pensar que este "Desafío" está emparentado con las ráfagas de amor y despecho de José Agustín Goytisolo. En la primavera de 2008, cuando comencé a escribir Camas de hierba, leí (y escuché) no pocas veces el siguiente poema combativo del maestro catalán:

QUÉ LINDA ES PEPA
(J. A. Goytisolo)


Yo deseo morir
en Cuba entre las piernas
de una mulata que
le dicen Pepa

y más nunca a París
quisiera yo volver
por miedo a los cuchillos
de Michelle.

Pero estoy vivo y meo
estrepitosamente
la sucia boca de un
montón de gente

y haré mil cosas feas
cuando ya esté aburrido
de tanto fantasmón
y tanto ruido.

Mas temo no volver
ni a Cuba ni a las piernas
de la mulata
María Josefa

y morir en París
en un cuarto de hotel
y en el pecho un cuchillo
de Michelle.




Rodeado por un ambiente opresivo que reprimía tanto las pasiones como los sentimientos, la poesía fue en la adolescencia mi verdadera tabla de salvación. Mi manera de proponer una obstinada resistencia al discurso único. Al machismo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Internet, la creencia pararreligiosa


Muchos de mis amigos y conocidos saben que uno tiene la sana costumbre de enviar –vía e-mail– textos literarios (artículos, relatos, poemas…) propios o ajenos. Huelga decir que valoro la posibilidad de la actualización informativa, del intercambio instantáneo de sentimientos o sensaciones, del debate a cientos de kilómetros de distancia, que ofrece la Red: no en vano, he colaborado y colaboro en varios medios digitales, y soy uno de los editores de La Huella Digital. Sin embargo, uno utiliza –no sólo profesionalmente– este instrumento como un complemento del papel impreso, no como un sustituto. No es mi intención enviar mandobles o saetas ponzoñosas a quienes considero fuera de mi ortodoxia ética y estética, pero me asusta ese discurso atroz de la tecnología por la tecnología, esa actitud destructiva hacia el medio impreso (al que debemos tantos aprendizajes y tantas horas de entretenimiento). En efecto, desconfío, como Giovanni di Lorenzo (director del semanario alemán Die Zeit, una publicación impresa más rentable que la mayor parte de portales digitales), de esas “creencias pararreligiosas en Internet”. Unas creencias que se han convertido ya en una ideología con muchos seguidores.

Ciertos periodistas y, sobre todo, ciertos licenciados en Periodismo (este oficio rara vez se aprende en la Facultad: no es lo mismo memorizar cuatro definiciones ridículas que interpretar los hechos), ciertos licenciados, decía, presentan a la Red como la única esperanza, como la única salida. Pongo como ejemplo este tweet (así se denomina cada uno de los comentarios publicados en la red social Twitter) de un estudiante de 5º de Periodismo: “Se admiten sugerencias sobre blogs interesantes (me vale cualquier tema), para dar un poco de comer a mi Google Reader, que lo tengo abandonado”. Uno piensa, en buena lógica, que para esta persona, y para tantas otras, lo importante es única y exclusivamente el fin en sí mismo (no el medio para conseguir un fin): o sea, navegar por la Red (descargar compulsivamente cientos de podcasts que probablemente sólo sirvan para “dar de comer” al disco externo, repasar los vídeos más vistos de Youtube, actualizar la red social –con cualquier comentario intrascendente– en medio de una tertulia amistosa…). Lo de menos es el contenido: “Si me quitan este programa –dirán algunos–, ya encontraré otro que se le parezca, y, si el nuevo hallazgo no me gusta, haré lo posible para adaptarme al mismo cambiando mis hábitos, mis filias, mis fobias…”.

Esta ideología extrema puede degenerar –como apunta Di Lorenzo– en violencia, en fantasías totalitarias y guerras contra la verdad. Como los tertulianos de la telebasura, como los fascistas, como los estalinistas, muchos acérrimos de la Red no perdonan disidencia a su credo: repasen algunos insultos –muchos de ellos anónimos– que contaminan las bitácoras o los periódicos digitales. Uno entiende, por tanto, que la libertad de expresión se confunde hoy con la posibilidad de ser soez y despótico. ¡Qué dolorosa contradicción: la lectura siempre ha sido infalible a la hora de constatar que el mundo puede verse de diversas miradas! Sin profundizar en asuntos filosóficos y psicológicos, sólo diré –a modo de epítome– que no hemos cambiado mucho, pese a los incontables inventos tecnológicos, desde que Marx acuñara (refiriéndose a las relaciones de trabajo capitalistas) el terrible término alienación, esto es, el estado mental caracterizado por una merma del sentimiento de la propia identidad. El hombre, oprimido por un sistema dictatorial o por la publicidad consumista, deja de tener opiniones propias y actúa (tilde más, tilde menos) como un robot: al dictado de los poderosos.

También le preocupa a uno hoy la total confusión de los términos información y conocimiento. Conviene recordar que Internet, al igual que los libros, nos da la posibilidad de acceder a la información, no al conocimiento. Este conocimiento sólo adquiere su verdadero sentido cuando el lector, en el papel o en la pantalla, transforma, cuestiona, asimila, interpreta y, en definitiva, procesa los contenidos. Quiero decir: sin un aprendizaje, sin un esfuerzo previo, Internet sólo es un instrumento –muy válido, desde luego–, no un milagro pararreligioso (uno, sin ser católico, no ve más transparencia de oblea que una prosa de Azorín o Cunqueiro). La misma tesis –tan vetusta– puedo extrapolarla al señorito que adorna las estanterías con libros que no leerá jamás, a fin de propagar su elitismo. También es aplicable esa tesis al estudiante de Humanidades que en la Universidad cumple un mero trámite, y no bebe, paralelamente, la plural belleza que nos han legado los escritores, cineastas, músicos y artistas. Ya digo que no importa tanto el soporte como la intención o el esfuerzo…

A propósito de esa plural belleza, uno, cuando escribe, siempre intenta ponerse en el lugar –pues la literatura es una continuación, una revitalización– de sus maestros desaparecidos. ¿Qué pensarían ellos al respecto? ¿Con qué palabra precisa expresarían el desafecto ante esta creencia pararreligiosa de la que habla el periodista Di Lorenzo? Don Antonio Machado dejó escrito un poemita que hoy adquiere mucha vigencia, entre otras cosas porque su época también se caracterizó –salvando, claro, las distancias– por el fanatismo de las ideologías: “¡Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también!”. Un alumno aventajado de Machado, José Agustín Goytisolo, construyó hace tiempo “La mejor escuela”, a fin de criticar el automatismo, la indiferencia y la ignorancia de algunos estudiantes y docentes: “No aprendas sólo cosas / piensa en ellas / y construye a tu antojo situaciones e imágenes / que rompan la barrera que aseguran existe / entre la realidad y la utopía: / (…) / Después sal a la calle y observa: / es la mejor escuela de tu vida.”

Desgraciadamente, es difícil que algunas de las personas de mi generación (nací en el 87) asistan a esa escuela que funde la lectura con la vida: la tecnología (entendida, repitámoslo, como la única esperanza) ya comienza a sustituir las conductas humanas más elementales: el beso por el icono de unos labios, la caricia por el tecleo, la sencillez por la simpleza del lenguaje, la voz entrecortada por las abreviaturas… Y, qué quieren que les diga, si uno no tiene la posibilidad de dedicar –con su puño y su letra– un libro a un ser querido, si uno no tiene la posibilidad de personalizar –o de subrayar– un sentimiento universal, ¿de qué sirven los gigas de un e-book? Los humanistas –hay que repetirlo una vez más– tenemos el deber de preservar el lenguaje, renovándolo, y de cultivar la sensibilidad. Para lograr tales fines, no es necesario suprimir ningún instrumento o soporte. Todo lo contrario: las cartas y los e-mails son –ya lo dije– complementarios. Como la película y el libro. La plural belleza se construye a partir de síncopas, de notas aparentemente disonantes…

Por H. ACEBO
La Huella Digital, 24/11/2010

sábado, 26 de junio de 2010

Le daba gusto y miedo


Uno no se cansa de leer este entrañable poema de José Agustín Goytisolo:

CONCHITA ERA SU NOMBRE

Le cuidaba y temía acercarse a los hombres
que le decían cosas porque era muy bonita.
Y le hablaba de Asturias: aún recuerda
su acento. Y lo que más él deseaba
era oírle decir: a la camina.
Y le ayudaba a desvestirse al punto.
Luego abría su blusa. Los durísimos
botones de sus pechos en los labios:
una mano servía a cambiarlos
y la otra se hundía entre la falda.
Cada noche seguían con el juego.
Neno: no digas nada. Le daba gusto y miedo.
Él tenía seis años y ella tal vez catorce.